Razones para el anticapitalismo: Ignorancia, arrogancia y envidia

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Uno pensaría que la economía de mercado sería encomiada como la institución social más importante con la cual la humanidad se ha encontrado en toda la historia humana.

¿Por qué a la libre empresa o al sistema económico capitalista se les tiene tanta aversión, odio y oposición? Dado el éxito de la economía de mercado competitiva para “proveer los bienes,” aquello presenta una especie de paradoja. Un sistema que ha reducido radicalmente e incluso, en algunos casos, que virtualmente ha eliminado la pobreza, que ha creado oportunidades ampliamente asequibles para la mejora material, social y personal, y que ha abolido los sistemas tradicionales de privilegio, de saqueo y de sed de poder, aun así es considerado por muchos como un sistema social malévolo e injusto.

Uno pensaría que la economía de mercado sería encomiada como la institución social más importante con la cual la humanidad se ha encontrado en toda la historia humana. No olvidemos que, en la mayor parte de esa historia, la condición del hombre era, para usar la famosa frase de Thomas Hobbes, el filósofo británico, “pobre, tosca, embrutecida y breve.”

LA TRANSFORMACIÓN DESDE LA POBREZA A LA LIBERTAD Y A LA ABUNDANCIA

La humanidad existió por miles de años con un nivel de existencia que era, o algunas veces por debajo, de subsistencia mínima. Las imágenes que aún muestran nuestras pantallas de televisión, de niños hambrientos, enfermos y aparentemente sin esperanza en lo que solía llamarse países del “tercer mundo,” con llamados para que se ayude caritativamente a salvar esas vidas jóvenes, era, de hecho, la condición general para la vasta mayoría de seres humanos en todas partes del mundo, hasta hace tan sólo unos pocos siglos.

Pero, tales circunstancias han venido disminuyendo en un número creciente de lugares del mundo, primero, empezando en el siglo XIX, en Europa Occidental y en América del Norte, luego, en áreas de “Occidente” en el siglo XX y, ahora, en el siglo XXI, en más y más partes de Asia y África y América Latina. No es imposible imaginar que, antes de fines del siglo XXI, la pobreza abyecta bien podría ser una cosa del pasado para prácticamente toda la humanidad.

Lo que han hecho posible este proceso transformador durante los últimos doscientos o trescientos años -un abrir y cerrar de ojos, en términos de todo el tiempo que los seres humanos han estado en este planeta- han sido una filosofía política de individualismo y un sistema económico basado en el mercado, el cual está sustentado en relaciones orientadas hacia él La idea y el espíritu del individualismo anunciaron un cambio cultural, que alejó a la sociedad de una visión por la cual el ser humano era objeto de control, manipulación y sacrificio, en nombre de un grupo o tribu colectivo más amplio. Y que un individuo tenía un derecho a vivir pacíficamente por sí mismo, buscando lo que él consideraría como que iba en su mayor interés y para el de aquellos a los cuales cuidaba. La esclavitud y la servidumbre fueron reemplazadas por la creencia de que la asociación humana debería basarse en los beneficios mutuos obtenidos por medio del intercambio voluntario.

La nueva ciencia de la economía política, simbolizada por la publicación y el impacto creciente de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1776), llamó la atención al hecho de que la libertad, la paz y la prosperidad podrían ser combinadas, aprovechando el interés personal propio para la mejora simultánea de otros, por medio de las instituciones de la economía del libre mercado. Como si fueran guiados por una “mano invisible,” al progresar en las circunstancias propias, eso también dio lugar a una mejora en las condiciones de aquellos con quienes uno interactuaba, en una arena de oferta y demanda competitiva.

A pesar del éxito asombroso del funcionamiento de las economías de mercado, para expandir, por ahora, la libertad y la prosperidad de miles de millones de personas en esta bola azul que se mueve en el espacio alrededor del sol, el capitalismo aparece criticado y condenado en todo lado en donde exista perceptiblemente en uno u otro grado. ¿Por qué?

EL ANTICAPITALISMO SURGE ANTE LA IGNORANCIA DE LA ECONOMÍA

Me gustaría destacar al menos tres de las razones para la persistencia de actitudes y argumentos anticapitalistas. Estas son la ignorancia, la arrogancia y la envidia.

La primera y más frecuente entre un número elevado de personas en sociedad, es la ignorancia acerca de la naturaleza, la lógica y la articulación de una economía de mercado que funciona y que es competitiva. La mayoría de la gente rara vez reflexiona acerca de cómo y porqué nos proporciona la vida cotidiana material y cultural, en especial como se ha experimentado en Norteamérica y la mayoría de Europa. Sólo se da por sentado que todos esos bienes y servicios aparecen todos los días en los negocios y los almacenes regularmente visitados, o que, ahora, son simplemente ordenados en línea y que, en un breve lapso, aparecen a tiempo en nuestras puertas.

Tampoco muchos entienden lo que fácilmente pueden llegar a ser los efectos negativos de diversas políticas gubernamentales. ¿Por qué no una ley de salarios mínimos? ¿No debería todo mundo tener un “salario digno,” un salario “justo,” para vivir una vida decente? Se requiere algún grado de esfuerzo para seguir las diversas cadenas de lógica, para apreciar plenamente que la fijación artificial de un salario mínimo por hora, superior al que habría o se establecería en un mercado competitivo, puede resultar en el desempleo de aquellos cuyas habilidades laborales en el mercado de trabajo pueden vislumbrarse que valen menos, que lo que el gobierno dicta que debe pagarse. Así, un salario mínimo puede ser un precio tal, que hace que la misma gente que se pretendió ayudar con dicha legislación, quede fuera del mercado. Por tanto, su estándar de vida y sus oportunidades en la vida pueden empeorar, a pesar de las “buenas intenciones” de los promotores del salario mínimo. (Ver mi artículo, “Freedom and the Minimum Wage.” [Libertad y Salario Mínimo]).

También no siempre la gente entiende que intentar mantener empleos y negocios domésticos por medio de aranceles proteccionistas, que elevan el costo de importar diversos bienes hechos en el extranjero, puede, en realidad, dañar al empleo y las ganancias de un número muy superior, a los que supuestamente son ayudados con estas barreras al comercio internacional. Si los oferentes extranjeros de productos obtienen menos dólares cuando llevan a cabo negocios en los Estados Unidos, eso reduce su habilidad financiera para comprar bienes hechos en los Estados Unidos, que ellos podrían desear adquirir, impactando así negativamente a los sectores exportadores de la economía estadounidense. Tales aranceles a las importaciones también significan que los consumidores de los Estados Unidos tienen menos bienes entre los cuales escoger y que tienden a tener que pagar precios más altos por los mismos productos que ahora terminan comprando, de productores y vendedores estadounidenses protegidos por el gobierno. En el largo plazo, todo mundo tiende a empobrecerse con las políticas gubernamentales diseñadas, para darles beneficios especiales a algunos segmentos pequeños de todos aquellos empleados en el sistema social de división del trabajo de la economía como un todo. (Ver mi artículo “Trump’s Protectionist Follies Threaten a Trade War.” [“Las Tonterías Proteccionistas de Trump Amenazan con una Guerra Comercial”])

EDUCANDO PARA LOGRAR UNA ALFABETIZACIÓN ECONÓMICA

Mientras que esa ignorancia facilita que muchos caigan presos de ideas erradas y contra-productivas de economía política, en principio la ignorancia puede ser corregida con una educación informada, acerca del funcionamiento del sistema de libre mercado. La gente puede ser ayudada para que vea tanto los efectos directos como indirectos que resultan de diferentes sistemas económicos -capitalismo, socialismo, el estado de bienestar intervencionista- y de por qué y cómo es que tan sólo los sistemas de mercados abiertos y competitivos, pueden brindar tanto la libertad como la prosperidad, en especial cuando el sistema de mercado es efectivamente impulsado por una filosofía de libertad y de derechos individuales, en un marco institucional de una regla de la ley imparcial, que asegura la libertad para todos y favores y privilegios para nadie.

Sé, por experiencia personal en el aula universitaria, que, si se presenten de formas claras, relevantes, interesantes y persuasivas, las ideas y la importancia del capitalismo de libre mercado para asegurar una “buena sociedad,” son algo que se puede enseñar y que se puede aprender. Eso no significa que todo estudiante que surja de una clase de economía sale, al final del semestre, siendo un proponente del mercado libre. Pero, los límites y los absurdos de muchas, sino es que de la mayoría, de las intervenciones gubernamentales pueden ser entendidas por la mayoría de la gente, y muchos pueden apreciar los beneficios del sistema económico competitivo.

Eso es especialmente así, a partir de mi experiencia, cuando el caso en favor del capitalismo se ofrece en un marco económico “austriaco,” el cual enfatiza los límites del conocimiento humano individual, el papel del sistema de precios para coordinar las acciones de multitudes, para obtener el bienestar económico por medio del cálculo económico, y las imposibilidades inescapables de los planificadores y reguladores gubernamentales, para que alguna vez conozcan lo suficiente del conocimiento complejo, disperso y descentralizado del mundo ─del que cualquier sociedad moderna depende para que, alguna vez, logre un éxito mayor que el que se obtiene bajo una economia de libre mercado.

LA EDUCACIÓN ECONÓMICA EMPIEZA CON LA MEJORA PERSONAL

La otra tarea educativa es compartir las ideas filosóficas y económicas de la sociedad de libre mercado, con otros con quienes interactuamos en nuestra vida diaria, cuando sea apropiado. A nadie le agrada un prepotente sabiondo, pero, por ejemplo, al almuerzo o la cena, cuando en la conversación surgen ideas de política económica o de política, algunas veces se surge la oportunidad para que uno brinde un “pequeño aporte” sobre la libertad, el mercado libre y el papel del gobierno en sociedad.

No obstante, tal como Leonard E. Read (1898-1983), fundador y por mucho tiempo primer presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE), siempre enfatizó, cambiar el mundo sólo se da cuando en su momento hay una persona y una mente. Y la persona y la mente sobre la cual podemos tener la mayor influencia somos nosotros mismos. Por tanto, formular ante otros el caso en favor de la libertad empieza con educarnos y mejorar nosotros mismos, conociendo, entendiendo y aprendiendo como articular efectivamente los principios de libertad y de capitalismo de libre mercado. (Ver mi artículo “How to Be a Light of Liberty in the New Year” [“Cómo Ser una Luz de la Libertad en el Año Nuevo”]).

EL ANTICAPITALISMO PROVENIENTE DE LA ARROGANCIA INTELECTUAL E IDEOLÓGICA

La segunda causa de mucho del sentimiento anticapitalista en nuestra sociedad es la arrogancia humana. Cada uno de nosotros es susceptible ante la arrogancia, la creencia de que propiamente sabemos mejor que otros acerca de cómo deberían vivir y actuar mejor. No obstante, aquellos quienes con más frecuencia son culpables de tal arrogancia son los intelectuales de la sociedad moderna. Muchas de las mentes del siglo XX más orientadas hacia el liberalismo clásico han llamado la atención acerca de esto, incluyendo a Joseph A. Schumpeter y Friedrich Hayek.

La peculiaridad del capitalismo de libre mercado exitoso es que ha generado suficiente prosperidad que permite que sea continua para un segmento completo de la población, cuyos miembros están en capacidad de dedicarse por sí mismos a tan sólo la búsqueda y la propagación de las ideas. Entre estos se incluye a maestros de escuela, profesores universitarios, autores de revistas especializadas “serias” y “populares,” de periódicos, revistas y libros.

Cuando un escritor de un artículo periodístico o de una revista o de una pieza editorial, dice, en algún momento, que los “’críticos’ y los ‘expertos’ dicen,” invariablemente entre ellos están “los intelectuales,” cuyo papel en la división del trabajo es interpretar, analizar y desafiar cómo son las cosas ahora y de cómo deberían ser alternativamente para que mejoraran. La mayoría de tales intelectuales, si uno es franco y directo, han vivido en gran parte, e incluso todas sus vidas, en las “torres de marfil” de la academia y de los medios informativos en general. Conocen poco o nada acerca de la operación diaria de los negocios, en busca de cómo llegar hasta el fondo para cumplir con la planilla de la empresa o bien de cómo enfocarse en las satisfacciones de consumo de otros, para evitar una pérdida y, tal vez, hasta obtener una ganancia.

Su conocimiento acerca del “capitalismo” usualmente se deriva, algunas veces únicamente, de la lectura de críticos previos y contemporáneos de la economía de mercado. Los empresarios son “explotadores” de los trabajadores, “saqueadores” del planeta, los ambiciosos “degolladores” que venderían a su propia madre con tal de obtener una ganancia extra y que reducen toda la vida humana a un resultado financiero. Para nada les importa la “sociedad,” y toman sus decisiones laborales con base en prejuicios y sesgos racistas y misóginos.

Esto siembra una arrogancia y soberbia en muchos de tales individuos, los “críticos sociales” de la condición humana, en donde tan sólo si ellos estuvieran a cargo o si su consejo fuera seguido por aquellos que tienen las riendas del poder y la toma de decisiones, se podría lograr un mundo mejor.

DE JOUVENEL ACERCA DE TRES RAZONES PARA EL ANTICAPITALISMO

El filósofo social francés, Bertrand de Jouvenel (1903-1987), en una ocasión discutió acerca de “The Attitude of the Intellectuals to the Market Economy” [La actitud de los intelectuales hacia la economía de mercado]. Primeramente, para ellos la economía de mercado es “desordenada.” Esto es, miran los resultados del mercado y aseveran cuán mejores serían los patrones y las relaciones y los resultados de la sociedad, si tan sólo estuviera alguien a cargo -el planificador, el regulador, el redistribuidor gubernamental- para generar el resultado “socialmente justo” y económicamente moral que, con claridad, el mercado no brinda ni puede hacerlo, al dejar sin trabas a sus dispositivos.

La segunda crítica es que la economía de mercado exalta y satisface las reglas equivocadas. Con seguridad, no necesitamos otra marca de pasta de dientes o un nuevo y mejorado par de chancletas, cuando los recursos de la sociedad (por medio del control y distribución del gobierno), podrían ser mejor utilizados para “alimentar a los pobres,” o para subsidiar la planificación familiar o para pagar más clases universitarias acerca de por qué los géneros son categorías imaginarias, impuestas por capitalistas blancos y hombres, para abusar de los débiles y “marginados.”

Y, en tercer lugar, dijo de Jouvenel, existe el resentimiento implícito en muchos intelectuales en cuanto a que la economía les coloca en una desventaja. ¿Qué es esa desventaja? Que el mercado remunera a las personas por complacer los deseos ordinarios y “más bajos” de los consumidores uniformes y manipulados, en vez de los propios intelectuales, quienes dedican sus vidas a las “grandes ideas” -lo bello, lo justo, lo bueno, lo mejor- pero que no reciben algo, o nada del todo, del reconocimiento o del ingreso del hombre de empresa millonario, quien ha hecho su fortuna persuadiendo a jefes de familia fácilmente manipulados, de que ellos realmente necesitaban su llave del lavatorio del baño hecha por un “diseñador.” Qué moralmente tan depravado es que el hombre que podría haber sido el siguiente compositor más destacado de música en el mundo, propiamente tenga que agacharse para ganarse la vida en la economia de mercado, escribiendo canciones comerciales pegajosas para la televisión.

LA PRIVATIZACIÓN DE LAS ESCUELAS PARA REDUCIR LA ARROGANCIA DE LOS INTELECTUALES

Institucionalmente, uno de los remedios más importantes en el largo plazo contra el constante cultivo e inculcación de tales actitudes e ideas anticapitalistas en las mentes jóvenes, es la privatización de la educación, desde el kindergarten hasta el doctorado universitario. En el tanto en que estos tipos de intelectuales puedan vivir del dinero pagado por impuestos por otras personas, en islas académicas secuestradas para la educación del socialismo, nunca serán sacados de sus reinos protegidos de control cuasi-monopólico sobre las mentes de una generación tras otra de estudiantes.

¿Cuántos padres querrían pagar directamente por tantos de los cursos estúpidos de las universidades, en especial en las ciencias sociales y las humanidades, que, muy a menudo, se han convertido en poco más que campos de adoctrinamiento ideológico en las ideas de “corrección política” y de fantasías colectivistas de “justicia social”? La competencia en educación basada en el mercado pronto mostraría sí esas son o no las ideas que los padres y los estudiantes quieren que se les ofrezcan y que experimenten entre las escogencias del currículo académico, como peldaños importantes para carreras futuras. O si esas nociones de pensamiento colectivo, que pasan por ser de una profundidad “postmoderna,” serían el alfabetismo cultural que realmente desearían aquellos que pagan por su propia educación o por la de sus hijos.

El primer paso hacia introducir la verdadera diversidad intelectual hacia una educación tipo K-12 [Nota de traductor: término para designar la educación que va desde kindergarten hasta el colegio] sería terminar con la licencia colegiada para enseñar de los maestros, en todas las escuelas privadas y las basadas en las de libre elección. Los sindicatos de maestros y las “fábricas” de diplomas por educación, en la actualidad disponen de un monopolio acerca de quién logra educar a esas mentes jóvenes e impresionables, mucho antes de que algunas de ellas puedan ir a la universidad. Un mercado de maestros abierto a la competencia, ofrecería técnicas de enseñanza y de contenido distintas de lo que ha sido enseñado.

El paso final y esencial es la terminación de toda la educación gubernamental obligatoria. Todas las escuelas primarias y secundarias deberían ser privatizadas, ya sea entregando las escuelas a los maestros y empleados actuales, diciéndoles que, de ahora en adelante, son responsables plenos de demostrar a los padres que, en efecto, su currículo y métodos de enseñanza educarán a sus hijos y que les preparará para su futuro. O las escuelas pueden ser privatizadas, vendiéndolas en subastas públicas a empresas independientes deseosas de adquirirlas o a cadenas de escuelas privadas que quisieran ofrecer una marca de excelencia y calidad potencial, ya sea regional o nacionalmente.

La plena privatización de las escuelas y la educación ofrecería la mejor avenida a largo plazo para la creación y el cultivo de una comunidad alternativa de intelectuales y de maestros, más atentos, más orientados, más atraídos hacia la naturaleza y funcionamiento del sistema de mercado. Esto nunca ocurrirá en el tanto en que los maestros con licencias monopólicas otorgadas por el gobierno, en escuelas financiadas con los fondos de los contribuyentes, pueden tener un control tan grande sobre las ideas que se le ofrecen a la juventud del país. (Ver mi artículo, “Educational Socialism vs. Free Market Schooling” [“Socialismo Educativo versus Enseñanza de Libre Mercado”]).
EL ANTICAPITALISMO QUE SURGE DE UNA ENVIDIA SOCIALMENTE DESTRUCTIVA

Finalmente, la tercera causa de las actitudes y resentimientos anticapitalistas es la envidia. El sociólogo alemán, Helmut Schoeck (1922-1993), en su estudio clásico, Envy: The Theory of Social Behavior [La Envidia y la Sociedad] (1966), formuló un punto al distinguir entre celos y envidia. Los celos se refieren a un deseo o un anhelo de que el éxito o la buena fortuna, en vez de ser de otro, haya sido suya. Usted puede considerar que el éxito o la buena fortuna de la otra persona fue correcta o justamente ganada o no, pero su respuesta razonada y emocional es que él ha logrado o adquirido algo que a usted le habría gustado tener o que, en un mundo más justo, habría o podría haber sido suyo.

La envidia es algo diferente, dijo Schoeck. En este caso, la persona envidiosa resiente el éxito o el logro de otro. Es un deseo o anhelo no tanto porque el envidiado había logrado el éxito o el aprovechamiento, sino porque “la mejor forma de mundo sería uno en el cual ni él, el sujeto, ni el objeto de su envidia los tiene… Uno envidia de los otros sus activos personales o materias, siendo como regla casi más una intención de su destrucción que de su adquisición.” De hecho, y algunas veces perversamente, “el hombre envidioso está perfectamente preparado para causarse daño a sí mismo si, al así hacerlo, él puede causar daño o perjudicar al objeto de su envidia.”

Ayn Rand (1905-1982) ofreció una idea similar de envidia en su ensayo sobre “The Age of Envy” (1971), en el cual afirmó que la persona envidiosa es una que odia “el bien por ser el bien.” O, como dijo en Atlas Shrugged [La Rebelión de Atlas], los envidiosos “no quieren adueñarse de tu fortuna; quieren que tú la pierdas; no quieren triunfar, quieren que tú fracases; no quieren vivir, quieren que tú mueras; no quieren nada; odian la existencia.”

Ambos, Schoeck y Rand, enfatizaron que la persona envidiosa siente o cree que él nunca podría exitosamente hacer o lograr, lo que el objeto de su envidia ha logrado. Él odia y resiente a la otra persona, precisamente porque el éxito de la otra es un golpe en el rostro, que le señala o recuerda al envidioso sus cualidades o capacidades más limitadas. Si yo no lo puedo hacer, entonces, nadie debería tener la habilidad para hacerlo y lograr las recompensas resultantes.

Ludwig von Mises también brindó la misma idea en su breve libro The Anti-Capitalistic Mentality [La Mentalidad Anticapitalista] (1956). En el sistema de libre mercado, el éxito o el fracaso está determinado grandemente por la habilidad propia que uno ha demostrado. En los sistemas precapitalista de una sociedad, usted nacía en una casta o clase social que era definida e impuesto por la ley o por la costumbre rígida. Que nunca se elevara a una estación superior en la vida, o a un ingreso más alto, podría decirse que no fue su falta. Usted es una “víctima del sistema.” El siervo estaba atado a la tierra y era forzado a seguir los pasos y el mismo estatus que le fuera impuesto a su padre antes que a él.

Por supuesto, bajo el capitalismo siempre hay la posibilidad, o la mala suerte, de que se eligió mal quienes resultaron ser los padres de uno o, a menudo, el mal momento de estar en el lugar equivocado, en el instante equivocado. Pero, mucho más que bajo otros sistemas sociales conocidos en la historia humana, el sistema de libre mercado le ofrece al individuo un margen mucho mayor y la libertad de determinar su propio destino. Usted tiene mayor libertad de proseguir una educación, seleccionar una profesión u ocupación o línea de trabajo, para decidir tratar de convertirse en un empresario emprendedor exitoso, de ahorrar de su ingreso para empezar un negocio o de asociarse con otros para llevarlo a cabo y de competir con empresas más establecidas, si piensa que puede satisfacer mejor a los consumidores.

Pero, también le recuerda a una persona, señaló Mises, que cualquier desilusión en la vida o fracaso en llegar a ser financiera y profesionalmente tal como uno había esperado, recae principalmente en uno. Algunos encuentran esto difícil de aceptar y lidiar con ello. Es más fácil decir que, si no fuera por los capitalistas ambiciosos o si no fuera por la dura frialdad del sistema de ganancias o si no fuera por la competencia encarnizada, yo habría sido más exitoso.

DESDE EL RESENTIMIENTO A LA ENVIDIA Y LA DESTRUCCIÓN SOCIAL 

Pero el resentimiento y el juego de atribución de culpas, que Mises consideró parte de la mentalidad anticapitalista, sólo se convierte en la emoción destructiva de la envidia cuando, como dijeron Schoeck y Rand, alguna gente resiente tanto la naturaleza y los resultados del sistema de libre mercado, que preferían que otros se empobrecieran en vez de estar mejor o ser más ricos; que preferirían debilitar las oportunidades para que todos tengan una posibilidad de éxito, en vez de vivir en un mundo en donde ellos podrían intentarlo, pero en donde claramente no creen que podrían tener éxito y preferirían ver que todos ellos sean esclavos, que tener que lidiar por sí mismos con las cargas de ser libres.

La envidia, como también lo notó Helmut Schoeck, es una antigua aflicción que siempre ha plagado a la psique humana. Durante muchos períodos de la historia, la envidia ha sido una emoción que las presiones sociales han requerido que el individuo la reprima o que la mantenga oculta en su corazón, al ser impropia de seres humanos saludables y ser destructiva de la sociedad, si se le deja suelta en el mundo.

Pero, en nuestra era de colectivismo, la arrogancia paternalista y la oscura enfermedad de la envidia, han sido capaces de levantar sus feos rostros en la última campaña en contra del capitalismo. A partir de la insistencia de Obama dirigida a los empresarios exitosos, de que ellos realmente no lo “lograron,” para demandar que la “injusticia” de la desigualdad deba ser eliminada al destruir al “uno por ciento,” o con el grito de batalla de que el “privilegio blanco” dicta la reconstrucción radical de todas las formas de asociación e interacción humana, hacia un denominador común lo más bajo del estatus de grupo siendo definido por la raza y el género, los “críticos sociales” y la élites de las ingeniería social demandan rehacer a la sociedad según sus propias imágenes ilusorias. Entre tanto, el envidioso preferiría destruir a la humanidad tal como existe, en vez de aceptar una realidad inconsistente con sus sueños de justicia tribal frustrada.

Sólo una renovada filosofía de individualismo y de economía de libre mercado puede alejar al mundo de esas tres razones, detrás de la mentalidad anticapitalista en nuestro tiempo.

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es Profesor Distinguido BB&T de Ética y de Liderazgo de Libre Empresa en La Ciudadela en Charleston, Carolina del Sur. Fue presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE) del 2003 al 2008.

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