Una revolución que siempre debemos recordar pero nunca celebrar

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La propaganda de la vieja Unión Soviética por décadas se refrió a ella como la “Gran Revolución Socialista de Octubre,” al acontecimiento de aquel momento que llevó a Vladimir Lenin al poder y que dio nacimiento a setenta y cuatro años de gobierno por el Partido Comunista. En este momento estamos en vísperas de su centenario.

No es un aniversario que persona alguna debería celebrar.

Para la gente decente de todas partes, nada acerca de la tragedia rusa de 1917 vale la pena conmemorar. No obstante, todo acerca de ella vale la pena recordarlo –y aprender de ella valiosas lecciones. La carnicería provocada por la ideología que ascendió al poder hace un siglo, podría presentarse siempre como una maldad no superada en los anales de la depravación humana. Si no está seguro acerca de lo que era esa ideología, o de cómo llamarla, tal vez este artículo (this article) le ayudará.

Me convertí en un activista de la libertad hace 49 años, en respuesta a la invasión soviética de Checoeslovaquia (Soviet invasion of Czechoslovakia). De forma que, en parte por razones personales, no podía dejar pasar este acontecimiento sin hacerlo notar de alguna manera.

Las víctimas del régimen soviético y de otras tiranías que generó en el siglo XX, se acercan a una cifra de 100 millones (100 million in number), pero, ¿puede algún artículo, libro o recolección voluminosa de ambos, hacer justicia adecuadamente sobre las historias de su agonía y sacrificio? Por supuesto que no. Es así cómo, con esa limitación en mente, escojo referirme a la ocasión, contándoles un poco acerca de 2 personas de entre esos 100 millones. Sus nombres son Gareth Jones y Boris Kornfeld.
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Gareth Richard Vaughan Jones nació en Gales, el 13 de agosto de 1905. Sus padres eran maestros de clases media, determinados a que su hijo obtuviera la mejor educación posible. A sus 25 años, el joven Gareth obtuvo títulos en francés, alemán y ruso en la Universidad de Gales y en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. De inmediato, el Primer Ministro británico David Lloyd George le contrató como su Asesor en Asuntos Externos, nombramiento notable para un joven de 25 años de edad.

Gareth ha de haber pensado que el mundo estaba a sus pies. Poco sabía él que pronto sería un periodista destacado en el ámbito internacional y que moriría antes de su trigésimo aniversario.

A principios de la década de los treinta, Jones realizó dos misiones de reconocimiento a la Unión Soviética de Stalin. Publicó varios artículos acerca de sus observaciones que fueron bien recibidos en importantes periódicos occidentales. Antes de una tercera visita en marzo de 1933, logró recoger información creíble acerca de que las condiciones en Ucrania, en ese entonces una de las quince repúblicas soviéticas, eran angustiosas. Resolvió averiguarlo por sí mismo y organizó una tercera misión para marzo de 1933.

Un mes antes de ese funesto viaje, Jones se encontró a sí mismo invitado por oficiales en Alemania para que cubriera una manifestación política en Fráncfort. Adolfo Hitler acababa de ser nombrado Canciller [Nota del traductor: lo que equivaldría a un Primer Ministro] en enero. Tres días antes de la quema del Reichstag [Nota del traductor: el parlamento alemán], Jones era uno en un pequeño grupo de personas que iba en un avión a esa manifestación con Adolfo Hitler y Joseph Goebbels. Al observar él la adulación popular del hombre que pronto asumiría el cargo de “Fuhrer,” Jones sintió que habría problemas a futuro. Si se hubiera estrellado el avión en que voló con Hitler y Goebbels, escribió luego, la historia de Europa habría sido muy diferente.

Con su asignación como periodista a Alemania tras él, Jones llegó a Moscú en marzo. Viajar de allí a Ucrania estaba prohibido, pero eso no le impidió que eludiera a las autoridades soviéticas e hiciera el viaje a allá de todas maneras. Lo que vio y escuchó le horrorizó. A fines de mes, estaba de regreso en Berlin y reportándole al mundo. En un artículo publicado en el periódico New York Evening Post, en el Manchester Guardian británico y en mucho otros periódicos, él escribió:

“Caminé por villas y doce granjas colectivas. En todo lado se escuchaba el grito, ‘No hay pan. Estamos muriendo.’… Deambulé por la región de la tierra negra (black earth region) porque esa en una época había sido la tierra más rica para cultivar y debido a que se nos había prohibido a los corresponsales que fuéramos allí para ver, por nosotros mismos, que era lo que estaba sucediendo.

En el tren, un comunista (Communist) me negó que existía una hambruna. Yo arrojé a una escupidera un pedazo de pan de mis propios suministros que había estado comiendo. Un campesino, quien era compañero del viaje, lo pescó y vorazmente se lo comió. Lancé una cáscara de naranja en la escupidera y, de nuevo, el campesino la agarró y la devoró. El comunista (Communist) se desapareció.

Pasé una noche en una villa en la cual solía haber 200 bueyes y ahora quedaban sólo seis. Los campesinos se estaban comiendo el alimento del ganado y apenas les quedaba un mes de suministros disponibles. Me dijeron que muchos ya habían muerto de hambre. Dos soldados vinieron para arrestar a un ladrón. Me advirtieron que no viajara de noche, pues había demasiados hombres ‘hambrientos’ desesperados.

El saludo de bienvenida que me dieron fue ‘estamos esperando la muerte.’ ‘Vaya más al sur. Allá ellos no tienen nada. Muchas casas están vacías porque la gente ya se murió,’ lo dijeron llorando.”

Jones había caminado dentro de uno de los crímenes más horrendos de la Gran Revolución de Octubre: el Holodomor de 1932-33. Conocido como la Hambruna del Terror y el Genocidio Ucraniano, fue una catástrofe intencional, causada por el hombre, planeada desde las alturas, que cobró las vidas de entre cuatro y diez millones de personas. Desde Stalin para abajo, la oficialidad comunista la diseñó para aplastar la resistencia ucraniana a la colectivización forzosa de la agricultura. Dos años después y millones de muertes más tarde, Stalin declararía en un discurso, “La vida ha mejorado, camaradas. La vida se han convertido en algo más alegre.”

En su libro Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin [Tierras de Sangre: Europa entre Hitler y Stalin], Timothy Snyder menciona al canibalismo que se extendió durante el desastre:

“La supervivencia era tanto una lucha moral como física. Una médica le escribió a un amigo en junio de 1933, que todavía no se había convertido en caníbal, pero que “no estaba segura de que no sería una al momento en que esa carta le llegara a él.” La gente buena murió primero. Aquellos que rehusaron robar o prostituirse, murieron. Aquellos que les dieron alimento a otros, murieron. Aquellos que rehusaron comer cadáveres, murieron. Aquellos que rechazaron matar a sus congéneres, murieron. Padres que se resistieron al canibalismo, murieron antes de que lo hicieran sus hijos.”

El joven de veintisiete años Gareth Jones fue el primer periodista en revelar al mundo externo la infame hambruna ucraniana. Ninguna persona creíble niega hoy que eso sucedió. Pero, en marzo de 1933, Jones se sorprendió al averiguar que sus revelaciones habían sido enfrentadas con denuncias por algunos periodistas veteranos y muy respetados.

El principal entre los negadores fue un reportero y simpatizante de los soviets, Walter Duranty, del periódico New York Times. El 31 de marzo, Duranty compuso una pieza para el Times, en la cual él alegó que el reportaje de Jones era una fabricación. Incluso citó fuentes del Kremlin (como si se debiera confiar en ellas), que señalaron a Jones como un mentiroso completo.

Duranty nunca se excusó por sus acusaciones contra Jones, ni tampoco se retractó por su propaganda de que “no había hambruna.” Luego obtendría un Premio Pulitzer por su “cobertura” de la Unión Soviética. Décadas más tarde, el New York Times concedió que sus artículos equivalían a “alguno de los peores reportajes que aparecieran en este periódico.” Duranty fue también lo que Vladimir Lenin despreciativamente llamó “idiotas útiles.” (A propósito, todavía los hay en la actualidad, con una abundancia perturbadora. Usted puede conocer más acerca de ellos en los trabajos del sociólogo Paul Hollander aquí (here), aquí (here) y aquí (here).)

Moscú desdeñó el hecho de que Jones había encontrado una forma de entrar a Ucrania en contra de los deseos del gobierno. Decirle al mundo cuáles eran las condiciones allí lo colocó en la lista negra oficial. El ministro de Relaciones Exteriores Soviético, Maxim Litvinov (Maxim Litvinov), a quien Jones entrevistó en Moscú (Moscow), escribió una carta personal a Lloyd George (Nota del traductor: el Primer Ministro inglés), informándole que a su colega Jones nunca se le permitiría que de nuevo entrara a la Unión Soviética.

Dos años más tarde, Jones y un periodista alemán cubrían acontecimientos en la turbulenta China. Ellos fueron capturados por unos bandidos, que liberaron al alemán en el lapso de dos días, pero retuvieron a Jones durante dieciséis más. Luego, en circunstancias misteriosas, el 12 de agosto de 1935 -el día previo a su trigésimo cumpleaños- Jones fue muerto a tiros. Tal como lo sugiere un documental de la BBC (BBC documentary suggests), la evidencia que asocia a la policía secreta soviética con el asesinato es muy fuerte.

Des semanas después del asesinato de Jones, David Lloyd George le brindó un tributo a su joven amigo:

“Esa parte del mundo es un caldero de intrigas de conflictos y uno u otro de los intereses involucrados probablemente sabía que el Sr. Gareth Jones sabía demasiado acerca de lo que estaba sucediendo… Él tenía una pasión por averiguar lo que estaba sucediendo en tierras lejanas, siempre que había un problema, y en prosecución de sus investigaciones, no se encogió ante el riesgo… Yo siempre me temía que en algún momento él tomara un riesgo más allá de la cuenta. Nada se escapaba de su observación y no permitía que un obstáculo le sacara de su curso, cuando pensaba que habría algún hecho que él pudiera obtener. Él casi que tenía esa habilidad inagotable para obtener las cosas que importaban.”

Gareth Jones no vivió lo suficiente para ver la reivindicación de su valiente reportaje, pero su memoria se celebra en la actualidad en Ucrania, en donde él es un héroe nacional.
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Nadie parece conocer con seguridad exactamente cuándo fue que nació Boris Kornfeld. Podríamos no saber nada de él, si no fuera por unos pocos párrafos de un libro famoso de un hombre -por el momento, permítanme referirme a él como el Sr. X- cuya vida él la afectó enormemente y tal vez hasta le ayudó a salvarla.

Sabemos que, a finales de los años cuarenta, Kornfeld era un prisionero encarcelado en Ekibastuz, un notorio campamento de trabajos forzados en la Siberia soviética. Sabemos que Kornfeld era un médico profesional y que algunas veces se le ordenaba cuidar a los otros prisioneros. Él era judío, pero aparentemente lo afectó tanto la fe y el estoicismo de los prisioneros cristianos en el campamento, que él se convirtió. Sintió una profunda obligación de contarles a otros acerca del cristianismo, asumiendo con ello un riesgo alto.

En su famoso libro, el Sr. X escribe acerca de su encuentro con el Dr. Kornfeld:

“A raíz de una operación, estoy acostado en la sala de cirugía de un hospital de campaña. No me puedo mover. Estoy caliente y febril, pero sin embargo mis pensamientos no se disuelven en el delirio, y estoy agradecido con el Dr. Boris Nikolayevich Kornfeld, quien está sentado al lado de mi cama y hablando conmigo toda la noche. La luz ha sido reducida, por lo que no daña los ojos. No hay nadie más en la sala. Fervientemente él me cuenta la larga historia de su conversión del judaísmo al cristianismo. Me asombra la convicción del nuevo converso, en el ardor de sus palabras.

Nos conocemos muy poco, y él no era el responsable de mi tratamiento, pero simplemente no había nadie aquí con quien podía compartir sus sentimientos. Él era una persona amable y de buenos modales. No pude ver nada malo en él, ni sabía nada malo de él. Sin embargo, yo estaba en guardia porque Kornfeld ahora vive desde hace dos meses en el interior del Cuartel del Hospital, sin salir a la calle. Él se había encerrado aquí, en su lugar de trabajo, y evita pasar por el campamento en absoluto.

Esto significaba que él tenía miedo de tener su garganta cortada. En nuestro campamento se había convertido recientemente de moda cortar las gargantas de los soplones. Esto tiene un efecto. Pero, ¿quién puede garantizar que sólo a los soplones se les degollaba? Un preso se había cortado el cuello en un claro caso de la solución de un rencor sórdido. Por lo tanto, el auto-encarcelamiento de Kornfeld en el hospital no prueba necesariamente que él era un soplón.

Ya es tarde. El hospital entero está dormido. Kornfeld está terminando su historia… No puedo ver su cara. A través de la ventana sólo asoman las reflexiones dispersas de las luces del perímetro exterior. La puerta del pasillo brilla con un resplandor de color amarillo eléctrico. Pero no es ese conocimiento místico en su voz lo que me hace temblar.

Esas fueron las últimas palabras de Boris Kornfeld. Sin hacer ruido se metió en uno de los cuartos cercanos y se acostó a dormir. Todo el mundo dormía. No había nadie con quien poder hablar. Me fui a dormir a mí mismo.

Me desperté en la mañana por las carreras y pisadas en el corredor; los enfermeros estaban llevando el cuerpo de Kornfeld a la sala de operaciones. Mientras dormía había sufrido ocho golpes en el cráneo con un mazo de albañil. Murió en la mesa de operaciones sin recobrar el conocimiento.”

¿Quién fue el “famoso” Sr. X quien escribiera estas palabras? No es otro más que Alexsandr Solzhenitsyn (Aleksandr Solzhenitsyn), diez años prisionero en lo que luego inmortalizaría como “The Gulag Archipelago” [Archipiélago Gulag], título de uno de los más grandes trabajos literarios e históricos del siglo XX. El futuro premio Nobel Solzhenitsyn reconoció que Kornfeld tuvo un papel clave en su superación mental y espiritual para soportar circunstancias espantosas. Cuando el manuscrito del Gulag salió contrabandeado y apareció impreso en Occidente en 1973, arrasó con cualquier cosa que pudiera quedar del mito del socialismo soviético, como el “paraíso de los trabajadores.”

Boris Kornfeld no era tan sólo un número. Él, como los otros 80, 90 o 100 millones de víctimas de las Gran Revolución Socialista de Octubre, era un ser humano verdadero. Él tenía un nombre, una familia, planes y ambiciones, gustos y aversiones, alegrías y dolores. Afortunadamente, también tenía un poco de decencia. Él compartió la verdad y la inspiración y sufrió por ello. Pero, tenemos una buena razón para creer que con su coraje, canalizado hacia el alma de otro hombre, él ayudó a que el Imperio del Mal llegara a su final.
Estoy muy seguro de que Gareth Jones estaría muy complacido con ese resultado.

Estas palabras adicionales de Solzhenitsyn me brindan una conclusión apropiada. Piense en ellas:

“El socialismo, de cualquier tipo o matiz, conduce a la destrucción total del espíritu humano y a una nivelación de la Humanidad hacia la muerte.

En lugares diferentes en el curso de los años, he tenido que probar que el socialismo, que para muchos pensadores occidentales es una especie de reino de la justicia, en efecto estaba lleno de coerción, de ambición burocrática y de corrupción y de avaricia, y era consistente consigo mismo que el socialismo no podía ser puesto en práctica sin la ayuda de la coerción.”

La Gran Revolución Socialista de Octubre fue una calamidad de primer orden. No brindemos excusas por ello. Nunca.


Traducción por Jorge Corrales. El artículo original se encuentra aquí.

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Lawrence W. Reed

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