La vida después de huir de la Cuba de Castro

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Mi familia comprendió que, si quería dejar de vivir en un constante modo de supervivencia, tendría que tomar la difícil decisión de dejar su hogar en Cuba.

Cuando Mercedes (“Mercy”) Rodríguez arribó a los Estados Unidos aquel día de otoño en 1979, la primera cosa que notó fue lo limpias y amplias que eran las calles.

La refugiada cubana de 15 años de edad acababa de llegar en un avión que transportaba una docena de prisioneros políticos, incluyendo a su padre y hermanos. Ellos habían estado en listas negras y después fueron detenidos por oponerse al arribo al poder de Fidel Castro, pero, ahora estaban siendo liberados después de años de prisión, como parte de un acuerdo entre los Estados Unidos y la Cuba comunista.

El vuelo de Cuba a Miami fue un momento histórico capturado por varias fuentes noticiosas locales. Pero, para Mercy era tristeza. Ella estaba dejando al único hogar que alguna vez conociera.

En sólo 30 minutos, Mercy dejó atrás a su primera vida. Sus amigos, sus fotos de la familia y la finca que por años sus padres poseyeron, fueron algunas de las pocas cosas que ya ella no podría ver de nuevo, aún cuando no sabía eso al abordar nerviosamente el avión con su familia. Al llegar al aeropuerto, el nudo en su estómago tan sólo aumentó cuando los funcionarios le pidieron al piloto que detuviera el avión a medio camino en la pista, para que las identidades de los pasajeros pudieran ser verificadas. A los funcionarios de migración les tomó unas pocas horas confirmar a cada pasajero en el vuelo. Entonces, con sólo las ropas sobre sus espaldas (dado que los funcionarios cubanos no les permitían a los refugiados llevar cosas personales consigo), Mercy y su familia fueron liberadas. Pronto ellos se verían reunidos con sus abuelos, quienes habían huido de Cuba en 1968.

TODO UN MUNDO NUEVO

Sólo unos pocos cientos de millas separan a Miami y Cuba. Pero, para Mercy, los Estados Unidos se sintieron como un mundo nuevo. En Cuba, a las mujeres se les prohibía usar minifaldas y otras ropas “reveladoras.” Si un policía veía a una mujer usando un vestido atrevido, ellos las marcaban con estampillas para avergonzarlas. La gente gay eran un blanco, golpeados y puestos en prisión. A la gente no se le permitía escuchar música estadounidense.

Los Estados Unidos era diferente. “Era como ir a Disneylandia. Todo era tan limpio y bello,” recuerda Mercy, 40 años después. “Nunca antes de aquel día había probado una manzana. En Cuba no había.”

Con esta libertad vino un entendimiento agridulce, de que, debido a sus padres, ella era una de las afortunadas.

“Ahora he estado en Miami por 40 años. Todos los días le doy gracias a Dios porque crecí aquí,” dijo Mercedes.

“Vivir en Cuba era una tortura. Cuando usted vive en un país comunista, usted le tiene miedo a todo ̶ de hablar, de ir a lugares. Usted siempre está atemorizada, pero no se da cuenta de ello sino hasta que usted viaja hacia la libertad.”

Tan sólo un año después, José Prado, de 21 años de edad, mi padre, experimentó una oleada similar de emociones, al llegar a los Estados Unidos con sus padres en 1980, en el éxodo del Mariel (the Mariel boatlift).

Creado en una familia religiosa en Lawton (en la ciudad de la Habana, Cuba), Prado y su familia eran parte de un éxodo masivo de cristianos que huían de la mano dura de Castro contra la libertad religiosa, lo que incluía el acoso, retraso en las raciones alimenticias y, en ciertos momentos, hasta la prisión. (La represión devenía de la influencia de la Unión Soviética sobre Cuba y su intolerancia hacia la religión). La familia Prado entendió que, si quería dejar de vivir en un constante modo de supervivencia, tendría que tomar la difícil decisión de desarraigarse en busca de una vida sin censura.

LA DIFERENCIA ENTRE LA HABANA Y MIAMI

Algunas veces me pregunto cuántos corazones rotos yacen entre La Habana y Miami.

Mis padres, Mercedes (“Mercy”) Rodríguez y José Prado, lucharon por sobreponerse ante el desplazamiento y los sesgos que vienen con él y para darles, a mi hermano y a mí, todas las oportunidades que les fueron robadas de niños. Yo crecí mirando a los cubanos “siempre inventando” nuevas formas de salir adelante, al empezar sus propias empresas, estimulándonos a nosotros, los hijos, para que fuéramos a la universidad y persiguiéramos el sueño americano (todo, al tiempo que en el camino ayudamos a nuestros vecinos). Mi gente construyó una ciudad desde abajo hasta arriba y decoró sus parques, museos, monumentos y calles, como tributo a la pequeña isla en el Caribe, cuya pérdida lamentamos con cada trago de café cubano que nos tomemos.

Una vez escuché decir a un profesor muy sabio, “el comunismo es la diferencia entre La Habana y Miami.”

Tengo la esperanza de que algún día ese decir dejará de ser cierto.


Traducción por Jorge Corrales.

Author profile
Michelle Prado

Michelle es asociada principal del programa FEE. Como recién graduada, su enfoque principal es obtener experiencia práctica en el campo de la teoría / aplicación política y la retórica. Ella asiste al Director de Programas en la planificación y ejecución de seminarios que educan a los estudiantes de secundaria sobre economía.

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