Los comunistas están equivocados y son malvados

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El testimonio poderoso y conmovedor de Max Eastman acerca de su desilusión con la ideología socialista/comunista.

Personas que lean estas reflexiones se habrán de preguntar cómo llegué a darme cuenta de que el socialismo había fracasado. Estoy describiendo la experiencia total en otro libro, pero aquí puede ser útil brindar una breve mirada al camino intelectual por el cual viajé. No ha sido un camino tan sinuoso como algunos podrían pensar.

Expuse el objetivo de mis actividades políticas en dos artículos en Masses [Las Masas] en 1916: no para reformar a hombres, ni siquiera para primordialmente reformar al mundo, sino para “hacer que los hombres fueran tan libres para vivir y que logren el mundo, tanto como sea posible, para que sean libres.” En esto, los años no han traído cambio alguno.

En esos mismos artículos, rechacé al sistema filosófico de Marx, su idea de que el socialismo es históricamente necesario, como “una realización de su deseo,” y declaré: “Debemos alterar y remodelar lo que él escribió, y hacer de ello y de cualquier otra cosa que nuestra ciencia reciente ofrezca, una doctrina que claramente tenga la naturaleza de hipótesis.”

La hipótesis, como la concebí, era que, al intensificar la lucha de la clase trabajadora, y llevarla a la victoria, ya sea en elecciones o por una revolución, podríamos “socializar los medios de producción,” y así expandir la democracia desde la política hacia la economía. Eso, pensé yo, le daría una oportunidad a cada uno de los hombres para construir una vida en la forma en él la eligiera. Eso “liberaría al proletariado y con ello a toda la sociedad,” para usar una fórmula marxista que a mí me gustaba citar.

En resumen, para mí, el socialismo no era una filosofía de la historia o de la vida -mucho menos una religión- sino un experimento social científico a gran escala. Llegué a ello por un proceso de pensamiento en vez de sentimiento; yo era feliz con mis circunstancias y sabiamente criado; pensé de mí mismo como libre. Quería extender la libertad a todos los hombres; quería ver una sociedad sin distinción de casta, clase, raza, poder monetario ̶ sin explotación, sin el “sistema salarial.” Sabía que esto no podría ser logrado predicando; yo había observado los efectos de las prédicas. Estaba cautivado por la idea de que podría lograrse con una lucha auto interesada de parte de aquellos más desposeídos bajo el sistema actual. Así, la lucha de clases como método estaba en el mismo corazón de mi creencia socialista. Los artículos mencionados arriba se titularon “Towards Liberty, The Method of Progress” [“Hacia la Libertad, El Método para el Progreso], y tenían el propósito de que fueran los primeros capítulos de un libro.

Fue error de juventud imaginarme que la humanidad, como un todo, en especial al dividirse a sí misma en dos mitades, podría convertir a todo un período de historia en un experimento científico. La ciencia requiere de un científico o, al menos, de un ingeniero, y el ingeniero, en este caso, tendría que tener poder dictatorial. Pero, ese pensamiento, si es que pasó por mi mente, logré eludirlo. Elaboré un socialismo propio que me permitió asumir una posición independiente acerca de muchas cuestiones concretas: feminismo, control de la población, paz y guerra. Rechacé tanto la doctrina de la moral de la clase como la propaganda de odio de clase. Podía pensar libremente acerca de tales asuntos pues mi socialismo no era un curalotodo místico, sino sólo un plan, que consideré práctico para resolver el problema específico de lograr que la libertad fuera más general y hacer a la democracia más democrática.

Aunque era miembro del Partido Socialista, las revistas que edité entre 1912 y 1922, las Masas y el Liberador [Liberator], eran redomadamente independientes y era muy regularmente flagelado vivo por los funcionarios del partido por una u otra herejía. Usualmente era una herejía revolucionaria. Estaba decididamente en el extremo rojo del espectro del partido. Aun así, no siempre fue a los reformistas en contra de los revolucionarios a quienes ataqué. A menudo fue al dogmatismo de ambos. Naturalmente, en mi intento por renovar al marxismo en una ciencia experimental, mantuve una guerra continua contra la intolerancia, la hipocresía, el sabelotodoismo, del clero del partido. Esto, creo, distinguió la política de las viejas revistas las Masas y el Liberador, tanto como su insistencia militante en la lucha de clases. Siempre fui un amigo cercano de Industrial Workers of the World (I.W.W.) [Trabajadores Industriales del Mundo] y estaba en buenos términos incluso con los anarquistas, aún cuando lancé una crítica a su inocencia infantil del concepto del método. No temía, tampoco, a la palabra liberal con ele minúscula, aunque tenía mi propia definición de ella. “Una mente liberal,” escribí en las Masas en setiembre de 1917, “es una mente capaz de imaginarse a sí misma creyendo en cualquier cosa. Es la única mente que es capaz de juzgar las creencias o que puede mantenerse fuertemente adherida sin fanatismo a una creencia propia.”

Cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en octubre de 1917, impactando a todo el mundo de opinión progresista e incluso moderadamente socialista, yo los respaldé hasta el límite en el Liberador. Hice una colecta de dinero para enviar a John Read a Rusia y publiqué sus artículos, que crecieron a ser el famoso libro Ten Days That Shook the World [Diez Días que Estremecieron al Mundo]. Casi que yo era el único “rojo” que en esos días violentos estaba fuera de la cárcel, y mi revista, por algún tiempo, fue la única fuente de la información no confundida acerca de lo que estaba pasando en Rusia. Su circulación llegó a un máximo de sesenta mil.

Cuando se publicó el panfleto de Lenin, llamado en inglés “The Soviets at Work,” -el mismo que llevó a Whittaker Chambers al comunismo- fui seducido. La monumental practicabilidad, la firmeza de los hechos, de la mente de Lenin, combinada como nunca antes con un respeto incandescente por los pobres y la gente oprimida, la ansiedad por su liberación, la devoción a la idea de su ingreso al poder, me conquistaron. Todavía pienso de ese panfleto como uno de los documentos políticos más nobles -y ahora el más lamentable- entre los documentos políticos. Me convenció de que la mentalidad de Lenin era experimental. En todos los aspectos, él parecía que llevaría a cabo mi ideal de un revolucionario científico. Le di la bienvenida con dos artículos en el Liberador como “un Estadista de un Nuevo Orden,” y me dediqué, sin reservas doctrinarias, a la defensa de sus principios de acción y su régimen soviético.

Al atacar a aquellos que le acusaron de dogmatismo, exclamé: “Nunca he visto una señal de que algún discurso o escrito de Lenin, que él considerara como la teoría marxista, fuera algo más que una hipótesis científica en proceso de verificación.”

En esos días había pocas traducciones provenientes de Rusia. Tenía que ir a Rusia y aprender el idioma antes de averiguar si Lenin era un verdadero creyente en la mística marxista. Él era, para estar claros, más arrogante con sus postulados que cualquier otro creyente ̶ mucho más que Trotsky. Él conocía el truco, como en una ocasión me lo hizo ver Karl Radek, de “decidir un asunto con base en los hechos y después emparejarlos, de ahí en adelante con la teoría.” Él también tenía la noción de Hegel de “la lógica dialéctica” para ayudarle con este truco. En ese entonces yo no sabía lo suficiente para distinguir entre la libertad limitada dispensada a los fieles por esta ingeniosa noción, y la libertad completa de una mente que lidiara sólo con los hechos, propósitos y planes de acción. Le entregué completamente mi corazón a Lenin más de lo que he hecho con algún otro líder y luché por los bolcheviques en el campo de batalla de la opinión estadounidense, con toda la influencia que mi voz y mi revista poseían. Desde la revolución de octubre hasta que el barón Wrangel fue barrido fuera de Crimea, me involucré en una guerra civil, y mis convicciones socialistas se endurecieron y reafirmaron. Para perturbarlas, se requirió de mucho tiempo después de eso, un bombardeo constante y sin piedad de los hechos hostiles y sin respuesta.

YENDO A RUSIA

Con todo y eso, yo estaba lejos de ser un fanático al zarpar hacia Rusia en 1922, como para hacerles saber a mis amigos que yo “iba allá para averiguar si lo que he estado diciendo es verdad.” Llegué en setiembre, a tiempo para aprender un poquito de ruso antes de asistir al cuarto congreso de la Tercera Internacional. Yo no era un delegado y no tenía un estatus oficial, pero el Liberador era lo suficientemente conocido como para que fuera recibido con hospitalidad como invitado. Más tarde, Trotsky, quien consintió en cooperar conmigo para que hiciera un retrato biográfico, me dio un documento portentoso que llevaba su firma y el sello del Ejército Rojo, pidiéndole, a todo mundo en Rusia, que me recibieran cordialmente y que estuvieran atentos a mis necesidades. Viajé adonde yo quise con ese documento y vi a quienquiera que pedí ver.

Viajé en el máximo de la rápida recuperación que siguió a la adopción de la Nueva Política Económica y experimenté la vida soviética al máximo. Aunque sorprendido y sacudido por algunas características del experimento, también encontré bases para una enorme esperanza. Sólo una cosa me parecía ser calamitosamente mala. Esa era el fanatismo y el escolasticismo bizantino que había crecido alrededor de las sagradas escrituras del marxismo. Hegel, Marx, Engels, Plekhanov, Lenin ̶ para los bolcheviques, los libros de esos hombres contenían la última palabra del conocimiento humano. Ellos no eran ciencia, ellos eran revelación. Nada quedaba por hacer para pensadores vivientes, excepto aplicarlas, darles brillo, disputar acerca de ellas, explayarse en ellas, encontrar en ellas los gérmenes de todo nuevo pensamiento o cosa que apareciera en el mundo.

En vez de liberar la mente del hombre, la Revolución Bolchevique la bloqueó en una prisión estatal más estricta que nunca antes. No era concebible un vuelo del pensamiento, ni siquiera en un paseo poético, nada de echar una mirada a través de las puertas u ojear desde una ventana en este calabozo pre darwiniano, llamado Materialismo Dialéctico. Nadie en el mundo occidental tiene siquiera una idea del grado al que las mentes soviéticas se cerraron y sellaron contra cualquier idea, excepto las premisas y conclusiones de ese sistema anticuado de ilusión vana. En lo que tiene que ver con el avance del entendimiento humano, la Unión Soviética es una barricada inmensa, armada, fortificada y defendida por autómatas indoctrinados, hechos de carne, sangre y cerebros, en las fábricas de robots que ellos llaman escuelas.

Sentí esta cosa bárbara más profundamente que cualquier otra desilusión en la tierra de mis sueños. Estaba seguro de que contenía las semillas del gobierno del sacerdote y del gobierno de la policía. Cualquier religión estatal, como lo han señalado todos los grandes pensadores liberales, es la muerte de la libertad humana. La separación de la iglesia y el estado es una de las principales medidas de protección contra la tiranía. Pero, la religión marxista hace imposible esa separación, pues su credo es político; su iglesia es el estado. No hay esperanzas dentro de sus dogmas de alguna evolución hacia la sociedad libre que promete.

Por estas razones, en vez de escribir historias esperadas de mis viajes acerca de “La Vida bajo los Soviets,” me fui al salón de lectura del Instituto Marx-Engels de Moscú y me puse a trabajar en mi viejo y sin terminar torso parcial de un libro, Towards Liberty, the Method of Progress. Aunque no engañado en cuanto a que todo mundo pronto me pondría atención, pensé que era mi deber con la revolución atacar esa barricada, ese prodigio de obcecación que pretende pasar como la sabiduría máxima, en la única forma en que podía ser atacado, por una demostración irrefutable del conflicto entre el marxismo y el método científico.

Pasé un año y nueve meses en Rusia y dediqué una parte importante de mi tiempo a aprender el ruso y a leer, principalmente en ese lenguaje, la literatura esencial en la que se basaban las acciones de los bolcheviques. Al salir de Rusia, en junio de 1924, pasé los siguientes tres años en Europa occidental, en donde terminé sobre el tema y lo llamé Marx and Lenin, the Science of Revolution [La Ciencia de la Revolución- Marx- Lenin]. Se publicó en Londres en 1926. El mundo anglo-sajón, en ese entonces, tenía tan poco interés en la teoría marxista que tuve que poner dinero mío adelantado para que se publicara. Pero, Albert y Charles Boni compraron pliegos y lo publicaron un año más tarde en Nueva York. La Nouvelle Revue Française publicó una traducción al francés el año siguiente. Mi inversión monetaria fue bien redituada. Pero, mi éxito en subvertir la barricada en Rusia, no fue conspicuo.

La copia que remití al Instituto Marx-Engels fue devuelto por la Oficina de Correos, marcada: “Denegada su admisión por el Departamento de Publicaciones.” El único murmullo que emergió de Rusia provino del gran científico, Ivan Pavlov, quien me sorprendió con una carta escrita por su propia mano, enviada valientemente por correo: “Endoso completamente su crítica al fundamento filosófico del marxismo.” Y, agregó esta contribución a mi dolorosamente lenta recuperación del socialismo: “No hay ciencia alguna de la revolución y no la habrá por mucho tiempo. Hay sólo un tanteo de la fuerza vital, parcialmente guiada empíricamente, por aquellos que tienen un sentido común mucho más amplio y fuerte. A nuestra Revolución Bolchevique, con sus detalles tan desastrosos ante nuestro desarrollo intelectual y moral, la considero un anacronismo, que (de ello estoy convencido) nunca se repetirá de esta forma y en ninguna parte del mundo civilizado. Tal es mi entendimiento más profundo de estos asuntos.”

ADHIRIÉNDOSE AL LENINISMO

En ese libro escribí como creyente en el sistema soviético, y todavía le imputaba a Lenin un paso firme futuro, no importa que tan inconsciente, hacia la actitud de la ciencia experimental, llamándole, por contraste con sus más ortodoxos oponentes, un “ingeniero de la revolución.” Había mucho de verdad en esto, pero, aun así, logré eludir sus implicaciones. Pensé que era cosa maravillosa y esperanzadora que Lenin hubiera tenido éxito, al basarse en el análisis marxista de las fuerzas de las clases, al tender una red sobre la totalidad de la sociedad rusa y reunir el poder en sus manos y en aquella de un partido dedicado a construir el socialismo.

Esta concepción teórica se mantuvo firme en mi mente, sin importar lo que había visto antes de dejar Rusia, lo que ahora creo es su consecuencia directa y normal: la usurpación del poder por un tirano que no tenía un interés honesto en las libertades de los hombres. No sólo había visto, sino también estudiado cuidadosamente, el complot por el cual Stalin se convirtió en el amo tras la muerte de Lenin. Además de estudiar sus maniobras, asistí al congreso del partido de mayo de 1924, en donde se lanzó su ataque abierto y destruyó el prestigio de Trotsky en el partido. Detrás de escena en ese congreso, Trotsky me contó, en un murmullo, el giro y los detalles esenciales del documento suprimido, llamado El Testamento de Lenin. Yo saldría de Rusia en pocos días, y los pasé reuniendo, con su estímulo, documentos adicionales que necesitaba para exponer el complot y explicarlo. Para hacerlo, dejé de lado mi trabajo acerca del marxismo y escribí un pequeño libro llamado Since Lenin Died, que sigue, pienso, siendo una fuente auténtica de la historia del conflicto acerca del liderazgo que siguió a la muerte de Lenin.

En la evolución de mis opiniones socialistas, ese libro marcó un paso algo modesto. Mi conclusión era sólo de prudencia a los revolucionarios en otros países, en cuanto a aceptar, en nombre del leninismo, “la autoridad internacional de un grupo contra el cual las palabras de Lenin moribundo eran una advertencia, y quienes han preservado esa autoridad reprimiendo los textos esenciales de Lenin.” Pasarían catorce años antes que pudiera ver en ese grupo, no sólo a un enemigo de los planes de Lenin, sino un resultado de la revolución, tal como fuera concebida y diseñada por él.

No obstante, yo había dicho lo suficiente en mis dos libros como para que se me condenara completamente al ostracismo ante el movimiento comunista oficial. Al llegar a Europa en 1927, la mayoría de mis viejos amigos políticos se rehusaban a hablarme en la calle. Era un traidor, un renegado, un paria, un auténtico intocable, en lo que se refería a los comunistas. Y, al crecer el encono, ese humor se expandió del todo hacia la inteligencia radical, e incluso, en algún grado, a la liberal. Para deshacerse de mis hechos, por supuesto que, muy pronto e indeleblemente, fui calificado de “Trotsquista,” aunque nunca estuve de acuerdo con el marxismo de Trotsky, ni siquiera en vez alguna compartí la falsa ilusión de que él podría llegar a ser un líder exitoso de un partido. Que Trotsky defendía las políticas de Lenin y los objetivos originales de los bolcheviques fue inequívocamente aclarado en mi pequeño libro, e inequívocamente será claro en la historia, creo, si es que sobrevive la historia honesta. Mi lealtad todavía era con la clase trabajadora, con la idea de progreso a través de la lucha de clases. En principio, simplemente le estaba brindando a la clase trabajadora internacional y a sus líderes, la información esencial para la conducción inteligente de la lucha.

Con el mismo fin, traduje y publiqué en 1928 el programa y documentos suprimidos de la exiliada Oposición de Izquierda del partido comunista ruso, llamando al libro The Real Situation in Russia. Dado que el texto era de ellos, no mío, le di las regalías a una pequeña rama de la Oposición Trotsquista que, para esa época, se había formado en los Estados Unidos. Esto se agregó a una impresión creciente de que era un seguidor personal de Trotsky, aun cuando mis pensamientos privados acerca de su fracaso en superar tácticamente a Stalin, eran cualquier cosa, excepto los de un seguidor. Lo que estaba defendiendo eran siempre las políticas de Lenin, y la verdad acerca de lo que estaba sucediendo en Rusia. Mi traducción de la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky se hizo con admiración, no como endoso. Para mí, ese libro es la aplicación suprema y más convincente de la metafísica marxista a la historia, que sobrepasa esfuerzos similares del mismo Marx. Pero, pienso que será la última. Ningún gigante vez alguna guiará los hechos en esas formas, a tales expensas del poder intelectual.

Un libro que marca un paso más amplio en mi propio desarrollo, emocional si no es que intelectual, fue mi Artists in Uniform, escrito en 1932-33, y publicado en 1934. Ahí describí la repugnante dictadura en la literatura y las bellas artes, establecida bajo el látigo de Stalin y el infantilismo servil de estadounidenses como Mike Gold, Joe Freeman, Bob Minor, Hugo Geliert, Maurice Becker, William Gropper, mis ex colegas del Liberador, quienes de su propia voluntad se inclinaron ante aquel. Nadie que hubiera creído en la revolución socialista como una liberación del espíritu, como todos los que lo hicimos en voz tan alta en esos días, podría, con honor intelectual, pretender que eso era o que era algún paso en esa dirección. Yo no emplee toda mi fuerza en ese libro, pero hablé todavía como un socialista revolucionario, un viejo bolchevique no partidario. Dije en mi introducción:

“Estoy del lado de los soviets y de la lucha de clases proletaria. Pero, pienso que hablar críticamente con la verdad es un elemento esencial para el éxito de esa lucha… Los esfuerzos hacia la construcción socialista de la Unión Soviética deben servir inevitablemente al movimiento mundial en algún sentido como guía. Sin embargo, esos esfuerzos no deberían ser seguidos como una costurera sigue a un patrón, sino como cuando un científico repite un experimento, corrigiendo progresivamente los errores y perfeccionando los trazos exitosos.”

Esas fueron, pienso yo, mis últimas palabras publicadas como defensor de la Unión Soviética.

PERDIENDO LA FE

No es fácil establecer fechas en ese asunto. “¿Quién puede determinar cuándo es que las balanzas en el equilibrio de la opinión empiezan a cambiar, y qué, lo que era una creencia con una probabilidad mayor, se convierte en una duda positiva en su contra? El Cardenal Newman plantea la pregunta en su Apologia [Apologia pro vita sua], y debo decir que, con todos los documentos que tengo a mano, no puedo ser exacto en cuanto al momento en que abandoné mi actitud de “leal con la Unión Soviética, pero opuesto al liderazgo de Stalin,” y decidí que, gracias a ese liderazgo, estaba muerta la esperanza del socialismo en Rusia. Sólo se que, durante el año 1933, aquellas dudas positivas crecieron tan fuertemente, que abandoné mis conferencias pro soviéticas y mantuve silencio por alrededor de dos años. En la primavera de 1936, escribí un ensayo, “The End of Socialism in Russia” [“El Fin del Socialismo en Rusia”], que se publicó en la Revista Harper’s en enero de 1937 y, después, como un libro por Little, Brown & Company. “En mi mente, no queda esperanza para la sociedad sin clases en la Rusia de la actualidad,” dije en ese libro. Pero, aún consideraba a la dictadura totalitaria de Stalin como un enemigo, en vez de un resultado, de las políticas de Lenin.

Me tomó otros dos años para arribar al conocimiento de que los métodos de Lenin -o, en otras palabras, del marxismo bolchevique- eran los culpables. Este paso lento en mi iluminación quedó registrado en otro libro, publicado en 1940, llamado Stalin’s Russia and the Crisis in Socialism.

“Pienso ahora,” escribí en ese libro, “que esa herramienta brillante para diseñar una toma del poder, inventada por Lenin con un objetivo super democrático, ha demostrado estar en conflicto fatal con el objetivo. Pienso que una toma armada del poder por un partido minoritario altamente organizado, ya sea en nombre de la Dictadura del Proletariado, de la Gloria de Roma, de la Supremacía de los Nórdicos, o de algún otro eslogan que pueda inventarse, y sin importar qué tan integrada está con las masas de la población, normalmente conducirá al estado totalitario. ‘El estado totalitario’ es sólo el nombre moderno para la tiranía. Es la tiranía con técnica de punta de lanza. Y la esencia de esa técnica es el uso opuesto de la misma cosa sobre la que, en última instancia, descansaba la acción futura de Lenin, la maquinaria de la educación pública.”

Este cambio de opinión invalidó mucho de lo que había dicho en la segunda parte de mi libro La Ciencia de la Revolución- Marx- Lenin. Es más, yo había aprendido mucho más acerca del marxismo desde que ese libro se publicó en 1926. Su demostración del character acientífico y, de hecho, supersticioso, de todo el modo de pensar de Marx, me parecía más y más importante cuando se desarrollaba la batalla entre los soviets y la civilización occidental. Fue mi principal contribución al debate, y lo escribí todo de nuevo, otra vez, tan madura y cuidadosamente como lo sé. Con el título Marxism: Is It Science, fue publicado en el otoño de ese mismo año, 1940.

Aún en ese entonces, si bien rechazando el sistema de control partidario de Lenin, no había decidido que “la hipótesis socialista” estaba refutada. Esa decisión, o la fuerza interna para confrontar ese hecho, llegó el año siguiente. Y, en este caso, recuerdo bien el momento preciso. En un cóctel dado por Freda Utley -pienso que para su amigo Bertrand Russell- en una conversación acerca de las últimas y más significativas espantosas noticias que habían salido de Rusia, ella súbitamente me preguntó:

“Aparte de estos desarrollos rusos, ¿todavía cree usted en la idea socialista?

Le dije, “No.”

NO MÁS SOCIALISMO

Aunque nunca antes me había dicho eso a mí mismo, la respuesta vino de lo más profundo de mi corazón y mente. Me pareció perfectamente claro, una vez planteada la pregunta con valentía, que, si la hipótesis socialista era válida en general, algunos pequeños hilos de los beneficios prometidas por ella habrían aparecido cuando los capitalistas rusos fueron expropiados y la producción asumida por el estado, sin importar qué tan adversas fueran las circunstancias.

Para esa época todo en Rusia estaba peor desde el punto de vista de los ideales socialista de como lo había estado bajo el régimen del Zar. Para convencerme, no necesité de experimentos adicionales, como aquel en la Alemania nazi o en Inglaterra, o la obvia desviación en otras naciones. Estaba seguro de que toda la idea de extender la libertad o la justicia o la igualdad o cualquier otro valor civilizado, para las clases más bajas, a través de la propiedad en común de los medios de producción, era un sueño engañoso, una burbuja que había tomado más de un siglo en estallar.

Nunca he tenido algunas dudas o remordimientos acerca de la decisión ̶ sólo acerca del inadmisible largo tiempo que me tomó llegar a ella. Cuando soy denunciado como un renegado por los verdaderos creyentes, ciertamente que provoca un sonrojo en mi mejilla, pero sólo porque me tomé demasiado tiempo en renegar de lo que creía. Tristemente, lamento los valiosos veinte años que pasé dándole vueltas y jugando alrededor de esta idea, que, con suficiente claridad mental y fuerza moral, podía haber visto a través de ella cuando fui a Rusia en 1922.

El libro presente [Reflections on the Failure of Socialism (Reflexiones sobre el Fracaso del Socialismo)] contiene mis principales conclusiones, o las cosas principales que he aprendido políticamente, desde que tomé esa decisión. Me imagino que algunos de sus lectores harán eco del señalamiento de Upton Sinclair en una carta reciente, de que simplemente yo “he pasado de un extremo al otro.” Pienso, por el contrario, que el paso es más corto desde la terca lucha de clases del socialismo hacia una defensa firme de la economía de libre mercado, que hacia la antigua e ilusoria noción de un deslizamiento altruista a la utopía. Es un paso más directo por tomar. La lucha todavía es por la libertad; los mismos hechos son todavía económicos; el archienemigo es todavía el idealista ingenuo, que se rehúsa a enfrentar los hechos.

Un fragmento de Reflections on the Failure of Socialism [Reflexiones sobre el Fracaso del Socialismo] (1955).

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