Las enfermedades de la democracia

0
163

Hoy en día la democracia recibe la aceptación general de la humanidad, no obstante, también sufre de enfermedades que hacen que otros duden de su supervivencia. ¿Es la democracia principalmente la expresión política del principio de soberanía individual? O, ¿está más bien caracterizada por la igualación de los derechos y la condición de los ciudadanos? O, ¿debe entenderse como la expresión de sentimientos comunales y nacionales?

En lo que se refiere al lado procedimental de los acuerdos políticos, las constituciones son vistas crecientemente como expresiones de que la lucha de clases debe dejarse de lado tan pronto como una nueva coalición popular logra el poder. La democracia representativa, por la cual los ciudadanos delegan decisiones políticas a diputados, senadores o presidentes, es considerada como elitista. El referendo, que debería ayudar a la gente a que sus voces sean escuchadas en torno a cuestiones de importancia elevada, a menudo se convierten en plebiscitos y se hacen instrumentos de confrontación e incluso de opresión. La separación de poderes, diseñada como una barrera para detener decisiones precipitadas para satisfacer la opinión de corto plazo, continuamente es dejada de lado por demagogos hambrientos de poder.

Si miramos lo material en vez del contenido formal de la política, también la imagen es deprimente. El estado de bienestar, adoptado por muchas naciones después de la Segunda Guerra Mundial, es un sueño que fácilmente puede convertirse en una pesadilla. La creencia de que el estado debe proteger a los individuos “desde la cuna hasta la tumba,” si se le toma en serio, resulta en violaciones de la libertad individual. El arte y la ciencia deben ser protegidos y financiados por la administración pública. Los servicios de salud deberían ser universales y gratuitos en el lugar de servicio. El “principio de precaución,” especialmente en la Unión Europea, justifica una regulación creciente. En resumen, las democracias deben promover la felicidad y el bienestar de la población, por cualesquiera medios a mano o a cualquier costo.

Mi tesis es que la única forma de salvar a la democracia de las contradicciones que causan tanto descontento, es tomar a la libertad individual como el principio básico y reinterpretar los otros dos elementos como subordinados al principio de la individualidad.

EL INDIVIDUO Y LA DEMOCRACIA

Lógicamente hablando, la democracia es un corolario de la soberanía individual. Los individualistas, que ven a la libertad individual como la base de una sociedad bien ordenada, serán naturalmente guiados a la defensa de la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Ellos querrán que sus voces sean escuchadas y que su voto cuente en cuestiones comunales que les afectan.

No obstante, los liberales clásicos enfrentan dos tipos de problemas en la práctica de la democracia. Una es que las decisiones políticas siempre tienen un elemento de imposición, que puede conducir a la opresión de las minorías. La otra es que la complejidad de los mecanismos políticos permite que grupos pequeños exploten el sistema democrático, en su propio beneficio.

El paso desde la acción privada individual hacia la decisión democrática colectiva no es uno fácil. Qué tan diferente es tomar decisiones en la esfera privada en comparación con decisiones en el ámbito público, fue bien expuesto por Milton y Rose Friedman en su libro Libertad de Elegir(1980)

“Las urnas producen el asentimiento sin la unanimidad; el mercado, unanimidad sin asentimiento. Es por ello por qué es tan deseable utilizar las urnas, en la medida en que ello sea posible, únicamente para aquellas decisiones en las que el asentimiento es esencial.”

Las elecciones en los mercados y los contratos privados son fundamentalmente diferentes de las decisiones de la autoridad y de acuerdos comunales. En la vida familiar, en las relaciones personales y en el mercado, reina un tipo especial de unanimidad, asentimiento “nemine discrepante,” cuando dos están de acuerdo y el resto se abstiene. Es decir, en el campo privado, cuando dos personas o dos firmas llegan a un acuerdo de beneficio mutuo, el resto de la sociedad se abstiene. [1] Economistas desde John Stuart Mill y Artur Pigou han insistido mucho en la idea de que todos los acuerdos privados tienen “externalidades” que tienen que ser corregidas. En vez de ello, uno debería seguir a Ronald Coase, y decir que los llamados “fallos del mercado” son adaptaciones óptimas de los individuos a defectos de la política y de las instituciones. Como lo ha enfatizado James Buchanan, el concepto de externalidades asume que, alguna autoridad fuera de aquellos implicados en un acuerdo, puede definir cuál sería del resultado óptimo. Más bien, si aquellos que están implicados encuentran defectos en el resultado, ellos cuestionarán el marco institucional en donde ellos operan. [2]

La esencia de la política es que la mayoría impone su voluntad sobre la minoría, en busca de un objetivo social. Por tanto, las constituciones liberales clásicas deben estar de acuerdo con consolidar el respeto a los derechos humanos, la defensa de la propiedad privada y la vigencia de los contratos. No obstante, siempre hay un remanente de preguntas que demandan ser acordadas por una mayoría, al menos en asuntos de justicia y de defensa y en los impuestos necesarios para financiarlos. He aquí el origen de los defectos de la acción pública y del peligro de que decisiones mayoritarias resulten en la opresión o explotación de las minorías, e incluso en una tiranía populista.

SALVANDO A LA DEMOCRACIA DE SI MISMA

¿Qué debe hacerse? Podríamos tratar de cambiar nuestras leyes electorales. Por ejemplo, los senadores y los diputados del Congreso de los Estados Unidos podrían estar sujetos a una duración limitada. Podrían efectuarse referendos frecuentes, en las líneas de Suiza. Y, mientras que estamos en eso, podríamos también descentralizar radicalmente el poder, como lo es en los cantones suizos. O reescribir nuestras constituciones para alejarlas de los catálogos de derechos sin obligaciones, que es en lo que se han convertido. Y reforzar los frenos y contrapesos sobre el poder ejecutivo, que solía ser su esencia.

Temo que debo expresar mi escepticismo en relación con estas reformas. En su diversidad, todas las leyes electorales son imperfectas y los cambios satisfacen a pocas personas. Los referendos han sido una fuerza para el bien en Suiza, un proceso tolerable en Canadá y algo fallido en California. La desconcentración es positiva cuando no es transformada en un nacionalismo metafísico. Incluso una constitución como aquella de los Estados Unidos, que aparece como un bastión inamovible de libertad, ha sido cambiada por la Corte Suprema, algunas veces para bien, algunas veces para mal, siguiendo los estados de ánimo de la opinión pública. Así, encuentro la creencia de Buchanan en la reforma constitucional y las limitaciones constitucionales, tal vez como un algo ingenua.

TRES FUERZAS POR LA LIBERTAD

La democracia camina a paso lento gracias a tres ponderosas antitoxinas. En primer lugar, parece haber estabilizadores políticos automáticos operando en el sistema. Encuentro impactante que el tamaño del estado, incluso de los países más intervencionistas, se reduce a un promedio del 40 o 50 por ciento del PIB al darse cuenta los votantes de que ir más allá pone seriamente en peligro al crecimiento. Si bien todavía es una proporción elevada de nuestra producción anual, debemos estar agradecidos con unas pequeñas misericordias: en el largo plazo, la competencia entre las democracias con respecto a libertad personal, progreso económico y proezas científicas tiene una resonancia positiva en muchos votantes. Cuando se hace evidente que políticas “liberales” [Nota del traductor: liberal en los Estados Unidos podría describirse como intervencionista] o “socialdemócratas” se han convertido en un obstáculo a la prosperidad, con frecuencia surgen movimientos en favor de políticas de libre mercado. Tales reacciones contra la deriva de la “sociedad aletargada” en el socialismo tuvieron su lugar en Gran Bretaña con Margaret Thatcher, en los Estados Unidos con Ronald Reagan, en Nueva Zelandia con los ministros de economía Roger Douglas y Ruth Richardson, en Polonia gracias a Leszek Balcerowicz y en Suecia bajo Carl Bildt. Sin embargo, para una persona de convicciones democráticas y de creencias en el libre mercado, hay otras dos razones más poderosas para tener esperanza: el comercio internacional y los descubrimientos tecnológicos.

La primera es el libre comercio. En un país grande como los Estados Unidos o un área considerable como la Unión Europea, el comercio internacional y la migración, a pesar de los reguladores, siempre serán una fuerza para la competencia. Esto incluso es más cierto para países pequeños, cuyo tamaño necesariamente les obliga a ser abiertos hacia el mundo. En ambos casos, el comercio internacional será una poderosa antitoxina contra las coaliciones de buscadores de rentas. Es tan sólo en las economías de tamaño medio, con un mercado nacional lo suficientemente grande como para que las firmas establecidas prosperen, que los grupos de interés con influencia política estarán en capacidad de mantener sus posiciones contra la competencia internacional. El antimonopolio será utilizado como una hoja de parra para cubrir sus partes privadas contra las miradas curiosas. De la misma forma, estos países proteccionistas usarán la ayuda internacional para tapar el daño ocasionado a los países en desarrollo, a causa de sus restricciones a las importaciones. Esta es una de las razones por las cuales a la gente que defiende un “Brexit duro” les gustaría ver a Gran Bretaña dejar la Unión Europea sin más ruido y abrir sus fronteras comerciales unilateralmente a todo el mundo.

La segunda razón para tener esperanza es el inmenso desarrollo del mundo digital. Las nuevas tecnologías de comunicación, las grandes bases de datos en la nube, la abundancia creciente de información abierta, la manufactura por internet, la impresión en 3D, etcétera, parecen imparables. El balance de la destrucción creativa de Joseph Schumpeter será positivo, a pesar de los esfuerzos de las autoridades estatales de controlar a la internet y a la gente que la usa.

LA DEMOCRACIA SE PUEDE APRENDER

No quiero sonar muy pesimista, debido a que es un hecho observable que la democracia en etapas superiores de la civilización, es menos imperfecta que en países que apenas están empezando a aprender las extrañas ceremonias de la libre expresión, de cortes independientes, de la propiedad privada y del respeto a la dignidad de los individuos. Sin avergonzarme de nada, mantengo que es mejor, como solía decirlo Karl Popper, estar en capacidad de cambiar su gobierno sin derramar sangre: es un enorme avance en las costumbres políticas enviar a sus adversarios a las bancadas de la oposición, en vez de fusilarlos al amanecer o condenarlos a prisión de por vida, después de una racha de tortura. Votar en sí es un procedimiento curioso, que hemos acordado que exista en vez de la ideología más natural expresada por el dicho de que el poder surge de la boca del cañón.

Con todo y sus fallas, la democracia es mejor que otros acuerdos políticos. Yo prefiero vivir en uno de esos destartalados territorios autónomos de Occidente, que en Rusia o China, mucho menos en Cuba. Requiere de mucho tiempo y paciencia adquirir los hábitos de tolerancia y disgusto ante la opresión, incluso de nuestros propios enemigos. Pero, estos hábitos pueden aprenderse. La experiencia y la crítica pueden ayudarles a los países a evitar los peores defectos de la gobernabilidad popular.

Una precondición para que esas tres fuerzas que mencioné tengan éxito en purgar a la democracia de sus peores hábitos, es nunca cesar el esfuerzo de descubrir nuevas ideas de progreso y nuevos argumentos para la libertad.


NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1] Un acuerdo comercial, tal como la venta de una casa, resulta en el beneficio mutuo de las partes involucradas, lo cual en principio no afecta al resto de la sociedad. Esto no significa negar que tal contrato tiene consecuencias sobre terceros, en el tanto en que (aunque sea mínimo) influye en los precios de los bienes raíces. Pero, es una regla a la cual debemos atenernos, que no debe interferirse en el efecto pecuniario de las transacciones, debido a que la información reunida en los precios es necesaria para el comportamiento correcto y racional de los individuos.

[2] Ver James Buchanan (1984): “Rights, Efficiency, and Exchange: The Irrelevance of Transaction Cost.”


Esta es una versión revisada de un comentario que presenté en la Reunión General de la Sociedad Mont Pelerin de setiembre-octubre efectuada en Las Palmas de Gran Canaria.

Author profile
Pedro Schwartz

Es el profesor de investigación en economía “Rafael del Pino” de la Universidad Camilo José en Madrid. Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en Madrid y es un contribuyente frecuente de los medios europeos en temas actuales financieros y de las escena social. Actualmente es presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

Leave a reply

Ir a la barra de herramientas