Los millonarios son los mejores guardianes del arte

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Siempre me fascinó la excentricidad de los millonarios. Desde que tengo uso de razón, estudio la vida de personajes como Simón I. Patiño, Warren Buffet, Donald J. Trump o Steven Cohen. Me sorprende la tenacidad y la disciplina que se requiere para formar fortunas y, especialmente, mantenerlas en el tiempo.

Algo común que caracteriza a los millonarios es el “buen el olfato” para las inversiones de largo plazo. Por lo general, donde nosotros los mortales solo vemos cosas de interés histórico o cultural, un millonario observa un activo que le permite mantener su riqueza a lo largo del tiempo. Y eso es, precisamente, lo que sucede con las obras de arte, los vehículos de colección o los licores más exóticos.

Cuando un millonario compra el “La Voiture Noire” de Bugatti no solo está gastando $19 millones, sino que están haciendo una inversión que le permitirá hacer más dinero. Sucede que la marca Bugatti tiene un vínculo especial con sus clientes. Los vehículos de la marca francesa son piezas únicas cuyo valor crece en el tiempo. Los Bugatti son la prueba empírica de la utilidad marginal, la teoría subjetiva del valor y el depósito de riqueza. Por ejemplo, August Thomassen, escultor belga que se encontraba reducido a la miseria, era dueño de un Type 49 Berlina de 1932, un Type Cabriolet de 1937 y una Type 40 de 1929, los tres vehículos tienen un valor aproximado de 1,5 millones de euros. Thomassen es el típico caso de un mendigo viviendo en una mina de oro.

Las piezas de arte suelen ser otro de los activos elegidos como inversión de largo plazo. Total, las obras de arte son únicas, ergo, su utilidad marginal será cercana al infinito. Steven Cohen es dueño de una de las colecciones privadas más caras del mundo. Su galería incluye piezas como “El sueño” de Pablo Picasso adquirido por $ 155 millones o “Retrato de Campesina” de Van Gogh.

En el mundo de la música Martin Shkreli, con fundador del Hedge Found “Elea Capital”, compró en $2 millones la única copia del álbum “Once Upon a Time in Shaolin” del grupo de hip – hop “Wu – Tang Clan”. Pero también hay discos que tuvieron lanzamiento comercial, como cualquier otro, y hoy valen una fortuna. Por ejemplo, “Bleach” de Nirvana, “Spirit in the Night” de Bruce Springsteen o “Diamond Dogs” de David Bowie. Piezas que cuyo precio solo pueden pagar magnates de las finanzas.

Los empresarios exitosos son siempre benefactores de la humanidad. Por un lado, sus productos satisfacen demandas en el mercado. Por el otro, sus inversiones generan empleo. Finalmente, sus colecciones privadas han permitido que piezas de arte históricas todavía existan.

La propiedad privada es el mejor resguardo para el arte, pero muchos artistas todavía insisten en producir para “ellos” y no para los “egoístas” intereses del mercado. En realidad, acaban siendo presas de los gobiernos socialistas que los convierten en dependientes crónicos del presupuesto fiscal. Amable rector recuerde algo, cuando un socialista critica las colecciones privadas no lo hace por un amor sincero al arte, sino por un odio enfermizo al éxito ajeno. No aman el arte, odian a los millonarios.


 

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