Mucho keynesiano, poco economista

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En días pasados fui invitado a un debate sobre coyuntura económica de Bolivia. Mis contertulios, aparentemente, representaban diferentes líneas de pensamiento, pero a medida que el debate avanzaba mostraron sus afinidades ideológicas y su desprecio a las posturas pro libre mercado.

Ambos profesionales acabaron atacando mis ideas, especialmente, cuando cuestioné el papel del Estado, la balanza comercial, la política de crédito barato y lo irrelevante del Producto Interno Bruto (PIB). Al finalizar el evento, uno de los participantes me hizo la siguiente pregunta ¿Por qué sus dos colegas lo acabaron atacando? Este pequeño texto es parte de la respuesta.

El tema económico, especialmente referido al papel del Estado en la economía, se maneja frecuentemente con los sentimientos y no con la razón. Valiéndose de ese procedimiento, las universidades adoctrinan a los estudiantes en las ideas más absurdas: control de precios, manipulación de las tasas de interés, aranceles a la importación, salario mínimo y el efecto “multiplicador” del gasto público. Veamos las consecuencias de poner en práctica esos sofismas.

El control de precios es una de las políticas más usadas por los gobiernos socialistas. Generalmente, los artículos que se eligen para regular el precio son los de “primera necesidad”. Los socialistas arguyen, denotando una puerilidad a toda prueba, que los pobres deben poder comprar más barato, sería una maravilla hacer las cosas más baratas por decreto, pero la realidad es otra. Cuando se fijan precios máximos, la demanda se expande. También se contrae la oferta, ya que resulta, por un lado, menos atractiva la producción del bien y por otro desaparecen los productores marginales (esos que operan con un estrecho margen de ganancia). Como consecuencia inmediata aparece el faltante artificial, paradójicamente, son los pobres quienes sufren la escasez.

El crédito barato es la variante más nefasta del control de precios. Implica bajar artificialmente la tasa de interés. Esta medida hace que se expanda la demanda de crédito y se contraiga el ahorro. Al producirse este faltante, se desestabiliza todo el sistema financiero, vacío que luego es cubierto por los bancos centrales mediante la emisión de billetes, que es otra forma de decir que se procede a inflar. La inflación desencadena todavía peores consecuencias sobre los ahorros y salarios de los más débiles de la sociedad.

El control sobre las importaciones es otro de los instrumentos usados por los socialistas para meter sus manos en el mercado. Se dice que es “desfavorable” importar y muy “favorable” exportar. Esta terminología desconoce el hecho de que se exporta para poder importar. Generalmente, esta medida es el resultado de la alianza incestuosa entre los empresarios mediocres (empresaurios los llama Javier Milei) y los gobiernos socialistas. Para los primeros, es una forma de obtener monopolios. Y para los segundos, es un mecanismo para incrementar su poder. Nuevamente, son los pobres quienes se ven forzados a comprar productos de menor calidad y precios más caros.

La ideología marxista ha penetrado tanto en las ciencias sociales, que incluso economistas de renombre repiten los sofismas socialistas respecto al trabajo. El trabajo humano es una mercancía y como toda mercancía su precio debe fijarse en el mercado. Cuando los gobiernos fijan salarios mínimos crean un sobrante artificial. El sobrante, en este caso, se denomina desempleo. ¿Quiere ver lo maligno de esta política? Imagine la cantidad de despedidos que habría, si el Ministro de Economía decide decretar el salario mínimo en 3.000 dólares.

Y, finalmente, explicaremos las fatales consecuencias del gasto fiscal (la vaca sagrada de los keynesianos). Se asume que a mayor gasto fiscal mayor crecimiento, pero la realidad es otra. Todo lo que el gobierno gasta se compone de recursos extraídos al sector privado. Recursos que hubieran estado al servicio del proceso económico en forma de bienes de consumo o bienes de capital. De ninguna manera se puede considerar que el gasto fiscal tiene un efecto multiplicador, eso solo existe en el estrecho mundo de las pizarras universitarias, por lo demás es un completo disparate. Cuando un gobierno gasta a manos llenas, nos condena a tres cosas: Primero, pagar muchos impuestos. Segundo, vivir en economías ineficientes y pobres. Y tercero, convierte a la nación en esclava de los organismos de crédito internacional (FMI, BID o el Banco Mundial).

Keynes es el padre intelectual de las políticas económicas vigentes en el país desde 1950. Haber perdido décadas de progreso es el costo de haber seguido sus consejos. ¿Queremos un mejor país? Debemos empezar a transitar la ruta del capitalismo. Y eso solo es posible con un una fuerza política que proponga libre mercado, propiedad privada y gobiernos limitados.


Tomado de VisorBolivia.

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Hugo Balderrama

Es economista, máster en Administración de Empresas y Phd. en Economía. 

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