Un cristiano habla por el capitalismo

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En este ensayo de agosto de 1986, “A Cristian Speaks Up for Capitalism” [”Un Cristiano Habla por el Capitalismo”], Jim señala que “el capitalismo no obliga a los individuos a adorar al ‘dólar todopoderoso.’ Una persona es libre tanto para ser un cristiano ascético, como para ser un hedonista.

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EL CRISTIANISMO Y EL CAPITALISMO SON ALIADOS EN VEZ DE ENEMIGOS

Muchos líderes cristianos -evangélicos, de iglesias protestantes tradicionales y católicos romanos- parece que tienen la impresión de que el capitalismo es injusto y que se necesita una intervención mayor del gobierno para hacerlo más humano. Mientras que muchos de nosotros que somos tanto cristianos como economistas, consideramos a ese punto de vista como errado, algunas veces carecemos de argumentos que ayuden a cambiar a esa visión.

Quisiera darles unos pocos argumentos.

Lo que estoy defendiendo al hablar de capitalismo es un orden social que brinda protección a las posesiones de uno, en el tanto ellas sean adquiridas sin que medie el uso de la violencia, el robo o el fraude; y que descansa primariamente en los precios de mercado libre para asignar los bienes y servicios –esencialmente el sistema social de los Estados Unidos.

He aquí algunas de las razones por las que los cristianos pueden pensar más caritativamente acerca de él:

El capitalismo recompensa y refuerza el servir a otros. Bajo el capitalismo, el ingreso de una persona está directamente relacionado con su habilidad para ofrecer bienes y servicios que elevan el bienestar de otros. Las empresas ganadoras son aquellos que descifran lo que los consumidores quieren y les ofrecen un acuerdo mejor que el que pueden obtener en otra parte.

Es más, tales empresas ejercen presión para que otras empresas sirvan mejor a los consumidores –como usted lo sabe si ha observado cómo responden los minoristas al abrirse un nuevo almacén de descuentos. Por supuesto, la gente de negocios no tiene por qué interesarse acerca de otras personas, tal como se orienta a que lo hagan los cristianos. Pero, si ellos quieren tener éxito, ellos tendrán que servir mejor a sus clientes que la competencia. En esencia, la competencia obliga a que la gente de negocios actúe tal como si ellos se interesaran en otros.

El capitalismo produce para las masas, no sólo para la élite. Para tener éxito a lo grande bajo el capitalismo, usted tiene que producir algo que atraiga a mucha gente. Henry Ford se convirtió en multi-millonario al producir un automóvil de bajo costo que estuviera dentro del presupuesto de la masa de consumidores. En contraste, Sir Henry Royce murió teniendo una riqueza modesta. Él construyó un carro muy superior al de Ford, el Rolls Royce, pero lo diseñó para los ricos. En consecuencia, el mercado le recompensó con eso.

El capitalismo les brinda la oportunidad a las personas prometedoras de todos los orígenes socioeconómicos, para subir en la escalera económica. No es una coincidencia que los pobres de alrededor del mundo fluyan hacia países capitalistas, en vez de querer alejarse de ellos. Los trabajadores mexicanos pobres arriesgan sus vidas para aprovechar las oportunidades que hay en los Estados Unidos. En Europa, los soviéticos construyeron un muro para mantener a la gente lejos del capitalismo de Occidente. En el Sureste de Asia, la gente es atraída hacia Hong Kong, Taiwán, Tailandia y a otros países capitalistas. ¿Por qué? Porque el capitalismo les da la oportunidad para aquellos que quieren tener éxito.

En los Estados Unidos, refugiados previamente golpeados por la pobreza, están teniendo éxito como operadores de restaurantes, choferes de taxis y empresarios de negocios. Un reciente estudio encontró que, casi la mitad de las familias de la quinta parte más baja de la distribución del ingreso de los Estados Unidos en 1971, ya en 1978 logró aumentos significativos en la escalera de ingresos. Ningún otro sistema brinda mayores posibilidades para avanzar, con menos rigideces internas.

También se presentan movimientos hacia abajo: ser rico hoy, no garantiza el éxito mañana. Como el Dios de la cristiandad, el capitalismo “no hace acepción de personas.”

El capitalismo satisface los puntos de vista de las minorías. Cuando las decisiones son tomadas políticamente, a menudo se reprimen los puntos de vista de las minorías. Por ejemplo, en un sistema de educación pública, la mayoría política decide si la oración se permitirá o no, en tanto que la educación sexual será enseñada y qué tanto énfasis se dará a las habilidades básicas. Aquellos a quienes no les gusta la decisión deben ya sea aceptarla o bien pagar otra vez por educarse en otra parte, una como contribuyente y otra en la forma de una escuela privada.
Un sistema de mercado permite que cada minoría logre sus objetivos. Por ejemplo, sin interferir en la libertad de otros, algunos padres podrían enviar sus hijos a escuelas que permitan orar. Cristianos comprometidos, quienes a menudo se encuentran a sí mismos siendo una minoría, deberían apreciar este aspecto del capitalismo, el cual permite que gente diverja en sus objetivos, sin conflicto o rencor.

Incluso aquellos que aceptan estas fortalezas, pueden aun así sentir que el capitalismo es demasiado materialista. Es cierto que este sistema permite que la gente obtenga prosperidad y que alguna gente sea atrapada en la persecución de riqueza. Pero, el capitalismo no obliga a los individuos a adorar al “dólar todopoderoso.” Una persona es libre tanto para ser un cristiano ascético, como para ser un hedonista.

Los cristianos algunas veces aseveran que el capitalismo promueve la desigualdad, operando en beneficio del rico. No obstante, la desigualdad está presente en cualquiera de los sistemas económicos. Las personas con mejores ideas, mentes más creativas y mayor energía tenderán a elevarse a lo más alto en una burocracia socialista, tanto como lo harán en un sistema capitalista.

No obstante, las élites en un sistema capitalista en la realidad tienen menor poder que las élites en un sistema en donde predomina el gobierno. Incluso, en una democracia los funcionarios electos tienen más poder sobre las vidas de otros, que como lo tienen los individuos más ricos. Los miembros de la Asamblea Legislativa tienen el poder de tomar una porción de nuestros ingresos sin nuestro consentimiento, algo que los Rockefeller o los hermanos Hunt no pueden hacer, sin importar qué tan ricos puedan ser.

Aún más, si los individuos usan su riqueza improductivamente -esto es, para el consumo en vez de la inversión o para ofrecer cosas que las otras personas rechazan- con el paso del tiempo se encogerá su riqueza. Incluso un “ricachón” que vive de los dividendos de sus acciones, recibe aquellos dividendos sólo si el negocio provee las cosas que las personas quieren.

Por supuesto, el capitalismo no impone las demandas morales que hace la cristiandad. Pero, los sistemas económicos que buscan perfeccionar la naturaleza humana, muy a menudo han conducido a la tiranía en vez de a una mejoría de la raza humana. Los cristianos harían bien en aceptar un sistema económico que refuerza las virtudes cristianas, mejora los estándares de vida y posibilita los puntos de vista de las minorías. El capitalismo es tal sistema.

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