propiedad privada como derecho fundamental

La propiedad privada como derecho fundamental hacia la libertad

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Todos los políticos, todos los gobiernos, los reyes lo mismo que las repúblicas, recelaron siempre de la propiedad privada. Las autoridades inherentemente tienden a no admitir restricción alguna en su actividad, procurando ampliar todo lo posible la esfera pública. Intervenir por doquier, no dejar parcela alguna incontrolada, que nada se produzca espontáneamente, sin licencia del jefe, he aquí la íntima aspiración del gobernante.

¡Ojalá hallara yo una fórmula —suspira el jerarca— que impidiera a la propiedad privada interferir mi camino! El derecho dominical, en efecto, brinda al individuo un refugio que le ampara ante la acción estatal; limita y traba la voluntad autoritaria. Cabe, en tal esfera, la aparición de fuerzas paralelas y aun contrarias al deseo del gobernante. La propiedad privada constituye, pues, la base de toda actividad individual independiente; es el terreno fecundo donde germinan las semillas de la libertad, donde echa raíces la autonomía personal y donde todo progreso, tanto espiritual como material, se genera. Hay quienes aseguran que la institución constituye ineludible presupuesto para el desarrollo del individuo.

Esto último, sin embargo, debe matizarse, pues no constituye sino vacua peroración todo eso que se dice sobre la supuesta existencia de permanente oposición entre el individuo y la colectividad, entre los deseos y aspiraciones de aquél y los de ésta, habiéndose llegado a contraponer ciencia individualista a ciencia universalista. No hubo nunca poder político alguno que voluntariamente desistiera de interferir la libre operación y desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción.

Propiedad privada como derecho fundamental

Los gobiernos toleran, en efecto, el derecho dominical de los particulares sólo cuando no tienen otro remedio; jamás admiten voluntariamente su conveniencia social. Hasta los políticos liberales, reconozcámoslo, cuando llegan al poder, relegan a un cierto limbo las ideas que les amamantaron. La tendencia a coartar la propiedad, a abusar del poder y a desconocer la existencia de un sector no sujeto al imperio estatal hállase tan implantada en la mentalidad de quienes controlan el aparato gubernamental de fuerza y coacción que no pueden resistir la tentación de actuar en consecuencia. Hablar de un gobierno liberal, realmente, constituye una contradictio in adjecto .

Sólo la presión de unánime opinión pública obliga al gobernante a liberalizar; él jamás, motu proprio , lo haría. Fácil es comprender lo difícil que para el gobierno sería, en una sociedad formada por simples agricultores de similar riqueza, atropellar los derechos dominicales de sus súbditos. Cualquier asalto contra la propiedad tropezaría con la unánime resistencia de todos, lo que obligaría al gobernante a desistir. La situación, en cambio, es enteramente distinta bajo un régimen que, además tipo agrícola, sea industrial, es decir, allí donde existan grandes empresas con importantes inversiones dedicadas a la minería, al comercio o a la actividad fabril en general. Sencillo resúltale a la autoridad pública, en tal entorno, arremeter contra la propiedad privada.

Fragmento del libro Liberalismo de Ludwig von Mises.

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Es el editor general The Mises Report y el anfitrión del podcast de the Libercast's show.

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