Marian L. Tupy diciembre 14, 2018

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“¿Bajo qué principio es que, con nada excepto mejoras detrás de nosotros, podemos esperar nada excepto deterioro en nuestro futuro?”

¿Es la sobrepoblación un problema? ¿Nos estamos quedando sin recursos? ¿De dónde surge la preocupación en torno al crecimiento de la población y el agotamiento de recursos? ¿Qué tan exactas fueron las pasadas predicciones catastróficas de gente interesada en estos dos asuntos? ¿Lograremos administrar la combinación de un número creciente de personas y estándares de vida más altos, con un manejo decente del planeta en el futuro?

Estas son tan sólo algunas de las preguntas que se responden en Population Bombed: Exploding the Link Between Overpopulation and Climate Change, un nuevo libro, investigado extensivamente, bien escrito y conciso, publicado por la Global Warming Policy Foundation.

El libro aparece precisamente 50 años después de que Paul R. Ehrlich publicó La Explosión Demográfica, en la cual el profesor de biología de la Universidad de Stanford alegó famosamente que el crecimiento de la población resultaría en el agotamiento de los recursos y en la hambruna de cientos de millones de personas. Los autores de Population Bombed, Pierre Desrochers, quien es profesor asociado de geografía en la Universidad de Toronto, y Joanna Szurmak, candidata al doctorado en el programa de postgrado en Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad York, en Toronto, hacen un balance de estudios académicos acerca de “la idea del agotamiento” y brindan una réplica jovial a los agoreros.

LOS ALEGATOS DE AMBAS PARTES

Desrochers y Szurmak empiezan resumiendo el caso para su procesamiento. Los “pesimistas” alegan que, en un planeta finito, la población y el consumo no pueden continuar expandiéndose por siempre; que, para conservar un estándar de vida alto, el número de personas deberá reducirse; que la exploración y extracción de recursos están sujetas a la ley de rendimientos decrecientes y que, por tanto, se harán más caros con el paso del tiempo; que los descubrimientos, invenciones e innovaciones no obvian la necesidad de más recursos y que, finalmente, los éxitos humanos para superar las restricciones de recursos en el pasado, no son relevantes para enfrentar los desafíos medioambientales de la actualidad.

Por el contrario, los “optimistas” afirman que el crecimiento de la población hace más rica a la humanidad, por medio de la división del trabajo y las economías a escala; que la ingenuidad de los humanos amplía las formas de producción eficiente y “proporciona rendimientos crecientes… [por medio] de formas progresivamente menos dañinas de hacer las cosas;” y, finalmente, que no hay razón para que éxitos del pasado no puedan repetirse en el futuro.

Para citar al historiador británico Thomas Babington Macaulay, “¿Bajo qué principio es que, con nada excepto mejoras detrás de nosotros, podemos esperar nada excepto deterioro en nuestro futuro?”

UNA IDEA EQUIVOCADA, PERO PERSISTENTE

La idea del agotamiento tiene un extenso pedigrí que llega tan atrás como el Atra-Hasis, un poema épico del siglo XVIII antes de Cristo, en el cual los dioses de Babilonia consideraron que el mundo estaba muy saturado y desataron una hambruna para arreglar el “problema.” Confucio, Platón, Tertuliano, San Jerónimo y Giovanny Botero revisitaron el tema en siglos subsecuentes.

La preocupación moderna con la sobrepoblación usualmente es trazada hasta el clérigo británico Thomas Malthus, quien aseveró que la población humana crece exponencialmente, mientras que la oferta de alimentos crece linealmente. De tal manera que, eventualmente, la población crecerá más que la oferta de alimentos, resultando en hambruna masiva.

La idea del agotamiento logró su apogeo en las décadas finales del siglo XX, cuando Garret Hardin señaló a la “tragedia de los bienes comunales” (esto es, el uso excesivo de recursos que no son poseídos privadamente), el Club de Roma predijo precios estratosféricos para los recursos y Paul Ehrlich advirtió de la hambruna masiva. Fue Ehrlich quien, imprudentemente, hizo una apuesta con Julian Simon de la Universidad de Maryland, acerca de la futura disponibilidad de recursos ̶ y la perdió.

LA APUESTA

Según la apuesta, Ehrlich escogería una “canasta” de materias primas que él esperaba que llegarían a ser menos abundantes en los años siguientes y elegiría un período mayor a un año, durante el cual esas materias primas se harían más caras.

Al final de ese lapso, se calcularían los precios de esas materias primas, ajustados por la inflación. Si el precio “real” de la canasta era más elevado al final del período, en comparación con el inicial, eso indicaría que las materias primas se habrían hecho más valiosas y Ehrlich ganaría la apuesta; si el precio era menor, Simon ganaría. Las apuestas serían en torno a la diferencia final en el precio de la canasta, entre el inicio y el final de ese período.

Ehrlich escogió al cobre, al cromo, al níquel, al estaño y al tungsteno. La apuesta se acordó el 29 de setiembre de 1980, siendo el momento del pago el 29 de setiembre de 1990. A pesar de un aumento de la población de 873 millones durante esa década, Ehrlich perdió la apuesta. Todas las cinco materias primas que él había seleccionado declinaron en el precio, en un promedio del 57.6 por ciento. Ehrlich le envió a Simon por correo un cheque de $576,07. En la actualidad, abundan las materias primas, incluyendo las tierras raras, y el concepto de agotamiento, como se entendió originalmente, ha cesado en ser el cri de coeur [grito de amor] de los pesimistas.

ARGUMENTOS MEDIOAMBIENTALES

En su lugar, los pesimistas han cambiado rumbo (en algún grado). En vez de enfatizar el agotamiento de materias primas, como solía hacerlo Ehrlich, ahora advierten de un sobreconsumo y de la pérdida relacionada con la integridad de la biosfera (la destrucción de ecosistemas y de la biodiversidad), el cambio climático, la acidificación del océano, el cambio en el sistema de uso de la tierra (de árboles maderables a siembra de cosechas), un uso insostenible del agua fresca, la perturbación de los flujos biogeoquímicos (insumos de nitrógeno y de fósforo hacia la biosfera), la alteración por aerosoles en la atmósfera (concentración de partículas en la atmósfera) y la pérdida del ozono.

Desrochers y Szurmak se ocupan de muchas de estas inquietudes relativamente nuevas, haciendo notar, por ejemplo, los problemas metodológicos inherentes a los modelos de sobreconsumo, incluyendo al “marco de límites planetarios” que describí en el párrafo previo.

Acertadamente, los autores no se empantanan en la ciencia del calentamiento global. Por supuesto que una discusión plena del calentamiento global requeriría de un nuevo libro de ellos. Su libro Population Bombed consta de 250 páginas e incluye 900 notas al pie de página y una extensa bibliografía de 33 páginas. En vez de ello, claman por honestidad. Hacen ver que el uso de combustibles fósiles está hoy en el centro de los llamados para un control de la población y señalan que los pesimistas, incluyendo a los medioambientales, simplemente dan por descontados los beneficios en el uso de combustibles fósiles. Desrochers y Szurmak no descartan las inquietudes en torno al CO2 en la atmósfera, pero señalan que, deshacerse de los combustibles sólidos en las circunstancias actuales, tendría consecuencias económicas, sociales y medioambientales calamitosas ̶ en especial para los pobres del mundo.

Tan sólo para brindar algunos pocos ejemplos, la producción tendría que encarecerse más para las empresas, el precio de la calefacción y del enfriamiento se haría mucho más caro para los hogares, y la tierra, actualmente ocupada por animales, tendría que cubrirse de turbinas de viento.

Dicho eso, tengan en mente que nuestra especie ha resuelto antes muchos problemas medioambientales y, asimismo, es probable que nosotros resolveremos los problemas futuros. Por ejemplo, la desalinización puede ayudar con los problemas de escasez de agua, mientras que cosechas genéticamente modificadas podrían eliminar el uso excesivo de fertilizantes y pesticidas. Estos avances tecnológicos, y el prospecto de muchos otros más, hacen del libro de Desrochers y Szurmak un recordatorio de los instintos de la humanidad, de que “se puede hacer” y su habilidad para resolver problemas.

Este artículo se reimprime con el permiso de CapX.


Traducción por Jorge Corrales.

es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute y editor del sitio Web www.humanprogress.com

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