Tenemos que crear riqueza no redistribuirla

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Durante milenios, la humanidad no conoció otra cosa que no fuera pobreza, como dijo el fallecido Nathan Rosenberg: “La percepción de la pobreza como algo moralmente intolerable en una sociedad rica, tuvo que esperar la aparición de una sociedad rica”. Al ritmo que se movían las cosas en la antigüedad, la miseria hubiera sido una constante hasta el día de hoy.

Pero tuvimos la revolución industrial en Inglaterra, resultado de las ideas políticas de la Reforma protestante, que permitió que la humanidad dé un gran salto. Pero como siempre, los grandes avances tienen grandes detractores: el ludismo, el utopismo y el marxismo fueron, y aun lo son, los enemigos del capitalismo y el progreso humano.

Gracias a ellos, existe la creencia, lamentablemente extendida, que el capitalismo es la concentración de la riqueza en pocas manos, que la felicidad de los ricos es a costa de la tristeza de los pobres y que los empresarios viven explotando a los trabajadores, por lo tanto, se necesita de un Estado que iguale las cosas, que “redistribuya” la riqueza, que evite los monopolios y que cuide a los pobres obreros, pero las preguntas que nadie hace son ¿Cómo se crea la riqueza? y ¿Cómo se distribuye?

Muchas escuelas económicas intentaron explicar la riqueza. Por ejemplo, los mercantilistas pensaron que la acumulación de metales preciosos hacia rica a una nación, pero fue el genial Adam Smith quien dio en la tecla: la riqueza es el producto del libre ejercicio del “interés individual” y de “la mano invisible del mercado”; siglos después, los maestros de la Escuela Austriaca, profundizarían aun más y proveyeron a la ciencia económica la teoría del ahorro, elemento faltante para explicar el crecimiento sostenido de la economía.

El ahorro es la piedra angular de toda economía con crecimiento sano y sostenido. Solo habrá ahorro disponible cuando los individuos se abstengan de consumir en el presente, ahora bien, los seres humanos tenemos una preferencia por el consumo presente antes que por el futuro, pero si decidimos abstenernos de consumir, lo hacemos esperando que en el futuro el valor del ahorro crezca y compense la espera, eso se llama interés. De ahí se deriva todo el vínculo entre el ahorro, el interés y la formación del capital.

Imagine que su barco naufragó y usted se encuentra solo en una isla. Siendo la pesca su único medio de subsistencia, inicialmente, pesca la cantidad de pescados que sus propias manos le permiten. Pero en sus momentos de descanso, piensa en la manera de hacer más eficiente su pesca, y se le ocurre la construcción de una red con algas y ramas de árboles, pero para eso debe abstenerse de descansar, es decir ahorrar previamente. Nadie le garantiza que su idea resulte, pero usted espera que los resultados futuros compensen el esfuerzo. Finalmente, la red funciona, ahora puede dedicarse a la construcción de una vivienda.

La cosa se pone interesante con la llegada de otro náufrago, a quien llamaremos Javier. Lo único que hará posible la sana convivencia entre ustedes dos es un marco de respeto mutuo. Javier es dueño de su propio cuerpo y de lo que con él produce. Usted puede decidir entregarle su red a cambio de recibir su ayuda en la construcción de la vivienda, le estaría prestando su capital por un precio, al final usted termina la vivienda en menor tiempo y Javier puede disponer de mayor cantidad de peces. La llegada de un nuevo náufrago significó dos cosas: 1) más recurso humano y 2) mayor especialización de la producción.

Toda esta parte del cuento es obviada por la generalidad de los economistas, sobre todo los del “mainstream” académico, probablemente porque nunca han tenido una buena idea ni nunca han salido de sus oficinas estatales y mucho menos se han arriesgado a producir y vender algo. Para ellos el cuento recién empieza cuando ya las cosas están producidas y, simplemente, es cuestión de hacer “redistribuciones” y evitar la “concentración” de riqueza en pocas manos, y quien mejor que ellos mismos para construir el paraíso sobre la tierra.

Parece un detalle, pero la arrogancia de los economistas es realmente perversa, actitudes como esa han hundido en la miseria a Cuba y Venezuela.

Para que las sociedades sean prosperas se necesita que los empresarios gocen de paz para producir y vender, que los gobiernos administren seguridad y justicia y que la propiedad privada sea respetada. Sí, para salir de la pobreza se necesita capitalismo, y mucho.

Editor, Senior en Laissez-Faire Club. Recibió su título de maestría bajo la dirección de Murray N. Rothbard en la Universidad de Nevada, Las Vegas, después de muchos años en el negocio de la banca. Él es uno de los principales del Mises Instituto, y ha servido como su presidente (2009-2012).

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