¿Puede sobrevivir el marketing en el Socialismo?

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Alúdese a los gastos que origina la publicidad, la competencia y el marketing de los productos en el sistema capitalista. Tales dispendios no serían necesarios en un régimen socialista. Pero el aparato distributivo socialista llevará aparejados otros costos nada desdeñables, posiblemente superiores a los antes aludidos. No es éste, sin embargo, el aspecto más importante de la cuestión. El socialista, sin pensarlo dos veces, como la cosa más natural del mundo, supone que, bajo sus órdenes, la productividad del trabajo será, desde luego, no menor a la capitalista y, seguramente, mucho mayor.

Pero ni siquiera el primer aserto resulta tan evidente como sus patrocinadores suponen. Porque la producción capitalista no constituye suma dada, ajena a la propia mecánica del sistema. En cada estadio de cada rama productiva, bajo el capitalismo, el interés personal de quienes en ella operan hállase íntimamente ligado a la propia productividad. El obrero, desde luego, se esfuerza porque sabe que su salario depende de lo que efectivamente engendre; el empresario, por su parte, ha de producir más barato que sus competidores, lo que supone invertir en el proceso correspondiente la menor cantidad posible de capital y trabajo. La economía capitalista, gracias a tales circunstancias, ha podido alumbrar ese cúmulo de riquezas que hoy el mundo disfruta. Miope, en verdad, es la visión de quien califica de excesivos los costos comerciales del capitalismo.

¿El marketing en el socialismo sería prohibido?

Quienes, cuando contemplan diversas camiserías o múltiples expendedurías de tabaco en las aglomeradas vías comerciales, acusan al capitalismo de dilapidar los recursos productivos, incapaces son de advertir que tal sistema de ventas no es sino el producto final de un mecanismo de producción que garantiza que el trabajo humano sea empleado del modo más productivo posible para la sociedad. Todos los progresos en materia de producción han sido conseguidos gracias a que el mercado apunta inexorablemente en ese sentido de economizar por doquier. Los métodos de producción mejoran, renovándose constantemente, porque los empresarios hállanse en perpetuo estado de competencia, viéndose apartados sin piedad de la función empresarial en cuanto dejan de producir del modo más económico posible. La producción, en ausencia de tales incentivos, no sólo dejaría de progresar, sino que el afán economizador desaparecería aun tratándose de los más simples procesos fabriles.

Absurdo, por tanto, en este entorno, resulta el cavilar acerca del ahorro que la supresión de la publicidad supondría. Más importante es el preocuparse por el costo que la desaparición de la competencia llevaría aparejado. Y la opción no es dudosa. Si el hombre no trabaja, no puede, desde luego, consumir y el consumo nunca cabe exceda de lo efectivamente producido por la labor humana. El sistema capitalista induce a trabajar con la mayor diligencia, consiguiendo así la máxima producción posible en cada momento. Esa relación directa entre el trabajo, de un lado, y la cuantía de bienes y servicios a disfrutar de otro, bajo un orden socialista desaparecería. El impulso laboral no brotaría ya del deseo de disfrutar del fruto del propio trabajo; el hombre laboraría exclusivamente por un sentido de obediencia y sumisión a autoritarios mandatos. Ofreceremos, en capítulo subsiguiente, cumplida demostración de la ineficacia de tal organización laboral.

Fragmento del libro Liberalismo por Ludwig von Mises.

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