si le das la mano al estado, éste te toma el brazo

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No existe tal cosa como una intervención que sea neutral.

Los humanos son seres imperfectos. Por mucho que lo intentemos, cada uno de nosotros está sujeto a algún grado de inconsistencia en nuestros propios patrones de pensamiento. Incluso los principales campeones de la libertad, quienes han hecho contribuciones invaluables al estudio de liberalismo clásico, han caído presos del error. Y, mientras que estos héroes y genios pueden, de vez en cuando, arribar a una conclusión inconsistente, nuestra admiración permanece.

Hayek no era infalible. Y, en el capítulo tres de Camino de Servidumbre, formula algunos argumentos a favor de una intervención del estado que sea “inofensiva,” lo cual exige que sea objeto de escrutinio.

NO EXISTE TAL COSA COMO UNA REGULACIÓN INOFENSIVA

Al ir leyendo el capítulo tres, primero le eché una ojeado y, al encontrarme con este pasaje, noté algo sorprendente, por lo que le volví a echar una mirada.

“Prohibir el uso de ciertas sustancias venenosas o exigir especiales precauciones para su uso, limitar las horas de trabajo o imponer ciertas disposiciones sanitarias es plenamente compatible con el mantenimiento de la competencia.”

En este capítulo, Hayek usa regularmente la palabra “competencia” para dar a entender al libre mercado. Asimismo, afirma que “planificación” es, por sí y en sí misma, el enemigo de la competencia. Hayek arguye que no toda acción estatal califica como “planificación” y como una intromisión en la “competencia.”

Hayek razona que, dado que estos tipos de regulación no interfieren con los medios de producción como tales, es plenamente compatible con el capitalismo de libre mercado. También él ha aseverado que, puesto que esas son regulaciones “generales”-nadie puede usar esas substancias- y no regulaciones particulares -sólo este grupo no puede usarlas,- no pueden inhibir la habilidad del mercado para funcionar libremente. Por ejemplo, en la mente de Hayek el estado que limita el número de chunches que usted puede producir, es mucho más intrusivo que ilegalizar ciertas sustancias dañinas.

Aquellos de nosotros que hoy estamos con vida, estamos bendecidos por el obsequio de la retrospectiva. Eso nos ha permitido reconocer (esperamos) que ese tipo de políticas necesariamente arreglan la competencia, a favor de un grupo por encima de otro. En efecto, cuando se trata del mercado, no existe tal cosa como una intervención que sea neutral.
LA REGULACIÓN DEL TIEMPO EXTRA QUE CASI SE DIO

Por ejemplo, el pasado otoño, el ministerio de Trabajo de los Estados Unidos estableció nuevas regulaciones en relación con la paga por tiempo extraordinario. Preocupado porque el trabajador estadounidense estaba siendo explotado, ese ministerio declaró que, a quien ganara un salario anual de $48.000 o menos, sólo se le permitiría trabajar 40 horas a la semana. Si por alguna razón necesitaba trabajar más de 40 horas, el patrono estaría obligado a pagarle por tiempo extra.

Ese tipo de política regulatoria fue explícitamente aceptada como aceptable por Hayek en el párrafo inmediato anterior.

Pero, en vez de proteger a los trabajadores, la regulación del tiempo extra les habría afectado en su capacidad para salir adelante en sus carreras. El límite salarial que el ministerio de Trabajo había acordado, impactaba a trabajadores entrantes desproporcionadamente. Dado que se limitarían las horas de trabajo, los profesionales jóvenes ya no tendrían la posibilidad de trabajar más horas, para comprobar su dedicación a su carrera y mejorar las probabilidades de una promoción. Tal como escribió Jeffrey Tucker:

“Para realmente tener éxito en una industria, usted necesita más que una conexión y una credencial. Usted tiene que mostrar de qué madera está hecho. Usted necesita demostrar su compromiso personal. Y a usted típicamente se le encargará mostrarlo mientras que vive con un salario bajo –no tan bajo como para calificar para tiempo extra, pero tampoco más elevado.

Esta exención de las regulaciones sobre tiempo extra es lo que hace que funcione la economía de Prada [Nota del traductor: se refiere a la empresa italiana de modas Prada, en donde los subalternos con salarios bajos y por muchas horas son entrenados para trabajar a futuro como altos ejecutivos]. Permite que los trabajadores muestren sus talentos sin imponer nuevas cargas financieras sobre los empleadores. Eso es lo que abolirían las nuevas reglas.”

Eso colocaría a los trabajadores jóvenes en desventaja en comparación con aquellos que hayan estado más tiempo en la fuerza de trabajo y que ya han invertido las horas necesarias para movilizarse hacia arriba en la escala corporativa.

De hecho, tan preocupado estaba el trabajador estadounidense acerca del impacto negativo que esa nueva regulación sobre el tiempo extra habría significado para sus carreras, que terminó siendo eliminada antes de llegar a ser decretada.

TENGA CUIDADO CON LAS PENDIENTES RESBALADIZAS

Otro problema con las “intervenciones inofensivas” es que el estado es incapaz de refrenarse por sí mismo. Esta es la razón por la cual muchos gobiernos caen víctimas de la tiranía y la opresión. Una vez que a aquellos en autoridad se les da el más ligero incremento en el poder, lo usarán como precedente y como palanca para tomar más hasta que la libertad exista sólo de nombre. En otras palabras, si le das la mano al estado, este te toma el brazo.

Mises expuso este mismo punto en La Acción Humana:

“…quien pretenda otorgar al gobernante tales funciones no sería consecuente consigo mismo si se negara a conceder igual trato a los asertos de las diferentes iglesias y sectas. La libertad es indivisible. En cuanto se comienza a coartarla, el actor se lanza por pendiente en la que es difícil detenerse. Quien desee dar al estado facultades para garantizar la certeza de lo que los anuncios de perfumes y dentífricos pregonan no puede luego negar a las autoridades idéntico privilegio cuando se trata de atestiguar la verdad de temas de mucha mayor trascendencia, cuales son los referentes a la religión, la filosofía y la ideología social.”

Tal ha sido el caso a lo largo de la historia, y siempre ese será el caso en el tanto en que los gobiernos sean invitados a regular en nombre ya sea de los consumidores o de los trabajadores.

Este es la razón de por qué se debería practicar la vigilancia constante e incluso en cada paso deberán ser disputadas las prácticas de regulación “moderadas”. Porque incluso las políticas más moderadas, con las justificaciones más “racionales,” resultarán en la consecuencia no prevista de una economía controlada. Como escribió Mises:

“Toda intervención que perturba la operación del mercado no sólo deja de alcanzar los objetivos deseados, sino que además provoca situaciones que el propio dirigista, desde el punto de vista de sus propias valoraciones, ha de estimar peores que aquéllas que pretendía remediar. Si para corregir tan indeseados efectos recurre a intervenciones cada vez más amplias, paso a paso destruye la economía de mercado, implantando en su lugar el socialismo.”

Así lo escribió Dan Sánchez:

“En una brillante pieza de razonamiento económico en su ensayo clásico ‘Middle-of-the-Road Policy Leads to Socialism’ [‘Las políticas intermedias conducen al socialismo’], Mises mostró cómo, incluso en una intervención que aparenta ser menor, como un precio máximo a la leche, inevitablemente conduce a un socialismo pleno, si el gobierno la lleva hasta su amargo final y si decidió tomar intervenciones adicionales para tratar de lidiar con todas sus consecuencias negativas, así como con las consecuencias negativas de aquéllas y de las subsecuentes intervenciones. Por ello, Mises llamó al intervencionismo ‘un método para la realización del socialismo a pagos;’ o, como diríamos hoy, ‘socialismo con un plan de pagos.’”

Hayek entendió tales peligros en lo relacionado con la mentalidad colectivista. Todo el segundo capítulo del libro se dedicó a advertir que todas las formas de colectivismo necesariamente conducen a la tiranía. Seríamos sabios si extendiéramos esta advertencia hasta las formas aparentemente inofensivas de intervención, como pasos, no importando qué tan pequeños, hacia abajo en el camino de servidumbre.

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