¿El libre mercado necesita actores racionales?

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Dos recientes viajes en avión me dieron la oportunidad de leer Predeciblemente Irracional, de Dan Ariely. Publicado en 2008, el libro de Ariely da un tratamiento popular al creciente campo de la “Economía comportamental”. Esta área combina economía y psicología (y a veces neurociencia) para tratar de comprender si las personas se comportan de la forma que el modelo económico de actor racional dice que se comporta, y en caso que no se comporte así, ¿Por qué no? Los Economistas comportamentales utilizan métodos experimentales para verificar como las personas reaccionan a diversas situaciones donde hay múltiples elecciones disponibles y verificar si ellas escogerían la opción maximizadora – la opción que, según el modelo económico estándar,  ellas deberían escoger.

Los resultados, resumiendo el libro de Ariely, son claros: Las personas actúan “irracionalmente”, en el sentido de que no escogen la opción maximizadora de utilidad (Por supuesto, la maximizadora financieramente) todo el tiempo. (Es claro que ese concepto de racionalidad es mucho más rígido que la idea Miseana de racionalidad como siendo una elección de los medios apropiados para un fin deseado). Sin embargo, como su título indica, la evidencia experimental también esclarece que esas irracionalidades no son casuales, sino predecibles. Nuestros procesos racionales están sujetos a una variedad de inclinaciones innatas que nos llevan a desviarnos del modelo de actor racional. Ariely no discute mucho las fuentes de esas inclinaciones, pero la literatura sobre la cognición indica que ellas pueden ser características de la misma estructura de nuestros cerebros que reflejan el largo camino evolutivo que creó a los humanos modernos.

Aversión a las pérdidas

Por ejemplo, una de las inclinaciones que nosotros tenemos es la “aversión a las pérdidas”. Tememos perder una cosa más de lo que valoramos ganar otra. Puestos delante de dos apuestas donde se tiene una ganancia un poco mayor, pero también riesgo de pérdidas mayores, las personas escogieron aquella con menor ganancia y menor riesgo de pérdida. Esa aversión a las pérdidas puede ser resultado de la evolución, donde evitar riesgos era más importante que la mejora de las propias condiciones.

Cualquiera que sea el origen de esas “irracionalidades predecibles”, fuertes evidencias apuntan a su existencia. Ellas importan porque en las manos de algunos, se transforman en un argumento para la limitación de las elecciones del pueblo o por lo menos, en la utilización del poder gubernamental para estructurar las opciones de una manera que se, sostienen, reducirían esas inclinaciones y nos llevarían a elecciones “mejores”. Para algunos economistas comportamentales, la irracionalidad y la previsibilidad minan el argumento a favor del libre mercado.

¿Pero será que las cosas precisan ser así? ¿Será que el argumento en favor del libre mercado depende tanto de la racionalidad humana?

Existen dos tipos de respuestas que los defensores del libre mercado pueden dar a esa aparente irracionalidad. Primero, nosotros podemos preguntar si la defensa del mercado realmente es basada en la racionalidad de actores individuales. Infelizmente, muchos enfoques del mainstream económico sugieren que ese sería el caso, y es eso lo que lleva a algunos economistas del comportamiento a pensar que la irracionalidad predecible debilita el mercado. Entretanto, otros economistas, incluso los de la Escuela Austríaca, no esperan que los actores sean estrictamente racionales para pensar que los mercados son buenos.

Racionalidad ecológica

Lo que los Austríacos y sus compañeros de viaje argumentan es que la racionalidad de los participantes del mercado no es lo que importa, sino, el contexto institucional en que actúan. En otras palabras. La racionalidad no es una característica de los individuos que realizan elecciones, sino del mercado en su conjunto. Igual que las personas cometen “errores” o no actúan de la forma que el modelo estándar sugiere, ellas recibirán retroalimentación del mercados competitivos y esa retroalimentación mostrara sus errores y les dará incentivos y conocimiento para corregirlos. Aquellos que consiguen reconocer sus predisposiciones y corregirlas, les van mejor que aquellos que no lo consiguieron, en el mercado tenemos posibilidades de hacer eso cuando son verdaderamente libres y competitivos. Es lo que Vernon Smith, ganador del premio nobel, llama la “racionalidad ecológica” Incluso si los individuos son irracionales, el sistema como un todo produce resultados racionales.

La defensa del mercado no se basa en personas haciendo elecciones perfectamente racionales. La pregunta es comparativa: ¿bajo cuales conjuntos de instituciones las personas aprenderán y tendrán incentivos para corregir los errores que inevitablemente cometieron? El arquetipo no es la perfección, es el aprendizaje.

¿Reguladores racionales?

Existe un segundo problema con la argumentación de la economía comportamental contra los mercados. Ocasionalmente, Ariel señala como esta o aquella política gubernamental puede ayudarnos a lidiar con nuestras inclinaciones en la toma de decisiones. Esta indicación no aparece mucho, pero esta presente. Lo que es interesante, sin embargo, es que él ¡nunca se pregunta si los actores políticos también serían afectados por las mismas inclinaciones! Él parece presumir que el personal del gobierno es capaz de producir políticas ideales para lidiar con la previsible irracionalidad. Pero si las inclinaciones son humanas, entonces ¿por qué confiarnos en los políticos para que respondan racionalmente? Por tanto, la pregunta vuelve a ser aquella que compara el potencial para aprender en diferentes configuraciones institucionales.

Vale la pena señalar también que Ariely tiene el hábito de explicar problemas “americanos” para referirse a esas inclinaciones. Con todo, si las inclinaciones son humanas, ¿entonces por qué los estadounidenses serían particularmente propensos a ellas? Tal vez el problema este en las políticas y no en las inclinaciones. Más políticas, como vimos en la explosión de la burbuja inmobiliaria, puede crear incentivos y bloquear el conocimiento, llevándonos a decisiones irracionales.

Los seres humanos siempre serán imperfectos y jamás serán totalmente racionales, lo que es precisamente la razón por la cual no debemos confiar en ningún humano para comandar la vida de otros.


Traducción del portugués por John Alejandro Bermeo, el artículo original se encuentra aquí.

 

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(7 de febrero, 1964) es un economista estadounidense de la Escuela Austriaca.

Se graduó de Berkley High School en Berkley, Míchigan en 1981. Se graduó cum laude con un A.B. en Economía y Filosofía de la Universidad de Michigan en 1985, recibió su M.A. (1987) y Ph.D. (1990) en Economía de la Universidad George Mason en Fairfax, Virginia.

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