París esta ardiendo en contradicciones

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Desde 1789, todos hemos tenido una buena razón para inquietarnos siempre que se desatan protestas en París. Ya sea en 1848 o en 1968, el levantamiento social en Francia raramente termina bien.

La simple furia que se ventiló en todo Francia por el movimiento de los gilets jaunes [chalecos amarillos] durante las últimas tres semanas, ha destacado quejas específicas que animan a muchos ciudadanos franceses. No obstante, la verdad es que quemar carros, bloquear vías de tránsito, el vandalismo, la ilegalidad y batallas callejeras entre manifestantes y policía, son síntomas de desafíos más formidables que encara Francia.

Pero, lo que realmente inquieta es que no se ve que los líderes políticos franceses y muchos franceses ordinarios, reconozcan las disfuncionalidades económicas y políticas que en el presente están debilitando a la sociedad francesa. Si usted lee a los periódicos de la corriente principal, como el centro derechista Le Figaro y el centro izquierdista Le Monde o les echa una mirada a los medios sociales francófonos, rápidamente se da cuenta de que esos problemas se debaten públicamente todos los días. Más raramente discutido no es sólo por qué los políticos de Francia parecen ser incapaces de enfrentar esos temas, sino, también, por qué muchos ciudadanos franceses no apoyan cambios que se han debido hacer desde tiempo atrás.

El DIRIGISMO ES EL QUE GOBIERNA

Algunos de los problemas más visibles de Francia son económicos. Por ejemplo, gran parte del país está siendo aplastado por impuestos. Con base en estándares internacionales, las tasas del impuesto sobre la renta son exorbitantes. También existe un impuesto al valor agregado del 20 por ciento, que se aplica a la mayoría de las compras, que impacta desproporcionadamente a quienes están menos bien. En conjunto, la carga impositiva total llega al 45.5 por ciento del ingreso doméstico total. La propuesta de Macron, ahora suspendida, de elevar los impuestos a los combustibles en nombre de luchar contra el cambio climático, resultó ser la gota que derramó el vaso para la Francia que vive en las afueras de los arrondissements [distritos] ricos de París, en donde poca gente maneja carros.

Entonces, ¿por qué los impuestos son tan altos? Una razón es que el gasto gubernamental en Francia equivale a un enorme 57 por ciento del PIB anual. La mayor parte de ello se gasta en un creciente estado benefactor.

Otro gran problema económico de mucho tiempo son las leyes laborales de Francia. A pesar de cambios recientes, el Código de Trabajo (Code du Travail) de Francia, con 3.000 páginas, dificulta despedir a cualquiera que tiene lo que se llama contrat de travail à durée indéterminée [un contrato de trabajo de duración indeterminada]. Por tanto, muchas empresas francesas simplemente no se interesan por expandir su base laboral permanente. Numerosos jóvenes franceses se ven así reducidos a juntar acuerdos de tiempo parcial o moverse entre contratos temporales. La incertidumbre resultante corroe su habilidad para hacer planes a largo plazo, tales como cuándo casarse y tienen hijos.

A pesar de toda la cháchara acerca de que Francia está siendo desolada por el “neoliberalismo,” la economía grande y moderna de Francia no es tan libre. En los auges de la liberalización económica de las décadas de 1980 y principio de la de 1990, Francia nunca tuvo una figura dinámica como la señora Thatcher. En el Índice de Libertad Económica del 2018, Francia aparece con un poco impresionante lugar 71 entre 180 países. En la región europea, Francia obtiene un embarazoso lugar 34 entre 44, ubicada entre Montenegro y Portugal.

Con la excepción de reformas moderadamente amistosas hacia el mercado, puestas en marcha por Charles de Gaulle en 1958 e incluso cambios aún más suaves introducidos por François Mitterrand a principios de la década de 1980, por largo tiempo sucesivos gobiernos franceses han proseguido políticas económicas dirigiste [dirigistas]. Una manifestación de este fuerte involucramiento del gobierno en la economía es la protección y subsidio a numerosas industrias a expensas de los contribuyentes franceses. Gran parte de esa asistencia es justificada en nombre de mantener lo que los gobiernos franceses llaman los “campeones nacionales” del país. Es bueno, dice el argumento, que Francia apoye a sus compañías de alto nivel. Ejemplos contemporáneos incluyen empresas como la manufacturera de trenes Alstom o el manufacturero de equipos de telecomunicaciones Alcatel-Lucent. Pero, si esas empresas son tales líderes mundiales, ¿por qué habrían de requerir una ayuda interminable del gobierno francés?

UNA ÉLITE FALSA

Desde la década de 1990, todos los presidentes franceses -Chirac, Sarkozy, Hollande y ahora Emmanuel Macron- han buscado enfrentar los problemas económicos de Francia introduciendo algunas reformas orientadas hacia el mercado. Y cada vez, el modelo político ha sido el mismo.

Se llevan a cabo propuestas relativamente suaves para, por ejemplo, modificar la política asistencial. Rápidamente surgen protestas sociales, estallan huelgas y, los ministros que están manejando las reformas, son denunciados como monstruos carentes de alma. El gobierno insiste en que no va a ceder, pero, eventualmente, cede. Para aparentar, se ponen en práctica algunos cambios menores, pero el estatus quo esencialmente se conserva.

Para ser justo, la agenda de reforma económica de Macron ha tenido algunos logros. Estos incluyen la introducción de distintas medidas tributarias amistosas con las empresas y hacer retoques a la ley laboral. También, se ha comprometido menos que sus predecesores con la idea de campeones nacionales.
No obstante, una y otra vez, Macron ha mostrado su ineptitud para comunicar sus políticas. Uno de sus muchos errores recientes fue responder a los gilets jaunes con un lenguaje más propio de un economista más allá de tedioso, que el de un presidente de una nación con una historia de la cual enorgullecerse.

En efecto, últimamente Macron ha parecido estar menos interesado en Francia. Se ha metido en maniobras como su reciente propuesta de que la Unión Europea desarrolle un ejército propio, como una manera de revivir el crecientemente moribundo proyecto de integración europea. A pesar de lo anterior, ese alejamiento de Macron es típico de los líderes políticos contemporáneos de Francia.

Ya sean de la derecha, del centro o de la izquierda, los políticos y funcionarios gubernamentales superiores de Francia constituyen un grupo asombrosamente homogéneo. Casi todos ellos han estudiado en las grandes écoles (escuelas importantes) como la École Nationale d’Administration [Escuela Nacional de la Administración). Estas instituciones sirven para suplir un grupo de individuos altamente educados. Comúnmente mencionados como “les énarques” (“los enarcas”), rotan entre un cargo de elección, el sector privado y la burocracia estatal, asegurando, por lo tanto, la estabilidad en una política notoriamente irascible de Francia.

Estas escuelas producen tecnócratas bien entrenados, provistos de la mentalidad de que su responsabilidad primaria en la vida es servir al estado. Esta es una actitud muy diferente de que la prevalece entre los graduados de la mayoría de las universidades más importantes de los Estados Unidos. Pero, las grandes écoles también facilitan una mirada monolítica, una ausencia de pensamiento creativo y la existencia de redes de clientelismo poco sanas.

En épocas más recientes, estas disposiciones han sido acompañadas por el hábito de abrazar casi la totalidad del ideario políticamente correcto. Esto va desde la ideología de género (algo que enfurece a grandes franjas de la opinión pública francesa y no sólo de la derecha) hasta el medio ambientalismo como una pseudo religión. Esto ha exacerbado el ya enorme vacío entre el punto de vista, las experiencias de vida y las prioridades de gente como Macron -cuya carrera personal epitomiza al enarca– y la mayoría del resto del pueblo francés, especialmente de la Francia de las provincias.

Dice mucho que algunas de las figuras más altamente respetadas de la Francia actual, como el anterior jefe de gabinete de los militares franceses, General Pierre de Villiers, y el nuevo arzobispo católico de París, Michel Aupetit, sean regularmente presentados en los medios de Francia, como distantes de los políticos y tecnócratas de Francia. En el caso de de Villiers, ayuda que él renunció en protesta contra los recortes al presupuesto de defensa hecho por Macron en el 2017. Él no podía, dijo de Villiers, mirar en la cara a los soldados, mientras que el gobierno le pedía al ejército francés continuar con sus ya extendidas obligaciones en el exterior -como luchar contra terroristas islamitas en África Occidental- pero haciéndolo con mucho menos dinero. La renuncia de de Villiers mostró integridad, algo que pocos franceses consideran es una característica de sus gobernantes actuales.

NECESIDADES INCOMPATIBLES

Siempre que las naciones no puedan enfrentar dificultades aparentemente intratables, los líderes políticos suscitan la mayoría de las críticas. Después de todo, es su trabajo abordar los problemas sistémicos de la escala que Francia actualmente confronta, pero, también, que persuadan a los votantes de por qué el cambio es necesario.

A pesar de ello, millones de ciudadanos franceses también comparten alguna responsabilidad por los problemas de Francia. Dicho sin rodeos, ellos quieren conservar un estatus quo caracterizado por preferencias políticas y económicas incompatibles.

Tal como hemos visto, los altos impuestos son impopulares en Francia. Pero, si usted quiere un amplio estado benefactor, lo que consistentemente grandes mayorías de ciudadanos franceses dicen querer, los impuestos altos son necesarios.

La sostenibilidad fiscal del estado de bienestar francés se basa en la premisa -similar en los Estados Unidos- de que cada generación paga por la pensión de la generación previa. Esto, a su vez, supone que una nación mantendrá, como mínimo, una tasa de nacimientos con un nivel de reemplazo de 2.1 hijos por cada mujer. En la actualidad, Francia está declinando en los números suficientes para su reproducción, en el presente acercándose a 1.88. Es más, la carga de impuestos que paga por los programas de bienestar, reduce la voluntad de muchas familias francesas de tener más de dos hijos. Simplemente no pueden mantenerlos.

Contradicciones similares destacan en una lista reciente de 42 demandas publicadas por representantes de los gilets jaunes. Incluyen reducir la edad de retiro a 60 años para todos (¡y de 55 para algunos!), un mayor proteccionismo para la industria francesa, indizar todos los salarios a la inflación, aumentar el salario mínimo, ordenar una reducción de los contratos temporales e incrementar el número de contratos de trabajo permanentes, controlar los alquileres en todo el país, programar la creación de empleos por el gobierno, renacionalizar varios servicios públicos y expandir la seguridad social.

Lo que es notable acerca de estas demandas es el rechazo de admitir algunas realidades básicas: por ejemplo, elevar el salario mínimo hace que sea más costoso para los empleadores contratar a trabajadores menos calificados; o que los controles de los alquileres producen escaseces de viviendas; o que reducir la edad oficial de retiro ocasionará una mayor presión sobre la viabilidad del sistema de bienestar; o que mantener el estado benefactor francés requiere que los franceses tengan más bebés.

Y todavía algo más esencial: ninguna de estas demandas enfrenta alguno de los problemas básicos de Francia. Lejos de ser revolucionarios, los gilets jaunes y quienes los apoyan por todo el país, parecen haber invertido firmemente en el dirigismo prevaleciente y en las expectativas contradictorias que ayudan a impulsarlo. Sí, el disturbio actual en Francia está motivado por una furia justa contra una despreciada clase política centrada en París; pero, también, está fortalecida por deseos de reforzar el estatus quo, existente pero insostenible.

UN FUTURO LÚGUBRE 

En consecuencia, Francia encara una situación inviable. La mayoría de sus líderes políticos está casada con todas las devociones globalistas y con la corrección política que preocupa a todos los tecnócratas occidentales en todo el mundo. En estos días, tales señales de virtuosidad caen en el vacío ante los votantes franceses. Gran parte del sector empresarial francés está plagado de amiguismo, pero lo racionalizan como formando parte de un interés nacional. Y números considerables de franceses declinan reconocer que algunas cosas -como impuestos más bajos y estados asistenciales más grandes- se excluyen mutuamente.

Vistas en conjunto, estas tendencias sugieren un futuro preocupante para Francia: uno caracterizado por una profundización de las fisuras sociales y económicas, una renuncia a la realidad y por políticos que oscilan entre proseguir un supranacionalismo utópico o conformarse con una declinación administrada. A diferencia de 1958 -año en que se desintegró la Cuarta República- no hay un De Gaulle esperando entre bastidores con una visión estratégica, habilidad política, fuerza de voluntad y, ante todo, simple prestigio, para conducir una Francia fraccionada en una dirección más saludable.

En la crisis, reza el cliché, descubrimos la oportunidad. En la actualidad, Francia está probando lo contrario.


Traducción por Jorge Corrales Quesada.

Author profile
Samuel Gregg

El Dr. Samuel Gregg es director de investigación en el Instituto Acton. Ha escrito y hablado extensamente sobre cuestiones de economía política, historia económica, ética en finanzas y teoría del derecho natural. Tiene una maestría en filosofía política de la Universidad de Melbourne y un doctorado en filosofía en filosofía moral y economía política de la Universidad de Oxford.

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