Matar los mercados es el peor plan para combatir el COVID-19

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Acontecimientos momentáneos usualmente dejan fuertes recuerdos en aquellos quienes vivieron a través de ellos, y esas memorias, a menudo, son pasadas a generaciones posteriores en forma de interpretaciones históricas de por qué y qué ha sucedido en el pasado. Estos han sido ciertamente los casos de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, el Movimiento de Derechos Civiles, la Guerra de Vietnam, el ataque terrorista del 11 de setiembre del 2001, la crisis financiera del 2008-2009, y, ahora, sin duda, a la luz de la pandemia del coronavirus del 2020.

Un aspecto muy importante de muchas de las interpretaciones de estos acontecimientos pasados son las lecciones aprendidas acerca del papel del gobierno en la sociedad libre. El polvazal está lejos de asentarse en esta última crisis de la salud, que, en verdad, está envolviendo al mundo. Pero, aún ante la urgencia de encontrar y poner en práctica formas de minimizar el impacto sobre la vida y el bienestar humano ante al coronavirus, los esquemas de cómo puede interpretarse esta crisis en el futuro ya está mostrando su bosquejo en el presente.

LECCIONES ERRADAS QUE PUEDEN APRENDERSE DE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

Una lección que, sin duda, será proclamada, es que todo esto, de nuevo, ha demostrado los límites de los mercados libres y la necesidad de un supervisión, control y comando gubernamental activista y centralizado. Lidiar con un asunto de la salud, como el coronavirus, no puede ser dejado a las decisiones o discreción de individuos y ni siquiera de gobiernos locales. Se dirá que, en este tipo de crisis, tiene que ser una administración de la salud diseñada y dirigida a través de la planificación central de “expertos” y agencias gubernamentales.

Como parte de esta lección, aparecerá el pedido adicional, como ha sucedido en muchos desastres nacionales previos, de que es necesario impedir la avaricia de aquellos en el sector privado, que tratan de obtener una ventaja personal de un desastre humano, mediante la “manipulación de los precios” y de apoderarse de ganancias no merecidas a expensas de sus vecinos. Se insistirá en que deben implantarse controles de precios en forma de precios topes y, posiblemente, un racionamiento organizado por el gobierno, de bienes esencial escasos, fuera de la arena cotidiana de la oferta y demanda ordinaria.

Una segunda lección que se sugerirá por algunos será acerca de los “peligros” y de lo indeseable de la interdependencia internacional de muchos de los bienes y servicios necesitados por las comunidades y países, cuyas ofertas se han limitado o desaparecido por completo durante una crisis mundial de la salud, como con el coronavirus, debido a las cadenas de suministros de producción que se entrecruzan en fronteras nacionales, bajo el sistema actual de división global del trabajo.

Es mejor que algunos suministros y manufacturas de esos bienes esenciales y de recursos vitales sean “caseros;” esto es, producidos y suplidos domésticamente en nombre del “interés nacional.” Algunos conservadores, quienes por mucho tiempo han estado preocupados por industrias y empleos “estadounidenses,” que se han “perdido” ante productores y trabajadores del exterior, ya anden diciendo que la crisis actual de la salud muestra la necesidad de una mayor “independencia” económica autosuficiente.

Y, en tercer lugar, se han escuchado voces a lo largo de un amplio rango del espectro político e ideológico, sobre la necesidad de políticas monetarias y fiscales “activistas” que atemperen y estabilicen los efectos negativos de tipo recesivo sobre los sectores financieros, de la producción y el empleo, que el coronavirus está expandiendo alrededor del mundo. No se puede dejar a los mercados por sí solos, sin que se dé lugar a consecuencias más graves para las sociedades, más allá de las trágicas dificultades físicas y las pérdidas de vida humana por la pandemia.

Se ha dicho que incluso tasas de interés menores y cantidades mayores de dinero y crédito son necesarias para impulsar la inversión y la producción, mientras que la “facilitación” fiscal en la forma de gasto gubernamental y de exenciones fiscales generales o específicas, son esenciales para mantener a flote a las empresas pequeñas, medianas y muy grandes como para que quiebren. Una vez más, el estímulo a la inversión y el manejo de la demanda agregada, de nuevo, se muestra que son las curas verdaderas y ya tratadas del gasto keynesiano para los males económicos de la sociedad, por parte de administradores de políticas macroeconómicas.

FRACASOS GUBERNAMENTALES EN CHINA Y LOS ESTADOS UNIDOS EN LA LUCHA CONTRA EL VIRUS

Dadas estas interpretaciones parecidas y que emergen en torno a la pandemia del coronavirus, es, primero que todo, importante apreciar que los retrasos en la comunicación efectiva acerca de los daños existentes y potenciales del virus, y, luego, el fallo de pruebas más generalizadas en Estados Unidos es, de hecho, no fallos del libre mercado, sino de la oficina de planificación y control central del gobierno.

La prensa ha estado llena de historias de cómo las indicaciones tempranas del virus y sus peligros potenciales fueron suprimidas por el gobierno comunista de China. La realidad de esto se hizo “viral,” aún en la China altamente censurada y con plataformas de medios sociales controladas, cuando salieron noticias de que, a uno de los médicos que intentó informar y publicitar lo que estaba siendo descubierto, se le ordenó por el gobierno chino mantenerse en silencio y, después, esa persona terminó muriendo por el propio coronavirus.

Y, de manera política típica, el gobierno chino ha intentado cubrir al presidente Xi Jinping de cualquier crítica de ser responsable de políticas que retrasaron una respuesta temprana, al manufacturar historias ficticias acerca de cómo el presidente Xi estaba “por delante de la curva,” guiando y dirigiendo la cuarentena nacional y dando órdenes médicas que han “salvado” al país. Y que, en verdad, todo eso se debía a militares de Estados Unidos, cuyo personal de visita en la ciudad epicentro de Wuhan, llevó el virus a China para mantener “en su lugar” a esa orgullosa nación, en un mundo de “hegemonía” estadounidense.

Los medios en Estados Unidos, incluyendo al “New York Times,” han hecho reportajes de cómo nuestro propio sistema de planificación centralizada del cuido de la salud, impidió muchas de las primeras respuestas al virus, debido a las rígidas reglas y procedimientos desde arriba hacia abajo, impuestos por la propia Administración de Alimentos y de Drogas (FDA) y los Centros para el Control de Enfermedades (CDC), que frenaron los desarrollos locales y descentralizados y el uso de las herramientas de prueba del coronavirus, pues nada se podía hacer sin la aprobación y permiso de los planificadores de la medicina y la salud del gobierno estadounidense.

Aún hay más, cuando algunos proveedores “rebeldes” del cuidado de la salud alrededor del país, intentaron desobedecer a los supervisores e ingenieros sociales del cuido de la salud, en lo referente a utilizar sus propios métodos y equipos de prueba, para determinar quiénes y en qué grado pueden haber diseminado el virus en sus áreas en los Estados Unidos, se les ordenó cesar y desistir y esperar por cualesquiera, y una vez que estuvieran disponibles para ellos, herramientas de prueba por, y de acuerdo con los estándares, los reguladores federales. (Ver, el artículo de Adam Thierer, “How the US Botched Coronavirus Testing”.)

Pese a lo anterior, en vez de cuestionarse el proceso centralizado de permitir el desarrollo y uso de métodos para comprobar la enfermedad, se supone que la lección que ha de ser aprendida es que, para lidiar con las crisis actuales y futuras de este tipo, el gobierno solo necesita introducir reglas y procedimientos más “flexibles” para hacer un mejor equipo con las agencias estatales y locales de salud y tratamiento médico.

REGULACIÓN GUBERNAMENTAL VERSUS DESCUBRIMIENTO MEDIANTE EL MERCADO

La idea de que virtualmente todos esos asuntos deberían mejor dejarse al mercado privado, competitivo, parece que ni siquiera son considerados en el área del debate. En todo lado se ven “fracasos de mercado” potenciales, y posibles “fracasos de gobierno” son dejados de lado como errores incidentales y omisiones en el camino hacia una mejor supervisión política de la salud y la medicina.

Pero, como lo hizo ver hace más de medio siglo el economista austriaco Friedrich A. Hayek (1899-1992), la “Competencia es un Proceso de Descubrimiento” (1969) mediante el cual los individuos y las empresas tienen la oportunidad y los incentivos, no sólo de descubrir lo nuevo y lo mejor y de mejorados, sino, también, la de averiguar qué puede ser posible. No sólo no podemos saber quién podría ser el “ganador,” sino hasta que se haya permitido el desenvolvimiento, sino que, es sólo en la arena de la competencia, donde los individuos tienen la motivación y habilidad de averiguar de qué son capaces; algo de lo que ellos, por sí mismos, no pueden conocer la respuesta plena sino hasta que estén en libertad de tratar y tener una razón para quererlo así.

Las vueltas y obstáculos que deben hacer las empresas farmacéuticas y otros manufactureros de productos relacionados con la medicina y la salud, bajo las reglas, procedimientos y permisos de las agencias federales, como la FDA y la CDC, sólo tienen éxito en reducir los incentivos, elevar los costos y reducir el ámbito de aquellos que, alternativamente, pueden estar deseosos y en capacidad de llevar a cabo la investigación, experimentación y mercadeo de esas medicinas y productos relacionados con aspectos médicos, que puedan salvar o mejorar vidas.

Por supuesto, una respuesta frecuente y razonable es, pero ¿qué hay con los estándares y procedimientos experimentales para darle la seguridad al consumidor de que no son productos relacionados con la salud, que se mercadean en apuro y son pobremente verificados, debido a la búsqueda de ganancias? ¿No es eso una lógica razonable para que el gobierno centralmente apruebe y supervise los métodos regulatorios sobre todos esos productos mercadeados?

LOS INCENTIVOS PARA LA AUTOREGULACIÓN DE LOS MERCADOS

La palabra “regular” la define el diccionario Webster como “gobernar o dirigir según una regla,” o “llevar el orden, método o uniformidad a…” El Diccionario de Oxford dice, “controlar (algo, especialmente una actividad de negocios) por medio de reglas y regulaciones.” Entendida así, hay poco, si es que algo, que alguno de nosotros pueda hacer que no sea según una “regulación,” tanto como individuos, como en asociación con otros, aún sin el gobierno.

Cada uno de nosotros tiene calendarios y procedimientos que seguimos de distintas formas y detalles variados. Aún cuando lo que hace una persona no parece tener mucho sentido, ¿acaso nosotros algunas veces decimos cosas como, sólo mire por debajo de la superficie y “descubrirá el método para la locura?” Clubes del sector privado, asociaciones, empresas y arenas de interacción de mercado, todas, tienen sus propias regulaciones generadas por los participantes, para facilitar y coordinar cómo y para qué interactúan entre sí los participantes, a fin de disponer de formas más predecibles y ágiles para lograr el éxito mutuo; y reforzar la confianza de parte de cualquier participante acerca de cómo ha actuado su interlocutor y qué procedimientos pueden ellos haber seguido que conducen hacia la transacción y el intercambio.

Muchas de esas reglas y procedimientos que “regularizan” cómo la gente hace las cosas, para cualesquiera fines, y con cualquier grado de garantía de fiabilidad y confianza en la conducta de aquellos a quienes nosotros les compramos y les vendemos, históricamente han emergido antes de la era moderna de regulación gubernamental y, a menudo, continúan en paralelo o independientemente de cualesquiera reglas y procedimientos regulatorios impuestos por el gobierno.

Ninguna empresa farmacéutica o de equipo médico preocupada por su viabilidad en el largo plazo, como una empresa que tiene ganancias, puede contar con mantener su curso en el mercado matando a sus clientes, adulterando sus productos o haciendo intencionalmente falsas promesas o garantías. Las películas de Hollywood pueden hacer millones presentando a toda empresa de medicinas como un monstruo asesino, en su búsqueda de porciones de mercado más rentables, pero, no es así como las empresas reales basadas en el mercado pueden darse el lujo de operar. Posibles demandas, primas de seguros astronómicas y la pérdida de la reputación de una marca conocida, siempre persiguen a cualquier empresa que piense tomar atajos en alguna medida. (Ver mi análisis en “Regulation Without the State”.)

LAS REGULACIONES SIRVEN A INTERESES CREADOS

Por mucho tiempo los economistas han enfatizado lo que algunas veces se ha llamado la teoría de la “captura” de la regulación gubernamental. Esto es, a menudo la industria regulada por el gobierno ha hecho cabildeo por esa intervención política o, cuando no es este el caso, ha llegado a verlo como una oportunidad de usar la intervención regulatoria como medio para elevar “barreras a la entrada” para cualquier entrante potencial y a empresas que pueden querer competir contra las firmas existentes y establecidas en esa esquina del mercado.

Por tanto, uno de los propósitos esenciales de dejar a los mercados libres del control gubernamental, es precisamente no bloquear el camino a rivales potenciales y obligar a las firmas existentes en esa industria a competir e innovar más efectivamente, para mantener cualquier posición de rentabilidad en el mercado; y para permitir la flexibilidad y adaptabilidad a condiciones cambiantes del mercado. Es la apertura a la competencia lo que asegura una producción y una política de precios orientada hacia el consumidor, y es la regulación gubernamental la que tiende a promover reglas y restricciones diseñadas para proteger a firmas existentes, de una competencia nueva y creativa.

Si alguna de esas firmas puede ser vestida de “villana,” es aquella que desea usar el poder regulatorio del gobierno para, por tanto, bloquear la competencia del mercado. La falla no es de un mercado libre, sino la introducción de intervenciones gubernamentales y de agencias regulatorias manejadas por aquellos que presumen conocer qué es lo mejor para las personas, que como lo conocen esas mismas personas, y cuyas actividades casi siempre, inescapablemente, son víctimas de los designios de las compañías más grandes, que a esas agencias se les ha encargado regular.

Además, no deben perderse de vista los fines auto interesados de aquellos que viven continuamente de agencias gubernamentales, como la FDA y la CDC. Sus respuestas recientes a intentos por introducir métodos y procedimientos fuera de su camisa de fuerza de control regulatorio, demuestran su deseo de no permitir el debilitamiento de las estructuras institucionales por las cuales justifican su poder, posiciones e ingresos dentro del laberinto gubernamental de las burocracias.

LOS CONTROLES DE PRECIOS SÓLO EMPEORAN LAS SITUACIONES DE SUMINISTRO

El otro ingrediente en la mezcla regulatoria es que, cuando ocurre una crisis como la última en la forma del coronavirus, entre mucha gente se desatan inquietudes e incluso “pánico” en un intento por obtener suministros de esos bienes considerados como esenciales o deseables, para satisfacer las circunstancias reales o imaginadas que ahora enfrentan en las comunidades impactadas. Más recientemente, alrededor de los Estados Unidos, los temores de cierres obligados y cuarentenas voluntarias para reducir la expansión del coronavirus, pueden reducir o frenar la disponibilidad de tales productos esenciales, como papel higiénico o productos de limpieza que reducen los virus o bacterias.

Los anaqueles de las tiendas al por menor, normalmente llenos de esos productos, están ya sea vacíos o con bajos inventarios. La gente ha estado yendo de negocio en negocio en busca de, por ejemplo, un papel higiénico de cierta marca o tipo, aún si las personas no están seguras de si más bien no nos “¡golpea de la manera contraria!” A la luz de niveles normales de producción y esquemas de envío, las cantidades de suministros en línea a los comercios han estado escaseando debido al inusual e inesperado incremento en la demanda inmediata.

Para prevenir la “manipulación de precios,” actualmente 34 estados tienen leyes en sus libros que hacen ilegal aumentar “excesivamente” los precios de productos que tienen una demanda alta durante una “emergencia” declarada o generalmente considerada. Esto tiene la intención de prevenir que, aquellos que venden productos, tomen ventaja “injustamente” de gente que necesita y quiere tales productos.

Después de cuarenta siglos de controles de precios (forty centuries of price controls), se esperaría que, al fin, los efectos contraproducentes y desastrosos de esos sistemas de controles de precios impuestos por el gobierno, para ahora ya habrían sido aprendidos. Pero, por desgracia, no lo ha sido. Los precios del mercado tienen algo que hacer, incluyendo en tiempos de crisis como esta del coronavirus. No obstante, los controladores de precios parece que nunca aprenden.

La flexibilidad en los precios permite la coordinación y el balance de las ofertas y las demandas en el mercado, tanto en el momento, como a través del tiempo, dado el grado de demanda de bienes y los suministros existentes en los mismos plazos. Precios generados por el mercado crean los incentivos para que los consumidores economicen a la luz de demandas aumentadas o de una oferta reducida, y crean incentivos para que los vendedores encuentren formas de aumentar la producción y la disponibilidad, cuando hay un descenso en la oferta existente o un aumento de las demandas de los consumidores para comprar.

LOS PRECIOS TRANSMITEN CONOCIMIENTO Y COORDINAN LOS MERCADOS

Como también Hayek lo enfatizó, todo el conocimiento en la sociedad no existe en un solo lugar o en una sola mente o grupo de mentes, sin importar qué tan conocedores y bien informados se puedan considerar a sí mismos esos individuos. El conocimiento, en sus muchas facetas y formas, está disperso y descentralizado entre todas las mentes de toda la gente en la sociedad, en sus correspondientes esquinas del mundo.

El “problema social,” aseveró Hayek, es tener algunos medios y método para poner en práctica lo que otros saben, que puede servir los fines y necesidades que podemos tener en mente al estar inevitablemente separados el uno del otro, en el tiempo y el espacio. Ese es el papel de comunicación de un sistema de precios competitivo y sin restricciones. Gente en distintas partes del país o del globo están en capacidad de informarse entre sí, acerca de lo que ellos quieren o lo que ellos pueden suministrar a través del medio de los precios de mercado. Es como una taquigrafía o un Código Morse para suplir a otros la información mínima relevante acerca de qué y dónde y a qué valor la gente en algún lado quiere y estaría dispuesta a comprar, lo que otros pueden tener disponible o podrían producir para llenar la demanda.

Mientras que, recientemente, se ha expresado la inquietud acerca de la disponibilidad general de equipos de pruebas de coronavirus, de mascarillas eficientes, de equipo para respiración y de suministros médicos relacionados, el hecho es que hay diversas intensidades de demanda de ellos, según donde se ubiquen en el país las mayores acumulaciones de casos reportados o temidos de gente infectada. Dejar que el sistema de precios abierta y competitivamente opere, sin un esquema de racionamiento del gobierno, que impide o retrasa el cambio de los suministros, desde áreas menos urgentes a las más urgentes, aseguraría rápidamente que las ofertas existentes de esas cosas se reubicaran más eficiente y efectivamente adonde los precios indiquen que son más demandadas, para satisfacer las necesidades médicas de ellos.

Pero, no sólo un sistema de precios en funciones para estos y otros bienes, da lugar a una asignación más “racional” de los escasos y cantidades dadas de esos bienes en el presente, sino que, precios en aumento y sin restricciones de los diversos bienes, sin penalizaciones por las ganancias logradas por su venta actual y futura, también, servirían como un método y mecanismo esencial para generar los incentivos para que aumenten sus suministros a lo largo del tiempo y que trabajen para mejorar su efectividad en la lucha contra el virus. Eso es parte de la ventaja, de la belleza, me atrevo a decir, de dejar que las mentes libres creativas tengan libertad para obtener beneficios al aplicar sus talentos a la solución de un problema social, como el actual.

La crisis del coronavirus ha sido comparada con la seriedad de la guerra contra un enemigo que amenaza nuestras vidas. Tal vez, es interesante hacer ver que, en setiembre de 1939, cuando Gran Bretaña acababa de entrar en guerra contra la Alemania nazi y la economía británica, necesitaba prepararse para el conflicto a través de nuevos patrones en el uso de los recursos y los bienes, lejos de los usos civiles para dirigirlos hacia la producción militar, Hayek escribió un artículo formulando el caso en favor de dejar libres de los controles gubernamentales a los precios del mercado:

“Las cantidades requeridas de los factores de producción urgentemente necesitados deberían liberarse de usos los cuales pueden dejarse de lado con el sacrificio mínimo de otras cosas necesarias. Pero, esto es exactamente lo que se dará si el factor escaso aumenta su precio, pues los productores lo dejarán de lado, precisamente para aquellos propósitos en los que los costos son menores de estar sin ellos… Una pequeña consideración mostrará que un alza en el precio es un método incomparablemente más eficiente de lograr los suministros adicionales, en comparación con métodos alternativas para lograr el mismo resultado [por medio de controles de precios y racionamientos].”

Los controles de precios sólo tienen éxito en provocar un corto circuito a las formas en que la gente conversa y se comunica entre sí, para que puedan compartir información vital de la manera más sencilla y más adaptable, para, constante y continuamente, lograr los ajustes de corto y largo plazo en los bienes y recursos para satisfacer las necesidades de las personas, incluyendo en momentos de una crisis como la actual. (Ver mi artículo, “Price Controls Attack the Freedom of Speech”.)

USANDO AL CORONAVIRUS COMO UNA RACIONALIZACIÓN DEL NACIONALISMO ECONÓMICO

La crisis del coronavirus empezó en China, y pronto el mundo observó la decisión draconiana del gobierno chino de bloquear y encerrar áreas del país que contenían decenas de millones de personas, en un intento por detener o reducir la velocidad de la expansión del virus. Las cadenas de suministros de materias primas, componentes y repuestos y la manufactura y el ensamblaje de productos que interdependientemente ligan a China con las economías de muchos otros países alrededor del mundo, súbitamente fueron alteradas y sumidas en el caos.

Empresas en países que todavía no habían sido afectados significativamente por el coronavirus, buscaron dónde obtener suministros sustitutos posibles y advirtieron de la no disponibilidad de diversos bienes, debido a los paros en la producción en las etapas chinas de numerosos procesos productivos.

En este ámbito, se están escuchando voces pidiendo un regreso a un mayor nacionalismo económico, con un gobierno que limite una dependencia continua en, por ejemplo, el mercado chino. Así, el escritor conservador Patrick Buchanan dijo en su columna del 13 de marzo: “En retrospectiva, ¿fue sabio haber descansado en China para que produjera partes esenciales de las cadenas de suministros de bienes vitales para nuestra seguridad nacional? ¿Parece ser sabio haber movido a China la producción de bienes farmacéuticos y medicinas salvadoras de vidas para la enfermedad del corazón, derrames y diabetes?”

Siendo la implicación de esto que el gobierno de los Estados Unidos debería manipular el mercado por medio de impuestos, proteccionismo y regulaciones para traer esas producciones de regreso a los Estados Unidos.

Parece que, ahora, nacionalistas económicos, como Buchanan, están aplicando aquella frase ahora famosa de Rahm Emanuel, de nunca dejar que una crisis se desperdicie, en el servicio de una agenda política que podría ser más difícil de impulsar en tiempos social y económicamente más calmos. Paros y escaseces en las cadenas de suministros, que podrían y serían fácilmente revertidos una vez que el virus acabe de seguir su curso, y si los gobiernos se mantienen alejados del camino y permitieran que las relaciones de producción entre empresas y países se restauren y vuelvan a balancearse, están siendo usados como racionalizaciones para restringir una red global de especialización y división del trabajo basada en el mercado.

LOS BENEFICIOS DEL INTERCAMBIO Y DISRUPCIONES TEMPORALES

La gente intercambia porque cada participante encuentra que es capaz de obtener de alguien más, un bien o servicio que a él le costaría más en términos de los recursos usados, mano de obra, o tiempo si es hecho por medio de sus propios esfuerzos, que si se lo compra a alguien más. Si yo puedo comprar de mi vecino algo que deseo en, digamos, $10, cuando, si yo tratara de hacerlo por mi mismo, me costaría $15 en recursos, tiempo y esfuerzo, estoy mucho mejor si lo adquiero de ese vecino y que me sobren $5 en mi bolsillo, para poder gastarlos en otras cosas que, de otra forma, no habría podido pagar.

A su vez, mi vecino me vende su producto por esos $10 pues los $10 que obtiene le permiten comprar algo que desea, que le costarían más de $10 si tratara de hacer ese producto por sí mismo. Cada uno de nosotros logra una ganga; cada uno de nosotros obtiene lo que quiere del otro, en mejores términos (costos menores) que si intentara hacerlo por medio de la autarquía; esto es, autosuficiencia económica, en alguna o todas las cosas que, de otra forma, podemos obtener a cambio por parte de los socios comerciales, literalmente a la par de la casa de uno o a medio camino alrededor del mundo.

Fácilmente se puede hacer una vasta gama de críticas políticas contra el gobierno comunista de China, tanto en término de sus políticas domésticas, como externas, y un proponente de una sociedad liberal de libre mercado con facilidad puede hacer una lista sumamente larga. Pero, el coronavirus calza más en la categoría de un desastre natural, como un terremoto o un huracán, que altera y destruye vidas y propiedad, y reduce los potenciales y posibilidades económicas durante un tiempo.

De nuevo, suponiendo que no haya intervenciones gubernamentales indebidas que se atraviesen en el camino, los seres humanos, cuyas acciones están detrás de todo trabajo, ahorro e inversión en la sociedad, usualmente emprenden la reconstrucción y reedificación necesarias en un período razonable de tiempo, después del cual “la vida continúa tal como antes.”

Trágicamente, varios miles de vidas se han perdido y muchas más pueden perderse antes que el coronavirus siga su curso alrededor del mundo. Y, entre tanto, los procesos productivos son y serán reducidos en su marcha o temporalmente detenidos. Pero, los edificios fabriles no han colapsado, las tierras agrícolas no han sido absorbidas por la tierra, fuegos enormes no han destruido lugares en donde viven las personas, y las ciudades estarán en pie, tal como lo estaban antes que el virus empezara a enfermar a la gente.

En otras palabras, “eso también va a pasar,” y la gente regresará a su trabajo, volverá a salir a comer a restaurantes, a hacer sus compras en las tiendas favoritas y planeará sus próximas vacaciones en el país o en el exterior. Mientras que muchos en la sociedad están experimentando un alto grado de ansiedad y pánico, debido a las incertidumbres que rodean algunas de las propiedades de este virus, y en tanto que los medios masivos y los gobiernos han ayudado a alimentar esos temores, lo cierto es que este virus es sólo un “primo” de las gripes serias que golpean a la humanidad alrededor del globo, con casi una regularidad anual de un mecanismo de relojería, y que, desafortunadamente, cada vez toman decenas de miles de vidas.

Si un huracán o una sequía destruye la cosecha de naranjas de Florida, consideraríamos que es una tontería si la gente y el gobierno de Alaska deciden que ahora sería sabio invertir en invernaderos para tener en casa una “independencia” de las naranjas, debido a las inseguridades del clima de Florida. Mayoristas y minoristas en Alaska buscan suplidores temporales de naranjas ubicados en algún otro lugar del mundo y, después, regresan a comprar naranjas de Florida en la próxima cosecha, si es que, de nuevo, los agricultores de Florida ofrecen la mejor fruta, al precio más atractivo.

Por tanto, sería una mala lección del episodio del coronavirus sugerir, de alguna forma, que las disrupciones ocasionadas por él a las cadenas de suministros del comercio internacional, justifican cortar, a través de una política gubernamental, los beneficios casi universales que todos nosotros, en todas partes del planeta, ganamos, al participar en un sistema global de división del trabajo, el cual ahora incluye a China. Los ciudadanos de cualquier país cuyo gobierno intentara hacerlo, experimentarían pérdidas en sus calidades y estándares de vida, que han sido y puede ser suyas sólo a través de interdependencias colaborativas globales de la especialización y el comercio orientado al mercado.

UNA DIARREA DE DÓLARES Y DE GASTO DEFICITARIO

Las disrupciones que están siendo causadas en todas las economías por el coronavirus están, de nuevo, generando todas las panaceas macroeconómicas estándar en forma de políticas fiscales y monetarias “activistas.” El domingo 15 de marzo, en la noche antes de la apertura matutina del lunes de los mercados de valores de los Estados Unidos, la Reserva Federal anunció que estaría comprando en las próximas semanas y meses $500 miles de millones de bonos del tesoro y $200 miles de millones en valores respaldados por hipotecas, básicamente agregando tres cuartos de un millón de millones de dólares al sistema bancario de Estados Unidos. Esto se combina con la decisión de la Reserva Federal de reducir su tasa de interés de referencia de descuento en ventanilla (la tasa que la Fed les cobra a los bancos miembros por préstamos de corto plazo) a 0.25 por ciento; en otras palabras, virtualmente a cero.

Al mismo tiempo, el Congreso ha aprobado, y el presidente ha firmado, dos leyes de gasto como erogaciones de emergencia, para contrarrestar los impactos financieros negativos del coronavirus, gastos gubernamentales adicionales que llegan a ser de casi $60 miles de millones ̶ incluso con posibilidades de mucho más por venir. Durante los primeros cinco meses del año fiscal actual del gobierno federal (octubre 2019-febrero 2020), el Tío Sam ya ha llegado a un déficit de $625 miles de millones, con la proyección de que el déficit para todo el año fiscal que terminará el 30 de setiembre del 2020, será superior a $1 millón de millones, previo a estas nuevas adiciones al gasto gubernamental.

La política de “dinero fácil” de la Reserva Federal se supone que estimula inversión adicional del sector privado y que, relacionado con ella, se pida prestado para aumentar la producción y el empleo. El gasto deficitario adicional del gobierno federal se pretende que aumente la demanda para lograr hacer que consumidores finales y otras ventas aumenten los márgenes de ganancias, como un medio para mantener o aumentar la producción y los empleos.

LA PRODUCCIÓN EXITOSA VIENE ANTES DE UN CONSUMO COORDINADO

Todas estas son políticas “keynesianas” estereotipadas, diseñadas para sacar una economía de una recesión ocasionada por una caída en la “demanda agregada.” Pero, en todo caso, los efectos del coronavirus en la economía global están demostrando la lógica y realidad de la Ley de Say, llamada así por el economista francés del siglo XIX, Jean-Baptiste Say (1767-1832). Al fin de cuentas no hay consumo sin producción y, por tanto, sin oferta, no hay nada por demandar y para demandar.

Si usted quiere comer, en primer lugar, usted debe plantar la cosecha y esperar que madure para cosecharla en algún momento en el futuro. Si usted quiere un suéter tejido, primero debe criar ovejas, esperar que crezca la lana y, luego, después de esquilar la oveja, manufacturar el suéter con todos los insumos relacionados que a usted le gustaría usar. Si usted quiere algo con lo cual escribir… bueno, tal vez tan sólo sería mejor que leyera la famosa descripción de Leonard Read en su ensayo, “Yo, el Lápiz” [“I, Pencil.”] (Vea mi artículo, “Jean Baptiste Say and the ‘Law of Markets’”.)

Si la producción cae, entonces, la habilidad, ya sea para consumir directamente lo que usted ha producido o para vendérselo a otros, igualmente desciende su demanda por lo que ellos pueden tener en venta. En China, primero, y ahora en un número creciente de países de Europa, a la gente se le ha dicho u ordenado por sus gobiernos que permanezca en sus casos para distanciarse entre sí, como medio de minimizar la expansión del virus.

En el grado en que las fabricas reducen o detienen su producción debido a que las fuerzas laborales, al ser instruidas por sus gobiernos o por sus patronos para que no vayan al trabajo para luchar contra la expansión del virus, las producciones individuales de esas empresas descienden o se detienen; y, por tanto, en el agregado, la oferta de producción, como un todo, disminuye, lo cual es tan sólo una sumatoria estadística de las producciones individuales producidas por firmas y empresas específicas.

Los gobiernos no pueden estar diciéndole a la genta que reduzca su presencia en el sitio de trabajo y en actividades para frenar la expansión del virus y, al mismo tiempo, que mantenga sus gastos, basados en sus ingresos, resultantes de las ventas de productos de economías nacionales. Las compras de pánico observadas en ciertas partes de Estados Unidos, están limpiando las existencias de inventarios de bienes actualmente disponibles en las tiendas al menudeo. Reemplazarlos cada día y cada semana depende de si la producción continúa y se redirige, reflejando los más que usuales machotes relativos de demanda del consumidor, de lo que ampliamente se define como bienes “esenciales” y “necesidades” en la actual atmósfera de crisis.

Aumentar el gasto nominal o en dólares por la vía de un mayor gasto gubernamental deficitario no hace nada por “estimular” la conservación de la producción y el empleo, si los trabajadores están en cuarentena, si las fábricas están parcial o totalmente ociosas y si, por tanto, los bienes no pueden llegar en sus machotes usuales o cambiados de demanda, reflejados con base en lo que el gobierno gasta esos miles de millones de dólares extras.

De igual forma, la presunta atracción de tasas cero de interés no puede generar un verdadero gasto adicional en inversión, cuando los suministros de mano de obra disponible y de otros factores de producción, se encuentran al margen, debido al “distanciamiento social” que restringe la participación de la gente en el mercado. (Ver mi artículo “The Myth of Aggregate Demand and Supply”.)

LOS MERCADOS FINANCIEROS SON UN MECANISMO DIRECCIONAL DE LA TASA DE INTERÉS

No deberíamos de perder vista del hecho de que los mercados financieros, debido a la política de la Reserva Federal de años recientes y, ahora, reforzada con el anuncio reciente sobre tasas de interés y compras de valores, están operando sin un sistema de precios que esté funcionando a plenitud. Las tasas de interés se supone que son los precios inter temporales para pedir prestado e invertir recursos escasos a lo largo del tiempo, de prestamistas que posponen el uso de sus ahorros propios durante un período de tiempo.

Tasas de interés de cero o cercanas a cero deben significar, ya sea que nadie quiere pedir prestado para lo que sea y, por tanto, que la demanda de inversión es cero, o bien, que la economía está tan inundada de ahorros, que hay más ahorros reales en la economía que una demanda de inversión totalmente saciada que use esos ahorros para una producción orientada hacia el futuro y, por tanto, que los ahorros se intercambien a un precio de cero. Ninguna de estas condiciones se supone que se tiene; esto es, ya sea que no hay demanda de cualquier tipo para la inversión de los ahorros reales disponibles o que hay tantos ahorros que ninguna demanda de inversión, sin importar qué tan no rentable sea, deba pasar sin ser satisfecha debido a una carencia de ahorros.

Por supuesto no sabemos plenamente qué tasas de interés de mercado deberían ser, ya fuera en circunstancias “normales” o en un situación de crisis en el presente debido a un virus, pues el establecimiento y manipulación de la expansión monetaria y crediticia por la Reserva Federal nos, y lo hace, impide conocer cuál son los ahorros reales que pueden existir en la economía y cuáles son las demandas de inversión rentable basada en los mercados, para pedir prestado a tasas de interés formadas y establecidas por las fuerzas de la oferta y la demanda, libres de la intervención del banco central.

EN ALGUNOS TERRITORIOS DESCONOCIDOS DEBIDO A LA CRISIS DEL CORONAVIRUS

En el clima actual de histeria pública, de revuelo en los medios masivos y de exclusas monetarias y fiscales ampliamente abiertas, con la posibilidad de controles gubernamentales contra la manipulación de precios y racionamiento de “bienes esenciales,” tratar de decir que lo que la política “X” debe lograr y logrará es imposible decirlo con confianza total. Pero, en una situación de descenso de la producción debido a cuarentenas e incrementos masivos en el poder adquisitivo potencial, que viene al mercado producto de la expansión monetaria y el gasto deficitario, eso, en tiempos “normales,” sugeriría problemas altamente inflacionarios a futuro.

Pero, si las presiones políticas dan lugar a sistemas de control de precios y racionamiento federal o estatal o municipal, el resultado sería, entonces, lo que el economista alemán Wilhelm Röpke (1899-1966) llamó “inflación reprimida.” Usted experimentará cuellos de botella en recursos y bienes, con escaseces de un número creciente de aquellos productos “esenciales” y no esenciales, a precios controlados o fijados, con asignaciones dirigidas por el gobierno de los bienes para la producción y el consumo. El producto final será un sistema de planificación central del gobierno, independientemente de cómo el presidente y el Congreso decidan llamarlo.

Este es, por supuesto, el “escenario del peor caso.” Las posibilidades son que sea una mescolanza de políticas impulsadas por razones políticas incoherentes e inconsistentes, introducidas en el momento para satisfacer conveniencias políticas y emociones del momento y, en especial, en un año de elección presidencial, cuando todo mundo está desesperadamente solicitando contribuciones para las campañas y votos en el día de la elección en noviembre.

O, tal vez, la crisis del coronavirus en los Estados Unidos no será tan mala y tan dañina como muchos en la comunidad científica honestamente lo temen. Todo el asunto puede desaparecer en unos pocos meses, tal como otras temporadas de gripe dañinas y asesinas. Si este, esperanzadoramente, resulta ser el caso, todo el episodio será tan sólo otro momento educativo en políticas gubernamentales erradas y dañinas, que los mercados, una vez más, exitosamente sufrieron y sobrevivieron.

Author profile

es Profesor Distinguido BB&T de Ética y de Liderazgo de Libre Empresa en La Ciudadela en Charleston, Carolina del Sur. Fue presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE) del 2003 al 2008.

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