Trump profana la santidad del gobierno y eso enloquece a la centro-izquierda

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¿Alguna vez ha estado la centro-izquierda más furibunda acerca de una presidencia? No puede haber estado tan enloquecida incluso en comparación con la presidencia de Nixon. Todos los días, sus publicaciones se llenan de artículos que dejan sin aliento, hasta el punto de llegar a una histeria acerca de la desgracia que la administración Trump le está ocasionando a los asuntos del gobierno. Su tuiteo incesante, sus violaciones al protocolo, sus ataques a la prensa e incluso la misma existencia de su administración, los ha sumido en un colapso permanente.

He aquí un ejemplo. He conservado el lenguaje desmesurado de la pieza de Charles Blow en el New York Times, tan sólo para darle el sabor:

“Siento como si estuviéramos siendo condicionados hacia el caos por un ‘presidente’ que aborrece la quietud de la estabilidad. Todos los días nos despertamos a un nuevo escándalo. Existimos ahora en medio de un trauma escalonado –agotador e implacable… Esto deberá conmocionar a la totalidad de los Estados Unidos sacándolo de su adormecimiento. Esto es escandaloso y sin precedente… Su simple audacia por todo ello es sorprendente… Simplemente es demasiado. Necesitamos un investigador independiente. No confío en nada -¡en lo que sea!- que provenga de esa Casa Blanca, y no confío en este Congreso ineficaz para contener a Trump. Esto no es acerca de partidarismo, sino de patriotismo. Debemos proteger al país, en el mejor de los casos, de la corrosión moral y de la verdadera destrucción, en el peor de ellos. Si esto no huele hediondo para usted, su nariz es inservible.”

Sí, sé que usted ha leído algo similar miles de veces en los últimos meses. Lo ha visto en las estaciones de televisión, prácticamente 24/7. O puede sintonizar a la Radio Nacional y escuchar lo mismo todo el día.

O considere después de que Trump despidió al director del FBI, James Comey. Para medianoche todos los encabezados gritaban: ¡Crisis de la Democracia! Pero, me desperté en la mañana siguiente y fracasé en ver la evidencia. Los bancos estaban abiertos, La gente estaba comprando hamburguesas de pollo frito en la tienda de alimentos. Los niños se alistaban para ir a la escuela. Todo parecía normal.

Es notable. Este frenesí incluso tiene un nombre: Síndrome de Locura de Trump. Es un estado mental que identifica. Tiene síntomas particulares.

Para estar claros, leo estas piezas y no estoy enteramente en descuerdo con las particularidades del análisis. En ninguna de nuestras vidas hemos visto algo como esto. El intento aburrido, serio, manejado por el protocolo, de llevar una alta dignidad a esta oficina, ha sido una preocupación esencial del gobierno. Cuando se supo que Bill Clinton estaba usando su poder y su oficina para placeres privados, eso sacudió al sistema, no debido a sus pecados, sino porque su comportamiento provocaba el ridículo entre el público.
¡No teníamos ni idea de lo que se venía!

DE ACUERDO, MÁS O MENOS

Pero, hay algo errado acerca de esta tendencia del centro-izquierda. Estos comentaristas son impulsados a una apoplejía salvaje debido a Trump, pero no por las razones que yo normalmente citaría. No me gustan sus teorías acerca del comercio, sus puntos de vista en torno a la inmigración, su manoseado entendimiento del problema con el sistema de salud de los Estados Unidos, su aumento del estado policíaco o su política internacional. Yo lo estaba desafiando por todo esto tan temprano como julio del 2015.

Ellos, por otra parte, parecen objetar la propia existencia de Trump, todo lo que declara, sus acciones sin importar lo que sean y todo lo relacionado con esta nueva administración.

Sus quejas son contradictorias. ¡Él es terrible porque está haciendo cosas terribles! Él es terrible porque realmente no está haciendo algo! ¡Esta presidencia está destruyendo al mundo! ¡La presidencia es sólo sonido y furia y nada más!

EL POR QUÉ

Finalmente me llegó el por qué. Para esta masa, todas sus esperanzas y sueños están atados a procesos, resultados e instituciones políticas particulares. El estado es su herramienta favorita para todo el bien que aspiran hacer en este mundo. Debe ser protegido guardado, defendido, celebrado. Debe conservarse la ilusión de que el gobierno no es uno que toma, sino uno que da y fuente de todas las cosas buenas. El brillo del proceso democrático debe renovarse constantemente, de forma que la santidad esencial del sector público siempre pueda mencionarse como el llamado supremo.

El centro-izquierda tiene al menos cien años de trabajo y recursos invertidos en la salud del estado, su bienestar, su reputación y un estatus moral exaltado. No debe permitirse cosa alguna que lo amenace o que lo haga descender uno o dos escalones. Cualesquiera fracasos deben ser considerados como reveses temporales. El signo más ligero de algún éxito, debe ser proclamado constantemente. La población debe estar sujeta a homilías constantes acerca de la santidad esencial del sector público.

Su educación les dijo eso. Sus grados y su pedigrí de clase gobernante fueron ganados duramente. Esto es lo que los ha inspirado. Creen tan fuertemente que pueden hacer del mundo un lugar mejor, por medio del estado administrador que se ha convertido en su religión. ¡Es su misma esencia!

Por encima de todo, el presidente se supone que representa. Su deber es reflejar y emitir esa sensibilidad.
ESTA VISIÓN TIENE UN NOMBRE

Escribiendo en 1944, Ludwig von Mises escribió que el debate acerca del futuro de la libertad no se refiere tan sólo a hacer retroceder al socialismo, al comunismo, al fascismo, al intervencionismo, etcétera. Se debe tener una discusión más amplia. El problema esencial es la ideología del estatismo, palabra que él tomó del término en francés, etatism. Identificó una visión de que el estado debía siempre y en todo ser el poder central, el principio organizador y el corazón espiritual de cualquier sociedad. Que debe ser el juez final, el árbitro final, el centro de nuestras lealtades, la única institución indispensable, porque él sólo es el merecedor de nuestra devoción e ideal más elevado. Por siempre deberá construirse, más y más grande, asumiendo cada vez mayor responsabilidad y tomando más dinero y poder del resto de nosotros.

Se supone que el presidente, al menos, pretenda ser el sumo sacerdote de la religión estatista. Esa es su tarea, de acuerdo con esta visión.
Todo parecía estar yendo tan bien bajo la administración de Obama, quien era tan serio, tan decoroso, tan civil. Era divertido, inteligente, respetuoso del proceso y sincero en sus pronunciamientos. Él hizo su campaña basado en la esperanza y el cambio, pero gobernó como la persona que mantuvo alejadas las esperanzas de una nueva libertad y de algún cambio radical.
CAMBIO EN LA MATRIZ

Trump ha alterado profundamente el balance. Derribó a las respectivas clases dirigentes de los dos partidos, rasgó directo en la legitimidad de la prensa nacional, humilló a todos los expertos que predijeron su derrota y ahora está dando vueltas en Washington, como un elefante en una cristalería. De hecho no está reduciendo el tamaño del estado; está haciendo algo incluso más aterrador desde el punto de vista del centro-izquierda: está arruinando el misterio del estado y, de este modo, desacreditando a sus instituciones sagradas.

Después de la elección, yo escribí que éste podría ser nuestro 1989 [Nota del traductor: año de la caída del imperio socialista ruso]. Lo que di a entender es que los aspectos importantes de quienes siempre pensamos que sería verdad, súbitamente yo no lo eran más. Se abrieron nuevas oportunidades. Se había desacreditado un sistema más viejo, si no es que derribado. Lo que venga luego, es otra cosa.

Trump no es en sentido alguno un liberador. Su temperamento sugiere lo opuesto. Fue él quien famosamente dijo en la campaña: “El estado-nación permanece siendo el verdadero fundamento de la felicidad y la armonía.” Es más, y de diversas maneras, el estado profundo se ha reagrupado y devuelto la mordida, para evitar perder poder e influencia en Washington.

Aun así, él es todo lo que más teme el centro-izquierda, una persona quien trabaja, a pesar de sí mismo, para desacreditar la cosa que aquellos más aman. Los ha desmoralizado más allá del consuelo. Ahora estamos viendo que se habla de destitución. Esa parece ser la última esperanza de alguna gente para salvar al credo viejo.

INSOSTENIBLE

Pero, la verdad es que, con o sin el reino del caos de Trump, el proyecto del siglo XX de un estatismo ilustrado y abarcador no es sostenible en el largo plazo. Los programas de bienestar se están secando y sus planes constantemente han probado ser inviables y que no funcionan. Vivimos en un mundo en el cual los milagros del sector comercial privado están a todo nuestro alrededor, mientras que los fracasos del estatismo igualmente están presentes por todo lado.

El viejo mundo de la orden y el control simplemente no puede durar, no en el largo plazo. Tal vez este sea el papel que Trump, sin advertirlo, está jugando en este gran drama de la historia. Y esto es precisamente el por qué su existencia está empujando a los partidarios del gobierno anticuado hacia drogas psicotrópicas para controlar su furia y su pánico.

Si usted tiene dudas, le invito a leer las columnas de opinión de la prensa convencional, mañana, el día siguiente, el día siguiente, el día siguiente…


Traducción por Jorge Corrales.

Autor Invitado en Inst. Mises Colombia | Web | + posts

es un economista, periodista, editor y escritor anarcocapitalista estadounidense asociado a la Escuela Austríaca. En la actualidad, es Director de Libery.me, Editor-Jefe de Laissez Faire Books e investigador distinguido de la Foundation for Economic Education. Ha sido vicepresidente editorial del Instituto Ludwig von Mises, un centro de investigaciones austrolibertario. Tucker también es académico adjunto del Mackinac Center for Public Policy, y miembro del profesorado de la Acton University...

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