Trump no es un caballero

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Donald Trump no es un caballero; sus señalamientos vulgares acerca de las mujeres, sus aspersiones difamatorias acerca de los inmigrantes mexicanos, su condena intolerante a los medios críticos y sus agresivos pronunciamientos acerca de los asuntos internacionales durante la campaña presidencial y en sus primeros días en el cargo, todos, dejan un resabio desagradable. Puede ser que haya existido alguna moderación por medio del Vicepresidente o del Secretario de Estado en sus visitas a aliados de los estadounidenses e incluso alguna corrección de parte del propio Presidente. Pero los tweets que lanza desde su cintura, incluso ahora que ya está en la Casa Blanca, son a menudo desmesurados. La cuestión que debemos plantearnos por nosotros mismos es que, si él es tan desagradable, ¿por qué fue electo? Y la segunda pregunta es, si Hillary Clinton es tan civilizada, ¿por qué perdió?

Estas son las preguntas que también los votantes del partido demócrata (y algunos de los republicanos más clásicos) deberían de estar formulando ellos mismos. No obstante, dejaré que sean los estadounidenses quienes resuelvan sus propias preocupaciones. Mi tópico de hoy es por qué el establishment europeo se equivocó tanto en lo referente a la elección estadounidense y por qué está ahora tan triste ante el resultado. Desde mi punto de vista, hay tres razones para ello. Una es el número de parecidos a Trump que está brotando en este lado del Atlántico. La segunda es el temor de que se les deje solos encarando a Rusia y a los problemas en el Oriente Medio. La tercera es más sutil; específicamente, la súbita materialización de que el consenso social-demócrata, que hizo tan felices a muchos europeos con Barack Obama y las cosmovisiones de Hillary y de los Clinton, está muerto y enterrado.

Tal como lo digo, la primera razón para la profunda hostilidad hacia el Presidente Trump en Europa es la amenaza planteada por políticos que tienen un tono similar al del nuevo Presidente estadounidense y que proponen políticas similares. Al momento, en cada uno de los países europeos hay partidos de derecha e izquierda inclinados a perturbar todos los planes. En Alemania está Uwe Junge, el líder de “Alternativa para Alemania”, quien quiere regresar al marco alemán, se ha declarado a sí mismo en contra de la membresía dentro de la Unión Europea y rechaza a la generosa política de Angela Merkel hacia los refugiados del Oriente Medio. En Francia, Marine Le Pen, quien, al momento de escribir esto, va de primera en las encuestas de opinión de la próxima elección presidencial, quiere regresar al franco francés, dejar la Unión Europea y salirse de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En España, no hay partido de la ultra-derecha, pero el partido radical de la izquierda “Podemos” también quiere abandonar al euro y recuperar la soberanía nacional. Italia tiene a Beppe Grillo, un comediante de profesión, quien conduce al movimiento populista “Cinco Estrellas”, Holanda tiene a Geert Wilders y Austria a Norbert Hofer, con sus correspondientes Partidos de la Libertad. Movimientos similares pueden encontrarse en Hungría, Dinamarca, Grecia, Suecia y Finlandia. En el Reino Unido, los ‘Brexiteers’ son nacionalistas y proteccionistas con toques de libre mercado.

La segunda razón es que la crítica de Trump a la OTAN, a pesar de su posterior tono más suave, hace que los europeos se sientan desnudos, en especial aquellos que viven al borde de Rusia. La OTAN en sí tiene un presupuesto muy pequeño. No es allí adonde el Presidente Trump quiere que sus aliados gasten más en defensa, sino en sus propias fuerzas armadas, que podrían ser llamadas para una operación de la OTAN si fuera necesario. Los europeos saben que sería políticamente difícil que sus parlamentos aumenten su gasto militar a un 2% del PIB. A regañadientes admitiríamos como justa la crítica de Trump e incluso que tememos al aislacionismo estadounidense.

Hay una tercera razón para la extensa hostilidad hacia el Presidente Trump que tienen muchos europeos: esta es, el sentimiento de que Hillary Clinton era una política de su propio tipo. Al Obamacare lo vieron como un paso hacia el modelo de cuidado universal de la salud que es una parte de la ideología europea. La lucha contra el calentamiento global (para darle su nombre verdadero, no el Orwelliano ‘cambio climático’) era algo a lo que ellos ansiosamente querían estar unidos. La educación pública, las pensiones estatales, los salarios mínimos y la legislación en favor de los sindicatos, son todos partes fundamentales de la fe europea. ¿Cómo podría la mitad del electorado de los Estados Unidos no ver que eso era también bueno para ellos?

Muchas de las medidas llevadas a cabo o prometidas por Donald Trump han de ser bienvenidas. La reducción de los impuestos a las empresas hace mucho tiempo que se debió hacer en los Estados Unidos y en mucho del mundo de Occidente. Conservemos la esperanza de que se acompañen de recortes al gasto público, de forma que la deuda pública no continúe creciendo. La condición de que por cada nueva regulación que se imponga, se deben repeler dos previas es, de nuevo, una idea excelente; pero habría sido mejor si todas las nuevas regulaciones incluyeran una cláusula de extinción a plazo. [Nota del traductor: “sunset clause”]. El Presidente Trump está en lo correcto al decir que se debería descubrir una mejor forma para hacer que la banca y las finanzas sean más seguras, no como lo están con los bizantinos controles actuales.

Algunas de las medidas tomadas por el Presidente Trump tan pronto como llegó a su cargo, son denunciadas en Europa con poco más que una hipocresía aceptable. Alemania y Suecia han sido muy generosas con los refugiados de Siria, Irán, Irak y Afganistán. Pero no así en el resto de Europa. Muchos británicos han firmado una petición para impedir una visita de estado de Trump a Londres, pero muchos más están muriéndose de ganas de controlar la inmigración desde el Continente, de forma que puedan detener al proverbial plomero polaco, para que no compita con la variedad creada en casa. España tiene una valla alta alrededor de los dos enclaves españoles en Marruecos, para tratar de detener a inmigrantes indeseados. Los húngaros están rechazando los ingresos de no cristianos desde Oriente Medio. Italia, Francia y Austria se están quejando por los números que están llegando a sus fronteras.

Aun cuando se quejan del proteccionismo comercial de Trump, los europeos son insinceros. Las negociaciones para un Acuerdo Comercial y de Inversiones Transatlántico (TPP por sus siglas en inglés), entre Estados Unidos y la Unión Europea, estaban tomando siglos, una postergación visible en ambos lados de las costas del Atlántico. Trump podrá no entender las ventajas del libre comercio, pero tampoco los europeos. Por supuesto, la competencia es incómoda para gente que encuentra difícil cambiar. Así es el progreso. Pero, si uno quiere que su país sea grande de nuevo, cercar al comercio con vallas impositivas en las fronteras, no es el mejor camino. Un viejo libertario amigo mío, quien solía ser miembro del gobierno de Margaret Thatcher, se quejó cuando pedí que Gran Bretaña abriera sus costas al comercio unilateralmente. Le recordé el llamado que hizo Milton Friedman en Capitalismo y Libertad, para que Estados Unidos redujera todos sus aranceles en un 10% cada año, aparte de lo que otras naciones hicieran. Primeramente, dijo Friedman, los consumidores ganarían inmensamente con importaciones baratas. En segundo lugar, la competencia externa obligaría a los productores estadounidenses a mejorar sus bienes en calidad y precio. En todo caso, en el mundo moderno de hoy, se ha hecho casi imposible saber qué parte de los bienes importados ha sido previamente hecha en los Estados Unidos y qué parte en el extranjero. Mi amigo no estaba convencido, cuando recordé el desmantelamiento unilateral de la protección comercial de Gran Bretaña desde 1820 a 1840, principalmente para hacer que el pan y el azúcar fueran más baratos para las clases trabajadoras. Así que utilicé otro ejemplo: en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda Guerra Mundial, la marina alemana trató al máximo de detener la importación británica de bienes desde el exterior; sin duda ello impulsó a la agricultura doméstica, pero originó una vida miserable para los acosados británicos. Es un grave error de nosotros los economistas, no poder convencer al público de las ventajas de la globalización, en especial para el mundo más desposeído. Más cuesta arriba es convencer a los de aquí para darles la bienvenida a inmigrantes debido a su contribución a la prosperidad económica. La gente dice que le preocupa la igualdad, pero, a todos, tanto estadounidenses como europeos, les disgusta la competencia externa y resisten el llamado de la estatua de la libertad: “¡Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres, a vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad, el desamparado desecho de vuestras rebosantes playas!”

Traducción por Jorge Corrales.

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