Los premios Oscar son prisioneros de la izquierda

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Como era de esperar, Joaquín Phoenix resultó ganador del Oscar al mejor actor por su actuación en la película Joker.

Phoenix, como muchos otros en el mundo de Hollywood, aprovechó la plataforma de los premios para dar un discurso bastante incendiario contra la sociedad occidental, las injusticias sociales, el racismo y las desigualdades de género. En honor a la verdad, no me extraña, ya que el cine y los premios están capturados por la izquierda y su agenda. Y es más que evidente que los actores hacen lo que mejor saben hacer: repetir un guión e interpretar un personaje.

La pregunta clave es ¿Cómo una sociedad exitosa como los Estados Unidos puede aceptar discursos que atentan contra su propia subsistencia? Pues, hay que mirar como la izquierda americana se infiltró en los espacios culturales, y diseñó un discurso con cero evidencias, pero muy efectivo a la hora de mover emociones y conseguir seguidores.

Se puede afirmar, y sin temor a equivocarnos, que la propiedad privada y el éxito son los pilares fundamentales de la sociedad estadounidense. La narrativa marxista de la lucha de clases -que tiene mucho de misticismo y maniqueísmo- tiene poca aceptación en el ethos americano, pues allí tanto el trabajador como su jefe desean ascender en la escala del éxito. Entonces para que la izquierda pueda sobrevivir en EE.UU. tuvo que cambiar de retórica, y de ahí nace la idea de pelear contra el establishment (básicamente, el capitalista exitoso).

Intelectuales como J. K. Galbraith -quien pensaba que el libre mercado termina en una sociedad gobernada por una «tecnoestructura» que acumulaba todo el poder- o Ronald Myles Dworkin -quien usando el disfraz de las libertades individuales proponía un Estado asistencialista para las minorías- son quienes construyeron el discurso del «capitalista rico, pero sin corazón».

Dworkin fue uno de los primeros juristas americanos en criticar el principio jurídico de trato igual ante la ley, y busco cambiarlo por tratar a todos como iguales. Se trata de un razonamiento que transfiere automáticamente el derecho de las personas al grupo. De manera que la ponderación de derechos ya no se tiene en cuenta al individuo, sino al colectivo al que pertenecen. De ahí nacen la idea de las minorías «explotadas» por el patriarcado, la sociedad heterosexual o el capitalismo (paradójicamente, el joven progresista y revolucionario que tiene el «antiimperialismo yanqui» entre sus principales banderas, es el producto de pensadores americanos).

Pero las ideas de Dworkin y Galbraith no hubieran tenido mayor repercusión sin el apoyo de dos aliados fundamentales: los medios de prensa y la industria del entretenimiento. Por ejemplo, Mónica Crowley, copresentadora de Varney & Company, señala que «Hollywood ha estado dominado por una izquierda muy anticapitalista y demasiado contraria a las ideas conservadoras». O como la organización Educate and Celebrate presiona a las grandes compañías cinematográficas para que incluyan sus intereses en las nuevas producciones.

Si los medios de prensa y las grandes compañías de cine fueron las divulgadoras de una agenda cuyo único objetivo es debilitar a la sociedad americana, los premios de la Academia fueron la coronación de ese objetivo. Cuando personajes como Joaquín Phoenix dan lecciones de política -una temática que seguramente el tipo ni conoce-, la izquierda nos está restregando su triunfo en la cara. Nos está diciendo: «nosotros fuimos más efectivos en el uso de los recursos culturales».

¿Y nosotros? Pues debemos dejar el economicismo casi religioso, y empezar a actuar en otros campos que, sin dejar de usar evidencias, puedan mover las emociones, porque esa es la única manera que tenemos para dar la batalla cultural y reafirmar moralmente el capitalismo.

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