Las ideas de Marx nunca funcionaron ni funcionarán

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Los marxistas son prácticamente los únicos pensadores que no aceptan responsabilidad alguna, por las aproximaciones de sus ideas al mundo real.

Esta semana marcará el aniversario 200 del nacimiento de Karl Marx. Será ocasión para un diluvio de artículos, que repiten el muy usado estereotipo de que, aunque las predicciones de Marx no se materializaron, su análisis del capitalismo es, no obstante, acertado y que, incluso en la actualidad, permanece siendo altamente relevante. De hecho, la oleada ya ha empezado.

Esos artículos contendrán una abundancia de intentos torpes de apretujar desarrollos contemporáneos dentro de un marco marxista, a fin de plantear el caso de que el gran hombre vio llegar todo. Habrá un despliegue abundante de citas oscuras de Marx, las cuales, como las citas de Nostradamus, tendrán la virtud de prestarse a sí mismas para una proyección. Aquellos artículos terminarán en lugares comunes, como “Marx todavía tiene mucho que enseñarnos,” o “usted no puede entender al capitalismo moderno sin entender a Marx.”

Por supuesto, respetarán el protocolo de cualquier discusión contemporánea del marxismo: que los resultados de intentos en el mundo real de ponerlo en práctica nunca, pero nunca, deben ser invocados contra las ideas de Marx. Hasta la mención de la Unión Soviética o un sistema similar, en una discusión acerca del marxismo, hoy será considerada como torpe y burda. El supuesto subyacente es que una persona sofisticada es capaz de comprender la diferencia entre una teoría y una aplicación distorsionada, a la vez que mezclar ambas es marca de una mente simple.

LA PUESTA EN PRÁCTICA EN EL MUNDO REAL DE UNA TEORÍA POLÍTICA NUNCA ES PURA

En cierto sentido, el marxismo es un caso atípico. No haríamos tal cosa con cualquier otra teoría política o económica. La cuestión acerca de las teorías políticas y económicas es que nunca son puestas en práctica de forma pura.

Todas las aplicaciones en el mundo real de ideas políticas y económicas son, en cierto grado, distorsiones. En el tanto en que algunos gobiernos simplemente aparentan llevara a cabo sus políticas con el paso del tiempo (siendo el actual nuestro un buen ejemplo), otros tienen un hilo en común reconocible, conformado por un conjunto específico de ideas. Más notoriamente, el Nuevo Laborismo estuvo claramente influido por el concepto de una “Tercera Vía,” de Anthony Giddens, una forma de democracia social que hace la paz con la economía de mercado.

Las políticas económicas de Margaret Thatcher fueron influidas por pensadores de libre mercado, como Friedrich Hayek. El primer gobierno de la posguerra de Alemania Occidental estuvo influido por el “ordoliberalismo,” una escuela de pensamiento económico que trató de combinar la economía de libre mercado con una política activa de competencia. Aun así, en cada uno de estos casos, si uno observa lo que dijeron los pensadores originales y luego lo compara con lo que hicieron los políticos influenciados por ellos, siempre encontraremos un bache masivo entre los dos.

Por supuesto que hay un bache masivo. Siempre hay influencias políticas que compiten entre sí; siempre hay interpretaciones equivocadas (deliberadas o genuinas) acerca de una teoría; siempre existe el riesgo de un gobierno al que se le acaba la energía o que pierde el interés y siempre hay idiosincrasias propias de cada país y rarezas que se interponen en el camino. Por lo tanto, no es sorprendente que, en el tanto en que los pensadores originales viven para ver que algunas de sus ideas son adoptadas, rara vez están contentos con eso. Anthony Giddens no estaba precisamente feliz con el gobierno del Nuevo Laborismo.

Uno de los parientes de Hayek, quien solía asistir a los eventos del Instituto de Asuntos Económicos de Londres, una vez mencionó que tampoco Hayek estaba especialmente impresionado con el gobierno de Margaret Thatcher. Similarmente, cuando los ordoliberales de Alemania Occidental dan una descripción del gobierno de Konrad Adenauer, ellos tienden a hablar de los primeros días con algún entusiasmo y acerca de los últimos años con una exasperación palpable. Pero, no obstante: juzgamos esas ideas, al menos parcialmente, por el éxito o los fracasos de las políticas que ellos ayudaron a inspirar.

Sí, por supuesto, no debemos ser tan severos con los adherentes de aquellas ideas, cuando señalan cómo los políticos han malinterpretado y distorsionado las ideas. Bien podríamos darles el beneficio de la duda, cuando alegan que los resultados podrían haber sido mucho mejores, si los políticos hubieran sido más honestos con las ideas originales.

SI UNA IDEA ES BUENA, SOBREVIVIRÁ UNA IMPERFECTA PUESTA EN PRÁCTICA

Todo eso es suficientemente justo. Pero, no constituye una tarjeta para “Salir Libre de la Cárcel” del juego del Monopolio, y no debería serlo. Si para que puedan funcionar sus ideas se requiere de estándares imposibles de pureza para ponerlas en práctica, entonces, tal vez, sus ideas no son tan grandiosas como usted piensa que lo son.

Una idea resultará ser OK incluso en una versión distorsionada o pobremente puesta en práctica. Eso, probablemente es una gran parte de lo que hace que una idea sea buena. La pregunta no es si Karl Marx, en caso de que hubiera regresado a la vida un siglo después, habría sido un gran aficionado de la Unión Soviética, de la República Democrática Alemana o de la República Popular de Hungría.

Casi con certeza que él no lo habría sido. Bien podría haberse quedado en Londres, escribiendo artículos malhumorados para el Guardian o el New Statesman, acerca de cómo los políticos en esos países estaban desfigurando sus ideas. ¿Y qué? Las teorías políticas y económicas nunca son puestas en práctica en su forma pura y sus adherentes raramente se ven impresionados por políticos que alegan estar inspirados en aquellas. Eso es lo normal.

No obstante, los marxistas son prácticamente los únicos pensadores que no aceptan responsabilidad alguna, por las aproximaciones de sus ideas al mundo real. Los proponentes de la Tercera Vía pueden haberse desesperado con Blair, los hayekianos pueden -y así lo hacen- quejarse todo el día acerca de las limitaciones de la señora Thatcher y los ordoliberales han escrito condenas mordaces de Konrad Adenauer. Pero, pregúnteles si piensan que sus gobiernos, en balance, ocasionaron más bien que mal; pregúnteles si ellos piensan que sus gobiernos eran preferibles a las otras alternativas viables -y usted obtendrá un inequívoco e incondicional “Sí” como respuesta.

Por contraste, difícilmente algún marxista contemporáneo aceptaría que, cualquier cosa que sea el socialismo “real,” con certeza la Alemania Oriental se acercaba más a él que la Alemania Occidental, que Corea del Norte estaba cerca de ser aquél que Corea del Sur, que Venezuela se acerca más al socialismo que Perú, que la China Maoísta se aproximaba a aquél que Taiwán, etcétera.

¿Y por qué habrían de aceptarlo? Si eso funciona para ellos. Cualquier otra idea es juzgada por sus aproximaciones al mundo real, con sus defectos y otras cosas, como necesariamente toscas, incompletas e imperfectas. Pero sólo el marxismo tiene el lujo de ser juzgado puramente como un conjunto de ideas, a las que algo tan mundano como la experiencia del mundo real nunca podría manchar.

Reimpreso de CapX.

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