Mises i want to break free

Los homosexuales pueden venderse una casa, darse trabajo o casarse

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Título original: “LA ESCARAMUZA DEL MATRIMONIO IGUALITARIO”.

Hace poco más de un año, El vaticano presentó la exhortación apostólica Amoris Laetitia y, dado que estamos en la era de la información, de inmediato le dio la vuelta al mundo. En el extenso texto se muestra la posición oficial de la iglesia católica con respecto a la familia y al matrimonio. Miles de católicos y conservadores han construido su imagen de familia y sociedad sobre la tradición y las recomendaciones de las autoridades religiosas, y están en su derecho; un libertario, como soy yo, no se opondrá a que cualquiera defienda su forma de ver el mundo.

Algunos de los comentarios de la Amoris Laetitia aluden al matrimonio entre personas del mismo sexo, para condenarlo. La respuesta de la opinión pública no se hizo esperar. Los líderes de opinión de cada casa y esquina se apresuraron a tomar posición, los unos a favor y los otros en contra, este es un tema que tiene pocos apáticos. Sin embargo, es muy desafortunado que los argumentos suelen ser utilitaristas. A la gente parecen preocuparle tanto las consecuencias del matrimonio entre personas del mismo sexo, de la adopción de niños y de la proliferación de la cultura LGBTI que no se molestan en reflexionar en los principios subyacentes del debate. Quiero abrir esa reflexión.

Una de las instituciones más antiguas de nuestra especie

Que dos personas elijan libremente acompañarse para disfrutar la compañía del otro y hacer parte de un equipo en el que se ponen como objetivo el crecimiento personal y la consecución de la felicidad de cada uno constituye una de las instituciones más antiguas de nuestra especie. Nadie inventó el amor ni la familia, eso es parte de lo que somos. La elección de la pareja compete a cada persona y ninguno puede más que opinar o recomendar sobre la elección del otro. Le toca al que fue rechazado por una mujer bonita, o un hombre apuesto, encontrar la fuerza para aceptar que no puede forzar a nadie a quererlo a él, o ella. No se escucha frecuentemente que alguien se oponga a lo único que le queda es resignarse, y, sin embargo, es perturbantemente frecuente que se opine en contra de que un hombre decida encontrar el amor en la compañía de otro hombre o una mujer en la compañía de otra mujer. El impulso de inmiscuirse en el corazón y la cabeza del otro parece estar justificado en este caso porque las consecuencias serían tan negativas que nos amenazan con el caos y la catástrofe.

Pero, ¿Es así? No lo creo. Que dos personas del mismo sexo se enamoren y se entreguen mutuamente ha pasado desde que tenemos memoria y no parece que eso haya causado alguna de las muchas tragedias que la humanidad ha sufrido. Al contrario, muchas personas han visto frustradas sus ilusiones de acompañarse de sus amantes por los prejuicios de sus vecinos. Prejuicios que, a los ojos del legislador, legitimizan el uso de la fuerza sobre los que son diferentes.

El matrimonio es un contrato

Si, como es razonable, concedemos que cualquier pareja voluntaria es legítima, y a esto suelen llegar la mayoría de debates, no debe tomarnos mucho trabajo conceder que esa pareja merece la protección legal a la que cualquier individuo tiene derecho. El amor no es el matrimonio, el amor está en los corazones de los que lo tienen. El matrimonio es un contrato en el que los que lo suscriben piden a un tercero que sea testigo de ciertas normas que consideran que se deben cumplir: la sucesión en caso del fallecimiento de uno de ellos, la autorización en caso de necesidad de alguna cirugía, la responsabilidad compartida de la crianza de los hijos y las capitulaciones, por ejemplo. La ceremonia suele ser un homenaje del convenio, una celebración a la confianza y el mutuo respeto, los testigos son los amigos y familiares que los acompañan y a quienes no les corresponden decidir si ellos deben proceder de una u otra manera. Por otro lado, los documentos legales se presentan ante un notario y, a través de él, ante el Estado. El papel de testigo que juega el Estado, a diferencia del que juegan los invitados en una boda, es mucho más activo. Parece que supiera mejor (que los involucrados) qué es lo que más les conviene y cómo debe implementarse. El gobierno obliga e impone reglas como si se tratara de una persona y se declarara en objeción de conciencia hasta que las cumplan.

Hay algo que está mal en la ley

¿Eso es legítimo? No, no lo es. Y darle esa autoridad pone verdaderamente en riesgo a la sociedad. Dos adultos mentalmente sanos deben ser indistinguibles ante la ley, el tratamiento que reciban no debe depender de su raza, sexo, orientación política o religiosa, origen, inteligencia, ingresos, etc. Dos homosexuales adultos que estén en sus cabales deben poder venderse una casa, darse trabajo o casarse. En caso de que no puedan, en caso de que se prohíba a un individuo hacer uso de su vida y su propiedad porque esto ofende a otro (aún sin que se conozcan o que no lo afecte materialmente de alguna manera), hay algo mal entendido en la ley. Resulta que no seremos más que piezas de un mecanismo que tiene vida propia con más valor que cualquiera de sus partes.

Lo que dice el Papa Francisco…

En la Amoris Laetitia el papa Francisco dice que “ya no se advierte con claridad que solo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad”. Este comentario que parece inofensivo, no lo es. La expresión tan ampliamente aceptada “función social” puede ser interpretada como bien le dé la gana al que la lea. La discrecionalidad que adjudica el término “función social” al que esté en el poder nos pone en la posición sumisa de un ladrillo en la pared. Respetuosamente discrepo de la posición del papa Francisco y de cualquiera que quiera poner sobre mí o sobre otro una “función social”. Ni yo ni nadie tiene “función social”, yo tengo derechos y la sociedad tiene la obligación de respetármelos. Tengo el derecho a mi vida y a mi propiedad al costo de que yo haga lo mismo con los demás; no tengo el derecho a no ser ofendido y no tengo el derecho de imponer en otros mi forma de ver el mundo.

La opinión pública y los tiranos

Esta es otra escaramuza en la pelea por la autodeterminación del individuo. A los que temen por lo que pueda ser del mundo si los homosexuales se casan, adoptan o se hacen famosos les digo: la catástrofe a la que temen, en la que la sociedad colapsa y nos veremos reducidos a animales temerosos y fracasados, está en la misma dirección de los que piden que organicen la sociedad desde arriba. Porque ningún tirano ha necesitado otra cosa que una opinión pública favorable para actuar por el bien superior y ponernos de rodillas.

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Estudiante de doctorado en química, dedicado a la observación y el análisis del mundo natural y las complejidades del comportamiento humano. Convencido del libre mercado, la propiedad privada y la coexistencia pacífica como requisitos para la vivir con dignidad. Escritor y emprendedor entusiasta.

2 comments

  1. JD 22 junio, 2017 at 09:15 Responder

    Muy buen articulo. Parece que firmamos el contrato social apenas llegamos a este mundo como si tuvieramos obligaciones con el estado

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