Por qué el comunismo soviético dependió de la tecnología capitalista

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La vasta mayoría de la tecnología de la Unión Soviética vino de fuentes capitalistas de Occidente.

A pesar del papel central desplegado por los bancos centrales controlados por el Estado y por instituciones financieras en lograr las condiciones que condujeron a la crisis global de crédito en el 2008, los mercados libres y el capitalismo, en vez del fracaso del gobierno, han asumido todas las culpas por esa compleja crisis, y el marxismo y otras variedades de socialismo están de nuevo atrayendo el apoyo entusiasta de mucha gente joven en nuestras universidades y centros de educación superior.

Desafortunadamente, sin importar qué tan bien intencionado, este renovado interés en el socialismo duro y la creencia en que ofrece soluciones relevantes a nuestros problemas existentes, ignora la lecciones enseñadas por muchos experimentos socialistas del siglo XX que han fallado, algunos de los cuales son descritos por dos economistas estadounidenses: Kevin D. Williamson, en su libro reciente The Politically Incorrect Guide to Socialism y Thomas J.D. Lorenzo, en su igualmente informativo y bien documento nuevo estudio, “The Problem with Socialism.”

Lo que deseo hacer en este artículo es llamar la atención a lectores de mente abierta del ala izquierda acerca del hecho poco conocido y altamente significativo cual es que, por décadas, la tecnología capitalista occidental mantuvo al experimento económico fallido del comunismo soviético, rescatándolo de las plenas consecuencias de su debilidad sistémica a inherente hasta su colapso final en 1991.

“LA INTERFERENCIA DE OCCIDENTE”

Este fracaso del modelo marxista en la post-1917 revolucionaria Rusia, y su subsecuente dependencia parasítica del capitalismo occidental, fue exhibida en detalle en mi artículo “La Tecnología Capitalista en la Supervivencia Soviética,” publicada en 1981 por el Institute of Economic Affairs. Todo el espacio con tengo disponible aquí, una generación después, es para brindar un breve resumen de algunos de los argumentos y evidencia relevantes presentados en aquel artículo. Que esto sea necesario hacerlo casi 30 años después de la caída del Muro de Berlin, fue recientemente resaltado por los puntos de vista expresados por Fiona Lali, presidente de la Sociedad Marxista en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres, durante una entrevista reciente en el programa Hoy de Radio 4.

Preguntada acerca del fracaso del comunismo soviético después de su comentario previo de que el capitalismo había sobrevivido a su utilidad, “ella alegó que el comunismo soviético nunca ‘había tenido la oportunidad de desarrollarse’ debido a la interferencia de Occidente.”

No fue una sorpresa que el historiador británico Dominic Sandbrook, de cuyo artículo en el Daily Mail se toma esta cita, comentara: “Mis pensamientos reales acerca de la versión de la historia de Ms. Lali no son apropiados para ser publicados,” y uno puede fácilmente entender su incredulidad.

Para empezar, la amplia creencia en la izquierda de que el comunismo soviético tomó una sociedad opresiva y una economía rural atrasada que subsecuente y heroicamente la transformo en un estado industrial avanzado y poderoso, mejoró los derechos de los trabajadores y los estándares de vida de las masas de la población en ese proceso, es exactamente lo opuesto de la verdad.

LA RUSIA PRE-REVOLUCIONARIA

Si bien la Rusia pre-revolucionaria estaba atrasada con respecto a Gran Bretaña, Alemania y los Estados Unidos, su economía se estaba desarrollando rápidamente y su sociedad estaba experimentando una liberalización significativa en las últimas décadas del gobierno zarista. Durante 18 de los últimos 25 años ante de que estallara la Primera Guerra Mundial en 1914, la Rusia zarista disfrutaba de la mayor tasa de crecimiento industrial en el mundo y, para 1913, estaba sobrepasando a Francia como el cuarto poder industrial del mundo.

En cuanto al progreso de la liberalización, aquí abajo se presenta un resumen de lo que había sido logrado, el cual asombrará a muchos lectores, al venir de la pluma de un gran historiador y científico político de Rusia y de origen húngaro: el desaparecido profesor Tibor Szamuely, un antiguo veterano del ejército rojo que fue hecho prisionero por Stalin, y antiguo vice-rector de la Universidad de Budapest y Conferencista de Asuntos Políticos de la Universidad de Reading hasta su muerte inesperada en 1971.

Cito de su panfleto, Communism and Freedom, publicado por el Centro Político Conservador en setiembre de 1969:

“Poca gente en Occidente se da cuenta hasta qué grado, antes de la Revolución, a inicios del siglo XX, la Rusia zarista tenía liberad de prensa -sin censura: incluso los periódicos y los libros bolcheviques se imprimían libremente- plena libertad de viajar al exterior, sindicatos laborales independientes, cortes independientes, juicio por jurados, un sistema avanzado de legislación social, etcétera. La Rusia zarista tenía un parlamento, una Duma, con miembros del parlamento electos por diversos partidos, incluyendo a los bolcheviques. No era un parlamente pleno en el sentido inglés de la palabra (el ejecutivo no era responsable ante el parlamento), pero, en la actualidad, como un todo, la Rusia pre-revolucionaria sería considerada como una democracia moderna y, en comparación con la mayoría de los ciento veintitantos de países que habitan en la Organización de las Naciones Unidas, uno de las quince o veinte estados más liberales del mundo.”

Después de décadas de gobierno comunista, en contraste, con su concentración de todo poder, propiedad y recursos en manos del omnipotente Estado Marxista, decenas de millones de personas había muerto en la represión interna bajo Lenin y sus sucesores, las semillas de libertad y democracia habían sido altamente erradicadas, los sindicatos se habían convertido en los órganos serviles y pasivos del Partido Comunista, la corrupción se había convertido en algo universal y las masas de la población habían sido reducidas a condiciones de penuria, miseria y servidumbre.

LA RUSIA POST-REVOLUCIONARIA 

He aquí unos pocos hechos claves acerca de las condiciones materiales de la vida bajo el comunismo soviético.

De acuerdo con académicos tales como el profesor Sergei Propokovich, el doctor Naum Jasny y la señora Janet Chapman, por ejemplo, los salarios reales de los trabajadores industriales en 1970 eran difícilmente mayores que aquellos en el 2013. Similarmente, el economista suizo Jovan Pavlevski calculó en 1969 que los salarios reales de los trabajadores industriales soviéticos lograron el nivel de 1913 apenas en 1963. Pavlevski también encontró que los ingresos reales de los trabajadores agrícolas soviéticos en 1969 eran apenas un 1.2 por ciento superiores a aquellos de 1913.

Además, debe recordarse -a diferencia de la consentida élite comunista, con sus apartamentos de lujo, villas campestres y accesos privilegiados a bienes de lujo importados- los ciudadanos soviéticos tenían que sufrir la miseria diaria de las escaseces constantes de la mayoría de las necesidades básicas, como jabón para lavar, navajillas para rasurar, carne y vegetales, y muchos otros ítems que tomamos por dados en Occidente.

Esta pintura de los generalmente bajos estándares de vida sufridos bajo el comunismo soviético entre 1917 y 1991 se oscurece aún más cuando uno incluye la evidencia de la pobreza extendida que existía entre los ancianos y los habitantes de algunas de las más retrasadas antiguas repúblicas soviéticas. Así, de acuerdo con Ilja Zemstov, antiguo profesor de sociología en el Instituto Lenin de Bakú (Azerbaiyán), escribiendo en 1976, una de cada dos personas pensionadas en la Unión Soviética vivía en condiciones de pobreza y en la república soviética de Azerbaiyán, un 75 por ciento de la población vivía bajo la línea de pobreza y había más hogares sin agua, electricidad y servicios sanitarios que en toda Europa Occidental. Otros académicos, también escribiendo en los años de 1970, calcularon que cerca de la mitad de todas las viviendas en la Unión Soviética no tenía agua corriente ni alcantarillado y en un espacio para vivir por persona de sólo casi la mitad de aquel disponible en Europa Occidental.

Pero, tal vez el hecho único más revelador de la quiebra económica del comunismo soviético fue el fracaso espectacular de su ineficiente y colectivización improductiva de su sector agrícola. A pesar de representar tan sólo alrededor de un 3 por ciento del total del área agrícola de la Unión Soviética, las pequeñas tenencias privadas cultivadas en el tiempo libre de los agricultores colectivizados de los sóviets proveyeron una tercera parte de la totalidad de la producción agrícola del país.
LA “FUGA DE CEREBROS” Y EL PROBLEMA CON LA PLANIFICACIÓN CENTRAL

Lejos de que el comunismo soviético nunca tuvo “la oportunidad de desarrollarse” debido a la interferencia desde Occidente, como lo cree Fiona Lali, el fracasó económico endémico y el carácter opresivo de la Unión Soviética se derivó inevitablemente de su modelo marxista de desarrollo económico y social. Una sociedad en la cual el Estado posee y controla a cada sector de la economía, y en que es el único terrateniente, patrono, doctor, educador y proveedor de bienestar, no puede fallar en ser el destructor de la libertad, los incentivos personales, la creatividad y la empresariedad, en el tanto en que la planificación centralizada monopolística, que refleja el conocimiento limitado y las prioridades políticas de la burocracia gobernante, inevitablemente sofoca la innovación y el progreso técnico. Esa es la razón por la cual la experiencia negativa del comunismo soviético se repitió en cualquier país y revolución comunista, durante el último siglo.

A partir de estas verdades, es un absurdo la idea de que la interferencia occidental afectó el funcionamiento y, por tanto, el éxito del experimento comunista en la Unión Soviética. Como se demostrará luego, sucedió exactamente el caso opuesto. De una forma u otra, el capital occidental, el “know-how” y la tecnología en realidad sacaron a las castañas comunistas del fuego durante casi todas las décadas de existencia de la Unión Soviética, principalmente al compensarle su inhabilidad sistémica arriba mencionada para generar niveles significativos de innovación tecnológica autóctona.

Si bien no había nada que inherentemente se careciera en cuanto a la calidad de la investigación científica soviética, las limitaciones de la planificación central y la ausencia de mecanismos e incentivos de mercado impidieron la prueba sistemática de los frutos de la investigación ante alternativas rivales. En vez de permitir que el conocimiento disperso, las opiniones y los talentos de millones de individuos cooperando libremente en el mercado, determinaran el éxito o el fracaso de nuevas ideas o descubrimientos, casi toda la actividad económica de la Unión Soviética fue restringida estrechamente dentro de la camisa de fuerza para el desarrollo impuesta por sus todopoderosos gobernantes comunistas; de ahí la necesidad de importar personal capacitado, know-how y tecnología desde las sociedades más libres y más dinámicas de Europa Occidental y de Norteamérica.

Y, es más, esta necesidad era mucho mayor, dado el bache empresarial y de habilidades creado por la liquidación física de muchos de los ciudadanos más productivos y educados de la Rusia pre-revolucionaria, y por la “fuga de cerebros” de aquellos que, al irse al exterior, lograban escapar de la prisión y de la ejecución en manos de las escuadras asesinas y de la policía secreta de Lenin.

La increíble pero poco conocida historia de la forma y extensión en la cual el capitalismo occidental vino al rescate del comunismo soviético fue expuesta en detalles fascinantes y abundantes hace medio siglo por el académica estadounidense, el doctor Antony Sutton, antiguo compañero de investigación de la prestigiosa Institución Hoover en California, en su masivo estudio de tres volúmenes, Western Technology and Soviet Economic Development: 1917-1965.
EL AMAMANTAMIENTO TECNOLÓGICO POR EL OESTE

El hallazgo clave de este resumen histórico exhaustivamente documentado, basado en literalmente cientos de fuentes oficiales y no oficiales occidentales y soviéticas y que abundan en cuadros estadísticos, tablas, notas al pie de página y apéndices, fue que el 90 por ciento de toda la tecnología soviética tuvo un origen occidental.

Para explicar estos hallazgos en mayor detalle, el doctor Sutton examinó 75 principales procesos tecnológicos en sectores tan cruciales y diferentes como la minería, el petróleo, los químicos, la construcción de maquinaria, la aviación, las comunicaciones, el equipamiento agrícola, etcétera, y estimó el porcentaje que se había originado en Rusia. Los asombros resultados fueron: entre 1917 y 1930, 0 por ciento; entre 1930 y 1945, sólo el 10 por ciento y, entre 1945 y 1965, un simple 11 por ciento.

Si bien hubo algunos avances autóctonos soviéticos entre 1930 y 1945 en el desarrollo de ametralladoras (!), el hule sintético, técnicas de perforación petrolera y calderas, tales avances fueron temporales y luego abandonados en favor de diseños y procesos externos. Entre 1948 y 1965, la mayoría de los progresos de innovación soviética dependieron de “ampliaciones” de plantas y tecnologías importadas existentes y copiadas a Occidente. Este fue el caso particular de la manifactura en hierro y acero, la generación de electricidad y la tecnología de cohetes.

El amamantamiento del capitalismo occidental al comunismo soviético empezó en la década de 1920, durante el período de Lenin conocido como la “Nueva Economía Política,” cuando más de 350 concesiones a extranjeros fueron utilizadas dentro de todos los sectores de la economía rusa, excepto en mobiliario y accesorios. Entre las firmas extranjeras que acudieron a la Unión Soviética con sus técnicos, maquinaria y capital estuvieron algunas de nombre famosos, como General Electric, Westinghouse, Singer, Du Pont, Ford, Standard Oil, Siemens, International Harvester, Alcoa, Krupp, Otto Wolf, y muchas otras, incluyendo importantes compañías británicas, francesas, suecas, danesas y austriacas. Y su impacto beneficioso sobre la economía soviética fue dramático.

Así, por ejemplo, a finales de la década de 1920, el 80 por ciento de la perforación petrolera soviética fue conducida por una técnica rotatoria estadounidense y todas las refinerías fueron construidas por corporaciones extranjeras. Como resultado de esta transfusión de capital y experiencia, se dio una recuperación de la producción soviética de casi cero en 1922, como resultado de la guerra civil provocada por la toma del poder de los bolcheviques en octubre de 1917, hasta llegar a las cifras pre-Primera Guerra Mundial en 1928.

El mismo esquema fue luego transferido en la década y media que va de 1930 a 1945. Durante estos años, las enormes plantas industriales de las industrias de máquinas herramientas, automóviles, aeroplanos y de molino tubulares, fueron erigidas por compañías extranjeras y, entre 1929 y 1940, se importaron 300.000 máquinas herramienta extranjeras de alta calidad. Es más, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, los soviets (a pesar de su traición previa al consolidar en 1939 el Pacto Nazi-Soviético) recibió $11 mil millones en recursos y equipos de los Estados Unidos, bajo la Ley de Préstamo y Arriendo.

La derrota de Hitler subsecuentemente permitió a la Unión Soviética saquear a la Europa Oriental para llenar sus necesidades de post-guerra. Dos terceras partes de la industria alemana de aeroplanos, la mayor parte de su industria de producción de cohetes, cerca de dos terceras partes de su industria eléctrica y toneladas de equipo militar fue tomado por Stalin. Es más, las instalaciones de cohetes alemanes adquiridas por los rusos, incluyeron la vasta planta subterránea del V-2 en Nordhausen y que sirvió de base para el programa soviético del “Sputnik” –de forma que incluso el muy pregonando esfuerzo espacial soviético debió mucho de su éxito a la adquisición por la fuerza de tecnología occidental. Como una bonificación adicional, los rusos recibieron las plantas desmanteladas de la zona estadounidense, incluyendo bienes estratégicos como plantas para la fabricación de aviones, facilidades para hacer cojinetes de bolas y plantas de municiones.

El amamantamiento tecnológico del comunismo soviético por el capitalismo occidental continuó incluso durante el período de la Guerra Fría. Por ejemplo, entre 1959 y 1963, la Unión Soviética compró al menos 50 plantas químicas completas previamente no producidas en la Unión Soviética y las importaciones soviéticas aumentaron en diez veces entre 1946 y 1966 –de 602 millones de rublos a 7.122 millones. Además de todo esto, para 1967, se había construido en el Oeste dos terceras partes de la flota mercante soviética.

NO DEBIDO A, SINO A PESAR DE

Por lo tanto, la evidencia es avasalladora. El comunismo soviético no fracasó porque no se le dio el tiempo suficiente para proseguir sus objetivos totalitarios y asesinos libre de la “interferencia occidental.” Fracasó precisamente debido a esos objetivos y a pesar de repetidas infusiones de capital occidental, de know how y de tecnología, en un lapso de al menos cinco décadas.

Como siempre, la verdad central del asunto fue afirmada con la mayor lucidez y claridad por el más grandioso escritor del siglo XX y disidente, el desparecido Alexander Solzhenitsyn, en un discurso de 1975 los sindicalistas de los Estados Unidos:

“La economía soviética tiene un nivel extremadamente bajo de eficiencia… No puede lidiar con cada problema a la vez: guerra, espacio (que es parte del esfuerzo guerrero), industria pesada, industria ligera, y al mismo tiempo con la necesidad de alimentar a su propia población Las fuerzas de toda la economía soviética están concentradas en la guerra… todo aquello de lo cual carece… lo obtienen de ustedes. De manera que, indirectamente, ustedes le están ayudando a rearmarse. Ustedes están ayudándole al estado policíaco soviético.”

Dejemos que aquellos que están abrazando al marxismo en nuestras universidades y ciudades universitarias tomen en cuenta estas cosas y que se pregunten a sí mismos si la causa que ahora están abrazando realmente es digno de su energía e idealismo.

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Philip Vander Elst

Philip Vander Elst es un escritor independiente y conferencista quien ha gastado casi 30 años en la política y el periodismo y ahora trabaja para los ministerios Areopagus.

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