Ser conservador no es pecado

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Resulta paradójico que ser conservador “esté de moda”. Al menos así parece demostrarlo el desconcierto e indignación del progresismo imperante que con alarma ve crecer posturas tradicionalistas en diversos frentes de la política y la cultura. Lejos se está de una hegemonía del conservadurismo, pero a quien escribe le resulta gratificante que exista un referente tal y que sea atractivo para quienes nos identificamos como tales.

Sin embargo, el desafío de ser conservador radica en aquello que el pensador austrolibertario Hans Hermann Hoppe propone sobre “por qué los conservadores actuales deben ser libertarios antiestatistas y, a la inversa, por qué los libertarios deben ser conservadores”, ya que si bien quienes así mismo se identifican como libertarios difícilmente se consideran conservadores, ¿Por qué los conservadores verían atractivo o necesario ser libertarios? A continuación, pondré en consideración una reflexión al respecto para Colombia, dado que, como afirmaría uno de sus políticos más afamados y trágicamente fallecido, como fue Álvaro Gómez Hurtado: “en Colombia hay más conservatismo que partido conservador”, por lo que vale la pena revisar el potencial para este país de aquella relación entre libertarianismo y conservadurismo.

Dado que la libertad no es un patrimonio exclusivo de los liberales ni mucho menos de los libertarios, es más que lógico y necesario que los conservadores, y de paso toda persona, se forme en las ideas de la libertad. Ahora bien, ¿que tenemos de especial los conservadores para el libertarianismo?, pero, además, ¿que promete dicha relación en Colombia? Empecemos por responder la primera pregunta.

Me decía el ex director del periódico colombiano “El Nuevo Siglo”, Albero Abello, que “conservador que no defiende la propiedad privada, no es conservador”. Si consideramos que para el pensador libertario Ludwig von Mises la defensa de la libertad es fundamentalmente la defensa de la propiedad privada y que para su discípulo Friedrich von Hayek la civilización no es sino el resultado de la disciplina en el ejercicio de la libertad, sería apenas lógico que un conservador al defender la propiedad privada salvaguarda la libertad y de paso, la civilización. Parece entonces que los conservadores somos candidatos perfectos para defender lo que los libertarios quieren defender, pero la cuestión entonces es cómo defender la propiedad privada, porque la formula clásica sugiere constituir un gobierno limitado, y los conservadores en Colombia, al menos aquellos que como partido político se han denominado tal y tenido la oportunidad de ejercer cargos públicos, no han logrado frenar la expansión del Estado sino incluso han ayudado a dicha expansión, lo cual nos lleva resolver la segunda pregunta.

Si revisamos la actuación política del conservatismo en Colombia en las últimas décadas deja mucho que desear en defensa de la libertad, al menos en lo que concierne a consolidar un gobierno limitado. El ya citado Álvaro Gómez Hurtado, representante del conservatismo como uno de los tres presidentes de la asamblea constituyente que aprobó la constitución política de 1991, actualmente vigente en Colombia, le dio apertura al garantismo de derechos de segunda y tercera generación que sostenidamente han hecho incrementar el gasto público y, por ende, el déficit fiscal. Conservadores como Alfredo Vásquez Carrizosa y Mario Laserna Pinzón terminaron respectivamente en las filas de la Unión Patriótica y en las de la Alianza Democrática M-19, dos agrupaciones políticas colombianas de ideario socialista de la década de los noventa del siglo pasado.

Una presidencia de la república como la de Andrés Pastrana (entre 1998-2002) contribuyó a la expansión del gasto y deuda pública con una política de subsidios como “Familias en Acción” y con otro como el “Plan Colombia” que insiste en librar una guerra perdida contra el narcotráfico. Ni que decir de la bancada conservadora en el congreso, que desde los gobiernos del presidente Álvaro Uribe (2002-2006; 2006-2010) y de Juan Manuel Santos (2010-2014; 2014-2018) han defendido diversas políticas y leyes inspiradas en el ideario estatista e intervencionista de la “Tercera Vía”.

Aunque la trayectoria de personajes como Pablo Victoria y Enrique Gómez Hurtado (éste último fallecido en 2019) pueden ser excepciones notables[1], la verdad es que los conservadores en Colombia, como en varias partes del mundo, por defender la propiedad privada han preferido la seguridad a la libertad, cediendo con mucha facilidad a cualquier iniciativa que con tal de preservar el orden contribuya a la ampliación de los poderes del Estado.

Retomemos sin embargo eso de que en Colombia “hay más conservatismo que partido conservador”. Puede que la expresión se refiera a la forma en que por ejemplo políticamente se dividió el conservatismo en la década del noventa del siglo pasado, con el Movimiento de Salvación Nacional de Álvaro Gómez Hurtado, por un lado, el Partido Social Conservador liderado por Misael Pastrana Borrero, por otro, y finalmente el “conservatismo independiente” de Rodrigo Lloreda Caicedo por otro. Así las cosas, pareciese que el juicio de Álvaro Gómez Hurtado fuese pesimista frente a la inadecuada representación política del conservatismo en Colombia, pero lo que yo me atrevería a sugerir es que en dicho juicio hay un optimismo frente a que el conservatismo se mantiene a pesar de su falta de representación política explicita. Si la afirmación que citamos anteriormente de Álvaro Gómez Hurtado la tomamos por cierta, confirmaría aquella otra que sostiene el padre jesuita Javier Sanín al decir que “Colombia vota liberal porque sabe que tiene gobierno conservador”. De ser así, estamos ante un país de “godos”, el apodo con el que entre cariño y desprecio se ha querido calificar a quienes nos gusta la tradición, la familia y la propiedad (privada, por supuesto).

Ahora bien, el optimismo frente a la prevalencia del conservatismo no se debe comprender solamente como un potencial político, ya que hacer eso es entender el conservatismo en el sentido que no recomienda Hoppe, que es aquel de la mera preservación del status quo. Lo que debe entusiasmar de dicha prevalencia del conservatismo es el escepticismo con que muchos colombianos recelan de una autoridad como la del Estado a la que oportunamente señalan de inmoral, así como la desaprobación a la corrupción con la que ejerce el poder dicho Estado.  Estamos ante una reacción moral, aquella que precisamente con su realismo nos hace comprender que ser conservador, más que querer cambiar el mundo es simplemente tratar de ser mejor persona al buscar “vivir de lo propio” y “hacerse un destino”, como me lo recomendaba mi abuelo campesino que murió de 102 años.

El conservadurismo es el resultado de la comprensión de que la naturaleza humana está sujeta irremediablemente a la escasez, la ignorancia y la incertidumbre y que por ende ningún tipo de leyes positivas ni ingeniería social va a cambiar dicha situación solo porque quienes busquen hacer cumplir dichas leyes tengan buenas intenciones y además sean votados en las urnas. El crónico abstencionismo que sufren la mayoría de las democracias –incluyendo la colombiana– puede ser una constatación de dicho conservadurismo al que, si hay que persuadir de ser libertario, es precisamente para convencerlo de mantener su convicción de que emprender, comerciar y cooperar pacíficamente entre individuos responsables es la mejor forma de defender la propiedad privada, la libertad y la civilización. Como el conservadurismo suele confundir el orden con el control, es usual que muchos libertarios lo censuren por su autoritarismo y moralismo, pero como no es menos frecuente que el libertarianismo confunda el progreso con la permisividad, es a su vez lógico que los conservadores lo censuren por su nihilismo y relativismo. El todavía dialogo por fomentar entre conservadores y libertarios en Colombia promete fructificar mucho más en la medida en que se siga aprendiendo de la historia de nuestro país y por supuesto, no haciéndole coro al progresismo que reniega del conservadurismo de los colombianos. Después de todo, ser conservador no es pecado.


[1] Pablo Victoria es pionero en Colombia, tanto como político como académico, de la introducción de las ideas de Mises, Hayek y Friedman; Enrique Gómez Hurtado, hermano del citado Álvaro Gómez Hurtado, fue un pionero en Colombia de una reflexión en favor de la despenalización del comercio de drogas desde fecha tan temprana a 1993, así como autor en 2006 de un fallido proyecto de ley en pro de ello.

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Curioso de la libertad y escéptico del poder. Historiador de formación. Actualmente es Director Regional de Estudiantes Por la Libertad en Colombia.

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