Las propuestas de los socialistas utópicos

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El ideal socialista, llevado a su conclusión lógica, desemboca en un orden social bajo el cual el pueblo, en su conjunto, sería propietario de la totalidad de los existentes factores productivos. La producción hallaríase, pues, por entero, en manos del gobierno, el centro único de poder social.

La administración, por sí y ante sí, habría de determinar qué y cómo debía producirse y de cuál modo convenía distribuir los correspondientes artículos de consumo. Poco importa el que este imaginario estado socialista del futuro nos lo representemos bajo forma política democrática o cualquier otra. Porque aun una imaginaria democracia socialista tendría forzosamente que ser un estado burocrático centralizado en el que todos (aparte de los máximos cargos políticos) habrían de aceptar dócilmente los mandatos de la autoridad suprema, independientemente de que, como votantes, hubieran, en cierto modo, designado al gobernante.

Propuestas de los socialistas: ¿por qué fracasan?

Las empresas estatales, por grandes que éstas sean, es decir, las que, a lo largo de las últimas décadas, hemos visto aparecer en Europa, particularmente en Alemania y Rusia, no tropiezan con el problema socialista al que aludimos, pues todavía operan en un entorno de propiedad privada. Comercian, en efecto, con sociedades creadas y administradas por capitalistas, recibiendo de éstas indicaciones y estímulos que su propia actuación ordenan.

Los ferrocarriles públicos, por ejemplo, tienen suministradores que les procuran locomotoras, coches, instalaciones de señalización y equipos, mecanismos todos ellos que han demostrado su utilidad en empresas de propiedad privada. Los ferrocarriles públicos, por tanto, procuran estar siempre al día tanto en la tecnología como en los métodos de administración.

Bien sabido es que las empresas nacionalizadas y municipalizadas, generalmente, fracasan; son caras e ineficientes y es preciso financiarlas, mediante subsidios que paga el contribuyente, so pena de que quiebren. Desde luego, cuando una empresa pública ocupa una posición monopolista —como normalmente es el caso de los transportes urbanos y las plantas de energía eléctrica— su pobre eficiencia puede enmascararse, resultando entonces menos visible el fallo financiero que suponen. Cabe, en tales casos, que dichas entidades, haciendo uso de la posibilidad monopolista, amparada por la administración, de elevar precios, resulten aparentemente rentables, no obstante su desafortunada creencia. Manifiéstase, en estos supuestos, de modo distinto, la baja productividad del socialismo, por lo que resulta un poco más difícil advertirla. Pero, en el fondo, todo es lo mismo.

Más propuestas de los socialistas

Ninguna de las aludidas experiencias socializantes, sin embargo, sirve para advertir cuáles serían las consecuencias de la real plasmación del ideal socialista, o sea, la efectiva propiedad colectiva de todos los medios de producción. En la futura sociedad socialista omnicomprensiva, donde no habrá entidades privadas operando libremente al lado de las estatales, el correspondiente consejo planificador hallaráse huérfano de esa guía que, para la economía entera, procuran el mercado y los precios mercantiles.

En el mercado, donde todos los bienes y servicios son objeto de transacción, cabe establecer, en términos monetarios, razones de intercambio para cuanto es objeto de compraventa. Resulta así posible, bajo un orden social basado en la propiedad privada, recurrir al cálculo económico para averiguar el resultado positivo o negativo de la actividad económica de que se trate.

Cabe, bajo tales supuestos, enjuiciar la utilidad social de cualquier transacción a través del correspondiente sistema contable y de imputación de costos. Más adelante veremos por qué las empresas públicas no pueden servirse de la contabilización en sí mismo grado que las empresas privadas la aprovechan. El cálculo monetario, no obstante, mientras subsista, ilustra incluso a las empresas estatales y municipales, permitiéndoles conocer el éxito o el fracaso de su gestión.

Esto, en cambio, sería impensable en una economía enteramente socialista, pues sin la propiedad privada de los medios de producción, no puede haber mercado alguno donde se intercambien los bienes de capital, lo que supone la imposibilidad de la aparición de precios y, consecuentemente, del cálculo monetario. Los directivos de una sociedad enteramente socialista no podrían jamás reducir a común denominador alguno los costos de producción de la heterogénea multitud de mercancías cuya fabricación programaran.

Fragmento del libro Liberalismo por Ludwig von Mises.

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