Los problemas económicos durante la independencia y la época republicana I

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Julio es el mes patriótico por excelencia en Colombia, aunque puede decirse que el sentimiento patriótico ya no es tan fuerte como antes. Todos sabemos la historia de nuestra génesis como nación: como los hermanos Morales le piden un florero al comerciante español José González Llorente, según ellos para preparar el agasajo de bienvenida que estaba siendo preparado especialmente con motivo de la llegada del visitador Antonio de Villavicencio a Santafé. Llorente, español afincado en la ciudad, comerciante bien conocido por su agrio carácter rechaza con desdén facilitar el florero. Y los hermanos Morales, bien conocido su carácter de buscapleitos comienzan un escándalo que se ve reforzado por el desaire que Llorente hace al sabio Caldas (quien hacía parte del mismo complot). El resto, es historia: el virrey y los oidores de la real audiencia son expulsados, se proclama cabildo abierto, el alcalde Pey junto con varios notables firman el acta constitutiva de la junta de gobierno de Santafé (aunque en términos de mantener la lealtad a España y a su rey, Fernando VII) y se inicia el proceso de independencia en su primera etapa: la muy bien conocida patria boba.

Pero no todo en este trasfondo de independencia atendió a las necesidades de libertad frente a la tiranía de la metrópoli, en el momento invadida por los franceses de Napoleón. Existieron varios precedentes que alentaron al mismo proceso, surgieron problemas, la economía fue un factor decisivo en estas primeras épocas de la conformación no solo de una identidad nacional, sino también del desarrollo económico de los virreinatos sometidos a la metrópoli, que a posteriori se conformarían como repúblicas independientes. En esta primera parte vamos a pormenorizar todo lo que atañe a este primer periodo, especialmente durante los tiempos de la patria boba y luego el periodo de la gran Colombia en materia económica y fiscal, los problemas y como el sector económico fue afectado en mayor o menor medida por las guerras de independencia y las posteriores guerras civiles del siglo XIX.

La cuestión de la economía del nuevo reino durante la colonia

El cambio de dinastía, después de la muerte de Carlos II, último monarca de la casa de Austria en 1711 y las convulsiones que derivaron en la guerra de sucesión española repercutieron en las posesiones españolas en américa (o lo que ellos llamaron largamente en su tiempo las indias). El comercio, ciertamente limitado y restringido al intercambio de materias primas y metales preciosos como lo eran el oro y la plata, degeneró en el atasco del desarrollo de una industria incipiente en las posesiones coloniales. Ello se suma a las naturales dificultades de la travesía de bienes, la existencia de corsarios y piratas en el caribe los cuales requisaban sin ningún tipo de miramientos las existencias y mercancías, entre otras dificultades para importar bienes manufacturados en Europa. Así pues, la dependencia sujeta de las colonias a su metrópoli estaba basada en una muy desigual relación comercial en la cual los puertos Españoles solo podían canalizar el comercio hacia las indias, y así mismo existiendo serias restricciones para el comercio intercolonial entre las propias posesiones, debido a los apretados y muy severos monopolios económicos existentes por parte de la misma corona, concesiones que solo agravaron mayormente el problema. Sin la propia capacidad de crear manufacturas, atados a ser solo proveedores de materias primas y sumado a ello, acuciados por un régimen fiscal implacable (los impuestos de armada de barlovento destinados a la protección de los convoyes, el quinto real cobrado por la extracción en las minas de oro y plata, el impuesto de alcabala a los licores, entre otros) la economía de las colonias en el nuevo mundo era poco menos que precaria y bastante subdesarrollada.

La problemática obviamente no es ajena a muchos criollos notables: Antonio Nariño, en su ensayo  de un nuevo plan de administración del nuevo reino de granada escribe:

El comercio es lánguido, el erario no corresponde ni a su población, ni a sus riquezas territoriales; y sus habitantes son los más pobres de América. Nada es más común que el espectáculo de una familia andrajosa sin un real en el bolsillo, habitando en una choza miserable, rodeada de algodones, de canelos, de cacaos y de otras riquezas sin exceptuar el oro y las piedras preciosas. [1]

Para Pedro Fermín de Vargas, el problema no solo radica en el monopolio sino también en la tenencia misma de la tierra.

De estas reflexiones resulta que habiéndose repartido las tierras desigualmente cuando se conquistó este reino, presto se hallaron muchos ciudadanos sin fondos y otros con más de lo que podían cultivar, de que se siguió la miseria de los unos e imposibilidad de casarse y la necesidad de los otros de dejar gran parte de sus tierras sin aprovechamiento. [2]

El muy cerrado monopolio colonial impedía el desarrollo o la consolidación de una industria manufacturera acorde a las necesidades del nuevo reino, aun a pesar de las reformas implantadas por los sucesivos reyes de la casa de Borbón, especialmente las reformas de Carlos III. Ello se suma al principal y acuciante problema de los impuestos y las rentas que debían de pagar los productores. Los impuestos al tabaco, al oro, la plata y las materias primas trajeron graves problemas entre los pequeños productores, acosados por las deudas, por los problemas derivados de la comercialización y el transporte, y también acosados por las altísimas tributaciones impuestas por las autoridades virreinales. Especial mención merece notar los impuestos de alcabala, quinto real y armada de barlovento que gravaban tabaco, oro, plata y bienes importados. El impuesto de estanco gravaba licores como lo era el ron y el aguardiente, y también se contaba con el impuesto de arancel que gravaba la exportación de bienes hacia la metrópoli. Todo este asfixiante régimen fiscal y tributario impactaba aún más la economía del nuevo reino y afianzaba los mismos problemas precedentes. Las reformas acometidas por la nueva administración derivada de los borbones no hizo más que aumentar el propio descontento, en especial por el ascenso a las tasas de estanco, alcabala y armada de barlovento, cosa que degeneraría en la insurrección de los comuneros del Socorro en 1781.

El movimiento de los comuneros comenzó en la villa del Socorro a partir del descontento por la subida de los tributos de estanco, alcabala y armada de barlovento. La villa del Socorro era un punto importante de comercio de tabaco, y gran parte de la economía e industria giraba alrededor del cultivo de esta planta. Obviamente, varios comerciantes como Francisco de Herveo,  José Antonio Galán y otros dependían grandemente del comercio del tabaco. El desencadenante de la sublevación fue el sencillo acto de Manuela Beltrán, comerciante de tabaco del Socorro la cual rompe en plaza pública el edicto real en donde estaban consignadas las nuevas tributaciones. Pronto, una declaración pública del cabildo de la villa del Socorro rechazando los nuevos tributos alienta a muchos pequeños agricultores y comerciantes a crear un movimiento el cual iría a reclamarle al virrey, y al regente visitador del Rey, don Francisco Gutiérrez de Piñeres los perjuicios derivados de la nueva política fiscal. Herveo es nombrado comandante en jefe del movimiento comunero, y con varios campesinos descontentos de Socorro, Charalá, Mogotes, san Gil y otros pueblos marchan hacia Santafé. El regente, en vista de la situación recurre a una comisión de notables conformada por Jorge Maria de Lozano, Marqués de San Jorge y el arzobispo Antonio Caballero y Góngora. Este se reúne con los comuneros en el puente del común, y de ahí parten hacia Zipaquirá en donde el arzobispo Caballero y Góngora pacta con Herveo una serie de acuerdos en donde se derogarían los tributos de estanco y alcabala, se reduciría el impuesto de armada de barlovento, la expulsión del regente visitador y una amnistía tributaria a todos los deudores morosos del fisco real.

Como cosa rara, el regente declara las capitulaciones nulas y sin efecto alguno. El argumento esgrimido para desconocerlas radicó en la naturaleza coercitiva de las mismas. Galán decide volver a levantarse, por lo que al final es capturado, ahorcado y descuartizado en plaza pública, y sus restos dispersados por toda la región.

En vista de esta situación precaria y cada vez más y más acuciante, los intereses comerciales de muchos pequeños productores chocaban con las corruptelas de los funcionarios coloniales. La extorsión poco menos que descarada aumentaba día tras día, y ello no solo era ajeno a los comuneros del Socorro. Similares rebeliones fiscales surgieron en las diferentes posesiones de la corona Española, de las cuales todas en su mayoría fueron reprimidas con una severidad bastante descontrolada. Se puede definir entonces, que el precedente de los problemas económicos derivados del afianzamiento del monopolio comercial de la metrópoli fue uno de los factores que derivaron en los posteriores movimientos emancipadores del continente americano,  y especialmente en lo que actualmente conocemos como Colombia.

La economía en tiempos de la patria Boba

Esta fuerte dependencia hacia la metrópoli en materia económica afectaría mucho el desarrollo económico posterior a la proclamación de las juntas de gobierno de diferentes ciudades. 1810 representó una seguidilla de proclamaciones de juntas de gobierno comenzando por Santa Cruz de Mompóx en Abril de ese año, Santa fe de Antioquia en Junio, Santiago de Cali el 4 de Julio, y Santafé de Bogotá el 20 de Julio después de los hechos del famoso Florero de Llorente. El año precedente, se había proclamado una junta de gobierno independiente en Quito, dirigida por el Marqués de Selva Alegre, la cual derroca a la real Audiencia, con el apoyo del obispo de la ciudad, el caleño Juan de Caicedo. Es coincidencia pura que el 4 de Julio de 1810, a casi un año, el hermano del obispo Caicedo, don Domingo Caicedo y Cuero proclame la junta de gobierno de la ciudad de Santiago de Cali en el cabildo de la ciudad. En 1814 se proclama la primera constitución soberana, la constitución del estado de Cundinamarca la cual establece un gobierno de monarquía constitucional, reconociendo a Fernando VII como su soberano, representado en la figura del presidente-regente de las provincias unidas del nuevo reino de Granada. El cargo recaería en manos de Jorge Tadeo Lozano y Peralta, Vizconde de Pastrana, hermano menor de José María Lozano Marqués de San Jorge.

Surgían entonces varios inconvenientes a saber. Dada la natural convulsión devenida de las proclamaciones de juntas, algunas decidieron abolir las rentas derivadas de la corona como lo eran el estanco, la alcabala, el quinto real y la armada de Barlovento. Esto degeneró obviamente en un déficit fiscal que la nueva administración criolla no supo manejar. En el caso particular de Cartagena, para cubrir las necesidades de gasto se hizo una emisión de moneda de plata de baja ley, lo cual derivó en varios estragos económicos como una inflación acelerada que resentiría la economía y comercio del puerto. Siendo Cartagena de Indias un punto esencial de comercio entre la metrópoli y las colonias, se vio especialmente afectada por los problemas derivados de la independencia absoluta (proclamada el 11 de noviembre de 1811). En cuanto a Santa Fe, la carencia propia de moneda de curso obligó al congreso de las provincias unidas a emitir papel moneda sin respaldo alguno, lo cual resintió propiamente la economía de la ciudad. En algunas regiones, como lo eran la villa del Socorro, Antioquia y el Cauca, el estrago económico no fue tan fuerte y al librarse de las restricciones impuestas por las autoridades coloniales se propició un desarrollo económico acelerado. Tal fue el caso de la Villa del Socorro, quien se benefició grandemente del comercio de Tabaco sin las restricciones del impuesto de alcabala y estanco que acosaron en su tiempo a los cultivadores y traficantes de la misma planta. Así mismo, el cultivo y tráfico de Quina comenzó a tener un auge notorio en la región, aumentando las rentas.

La inmediata guerra que se suscitó entre los bandos federalistas y centralistas, los primeros dirigidos por Camilo Torres Tenorio y los segundos dirigidos por Antonio Nariño, quien había sido proclamado presidente-dictador de las provincias unidas del nuevo reino, generó problemas de índole económica. Se necesitaba el financiamiento, el dinero, las vituallas, uniformes, armas. Ello siempre era insuficiente y se recurrió a las levas y a nuevas tasas tributarias que eran cobradas ya de manera indirecta. Y obviamente, atendiendo a la lógica la abolición de los impuestos de alcabala, estanco y quinto real no fue total y completa[3] dado que algunos impuestos y monopolios se mantuvieron hasta bien entrada la época republicana. Aun teniendo en claro que en los primeros años se mantenía una idea de mantener la fidelidad al rey, y que la idea de independencia absoluta no era algo que se tenía presente, obviamente el sistema tributario y fiscal no tendría muchos cambios representativos. Sin embargo, la abolición de los impuestos de alcabala y estanco representó un alivio de la carga para muchos cultivadores de tabaco que resultarían decisivos en el financiamiento económico de los movimientos emancipadores posteriores.

El Terror y su impacto en la economía del nuevo reino

El arribo de Pablo Morillo, junto con el virrey recién nombrado por el restituido Fernando VII, don Francisco de Montalvo, quien destituye al Virrey Benito Pérez-Brito, nombrado por la junta de Cádiz (previamente disuelta, derrocada y sus miembros desterrados o ejecutados por orden misma del monarca), y así mismo la reacción absolutista que se derivó tanto en España como en sus Colonias (periodo conocido en la historia Colombiana como el régimen del terror) tuvo muchos efectos en la reciente nación independizada, pero especialmente en el campo económico. Montalvo, y su sucesor, Juan de Sámano, comienzan una encarnizada, feroz, sangrienta y poco menos que brutalizada campaña de represión en contra de los criollos que comenzaron, o apoyaron en su momento todo el proceso de independencia. Muchos fueron procesados y pasados al cadalso sin ningún miramiento como los casos de Torres, el propio Lozano, Acevedo y Gómez, Carbonell, Baraya y otros tantos más. Algunos corrieron la suerte del destierro o el confinamiento, como lo fue don Lino de Pombo, Sinforoso Mutis y el canónigo Andrés Rosillo. Pero haciendo aparte todo el rosario de muertos y ejecutados, el estrago fue peor en cuanto a las confiscaciones y expropiaciones ordenadas por las nuevas autoridades virreinales, quienes con un celo bastante despiadado expropiaron bienes e incautaron haciendas. En medio de la revuelta situación, la cuestión fiscal se resolvió con levas y tributaciones derivadas del mismo sistema colonial, reinstalándose los impuestos de alcabala, más una tasa de impuesto para el sostenimiento de las fuerzas reales. El grueso de la población trabajadora se había enrolado bien fuera en los ejércitos del rey, bien fuera en los ejércitos patriotas, por lo que no solo las confiscaciones ordenadas por las autoridades realistas afectaron en gran medida a la ya menguada economía del nuevo reino. El abandono de cultivos por la carencia de mano de obra resintió aún más las rentas existentes y ello generaría peores dificultades a posterioridad. El peor impacto lo llevarían los llanos orientales, dado que el grueso del ejército patriota había huido hacia lo que actualmente es el Meta y Casanare. Aun así en medio de todo muchas regiones mantuvieron una prosperidad razonable como lo es el particular caso de la villa del Socorro. La contribución económica del Socorro no solo en hombres, sino en suministros, dinero, provisiones, armas y demás fue poco menos que decisiva para mantener al ejército patriota. Y aun a pesar de todo el impacto generado, muchas regiones aun mantenían su flujo económico: Antioquia no se vio seriamente afectada, así como la región del valle del río magdalena en el impacto represivo de expropiaciones y expolios que se vivieron en Santafé y áreas circundantes. Popayán y Pasto, principales núcleos realistas en el sur, Y Santa Marta en la costa Atlántica, mantuvieron un nivel relativo de estabilidad económica.

Todo ello a la postre serviría para la posterior campaña patriota de Simón Bolívar quien veía la posibilidad del reinicio de su campaña después del desastre derivado en la capitanía general de Venezuela, la cual se encontraba en un estado de completa ruina económica, y que cifraba sus esperanzas en que el nuevo reino podría servir de pivote económico que financiase sus proyectos.


[1] José Maria Vergara y Velasco, vida y escritos del general Nariño, 1946, imprenta nacional

[2] Pedro Fermín de Vargas, memoria sobre la población del reino, 1953, banco de la república.

[3]William Paul McGreevey, historia económica de Colombia, 1975 editorial tercer mundo

Editor y colaborador Mises Colombia | + posts

"Historiador autodidacta, bloguero, colaborador y miembro fundador de Mises Colombia. Suele ser critico con los nuevos movimientos progresistas, anarcocapitalista por convicción pero realista politicamente, tiene afinidad por el conservadurismo pero reconoce que hay que dar un viraje al mismo en America Latina. Actualmente cursa gastronomía en la Universidad Santiago de Cali y hace parte del grupo de investigación en administración de la facultad de ciencias económicas y administrativas de esta misma universidad"

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