Para Curar la Masculinidad Tóxica lo mejor es la Masculinidad Verdadera

No nos pidan que no seamos hombres. Pídanos que seamos hombres de verdad.
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Desde que se produjo el fenómeno #MeToo, comencé a preguntarles a mis amigas directamente sobre sus experiencias cotidianas con los hombres. Por ejemplo, ¿qué proporción de hombres que «conocen» en una aplicación de citas románticas envía mensajes totalmente inapropiados, y con qué frecuencia un hombre les falta al respeto de una manera abierta o implícitamente sexual?

Aunque estoy seguro de que mi círculo de amigos no es totalmente representativo de la población de hombres en general, me sorprendió descubrir, por mi encuesta, nada científica, cuántos hombres no tienen ni la más mínima idea de cómo comportarse. En base a las respuestas combinadas de varias mujeres en las que confío, la cantidad de hombres que en una aplicación de citas dicen o hacen, casi desde el inicio, algo ofensivo a una mujer que no conocen puede llegar a ser mayoría.

Si le preguntas a una mujer joven puede contarte historias de hombres que hacen comentarios inapropiados, gritan por la ventana del coche mientras ella camina por la calle, sacan sus genitales después de algunas bebidas, o son oportunistas e inoportunos en un café, incluso cuando ella se sienta allí con un niño muy pequeño. (Estas fueron todas las historias que me contaron). Para algunas mujeres jóvenes, estas cosas parecen ocurrir más o menos mensualmente.

Mis conversaciones recientes con amigas sobre el asunto me han llevado a esta pregunta: ¿qué demonios les pasa a estos hombres y por qué hay tantos?

Para mí, esta no es una cuestión de acoso sexual. Es algo más fundamental: una idea pasada de moda llamada modales. Las experiencias de mis amigas con los hombres me sorprendieron porque tienen que aguantar mucho más, y mucho más a menudo, de lo que podría haber esperado basado en la evidencia disponible como resultado de mis interacciones con otros hombres.

Aunque tengo criterios amplios acerca de no llamar a las personas groseras y repugnantes “depredadores” o aquellos en el extremo receptor de los comportamientos groseros “víctimas”, debe ser horrible tener que soportar tanta grosería. No creo que tuviera paciencia para eso.

¿Cómo dejamos que esto sucediera?

Si eres hombre y lees esto con la misma apreciación limitada del tema que tuve antes de empezar a pedirle a mis amigas que enumeraran ejemplos de comportamiento maleducado y cargado sexualmente, puedes ser escéptico. Sin embargo, le insto a que haga lo mismo que hice y pídale a una muestra representativa de sus amigas que le den ejemplos de sus anécdotas personales sobre dicho comportamiento en los últimos meses. Es posible que proporcionen más anécdotas de los que esperaba.

Pensando en todo esto, y horrorizado por malos modales en cualquier lugar por cualquier razón, he comenzado a considerar lo que, como hombre, le debería estar diciendo a otros hombres, en todo caso, sobre este problema. Mi opinión desde hace mucho tiempo (dicho en otra parte) es que la cultura occidental está sufriendo una crisis de masculinidad, la cual encontraría empatía entre muchos de los que han sido fervientes conductores del fenómeno #MeToo, pero sospecho que mi receta para la solución de esta crisis puede ser más controvertida: Creo que necesitamos más masculinidad, no menos, y la necesitamos porque lo que han estado haciendo los Louis C.K. y los Weinsteins de este mundo no es una expresión de la masculinidad en su verdadero sentido.

Me gustaría que nos volcaramos hacia estos hombres y le pidieramos, en un tono de decepción, a diferencia de uno dramático y escandalizado, “¿Qué tan patético eres? ¿Por qué?”. Porque esa pregunta en ese tono transmite el importante mensaje de que su comportamiento no los hace más varoniles, sino menos.

Científicamente entrenado, por lo general procuro deshacerme de mi subjetividad en mis artículos políticos, pero esta vez, voy a hacer una excepción y voy a admitir que lo que sigue es una sugerencia subjetiva, casi intuitiva que ofrezco con la esperanza de comenzar una discusión constructiva.

La verdadera masculinidad, o la «masculinidad sagrada», es amable, honesta, controlada, disciplinada, heroica, protectora, fuerte, racional e incluso inteligente. Decirle a los hombres que la masculinidad es intrínsecamente imperfecta o peligrosa es contar una mentira que nace de un diagnóstico erróneo. El vacío moral en el que operan Weinstein y Franken y otros de su clase solo puede llenarse con una masculinidad que se pueda celebrar como algo a lo que aspirar.

Si existe algo así como una ley espiritual, ninguna es más cierta que aquello que, «lo que se enfoca se hace más grande», así que vamos a definir la versión más alta de la masculinidad como una invitación a los hombres, una estrella del norte si se quiere, para guiarlos mientras interactúan con los demás. Ello permitirá que aquellos aspectos de los hombres asociados con género, sexuales, y deseosos de integrarse en las versiones más elevadas de ellos mismos, en lugar de negarse o patologizarse sólo para ser expresadas en formas distorsionadas que pueden, de hecho, razonablemente ser llamados “tóxicos».

Curar la masculinidad tóxica con la masculinidad verdadera y señalar la diferencia entre los dos tiene el beneficio de poner al irreprimible ego masculino del lado positivo, de alinear la masculinidad con los modales y no en contra de ellos.

Quizás lo más importante sea que una noción culturalmente normalizada de masculinidad orgullosa y positiva permitiría a las madres una vez más poder decirles a sus hijos: «Así es como se trata a una mujer y, al hacerlo, así es cómo eres un hombre». Los muchachos quieren ser hombres, por lo que seguramente solo podemos ayudarlos al apoyar ese deseo, en lugar de suprimirlo. No queremos crear un vacío que sea llenado con un reemplazo distorsionado y hueco.

Por más chocantes que sean, no todas las historias sobre los malos modales de los hombres fue lo que más me asombró. Fue la estupidez masculina. Después de todo, si fuese un hombre que quisiera cualquier tipo de satisfacción sexual o afirmación de una mujer, y la jugada más sofisticada que tuviese fuese gritar por la ventanilla de un coche, frotarme contra ella en un tren, o preguntarle si puedo masturbarme frente a ella, entonces eventualmente descubriría que mi método no es tan efectivo.

¿Cuán deficiente, uno puede preguntarse, tiene que ser una persona para ser incapaz de evaluar los resultados de sus acciones con respecto a sus objetivos, especialmente cuando los resultados (o la falta de los mismos) se repiten una y otra vez? De hecho, una necesidad de afirmación sexual o actividad que sea tan grande que me obliguen a dejar mis modales en la puerta de entrada debería, aunque fuera sociópata, motivarme para comenzar a recopilar los datos. (Se supone que la racionalidad también es un «rasgo masculino», ¿no?) ¿Cuánto se tarda, entonces, en darse cuenta que ser grosero con cada mujer que encuentre muy atractiva, no consigue lo que quiere de ellas?

Ante tal nivel de estupidez, no puedo evitar sentir que los hombres deberían estar preguntándole a otros hombres, «¿Qué es esta tontería?»

Ese sería un enfoque para hacer que los hombres le saquen provecho a la verdadera masculinidad. Es un enfoque que les dice a aquellos que son tóxicos cuando se acercan a las mujeres: «Eso es lo opuesto a la masculinidad. Eso es lo que haces cuando no eres un hombre. Eso es lo que haces cuando no has obtenido las habilidades esenciales».

Amo la polaridad que existe entre lo masculino y lo femenino. Mucho antes de #MeToo, estaba escribiendo que nadie se beneficia cuando los hombres no pueden ser hombres porque la masculinidad misma casi se ha vuelto tabú. Los hombres que no pueden serlo, y sienten que, los hombres de verdad no pueden dar a las mujeres el placer de sentirse mujeres de verdad.

Apoyo todo eso, pero cuando lo escribí por primera vez, me faltó algo: hay un montón de hombres en aplicaciones de citas románticas que gritan desde las ventanas del automóvil y que hacen que las mujeres se sientan muy mujeres, pero no el tipo de mujeres que les gustaría ser. Podrías decir, más bien, que los enfoques masculinos tóxicos están causando que las mujeres tengan una experiencia tóxica de su propia feminidad.

ntonces, mi mensaje para los hombres que no respetan a las mujeres es que lo están haciendo más difícil para el resto de nosotros. Al dar a las mujeres una buena razón para desconfiar en cualquier tipo de enfoque masculino, están haciendo que todas las mujeres sean escépticas conmigo y con los ejemplares decentes de mi género. Y no estoy de acuerdo con eso.

Pero también tengo un mensaje para las madres. Mamá, haces bien al querer que tu hijo sea un hombre. Está bien usar esa palabra. Solo cuando hayas usado esa palabra puedes darte la vuelta y decir, «Este comportamiento no es masculino; es patético. Y, por cierto, hijo, si realmente quieres estar con una mujer atractiva, aquí está cómo no hacerlo. No le faltes el respeto a ella; no arrojes crudas frases por la ventanilla del automóvil, y no le envíes una foto de tus genitales en una aplicación de citas. Si quieres atraer a las mujeres atractivas, las mujeres inteligentes, el tipo de mujeres que vas a disfrutar, y debes hacerlo, ¿por qué no aprendes un poco sobre ellas? De hecho, ¿por qué no aprendes un poco acerca de la diferencia entre ellas y tú?”.

Y esa última pieza es muy importante porque tengo la sensación (y podría estar equivocado) de que muchas personas que han estado presionando el fenómeno #MeToo son de la persuasiva, tercera ola feminista, queriendo colapsar esa distinción entre hombres y mujer. (Todo es socialización, dicen). Pero estoy sugeriendo un enfoque exactamente opuesto para resolver el problema del cual ha surgido #MeToo.

¿Por qué no les decimos a nuestros niños sobre lo genial y hermoso de la masculinidad, de modo que una vez que lo hayamos hecho, no tengan la necesidad de sentirse amenazados o intimidados por aprender sobre el otro lado femenino, ese otro que los conducirá a través de la vida en más formas de las que nunca se darán cuenta conscientemente? Pasemos más tiempo promoviendo modelos de masculinidad positiva que contándoles a chicos, jóvenes y mayores, el por qué, todos somos horribles. (No lo somos). Hablemos de los buenos machos-alfa: aquellos que se sienten cómodos en su masculinidad: asertivos a la vez que respetuosos, seguros de sí mismos, a la vez que educados, ambiciosos a la vez que amables. Existen en todas las áreas de la vida. La próxima vez que estés a punto de hablar sobre los chanchullos de Al Franken, ¿qué te parecería hablar de uno de esos hombres de verdad, que obtiene lo que quiere a través del respeto? Y vislumbre el contraste entre ellos explícitamente.

Luego, cuando comencemos a celebrar una masculinidad saludable y robusta, no volvamos a pensar que el problema que estamos tratando de resolver tiene mucho que ver con el sexo. Como dijo famoso el Oscar Wilde, «todo tiene que ver con sexo, excepto el sexo. El sexo tiene que ver con poder».

Eso se aplica aquí y ahora, aunque no de la manera en que lo dijo Wilde.

Los comportamientos sexuales inaceptables de los hombres que exhiben una masculinidad tóxica tienen sus raíces en algo que tiene que ver con el poder, pero no principalmente en el ejercicio consciente del poder sexual sobre otro. Por el contrario, su tratamiento irrespetuoso de las mujeres como un premio sexual (que invariablemente no pueden ganar) es reflejo de una falta de poder interior como hombres, lo que les hace recurrir a un comportamiento agresivo y explotar el inmediato poder superficial y circunstancial que existe en virtud de una relación profesional o un contexto social o económico particular.

Los hombres no deben comportarse irrespetuosamente con las mujeres, no porque haya algo malo con su sexualidad, sus deseos o su masculinidad. No, no deberían actuar de manera irrespetuosa porque nadie debería faltarle el respeto a nadie, nunca. Punto. Fin de la historia.

Tenemos que tener cuidado, entonces, de no diagnosticar mal la enfermedad solo porque se ve más fácilmente en ciertas situaciones que en otras: la falta de respeto por parte de los hombres se observa desproporcionadamente en el dominio sexual porque el imperativo sexual masculino nunca se desactiva realmente, y necesariamente se manifiesta de maneras que las mujeres ven y experimentan directamente (suponiendo que los hombres son heterosexuales).

Mujeres, por favor, ayúdenos a nosotros, los hombres buenos, a hablar sobre la masculinidad de manera positiva, la masculinidad que más queremos. Celebren la polaridad entre su feminidad y la masculinidad de los hombres que les gustan. Háganos saber que está bien ser sexualmente asertivo y completamente masculino, pero solo en el contexto correcto. Y explíquenos que ese contexto siempre implica el establecimiento previo de respeto mutuo, una sensación de seguridad y confianza. Somos criaturas elementales. Entonces, háganos saber que el respeto y la competencia social abrirán esa puerta mucho más fácilmente que los intentos brutos por derribarla.

En resumen, no nos pidan que no seamos hombres. Pídanos que seamos hombres de verdad.

Author profile

es británico de nacimiento y recientemente se convirtió en un ciudadano de los EE.UU. Fundó WatchingAmerica.com, una organización de más de 200 voluntarios que traduce y publica opiniones sobre los EE.UU. de todo el mundo, trabaja como entrenador y consultor, y recientemente escribió el libro If You Can Keep It.

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