No hay tal cosa como la igualdad, gracias a Dios

1
155

Típicamente, los títulos de los capítulos de Hayek no dejan nada a la imaginación. Pero, al encontrarme con el título del capítulo ocho, ¿Quién, a quién?”, de Camino de Servidumbre, tuve que leerlo y volver a leerlo, pues algo me pareció inusual.

Teniendo a mis manos el lujo moderno de Google, pronto aprendí que el título de Hayek en realidad era un eslogan bolchevique, popularizado por Lenin en la década de 1920. Luego fue resumido por Leon Trotsky, quien lo usó en su artículo titulado Towards Capitalism or Towards Socialism?

“Quién, a quién” se refiere al tema general de quien sobrepasará a quien. O, puesto de otra manera, que ideología sobrevivirá: el socialismo o el capitalismo.

Pero, lo que fue más desafortunado de este eslogan, fue la correspondiente campaña de propaganda usada por esos socialistas a fin de estimular que seguidores se unieran a sus filas; todo se convirtió en un asunto acerca de la lucha de clases y la igualdad. Sin embargo, lo que los socialistas veían como igualdad y lo que en realidad significa igualdad en el mercado, son dos creencias enteramente distintas.
NO EXISTE LA IGUALDAD

Aquellos quienes creen en el poder de los mercados, creen que la verdadera igualdad surge de la habilidad de cada uno para igualmente lograr sus sueños, sin temer la intervención de una autoridad de gobierno.

Pero, los socialistas han distorsionado este término a algo que nunca puede existir, no importando qué tanto algunos lo pueden desear. A los socialistas les gustaría ver que todo el mundo fuera igual a través de alguna economía planificada, dirigida a un fin específico. Siendo ese fin la igualdad de la paga y del estatus.

Desafortunadamente, no hay dos personas que hayan nacido iguales. Cada una tiene habilidades y experiencias únicas que la hacen diferente de todos los demás. La única forma en que dos personas pueden ser hechas iguales es por medio de una toma completa del gobierno de cada aspecto de nuestras vidas. O, en otras palabras, nada, excepto la fuerza máxima, lograría ese objetivo. Que es exactamente acerca de lo cual Hayek nos advierte en el capítulo ocho de Camino de Servidumbre.

Lo que los socialistas olvidan, o que tal vez, para empezar, no lo entendieron, es que el mercado libre es el único vehículo mediante el cual se puede lograr un acceso igual a nuestras ambiciones, sin pisotear las ambiciones o derechos de otros.

Bajo el capitalismo de libre mercado, a un hombre no se le receta su destino al nacer. El niño que nace en las calles y envuelto en harapos puede crecer hasta ser un empresario, crear valor, empleos e impulsar la economía. Por supuesto, en el tanto en que tiene la ambición y la voluntad para lograrlo.

No obstante, su habilidad para cambiar las estrellas propias menosprecia esa noción de guerra de clases, porque en el capitalismo uno se puede mover de una posición a la siguiente, haciendo que el socialismo sea totalmente irrelevante para la ecuación.
Tal como lo dice Hayek:

“Aunque, bajo la competencia, la probabilidad de que un hombre que empieza pobre alcance una gran riqueza es mucho menor que la que tiene el hombre que ha heredado propiedad, no sólo aquél tiene alguna probabilidad, sino que el sistema de competencia es el único donde aquél sólo depende de sí mismo y no de los favores del poderoso, y donde nadie puede impedir que un hombre intente alcanzar dicho resultado.”

RESENTIMIENTO

Sin embargo, a través de la doctrina socialista se inculcó en muchos que cada uno de nosotros merece un éxito igual, tan sólo por existir. Y, aún peor, fue que ese resentimiento subyacente condujo a muchos socialistas prominentes a creer que aquellos nacidos en clases inferiores eran, de alguna forma, más merecedores de dicho éxito, que alguien que hubiera nacido en el “privilegio.”

Hayek atribuyó mucho de esta línea de pensamiento a la educación obligatoria.

Los libros de texto asignados durante el curso de una educación gubernamental obligatoria, hablan de ambición y opresión en manos de los ricos. Y, por supuesto, los héroes son los subestimados de la clase trabajadora, quienes han logrado, a pesar del capitalismo, formar sindicatos y que se aprueben regulaciones, todo ello con la intención de hacernos a todos más iguales.

Hayek escribe:

“El resentimiento de la baja clase media, en la que el fascismo y el nacionalsocialismo reclutaron una tan gran proporción de sus seguidores, se intensificó por el hecho de aspirar en muchos casos, por su educación y preparación, a posiciones directivas y considerarse ellos mismos con títulos para ser miembros de la clase dirigente.”

En vez de buscar el cambio de sus situaciones por medio de sus propios esfuerzos, una generación entera ahora creía que eso se les debía a ellos.

“La generación más joven con el desprecio por las actividades lucrativas fomentado por la enseñanza socialista, rechazaba las posiciones independientes que envolvían riesgo y se congregaba, en cantidades crecientes, en torno a las posiciones asalariadas que prometían seguridad.”

Pero, lo que aquí se relega es una definición clara de quién estará a cargo de lograr esa gran utopía, en donde todas las cosas son iguales. Tal sistema tendría que ser controlado por una entidad todopoderosa.
ÁRBITRO DE LA JUSTICIA

Para que ocurra una igualdad obligada, alguna entidad tiene que ser responsable de dirigir los recursos para lograrlo. Y, tal como la historia nos lo ha mostrado, este es siempre un papel que le es dado al estado, por el estado. Como dice Hayek, “En cuanto el Estado hace algo, su acción provoca siempre algún efecto sobre ‘quién gana’ y sobre ‘qué, cuándo y cómo lo gana.’”

A pesar de ello, de alguna forma los socialistas se han convencido a sí mismos que el estado es una fuente neutral de redistribución, inmune a sucumbir a sus propios fines en lugar del “bien común” de la gente. Pero, esto le da al estado el control completo de casi todo lo imaginable, como nos lo advierte Hayek:

“Lo que estas personas olvidan es que, al transferir al Estado toda la propiedad de los medios de producción, le colocan en una posición en que sus actos determinan, de hecho, todas los demás ingresos.”

Él agrega adicionalmente, “Es evidente que un gobierno que emprenda la dirección de la actividad económica usará su poder para realizar el ideal de justicia distributiva de alguien.”
LUCHEN POR QUINCE

Hoy en día, estamos viendo este juego en nuestro mundo moderno con el movimiento pro-salario mínimo llamado “luchen por quince.” Desesperados por lograr una paga “justa” para todos, muchos trabajadores de ingreso reciente han demandado que el gobierno tome el control completo en la fijación de tasas de salarios mínimos. Pero, en realidad, todo lo que esto hace es quitar el poder de manos de los individuos para controlar su propio destino y entregarlo a las manos del gobierno.

En vez de trabajar para ganar su éxito, simplemente se demanda que el gobierno nos lo dé. Los puestos que para el trabajador que apenas ingresa fueron vistos alguna vez como un peldaño importante en sus mayores ambiciones de una carrera, ahora son vistos como fines en sí mismos.

El joven que está volteando hamburguesas desea ganar tanto como su supervisor, porque siente que es algo que se le debe. Pero, ese supervisor alguna vez estuvo dándoles vuelta a las hamburguesas. Fue su ambición por algo más lo que le condujo a querer un estatus más alto en su vida. Y ese impulso se reflejó en que él buscara tener horas extra y probar su capacidad hasta llegar a una posición alta. Esta habilidad es en sí verdadera libertad.

Así lo expresa Hayek:

“Sólo porque hemos olvidado lo que significa la falta de libertad, despreciamos a menudo el hecho patente de que, en cualquier sentido real, un mal pagado trabajador no calificado tiene mucha más libertad en Inglaterra para disponer de su vida, que muchos pequeños empresarios en Alemania [1944] o un mucho mejor pagado ingeniero o gerente en Rusia.”

Ningún ser humano podrá alguna vez erradicar las diferencias que existen entre los individuos. Y nadie debería querer eso. Estas diferencias nos han dado el robusto mercado que en la actualidad tenemos. Nuestras diferentes habilidades y destrezas son prueba de que vivimos en una sociedad en la cual los individuos determinan su destino y no lo hace alguna autoridad arbitraria.

Como dice Hayek:

“Siempre existirán dificultades que parecerán injustas a quienes las padecen, contrariedades que se tendrán por inmerecidas y golpes de la desgracia que quienes los sufren no los han merecido. Pero cuando estas cosas ocurren en una sociedad deliberadamente dirigida, la reacción de las gentes será muy distinta que cuando no hay elección consciente por parte de nadie.”

De forma que la pregunta de “quién, a quién” es muy importante, porque lo que realmente provoca este eslogan es que uno reflexione acerca de quién está en control de quién. Para los socialistas, ellos creen que el gobierno debería controlar el estatus en la vida de uno. Para el capitalista, es el individuo y sólo el individuo quien está a cargo de determinar su propio destino.


Traducción por Jorge Corrales.

+ posts

1 comment

  1. Carlos Nava 16 junio, 2018 at 10:29 Responder

    No es lo mismo capitalismo que liberalismo estimados. Todo liberal es capitalista pero no todo capitalista es liberal. Hay que usar los términos con precisión.

Leave a reply

Ir a la barra de herramientas