Superando las contradicciones de la democracia

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INTRODUCCIÓN

La democracia es un sistema inestable que, a menudo, le hace un daño a la libertad individual. Con esta afirmación rigurosa quiero postular dos problemas que han estado junto a los amigos de la democracia desde los tiempos más tempranos –que nos lleva a los Atenienses seguidores de Pericles cuando fueron calumniados por Platón, a Alexis de Tocqueville y a John Stuart Mill, cuando se preocuparon por ampliar la franquicia, hasta llegar a Friedrich Hayek y James Buchanan, cuando propusieron remedios para la demagogia de hoy en día. El primer problema es que el gobierno de la gente, por la gente, para la gente, en más de una ocasión ha estado en peligro de desaparecer de la Tierra. El segundo es que la democracia, si bien es corolario del individualismo, en la práctica, a menudo, ha tiranizado al individuo. Una explicación para la recurrencia de la inestabilidad y de la opresión frecuente de la política democrática, es que ellas se deben a la creciente erosión de los acuerdos humanos. Una mejor respuesta es que son la consecuencia de fallos sistemáticos de nuestros sistemas políticos. La democracia, tal como se practica, tiene imperfecciones. La vida democrática está completamente rodeada de paradojas. Estas imperfecciones deben ser analizadas abiertamente y remediadas, si es que queremos que sobreviva la democracia liberal.

Permítanme darles dos muestras de la confusión u contradicción que rodean la vida política del presente: la crisis del Bienestar y la negación del crecimiento capitalista.

EL FRACASO DEL ESTADO DE BIENESTAR 

La crisis financiera, que empezó en el 2007, se percibe en Europa como la señal de advertencia en favor de la idea original del Estado de Bienestar. El financiamiento de las pensiones, la salud y la educación sobre bases igualitarias, es visto ahora como un sistema de servicio social, con todos los incentivos equivocados: la demanda discurre salvajemente, la calidad del servicio se deteriora y los contribuyentes se quejan ante su peso.

El problema es que una mayoría de los votantes parece querer un Estado de Bienestar que ellos saben es insostenible. Por muchos años estuvieron contentos con vender su derecho natural por un plato de lentejas, pero, súbitamente, ahora temen que tendrán hambre: sus pensiones están siendo recortadas, las colas en los hospitales se hacen más largas y un número creciente de sus jóvenes se queda sin educar.

Estos problemas no afectan tan sólo a los europeos. En los Estados Unidos, la opinión pública está dividida en cuanto al crecimiento imparable de la deuda del Gobierno. La necesidad de reducir el déficit del Ministerio de Hacienda Federal es ampliamente reconocida, aunque hay desacuerdo en cuanto a la velocidad de la consolidación. Incluso existe un plan en los Estados Unidos para extender los privilegios [entitlements], de acuerdo con los lineamientos del fracasado experimento europeo. Esto no detiene a una mayoría de querer montar en el tren nuevos programas financiados con endeudamiento, aunque sean tan caros como el llamado Obamacare. Cuando la minoría trata de resistirse a elevar el límite de la deuda para otorgar los fondos para ese nuevo privilegio, el Gobierno Federal está en capacidad de allegarse la opinión pública hacia su lado, mostrando que la nueva deuda es necesaria para cubrir los gastos ordinarios, tales como pensiones a militares o salarios para los empleados públicos: es el mundo volteado al revés.

LA GENTE AMA ODIAR AL MERCADO

La hostilidad hacia el mercado, siempre presente en la política democrática, se ha agudizado con la crisis financiera del 2007-2011. Qué tan aguda puede ser medida por la negación general de los efectos positivos de la globalización en contra de la pobreza. La afirmación común y corriente es que la expansión del capitalismo se logra haciendo más pobre al pobre y más rico al rico, en todo el mundo. Ello va en contra de los hechos. Si la pobreza es definida en términos absolutos, como el estado de la gente que vive con menos de cierto umbral de consumo, entonces, la historia de la globalización de los últimos treinta años es asombrosamente positiva. En un artículo académico, que corona un gran esfuerzo por medir la pobreza en el mundo, Xavier Sala-i-Martin, junto con Maxim Pinkovskiy (2009) [1], muestran que, si el umbral de pobreza es especificado como vivir con menos de $1 al día, “el número de personas definidas de esa forma se ha reducido de 403 millones en 1970 a 152 millones en el 2006” –una disminución de 251 millones en treinta y seis años. La misma tendencia es revelada por umbrales más altos de pobreza. Aquella cifra es especialmente reveladora, porque los datos han sido observados en el medio de una población mundial creciente, que habría conducido a un incremento en el número de pobres. No puede ser una simple coincidencia que esos años han sido marcados por una expansión constante del comercio internacional y de la inversión extranjera directa; en otras palabras, por una globalización creciente. [2] El paso del tiempo ha probado que Milton y Rose Friedman estaban en lo correcto cuando, en Capitalism and Freedom [Capitalismo y Libertad], señalaron al capitalismo como explicación de la prosperidad de la parte libre del mundo. La globalización es la difusión de la libertad y, la historia de la libertad económica, es una de disminución de la pobreza y la desigualdad, junto con un marcado progreso en el bienestar.

A pesar de estos hechos observables, la opinión intelectual y la creencia política van hacia el otro camino. Los líderes religiosos, las élites intelectuales y la gente común y corriente, incesantemente denuncian el empeoramiento del estado de los pobres y gritan en apoyo del equipo de la intervención política, a fin de controlar al mercado libre, precisamente la institución que ocasiona la reducción de la pobreza y el aumento en el bienestar.

¿Por qué tal ceguera hacia los beneficios de la libertad económica disfrutada por números crecientes alrededor del mundo? De nuevo, parece que esto va más allá de una moda pasajera o de una simple coincidencia. Muestra que la democracia liberal sufre de una profunda contradicción: la gente está descontenta con nuestras sociedades, a la vez que esperan y demandan mejoras ilimitadas a partir de su progreso.

LA POLÍTICA DEL CONTROL DEL MERCADO

Esta contradicción entre opinión y comportamiento a menudo convierte a demócratas en colectivistas, debido a que promueve una desconfianza en el comercio, un rechazo de la competencia, un temor a los cambios en los precios, una aversión a nueva riqueza; en resumen, a una sospecha generalizada del mercado libre. Esto conduce a que la democracia sea propuesta como un sistema para controlar políticamente al cambio social espontáneo, en vez de un sistema que transmita las escogencias individuales. Cuando votantes posteriores notan la corrupción implícita en el tráfico de influencias o de compartir el amiguismo, a los cuales conduce aquella visión de la democracia, aquellos anhelan una política más propia de una república, en donde los políticos buscan el bien común, cualquier cosa que eso signifique.
La competencia económica está basada en acuerdos libres para obtener ganancias mutuas; la política (y los mercados gobernados políticamente) son acerca de extraer rentas. Diré algo más tarde en estas tres columnas acerca de la distinción fundamental entre los juegos de suma positiva del libre mercado y los juegos de sumas negativas de la búsqueda de rentas, una distinción que los votantes ordinarios encuentran difícil de hacer.

LAS CUATRO PARADOJAS DE LA DEMOCRACIA MODERNA 

Enfermedades tales como aquellas evidenciadas en los dos ejemplos anteriores, no son accidentes o simples coincidencias. Sus causas pueden ser consideradas como ocultas, pero, aun así, testifican profundas contradicciones en la vida y práctica de la democracia.

Hay muchas fuentes de paradojas en nuestras democracias. Pondré mi atención en cuatro de ellas, las cuales quiere tratar en éste y los pocos ensayos que le siguen.

  1. La primera es que los ideales del individualismo y de la ciudadanía pueden ser descontados al no existir plenamente en armonía con nuestra naturaleza humana; en efecto, pueden ser rechazados por ser innaturales en su totalidad.
  2. El voto democrático puede resultar en decisiones en común que nadie quiere, al surgir a expensas de las preferencias personales; la nación, aunque sea el lugar natural para la soberanía popular, a menudo puede ser la fuente de un tribalismo agobiante.
  3. Tercero, la confusión de riqueza con libertad y de pobreza con servidumbre, tentará a muchos a representar a las libertades formales como un engaño anti-igualitario.
  4. Y, finalmente, el dinero, al cual Hayek consideró como ‘uno de los más grandes instrumentos de libertad jamás inventado por el hombre,’ sufre repetidamente de desórdenes financieros que ponen en peligro a la libertad, tal como lo muestran la crisis de los años treinta y de la primera década del siglo presente.


LA PARADOJA DEL MENTIROSO

Es mi punto de vista que estas cuatro contradicciones no son incurables. Son del tipo de círculos semánticos que uno encuentra en la conversación ordinaria y en programas de cómputo. Estos círculos pueden ser solucionados separando los niveles de significado, de manera tal que se evita la auto-referencia. Una de las más antiguas es la “paradoja del mentiroso”, la cual dice así:

“Epiménides, el Cretense, dice que todos los Cretenses son mentirosos.”

Muchos autores resuelven esta contradicción separando los niveles de las proposiciones, incluso visiblemente entre comillas; así:

“Epiménides, el Cretense, dice: ‘todos los Cretenses son mentirosos’.”

Esta frase es verdad si, en efecto, Epiménides dijo tal cosa, ya sea que se estuviera contradiciendo o no.

Cada una de estas paradojas de la vida democrática sufre de una auto-referencia que tiene que ser interrumpida, de manera tal que escape del círculo vicioso que la aflige. Esto se logra trasladando el discurso a un ‘nivel superior’. [Nota del traductor: ‘meta-plane’: Que está por encima del nivel más alto en rango y significado; una zona (o función) superior a todas las conocidas]. Permítanme explicar esta tal vez oscura expresión, tomada de una discusión acerca de paradojas semánticas de inicios del siglo XX. [3] La solución acabada de proponer para la paradoja del Mentiroso, consiste en separar la proposición herética en dos partes: una de ellas, tan sólo entrecomillada por una comilla, formulada en lo que es técnicamente llamado el ‘lenguaje objeto’; y, la restante, expresada en lo que se llama el ‘meta-lenguaje’. La frase del meta-lenguaje formula un juicio acerca de la frase objeto y, al excluir la auto-referencia, evita la paradoja.

Las cuatro paradojas de la democracia liberal que quiero discutir en estas columnas pertenecen a la misma clase de paradojas semánticas que aquella del Mentiroso.

1′. Si la economía moderna es vislumbrada como innatural o irracional porque rompe con la tradición o porque no ha sido políticamente diseñada, entonces, será rechazada por no ser democrática, aunque sea resultado de las acciones libres de innumerables individuos.
2’. Si cualquier cosa que la mayoría decide es verdadera, entonces, la democracia mayoritaria pueden votarse a sí misma para dejar de existir.
3’. Si la democracia liberal está basada en el principio de que todos los hombres son iguales, entonces, el mercado libre, basado en el principio de la libre elección privada, será rechazado por conducir a una desigualdad no democrática.
4’. Si por decisión democrática, el dinero empieza a ser emitido en exceso, entonces, su papel como un símbolo de valor puede ser fundamentalmente socavado.

Las paradojas semánticas nos son solamente curiosidades lógicas. A menudo se hacen ‘existenciales’, en cuanto incorporan un rasgo impactante o absurdo de la realidad. Vivir con tales paradojas se convierte en algo insoportable. Resolverlas se convierte en una manera de aproximarse a la verdad. De ahí que, la misma evolución de la vida social, conduce a hábitos o instituciones que aparecen en un nivel superior, que ayudan a las sociedades a escaparse de tales círculos viciosos.

El objetivo de esta columna y de las siguientes es hacer un bosquejo de formas para liberar a la vida democrática de deformidades, como las que he enlistado aquí. El objeto es hacer que la democracia sea más amigable con la liberad humana. Exploraré soluciones para las cuatro paradojas, basado en o cultivando meta-niveles de significado para resolver contradicciones mortales, siguiendo los siguientes lineamientos.

1”. Nuestros instintos personales acerca de lo que es natural, no debería conducirnos a rechazar una evolución social impredecible hacia un nivel superior, debido a que sus resultados se sienten como artificiales.
2”. A la gente que usa sus derechos democráticos para destruir la democracia liberal, no necesariamente se les debe dar plena flexibilidad, sino hacer que vivan por las reglas superiores de una Constitución.
3”. La igualdad demandada por los demócratas debe estar limitada, mediante una meta-legalidad, a la igualdad ante la ley.
4”. La creación de dinero deberá estar anclada por alguna meta-legalidad bien fundamentada, de manera que el crédito no crezca excesivamente al retroalimentarse.

Hago notar, en la conclusión de estos ensayos, que las escaleras hacia los niveles superiores que permiten a las democracias escapar de círculos viciosos, se desarrollan espontáneamente con el crecimiento económico y el progreso cultural. Con el paso del tiempo, tienden a aparecer cortafuegos institucionales que rompen los círculos de la vida democrática. La historia muestra que la gente puede aprender a ser democrática mediante formas que no son perjudiciales para la libertad personal.

I. LOS ERRORES DEL DETERMINISMO BIOLÓGICO Y DE LA INGENIERÍA SOCIAL

Freud acerca de la cultura como represión innatural. 

Ya tarde en su vida, Sigmund Freud publicó uno de sus ensayos más impactantes, Civilization and its Discontents [La Civilización y sus Descontentos]. [4] No soy el único que sintió, al leer su trabajo, que, cuando estaba estudiando la cultura humana en 1930, Freud estaba todavía bajo la impresión de la Primera Guerra Mundial y de la dureza de sus secuelas. La leyenda dice que, cuando iba navegando hacia Nueva York por primera vez en 1909, se volteó hacia Jung, quien estaba a su lado, y le dijo “Ellos no se dan cuenta de que nosotros estamos trayendo la plaga”. [5] La plaga era la difusión de la creencia de que la represión civilizada debía de ser exorcizada, para que la humanidad se deshiciera de su infelicidad. ¿Estaba él, tal vez, lamentando el día en que dejó sueltos a los demonios de la libido y por culpar a la represión de las neurosis de la humanidad?

El descontento del hombre está en lo profundo, dice Freud. Los humanos están perpetuamente encarados con la omnipotencia del destino y la futilidad de su propio esfuerzo. En la infancia, ellos dependen crucialmente de otros y están naturalmente abiertos al impulso religioso. Su angustia se prolonga hasta los años de adultez por la presencia inevitable de tres fuentes del sufrimiento humano: la supremacía de la Naturaleza, el decaimiento de su propio cuerpo y las deficientes relaciones humanas en la familia, la sociedad y el estado. Los últimos son especialmente dolorosos, pues, dice él, fuimos nosotros quienes desarrollamos estas instituciones para nuestra felicidad, bienestar y protección. Así Freud estaba cuestionando incluso a los beneficios de acuerdos desarrollados a propósito por gente pensante.

Sin embargo, todo esto no explica “la extraña hostilidad de muchos hombres contra la cultura”. Para Freud, una segunda causa podría encontrarse en nuestra desilusión con los avances técnicos de la época.

“En el transcurso de las últimas generaciones, la humanidad ha logrado progresos extraordinarios en las ciencias naturales y en sus aplicación técnicas. […] El hombre está justamente orgulloso de tales conquistas, pero ha empezado a sospechar acerca de estos poderes recientemente adquiridos […] no lo han hecho más feliz.”

Freud acuñó una expresión cruel para describir la insatisfacción continua de los humanos, a pesar de los incrementos extraordinarios del poder de la tecnología:

“El hombre, para así decirlo, ha llegado a ser un dios con miembros artificiales, suficientemente magnificentes [… cuando él se pone] sus prótesis, pero estas no crecen de su cuerpo y algunas veces le ocasionan angustia considerable.”

¡Un dios con prótesis! Tal fue su segundo paso en su diagnóstico acerca de la hostilidad del hombre hacia la cultura.

Sin embargo, Freud quería profundizar más en su explicación de los descontentos con la civilización. La tercera, y causa aún más fundamental, era que la sexualidad del hombre y sus instintos agresivos eran salvajes y violentos y tenían que ser reprimidos para hacer posible la vida en sociedad.

“Quienquiera que recuerda los horrores de las grandes migraciones, las invasiones de los Hunos, de los mongoles bajo Genghis Khan y Tamerlán, la conquista de Jerusalén por los píos cruzados e incluso las crueldades de la última Guerra Mundial, debe humildemente aceptar la realidad [de la agresividad humana].”

La represión necesaria dio lugar a que surgiera la neurosis del hombre civilizado, quien, a menudo, la alivió revirtiendo hacia una participación ciega en la vida en comunidad. Las tendencias agresivas de la humanidad podían ser canalizadas en defensa de la tribu. Estos pequeños grupos tenían

“…la ventaja muy apreciable de permitir la satisfacción del instinto por medio de la hostilidad hacia los forasteros […] de tal forma facilita la cohesión de los miembros de la comunidad.”

Ecos de Thomas Hobbes en su exaltación de la represión social: el hombre era libre antes de su culturización, pero, su libertad natural “no tenía valor porque el individuo era difícilmente capaz de defenderla”, fue la conclusión de Freud. Se encauzó en la misma dirección de Hobbes: las instituciones libres no estaban en armonía con la naturaleza primordial del hombre.

Las tres fuentes de sociabilidad de Hayek

La idea Freudiana de que las instituciones de la sociedad libre inevitablemente entraban en conflicto con la verdadera naturaleza del hombre, fue sutilmente cambiada por Hayek. El texto que debe ser leído y releído en este sentido, es su breve “Epílogo” a Law, Legislation and Liberty [Derecho, Legislación y Libertad], [6], al cual titula como “Las tres fuentes de los valores humanos” (1982). Es allí en donde Hayek rechaza la visión general de que las instituciones humanas son de un origen biológico o de uno racional.

La cultura no es ni natural ni artificial, no es transmitida genéticamente ni es diseñada racionalmente. […] Las estructuras formadas por las prácticas tradicionales de los hombres no son naturales, en el sentido estricto de ser determinadas genéticamente, ni tampoco artificiales, en el sentido de ser producto del diseño inteligente.” (Hayek, página 155).

En primer lugar, él aceptó que “el hombre ha sido civilizado en mucho en contra de sus deseos” y que existía un descontento en nuestra civilización debido a los sentimientos de indefensión del hombre y de la mujer individual, para controlar las fuerzas que dan forma a sus vidas.

En segundo lugar, él no quedó contento con la clasificación de Freud de las fuentes del descontento civilizado en una represión neurótica y en un artificio técnico. Aun en sociedades cerradas de un tipo primitivo, había control e invención, pero, no obstante, estos eran aceptados y bienvenidos. Había otra fuente de descontento que era sentida como algo impersonal y, a menudo, siniestro. Las instituciones del mundo civilizado evolucionaron espontáneamente por medio de una competencia ciega. Para el individuo, eran opacas y hasta incomprensibles.

“Estas nuevas reglas no eran respaldadas por el entendimiento de que eran más efectivas. Nunca hemos definido a nuestro sistema económico. No éramos lo suficientemente inteligentes para ello. Hemos tropezado con él, nos ha llevado a alturas imprevistas y ha dado lugar al surgimiento de ambiciones que, aun así, pueden conducirnos a que lo destruyamos.” (Página 164).

En tercer lugar, Hayek no deploró el surgimiento de reglas que disciplinaban a la naturaleza humana; por el contrario: “La libertad fue hecha posible por la evolución gradual de la disciplina de la civilización, la cual es, al mismo tiempo, la disciplina de la libertad” (página 163). Esto fue lo que condujo a Hayek a afirmar que “la moral que mantiene la sociedad abierta, no sirve para satisfacer las emociones humanas” (página 160). La razón por la cual muchas instituciones del mundo moderno son malentendidas o, de hecho, rechazadas por el hombre moderno, es que, en efecto, ellas no son ‘naturales”, ni tampoco ‘racionales’, en el sentido de ser conscientemente desarrolladas para un propósito definido.

Uno debe recordar que una de las razones por las cuales Hayek escribió aquel Epílogo, fue para corregir “los errores de la socio-biología”. Para Hayek, esa escuela estaba errada, al creer que las costumbres y las instituciones de los seres humanos podían ser ‘reducidas’ a su naturaleza genética; esto es, deconstruidas biológicamente. También, uno no debe olvidar que el objetivo del volumen I de Derecho, Legislación y Libertad, titulado “Normas y Orden,” fue el de rechazar lo que llamó ‘constructivismo’; esto es, la creencia de que era racional y posible diseñar instituciones desde cero, como si fueran miembros artificiales, tal como lo describió Freud de manera tan contundente. En resumen, el principio sobre el cual Hayek basó su análisis de las instituciones fue aquel encapsulado en la famosa frase de Adam Ferguson, de que “las naciones se topan con instituciones que en efecto son fruto de la acción humana, pero no del designio humano.” [7]

Todo esto significa que los humanos no entienden a plenitud la naturaleza y los efectos de las instituciones sobre la vida civilizada y que, intentos de ordenarla de arriba hasta abajo, va en mucho en contra de la veta de las costumbres y creencia de la vida tribal que, con penas, hemos parcialmente superado. Ni tampoco va en conformidad con las demandas de la lógica Cartesiana.

“[…A] partir de la tolerancia del trueque con el forastero, el reconocimiento de la propiedad privada, especialmente de la tierra, la aplicación de las obligaciones contractuales, la competencia con sus compañeros artesanos del mismo giro, la variabilidad de los precios básicamente determinados por la costumbre, el prestar dinero, particularmente cobrando intereses, todos fueron en su inicio violaciones a las reglas de la costumbre.” (Página 161).

Vivimos angustiados (o descontentos, como habría dicho Freud) debido a que las reglas que “mantienen a la sociedad abierta no sirven para satisfacer las emociones humanas.”

“Las herramientas básicas de la civilización -el lenguaje, la moral, la ley y el dinero- son resultado del crecimiento espontáneo y no del diseño, y de las dos últimas el poder organizado ha tomado control y las ha corrompido totalmente.” (Página 163).

Popper y la sociedad abstracta [8] 

Todo esto lo había enfatizado Karl Popper muchos años antes. Cuando discute la filosofía reaccionaria de Platón en The Open Society and its Enemies [La Sociedad Abierta y sus Enemigos] (1945, 1957), él llegó a la para él sorprendente conclusión de que Plato estaba en lo correcto, cuando dijo que los antiguos Griegos “sufrían una ruda tensión y que esta tensión obedecía a la revolución social que se había iniciado con el surgimiento de la democracia y el individualismo.” (1957, página 171). La vida en la tribu está más de acuerdo con nuestros rasgos heredados. Cuando la sociedad se aleja de su funcionamiento, como un organismo, el resultado puede ser perturbador.

“La sociedad abierta puede convertirse, gradualmente, en lo que cabría denominar ‘sociedad abstracta’. […] No es imposible concebir una sociedad en la que los hombres no se encontrasen nunca, prácticamente, cara a cara, donde todos los negocios fuesen llevados a cambio por individuos aislados que se comunicasen telefónica o telegráficamente y que se trasladasen de un punto a otro en automóviles herméticos.”
De esta manera, Popper ha agregado que las relaciones, que en una sociedad cerrada eran determinadas por accidentes de nacimiento o por un lugar en la jerarquía social, cambiaron en una sociedad abierta, para convertirse en objetos personales de elección. Sin embargo, concluyó Popper,

“… si bien la sociedad se ha tornado abstracta, la configuración biológica del hombre no ha cambiado considerablemente; los hombres tienen necesidades sociales que no pueden satisfacer en una sociedad abstracta.” (Paginas 174-175).

El rechazo moral de los mercados eficientes

El rechazo instintivo de la ética de la Sociedad Abierta tiene un efecto inesperado: conduce a la gente normal a preocuparse por las conclusiones de la economía, aun cuando ya hayan quedado bien establecidas y comprobadas. Esto hace de la vida de un economista clásico una experiencia frustrante. Nuestra ciencia de la economía parece oponerse a creencias entrañables y a principios morales de la gente común, de forma que los mercados sean malqueridos y que sufran de una interferencia permanente.

En un astuto ensayo reciente, Clark y Lee [9] enfatizan el hecho de que las conclusiones del análisis económico son a menudo rechazadas sin pensarlo dos veces, debido a la ética que parece respaldarlo. La economía política del mercado, correcta o no en sus conclusiones y predicciones basadas en los hechos, es sentida por muchos como si fuera totalmente inmoral. Se dice que se basa en la avaricia, que está vaciada de sentimiento alguno, incluso hasta socavar la misma moralidad del trabajo duro y del cálculo auto-disciplinado que la hicieron exitosa. Estas creencias erradas se nutren por el conflicto entre la moralidad habitual y la ética impersonal del mercado o por lo que Clark y Lee llaman ‘la moralidad mundana’, distinta de la ‘moralidad magnánima.’ Esta última

“…puede ser mejor definida en términos de ayudar a otros, de formas que satisfagan tres características –ayudar intencionalmente, hacerlo así con un sacrificio personal y brindando la ayuda a beneficiarios que pueden ser identificados.” (Clark y Lee, página 3).

Por otra parte, la moralidad mundana, si bien es esencial para la existencia de la sociedad, es mucho menos atractiva para la gente común y corriente y, en efecto, no se le reconoce a menudo como una moral del todo. Esto se debe a que, al contrario de la moralidad magnánima, tiene tres características que contrastan con las tres expuestas arriba; es egoísta, beneficia a ambas partes y es esparcida anónimamente.
Ahora podemos ver por qué la moralidad mundana está vista bajo esa luz tan desfavorable, por gente que no reconoce que tiene efectos en la sociedad que son más amplios y beneficiosos, que la magnanimidad personal. En suma,

“[E]s mucho más fácil entender el criticismo persistente de los mercados, y a la justificación de que de ello se hace por la mano invisible, una vez que se considera la fuerte atadura emocional a la moralidad magnánima.” (Páginas 7-8).

Moviéndose hacia un meta-nivel

Tal como señalé cuando estaba exponiendo la primera paradoja que debería considerarse en una democracia liberal, es un error peligroso limitarse uno mismo a sostener que las reglas de la vida social deben ser o naturales o racionales. Esto haría que los hábitos y las instituciones de la economía moderna parecieran artificiales, debido a que no fueron diseñadas por alguien y que las situaciones resultantes de las decisiones libres de los individuos sean rechazadas por ser anti-democráticas.

El mejor camino para la sociedad libre a fin de salir de este círculo vicioso es ubicar las herramientas básicas de la civilización -el lenguaje, la moral, la ley y el dinero- en un nivel superior, tal como lo hicimos con las propuestas del meta-lenguaje y la paradoja del Mentiroso. Ellas no deben ser vistas como parte del lenguaje objeto y, por tanto, ser juzgadas de acuerdo con la reglas de nuestra conformación biológica. Ellas pueden ser corregidas y reformadas por la razón, pero con mucho cuidado, pues nuestra razón es en sí el resultado de la cultura y puede, con dificultades, entender los senderos de la evolución espontánea.

En suma, nuestros instintos personales acerca de lo que es natural, no debe, en un nivel superior, conducirnos a rechazar una impredecible evolución social, porque sus resultados se sienten como artificiales, y nosotros deberíamos hacer uso del instrumento de nuestra razón con algún cuidado y timidez.
NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1] Maxim Pinkovskiy & Xavier Sala-i-Martin: “Parametric Estimations of the World Distribution of Income”. Working Paper 15433, octubre de 2009, National Bureau of Economic Research. Otras mediciones de pobreza muestran un grado similar de reducción. También han encontrado que algunas evaluaciones de la desigualdad global han declinado sustancialmente y que mediciones de bienestar global se han incrementado.
[2] Por supuesto que hay más de una causa única para dicho progreso, siendo la adicional más importante los adelantos médicos, pero no hay necesidad aquí de enfatizar la relación recíproca entre libertad y progreso científico.
[3] Estas reflexiones han sido inspiradas por los artículos acerca de “Paradojas”, “La paradoja del Mentiroso” y “Meta-lenguajes,” en J. Ferrater Mora (1982): Diccionario de filosofía, Vol.3. Alianza Editorial, Madrid.
[4] Estoy utilizando la traducción de 1979 al español, contenida en el volumen XXI de Freud’s Collected Works [Obras Completas de Sigmund Freud], publicadas por Amorrortu Ediciones, Buenos Aires, páginas 89-104.
[5] La fuente brindada en el artículo de Wikipedia acerca de Sigmund Freud es Jacoby, Russell (21 de setiembre de 2000). “Freud’s Visit to Clark University”The Chronicle Review. (Obtenido el 25 de octubre de 2013).
[6] Friedrich A. Hayek, Law, Legislation, and Liberty Volume 3: The Political Order of a Free People[Derecho, Legislación y Libertad Volumen 3: El Orden Político de una Sociedad Libre]. The University of Chicago Press, 1982.
[7] Adam Ferguson: An Essay on the History of Civil Society (1767). Disponible en línea en Online Library of Liberty.
[8] El tema de éste y el del párrafo que le sigue, los he expuesto con mayor detalle en mi capítulo titulado “Happiness is not within the Government’s remit: The philosophical flaw in happiness economics” del libro editado por Philip Booth: … and the Pursuit of Happiness. Institute of Economic Affairs (London): 2012.
[9] Clark, J.R. & Lee, Dwight R. (2011): “Markets and Morality”. The Cato Journal, Vol. 31, no. 1 (Invierno), páginas 1-25.

Traducción por Jorge Corrales.

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