¿Qué es el Capitalismo?

0
217

“Capitalismo”, término de desprecio acuñado por socialistas a mediados del siglo XIX, es un nombre inapropiado para el “individualismo económico”, el cual anteriormente Adam Smith llamó “el sistema obvio y simple de la libertad natural” (La Riqueza de las Naciones). La premisa básica del individualismo económico es que la búsqueda del interés propio y el derecho a poseer propiedad privada son moralmente defendibles y legalmente legítimos. Su principal corolario es que el estado existe para proteger los derechos individuales. Sujetos a ciertas restricciones, los individuos (solos o con otros) son libres de decidir en dónde invertir, qué producir o vender y qué precios cobrar. No hay límite natural al rango de sus esfuerzos en términos de activos ventas y utilidades; o en el número de clientes, empleados e inversionistas; o a si operan en mercados locales, regionales, nacionales o internacionales.

Con frecuencia, el surgimiento del capitalismo es ligado erróneamente a la ética puritana del trabajo. El sociólogo alemán, Max Weber, escribiendo en 1903, afirmó que el catalítico para el capitalismo se dio en la Inglaterra del siglo XVII, en donde miembros de una secta religiosa, los puritanos, bajo la influencia de la doctrina acerca de la predestinación de Juan Calvino, canalizaron sus energías hacia el trabajo arduo, la reinversión y la vida modesta y que, luego, llevaron esas actitudes hacia Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Sin embargo, la tesis de Calvino se desmorona. Las mismas actitudes hacia el trabajo y el ahorro son desplegadas por judíos y japoneses, cuyos sistemas de valores no contienen un componente calvinista. Es más, Escocia en el siglo XVII era, simultáneamente, ortodoxa calvinista y estaba económicamente estancada.

Una explicación mejor del celo de los puritanos es que, al rehusar prestar obediencia a la establecida Iglesia de Inglaterra, se les cerró la entrada a actividades y profesiones a las cuales, de otra manera, se habrían visto atraídos -la propiedad de la tierra, el derecho, el servicio militar, el servicio civil, las universidades- de manera que se enfocaron en el intercambio y el comercio. Un patrón de exclusión similar u ostracismo explica por qué los judíos y otras minorías religiosas en otros países y en siglos posteriores, tendieron a concentrarse en negocios de venta al menudeo y a prestar dinero.

En la Inglaterra de principios del siglo XIX, la fuerza más visible del capitalismo fue las fábricas de textiles que empleaban a mujeres y niños. Críticos (Richard Oastler y Robert Southey, entre otros) denunciaron a los dueños de tejedurías de ser explotadores sin corazón y describieron las condiciones de trabajo -largas horas, paga baja, rutina monótona- como si fueran sin precedentes. Creyendo que la pobreza era algo nuevo, no simplemente que fuera más visible en ciudades y villas llenas de gente, los críticos compararon desfavorablemente tiempos de la época con siglos previos. Sin embargo, sus alegatos de una miseria creciente se basaban en una ignorancia, acerca de qué tan escuálida había sido la vida con anterioridad. Antes de que los niños empezaran a obtener dinero trabajando en fábricas, eran enviados a vivir en los asilos de las parroquias; realizaron su aprendizaje como sirvientes de familias sin paga alguna; fueron alquilados para agotadoras labores agrícolas o se convirtieron en pedigüeños, vagabundos, ladrones y prostitutas. Aquellos “viejos y buenos días” pre-capitalistas, simplemente nunca existieron.

No obstante, para los años de 1820 y 1830, el espectro creciente de niños trabajando y las “oscuras y satánicas fábricas” (para recordar la frase memorable del poeta William Blake), generaron oposición verbal, en contra de esos ejemplos desenfrenados de interés propio y de búsqueda de ganancias. Algunos críticos urgieron que hubiera una regulación legislativa de salarios y horas de trabajo, educación obligatoria y una edad mínima límite para poder trabajar. Otros ofrecieron alternativas más radicales. Los más vociferantes fueron los socialistas, quienes apuntaron a erradicar el individualismo, nombre que precedía al de capitalismo.

Los teóricos socialistas repudiaron los principios fundamentales del individualismo: que los individuos poseían derechos inalienables, que los gobiernos no deberían impedir que los individuos buscaran su propia felicidad y que la actividad económica no debería ser regulada por el gobierno. En vez de ello, propusieron una concepción orgánica de la sociedad. Enfatizaron ideales tales como hermandad, comunidad y solidaridad social y propusieron esquemas detallados para modelos de colonias utópicas, en las cuales los valores colectivistas serían institucionalizados.

El corto tiempo de vida de esas sociedades utópicas actuó como un freno en la atracción hacia el socialismo. Pero, sus filas se engrosaron después de que Carlos Marx ofreciera una nueva versión “científica”, proclamando que había descubierto las leyes de la historia y que el socialismo inevitablemente reemplazaría al capitalismo. Más allá de ofrecer promesas de gran envergadura, de que el socialismo crearía la igualdad económica, erradicaría la pobreza, terminaría la especialización y aboliría el dinero, Marx no brindó detalle alguno acerca de cómo sería estructurada o de cómo operaría una futura sociedad socialista.

Incluso economistas del siglo XIX -de Inglaterra, Estados Unidos y Europa Occidental-, quienes supuestamente eran defensores del capitalismo, no lo defendieron eficazmente porque no lo entendieron, Llegaron a creer que el sistema económico más defendible era uno de competencia “pura” o “perfecta.” Bajo competencia perfecta, todas las empresas son de pequeña escala, los productos en cada industria son homogéneos, los consumidores están perfectamente informados acerca de lo que está en venta y a qué precio y los vendedores son lo que los economistas llaman tomadores de precios (i.e., tienen que “tomar” el precio del mercado y no pueden cobrar uno mayor por sus bienes).

Claramente, estos supuestos estaban en desacuerdo, tanto con el sentido común, como con la realidad de las condiciones de los mercados. Bajo una competencia verdadera, que es lo que el capitalismo producía, las empresas rivalizan por las ventas y las ganancias. Esta rivalidad las conduce a innovar en el diseño y desempeño del producto, a introducir una tecnología que reduzca los costos y usar el empaque para hacer a los productos más atractivos o convenientes para los clientes. Una rivalidad desenfrenada estimula que las compañías ofrezcan garantías de seguridad, para clientes que no están perfectamente informados, por medios tales como garantías de devolución del dinero o garantías de calidad y a través de crear la lealtad de los clientes, por medio de inversiones en marcas y reputaciones.

Las empresas que adoptaron exitosamente estas técnicas de rivalidad, fueron las que crecieron y algunas llegaron a dominar sus industrias, aunque usualmente tan sólo por unos pocos años, hasta que otras formas encontraron métodos superiores de satisfacer las demandas de sus consumidores. Ni la rivalidad ni la diferenciación de los productos ocurre bajo competencia perfecta, pero aparecen constantemente bajo el verdadero capitalismo de carne y hueso.

Los principales industriales estadounidenses de fines del siglo pasado [siglo XIX] eran competidores agresivos e innovadores. Para reducir costos y, por tanto, disminuir precios y ganar una mayor porción del mercado, Andrew Carnegie entusiastamente convirtió en chatarra a su fuerte inversión en los altos hornos Bessemer y adoptó el sistema de corazón abierto para hacer rieles de acero. En la industria de refinería de petróleo, John D. Rockefeller abrazó la reducción de costos, al construir su propia red de tuberías, manufacturar sus propios barriles y contratar químicos que removieran el infame olor del abundante petróleo crudo de bajo costo. Gustavus Swift desafió a la red local existente de carniceros y creó, en Chicago, empacadoras que tuvieran una línea de ensamblaje que facilitaba las cosas y construyó su propia flotilla de carros refrigerados de ferrocarril, para transportar carne a bajo costo hacia mercados lejanos. Comerciantes locales fueron también desafiados por Sears Roebuck, basada en Chicago, y por Montgomery Ward, pionero de ventas por correo con satisfacción garantizada.

Los productores a pequeña escala denunciaron a estos innovadores como “magnates ladrones”, acusándolos de prácticas monopólicas y apelaron ante el Congreso de los Estados Unidos para que se les ayudara ante la competencia implacable. Empezando con la Ley Sherman (1890), el Congreso aprobó leyes anti-monopolios, que, a menudo, fueron usadas para reprimir reducciones de costos y rebajas desgarradoras de precios, con base en la aceptación de la idea de que la economía de numerosas empresas de pequeña escala, era superior a las pocas grandes, altamente eficientes, compañías que operaban en el mercado nacional.

A pesar de estas restricciones, que operaron esporádica e impredeciblemente, los beneficios del capitalismo se difundieron ampliamente. Los lujos fueron rápidamente transformados en necesidades. Al principio, los lujos eran ropas baratas de algodón, carne fresca y pan blanco; luego, las máquinas de coser, bicicletas, bienes deportivos e instrumentos musicales; luego, los automóviles, lavadoras, secadoras de ropa y refrigeradoras; después, los teléfonos, radios, televisores, aires acondicionados y congeladoras y, más recientemente, grabadoras digitales, cámaras digitales, discos compactos y teléfonos celulares.

Que todas estas comodidades hayan llegado a estar a disposición para la mayoría de la gente, no hizo que los críticos del capitalismo se retractaran o incluso que transigieran. El filósofo marxista Herbert Marcuse proclamó que el verdadero mal del capitalismo es la prosperidad, debido a que seduce a los trabajadores para alejarse de su misión histórica -el derrocamiento revolucionario del capitalismo- al suplirles con carros y aparatos electrodomésticos, a los cuales él llamo “herramientas de esclavitud.”[1] Algunos críticos rechazaron al capitalismo, al exaltar “la vida simple” y calificando a la prosperidad como un materialismo sin sentido. En la década de 1950, críticos tales como John Kenneth Galbraith y Vance Packard atacaron la legitimidad de la demanda de los consumidores, aseverando que, si los bienes tenían que ser anunciados para poder venderlos, entonces, no deberían estar satisfaciendo alguna auténtica necesidad humana.[2] Alegaron que la Avenida Madison [avenida en Nueva York, en donde suelen estar muchas empresas de publicidad] a los consumidores les lavaba el cerebro, para que se les antojara cualquier cosa que las empresas gigantes escogieran producir y anunciar, y se quejaron de que el “sector público” estaba hambriento, en tanto que se satisfacían los frívolos deseos privados. Y habiendo visto que el capitalismo reducía la pobreza, en vez de intensificarla, críticos tales como Gar Alperovitz y Michael Harrington proclamaron que la igualdad era el valor moral superior, pidiendo mayores impuestos sobre los ingresos y la herencias, para redistribuir masivamente la riqueza, no sólo nacional, sino internacionalmente.[3]

El capitalismo no es una cura para cada defecto en los asuntos humanos o para erradicar todas las desigualdades, pero, ¿quién dijo alguna vez que lo era? Mantiene la promesa de lo que Adam Smith llamó la “opulencia universal.” Aquellos que exigen más, es posible que estén utilizando expectativas más altas como arma para la crítica. Por ejemplo, el economista británico Richard Layard recientemente atrajo los encabezados y el tiempo en la televisión mediante una revelación alarmante: el dinero no puede comprar la felicidad (un cliché de canciones líricas y de sermones de iglesias). [4] Él se lamenta de que el individualismo fracasa en asegurar las satisfacciones emocionales que son esenciales para la vida, incluyendo lazos familiares, seguridad financiera, trabajo con significado, amistad y buena salud. En vez de ello, la sociedad capitalista suministra nuevos aparatos, artefactos y lujos, que aumentan la envidia en aquellos que no pueden pagar por ellos y que inspiran una obsesión incesante, de asegurar más para aquellos que ya tienen mucho. Las soluciones a largo plazo de Layard incluyen un regreso a la religión, a fin de derribar el secularismo que el capitalismo promueve, al altruismo para aniquilar al egoísmo y al comunitarismo, para reemplazar al individualismo. Él enfatiza la necesidad, inmediata, para que esfuerzos robustos del gobierno promuevan la felicidad, en vez del minimalista estado de gendarme que favorecen los liberales clásicos defensores del capitalismo. Él discute que los impuestos bajos son dañinos para los pobres, porque le dan al gobierno ingresos inadecuados para brindar los servicios esenciales para los pobres. Mayores impuestos no dañarían a los adinerados, dice él, porque el dinero y las posesiones materiales están sujetas a una utilidad marginal decreciente. Si tales alegatos le parecen ya conocidos, se debe a que Galbraith propuso lo mismo ya hace cincuenta años.

Virtualmente todas las nuevas críticas al capitalismo son viejas, pero vueltas a empacar como deslumbrantes ideas nuevas. Un ejemplo es el ataque a la “globalización” (la subcontratación en sitios extranjeros, en donde los costos son más bajos para trabajos de servicios, manufactura y ensamblaje). Ello ha sido denunciado como destructor de los sindicatos, explotador y destructor de culturas del extranjero y es condenado por ocasionar la pérdida de empleos domésticos y la erosión resultante de ingresos tributarios locales. Quejas idénticas fueron formuladas hace dos generaciones, cuando los empleos empezaron a irse de las sindicalizadas fábricas textiles de Nueva Inglaterra, hacia fábricas no sindicalizadas del sur de los Estados Unidos, y, luego, a sitios del extranjero, tales como Puerto Rico.

Una “nueva” línea de ataque al capitalismo ha sido lanzada por dos profesores de derecho, Cass Sunstein y Liam Murphy, y por los filósofos Stephen Holmes, Thomas Nagel y Peter Singer.[5] Ellos lamentan que, en sociedades basadas en el interés propio y la propiedad privada, quienes ganan riqueza se oponen al aumento de los impuestos, prefiriendo gastar el dinero en sí mismos y en dejar herencias a sus hijos.
Este sesgo egoísta conduce a un sector público empobrecido y a recaudaciones tributarias inadecuadas. A fin de justificar los pedidos gubernamentales por mayores impuestos, estos escritores han revivido un argumento -atacar la legitimidad de la propiedad privada y de la herencia- que fue propuesto por los economistas institucionalistas durante la era del Nuevo Trato [New Deal]. El gobierno, afirman ellos, es la fuente última de toda riqueza, de manera que debería tener el primer reclamo sobre la riqueza y las ganancias. “¿Es realmente su dinero”, pregunta Singer, citando la estimación del economista Herbert Simon, de que un impuesto bajo y uniforme del 90 por ciento sería razonable, porque los individuos derivan la mayor parte de su ingreso del “capital social” provisto por la tecnología y por protecciones, tales como patentes y derechos de autor, y por la seguridad física, brindada por la policía, las cortes y ejércitos, en vez de por cualquier cosa que personalmente hagan: si los “frutos del capitalismo” son simplemente un regalo de gobierno, es un argumento que prueba mucho. Con base en la misma lógica, los individuos podrían ser esclavizados si no fueran protegidos por el gobierno, de manera tal que el reclutamiento (servidumbre por un período breve) sería enteramente inobjetable, tal como lo sería la toma de tierras de propiedad privada, para dárselas a otros nuevos propietarios, si sus usos rindieran impuestos más elevados –exactamente fue la base del 2005 para una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos acerca del “derecho a la expropiación”.

Otra crítica persistente del capitalismo -el ataque a las empresas- nos devuelve a los años treinta. Críticos, tales como Ralph Nader, Mark Green, Charles Lindblom y Robert Dahl, enfocan su fuego sobre las corporaciones gigantescas, cargando que son instituciones ilegítimas, porque no se conforman con el modelo de empresas de pequeña escala, administradas por sus dueños que Adam Smith ensalzó en 1776. [6] De hecho, las corporaciones grandes son plenamente consistentes con el capitalismo, el cual no implica una configuración en particular de las empresas en términos del tamaño o forma legal. Atraen capital de miles (algunas veces millones) de inversionistas, quienes son extraños entre sí y quienes confían sus ahorros en la experiencia administrativa de otros, en intercambio por una parte de las ganancias que resulten.

En un influyente libro de 1932, The Modern Corporation and Private Property [La Corporación Moderna y la Propiedad Privada], Adolph A. Berle, hijo, acuñó la frase “dividiendo el átomo de la propiedad”, para lamentar el hecho de que la inversión y la administración habían llegado a ser dos elementos diferentes. En efecto, el proceso es simplemente un ejemplo de la especialización de la función o división del trabajo, que tan a menudo sucede bajo el capitalismo. Lejos de ser un abuso o un defecto, las empresas gigantes son un testimonio elocuente de la habilidad de los individuos, para involucrarse en una cooperación a gran escala y de largo plazo, para beneficio y enriquecimiento mutuo.

Tal como se anotó previamente, las libertades para invertir, decidir qué producir y decidir cuánto cobrar, siempre han sido restringidas. Nunca ha existido una economía verdaderamente libre, verdaderamente de laissez-faire, sino que la autoridad gubernamental por encima de la actividad económica, simplemente se ha incrementado agudamente desde el siglo XVIII y, en especial, desde la Gran Depresión. Originalmente, las autoridades locales fijaron los precios de bienes de primera necesidad, tales como pan y cerveza, peajes para puentes y ferris o las tarifas de hoteles y molinos, pero la mayoría de los productos y servicios no estaban regulados. Ya para fines del siglo XIX, los gobiernos estaban fijando las tarifas de los ferrocarriles de carga y los precios que cobraban los operadores de silos, debido a que estos negocios habían sido “afectados con un propósito público.” Para los años treinta, se invocó el mismo criterio para justificar los controles de precios a la leche, el hielo y las entradas a los cines. Sin embargo, una pieza de buenas noticias fue la avalancha de desregulación de fines de los setentas y la eliminación en los ochentas de los controles de precios del viaje aéreo, transporte en camiones, tasas de ferrocarriles de carga, gas natural, petróleo y algunas tarifas de telecomunicaciones.

Simultáneamente, a partir del siglo XVIII, el gobierno empezó a jugar un papel más activo e intervencionista, al ofrecer beneficios a los negocios, tales como exenciones tributarias, recompensas o subsidios para cultivar ciertas cosechas y protección arancelaria, de manera tal que las empresas domésticas dedicaran capital para manufacturar bienes que, de otra manera, tenían que ser importados. Los favores especiales se arraigaron y se hicieron difíciles de repeler, debido a que, quienes los recibían, se organizaban, en tanto que no así los consumidores, quienes sufrieron el peso de pagar precios mayores.

Una vez protegidos de la competencia extranjera, gracias a estas barreras al libre comercio, algunos productores estadounidenses -por ejemplo, productores de acero y de automóviles- se estancaron. Fracasaron en cuanto a adoptar nuevas tecnologías o de recortar costos, hasta que los rivales del exterior con un menor costo -especialmente, los japoneses- les desafiaron en cuanto a obtener el favor de los consumidores. Inicialmente respondieron solicitando más favores al Congreso de los Estados Unidos -aranceles más altos, cuotas de importación y préstamos garantizados- al tiempo que les pedían a los consumidores “comprar lo hecho en los Estados Unidos” y, en consecuencia, salvar puestos laborales domésticos. Lenta, pero inevitablemente, empezaron el caro proceso de darles alcance a las empresas extranjeras, de manera que pudieran tratar de recuperar sus clientes domésticos.

Hoy en día [el artículo se escribió en el 2008], los Estados Unidos, en alguna ocasión la ciudadela del capitalismo, son una “economía mixta”, en donde el gobierno otorga favores e impone restricciones, sin tener en mente principios claros o consistentes. En tanto los países anteriormente comunistas de la Europa Occidental, luchan por abrazar las ideas e instituciones de libre mercado, pueden aprender a partir de la experiencia estadounidense (y británica), no sólo acerca de los beneficios que fluyeron del individualismo económico, sino también de la carga de las regulaciones que fue imposible revocar y de las barreras arancelarias, que fueron muy difíciles de desmantelar. Si la historia del capitalismo comprueba algo, es que el proceso de competencia no se detiene en las fronteras. En tanto individuos, en cualquier lado, perciben un potencial para obtener ganancias, amasarán el capital, producirán el producto y sortearán las barreras culturales y políticas que puedan interferir con sus objetivos.


ACERCA DEL AUTOR

Robert Hessen, un especialista en historia de los negocios y de la economía, es miembro sénior de investigación del Instituto Hoover de la Universidad Stanford.


LECTURAS ADICIONALES
Berger, Peter. The Capitalist Revolution. New York: Basic Books, 1986.
De Soto, Hernando. The Mystery of Capital: Why Capitalism Triumphs in the West and Fails Everywhere Else. New York: Basic Books, 2000.
Easterbrook, Gregg. The Progress Paradox: How Life Gets Better While People Feel Worse. New York: Random House, 2003.
Folsom, Burton W. Jr. The Myth of the Robber Barons: A New Look at the Rise of Big Business in America. 3a ed. Herndon, Va.: Young America’s Foundation, 1996.
Hayek, F. A., ed. Capitalism and the Historians. Chicago: University of Chicago Press, 1953.
Hessen, Robert. In Defense of the Corporation. Stanford: Hoover Institution Press, 1979.
Landes, David S. The Wealth and Poverty of Nations: Why Some Are So Rich and Some So Poor. New York: Norton, 1999.
McCraw, Thomas K. Creating Modern Capitalism. Cambridge: Harvard University Press, 1997.
Mises, Ludwig von. The Anti-capitalistic Mentality. Princeton: Van Nostrand, 1956.
Mueller, John. Capitalism, Democracy, and Ralph’s Pretty Good Grocery. Princeton: Princeton University Press, 2001.
Norberg, Johan. In Defense of Global Capitalism. Washington, D.C.: Cato Institute, 2003.
Pipes, Richard. Property and Freedom. New York: Alfred A. Knopf, 2000.
Rand, Ayn. Capitalism: The Unknown Ideal. New York: New American Library, 1966.
Reisman, George. Capitalism. Ottawa, Ill.: Jameson Books, 1996.
Rosenberg, Nathan, & L. E. Birdzell Jr. How the West Grew Rich: The Economic Transformation of the Industrial World. New York: Basic Books, 1987.
Seldon, Arthur. The Virtues of Capitalism. Indianapolis: Liberty Fund, 2004.


NOTAS AL PIE DE PÁGINA
[1] Herbert Marcuse, “Repressive Tolerance,” en Robert Paul Wolff, Barrington Moore Jr., & Marcuse, A Critique of Pure Tolerance (Boston: Beacon Press, 1969).
[2] John Kenneth Galbraith, The Affluent Society (Boston: Houghton Mifflin, 1958); Vance Packard, The Hidden Persuaders (New York: D. McKay, 1957).
[3] Gar Alperovitz, “Notes Toward a Pluralist Commonwealth,” en Staughton Lynd and Alperovitz, Strategy and Program: Two Essays Toward a New American Socialism (Boston: Beacon Press, 1971); Michael Harrington, Socialism Past and Future (Boston: Little, Brown, 1989).
[4] Richard Layard, Happiness: Lessons from a New Science (New York: Penguin Press, 2005).
[5] Stephen Holmes & Cass Sunstein, The Cost of Rights (New York: Norton, 1999); Liam Murphy & Thomas Nagel, The Myth of Ownership(New York: Oxford University Press, 2002); Peter Singer, The President of Good and Evil (New York: Dutton, 2004).
[6] Ralph Nader & Mark Green, Taming the Giant Corporation (New York: Norton, 1976); Charles Lindblom, Politics and Markets (New York: Basic Books, 1977); Robert Dahl, A Preface to Economic Democracy (Berkeley: University of California Press, 1985).

+ posts

Leave a reply

Ir a la barra de herramientas