Mises contra la Iglesia y su hostilidad hacia el liberalismo

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La historia permite entender fácilmente la hostilidad de la Iglesia hacia todas las formas del liberalismo económico y político.

El liberalismo es producto de las «luces» y del racionalismo, que asestaron un golpe mortal a la antigua Iglesia. Tiene el mismo origen que los estudios históricos modernos que han aplicado una crítica rigurosa a la historia de la Iglesia y de sus tradiciones.

Ha destruido el poderío de las clases con las que la Iglesia vivió en estrecha vinculación durante siglos. Ha transformado el mundo más profundamente aún de lo que había hecho el propio cristianismo. Ha vuelto a los hombres al mundo y a la vida, y ha despertado fuerzas que los conducen muy lejos del indolente tradicionalismo sobre el que reposaban la Iglesia y su doctrina. Todas estas innovaciones eran sospechosas a la Iglesia, que se ha adaptado mal al mundo moderno.

El creyente experimenta siempre un sentimiento de inquietud

Sin duda en los países católicos los sacerdotes bendicen los barcos que se botan al agua y las dinamos de las nuevas centrales eléctricas, pero el creyente experimenta siempre un sentimiento de inquietud en medio de una civilización cuyo sentido no penetra su fe. De aquí nace el resentimiento de la Iglesia con respecto a la época actual y al liberalismo, que caracteriza su espíritu.

No es sorprendente, pues, que la Iglesia se haya aliado a quienes, animados por el odio, quisieran destruir este nuevo mundo tan extraño y que haya buscado, en el arsenal tan rico de que disponía, todas las armas que le era posible suministrar para denunciar la vanidad del esfuerzo humano y de la riqueza terrenal. De este modo la religión, que se dice religión de la caridad, se ha convertido, con el Syllabus , en la religión del odio en un mundo que parece maduro para conseguir la felicidad.

Quienquiera que emprendiese la lucha contra el presente orden social podría estar seguro de encontrar un aliado en el cristianismo. Lo que es trágico en toda esta situación es que fueron precisamente los mejores miembros de la iglesia, los que tomaban en serio la regla de la caridad cristiana y ajustaban a ella su conducta, quienes dieron su concurso a esta obra de destrucción.

Los sacerdotes y monjes que se consagraban a la verdadera obra de misericordia cristiana, que tenían oportunidad de ver el sufrimiento humano y penetrar las miserias de la vida durante el ejercicio de su sacerdocio, de sus enseñanzas, en los hospitales y las prisiones, fueron los primeros en dejarse dominar por la influencia de la palabra evangélica destructora de la sociedad.

Únicamente una sólida filosofía liberal habría podido guardarlos de compartir los sentimientos de odio que encontraban entre sus protegidos y a los que el Evangelio daba su aprobación.

Al fracasar esta filosofía, se convirtieron en adversarios peligrosos de la sociedad. Y de este modo, de una obra de amor nació la guerra social. Una parte de estos hombres, a quienes razones de sentimiento hacían adversarios del orden social que se basa en la economía liberal, se limitaron a una muda hostilidad. Pero muchos se convirtieron en socialistas, no ciertamente en socialistas ateos, a ejemplo de la clase socialista obrera, sino en socialistas cristianos.

Pero el socialismo cristiano no deja de ser por esto socialismo. El socialismo no puede hallar ejemplos de sí mismo ni en los primeros siglos cristianos ni en la iglesia primitiva. Incluso el comunismo de consumo de los primeros grupos pronto desapareció, a medida que pasaba a segundo plano el inminente advenimiento del reino de Dios.

Pero no fue reemplazado por una organización socialista de la producción. En las comunidades cristianas, la producción era resultado del trabajo de individuos que laboraban para ellos mismos, y los ingresos que aseguraban el sostenimiento de los indigentes y que permitían cubrir los gastos de las obras comunes estaban constituidos por donaciones voluntarias u obligatorias, que entregaban los miembros de la comunidad que trabajaba por cuenta propia en sus empresas personales, con medios de producción de que eran dueños.

Puede ser que en los primeros siglos las comunidades cristianas hayan recurrido —raramente y en casos excepcionales— a métodos socialistas de producción, pero no se encuentra de ello pista alguna documental y ningún doctrinario cristiano conocido ha recomendado nunca estos métodos. Con frecuencia se encuentran en los escritos de los apóstoles y de los padres de la iglesia exhortaciones en que se invita a los fieles a regresar al comunismo de la iglesia primitiva.

Pero se trata siempre de un comunismo de consumo y jamás de métodos socialistas de producción [36] . San Juan Crisóstomo es el santo que ha hecho la más conocida apología de la manera comunista de vivir. En su homilía número 11 sobre la historia de los apóstoles, el santo elogia la comunidad de los bienes de la iglesia primitiva y emplea todo el ardor de su elocuencia en predicar su restablecimiento. No se limita a recomendarla invocando el ejemplo de los apóstoles y de sus contemporáneos.

Se esfuerza en exponer racionalmente los méritos del comunismo, según lo concibe. Si todos los cristianos de Constantinopla pusieran sus bienes en común, se contaría de esta manera con riquezas suficientes que permitirían alimentar a todos los cristianos pobres y nadie sufriría ya privaciones. Hace notar que los gastos de la vida en común son, efectivamente, mucho menos elevados que los que requiere cada hogar aisladamente.

San Juan Crisóstomo recurre aquí a consideraciones que recuerdan mucho las de quienes preconizan hoy día el establecimiento de una cocina única por edificio, o de cocinas comunes, y que se dedican a calcular la economía resultante de esta concentración de la explotación culinaria y del hogar. Según este padre de la Iglesia, los gastos no serían altos, de modo que el enorme tesoro formado por la reunión común de bienes sería inagotable, tanto más que la bendición divina aprovecharía mayormente a los hombres piadosos de estas comunidades.

Cada recién llegado sumaría alguna cosa al tesoro común [37] . Estas explicaciones precisas demuestran, por la sobriedad de su precisión, que Crisóstomo sólo consideraba una comunidad de consumo. Sus comentarios sobre las ventajas de la unificación, que se resumen en el hecho de que la dispersión entraña un decrecimiento del bienestar, mientras que la unión y la cooperación lo aumentan, hacen honor al sentido económico de su autor.

Una sólida filosofía liberal habría podido guardarlos de compartir los sentimientos de odio

Pero en conjunto su proposición demuestra un desconocimiento total del problema de la producción, y en todo su razonamiento no ve sino el consumo. No se le había ocurrido la idea de que es necesario producir antes de consumir.

Todos los bienes deben entregarse a la comunidad —Crisóstomo piensa aquí, sin duda, que la entrega se hace con vistas a su venta, según el ejemplo del Evangelio y de la historia de los apóstoles— y en seguida empieza el consumo en común.

No se le ocurre que las cosas no pueden durar eternamente de este modo, y se imagina que los millones reunidos —los calcula de uno a tres millones de libras de oro— constituirán un tesoro inagotable. Como se ve, las consideraciones económicas del santo acaban exactamente en el mismo punto que la sabiduría de nuestros políticos sociales, quienes creen poder pasar a la economía, tomada en su conjunto, las experiencias que ellos han tenido en las obras caritativas y donde solamente se toma en cuenta el consumo.


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Fue un economista austríaco de origen hebreo, historiador, filósofo y escritor liberal que tuvo una influencia significativa en el moderno movimiento libertario en pro del mercado libre y en la Escuela Austríaca.

Planteó lo perjudicial del poder e intervención gubernamentales en la economía que, según su teoría, por lo general llevan a un resultado distinto al natural y por esto muchas veces perjudicial para la sociedad, ya que generan caos en el largo plazo.

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