La suplantación monstruosa: la libertad en tiempos de pandemia

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De golpe, las democracias liberales occidentales han dejado de serlo; el planeta ha sido encarcelado y el Coronavirus no es meramente un virus.

En el último mes hemos presenciado el cierre casi hermético de las economías y el recrudecimiento de los aparatos de control estatales. Una agente microscópico amenaza con poner fin a nuestra existencia tal y como la conocemos. La amenaza es global y las salidas más allá del distanciamiento social no parecen prometer. Es por esto que, ante las acciones que están tomando los estados de confinamientos obligatorios y de detención del tejido productivo, la reflexión a partir de la filosofía de la libertad se hace más necesaria que nunca.

La filosofía política liberal durante el siglo XX avanzó en tratar de limitar el poder político y de dilucidar cuáles son los alcances y límites de la libertad individual humana; serias reflexiones, debates y tratados se han escrito al respecto. Sin embargo, muchas de estas reflexiones, ante el creciente aumento del estatismo en las últimas décadas desde la Gran Sociedad de Johnson, quedaron en papel y en las meras reflexiones de círculos marginados y Think Thanks  que muchas veces pasaron a ser estigmatizados y acusados de propaganda ideológica. A pesar de ello, las ideas no mueren, y esta no es una afirmación idealista e ingenua, pues sus efectos materiales logrado ha podido ser palpables, pero hoy se encuentran en serio peligro.

En las siguientes línea me propongo reflexionar sobre los dos conceptos de libertad que ha el filósofo Isaiah Berlin en su ya clásico escrito Dos conceptos de libertad a la vez que lo comparo con la metástasis tecnocrática  que ha explotado en los últimos meses. Lo traigo a colación debido a la importancia que tiene en este momento de excepción, donde por primera vez en décadas tememos por el futuro de nuestras libertades.

La libertad negativa o libertad «pura» vs la libertad positiva o libertad «superior»

El concepto negativo de libertad se ha entendido de manera certera y sencilla como  no-coacción o restricción sobre los fines que persigue un individuo. En ese sentido, tiene que ver sabe cómo es el espacio al que el sujeto se le deja o se le ha de dejar que haga sin que éste sufra ninguna interferencia por parte de un actor o un conjunto de actores. «Entiendo por ser libre, en este sentido, no ser importunado por otros. Cuanto mayor sea el espacio de no interferencia, mayor será mi libertad» (Berlin, [1958], 2014: 62-63)

Ante tal definición que podría ser engañosa si no se hacen los matices correspondientes, pueden hacérsele, evidentemente, varias interrogaciones. Así, ¿Cuál sería el límite de este tipo de libertad? ¿Está justificada la coacción en aras de un «bienestar general»?

Ante tales interrogantes, Berlin responde que en efecto existen cierto de tipo de obstáculos que truncar esa libertad de.  Por el hecho de que los seres humanos tengamos una serie de limitaciones que nos restringen es un hecho; dicha impotencia para alcanzar un fin no indica una falta de libertad política. En este caso, depende de la teoría social y económica que se tenga alrededor de cuestiones estructurales de por qué ciertos individuos no pueden tener la posibilidad y la libertad de acceder a ciertos recursos y bienes. En cambio, ciertos tipos de restricciones en efecto pueden tener que ver con el ejercicio de la coacción por parte de una persona o grupo sobre otro(s) de tal manera que éste se encuentra en un estado de necesidad por culpa de esa actuación injusta.

Berlin advirtió, no obstante, que los fines que persiguen los hombres en su libertad «natural» pueden chocar entre sí dentro del campo de acción donde se sitúan. Por lo que si puede aceptar, prima facie, una limitación férrea de esta libertad para evitar el caos.

Entendiendo el  ámbito de la libertad negativa, las medidas que se han adoptado en los últimos meses alrededor del mundo generan unas preguntas que pone contra la espada y la pared a este tipo de libertad: ¿Puede apelarse a la responsabilidad de los individuos que hacen uso de su libertad de y así evitar una coacción externa violenta y amenazante con el fin de proteger, se arguye, las libertades de los otros? La pregunta queda abierta, pero lo a lo que sí se debe apuntar es la legitimidad para que un agente externo imponga los límites que considera correctos.

Mientras la libertad negativa consiste la evitar las interferencias externas —restringir al máximo el control por parte de terceros— la libertad positiva o «superior» es la libertad de ponernos límites y control a nosotros mismos. En palabras de Berlin: «Quiero ser alguien, no nadie; quiero actuar, decidir, no que decidan por mí; dirigirme a mí mismo y no ser accionado por una naturaleza externa o por otros hombres como si fuera una cosa, un animal o un esclavo incapaz de jugar mi papel como humano, esto es, concebir y realizar fines y conductas propias» (Berlin [1958], 2014: 76). En definitiva: se trata de la capacidad que tiene cada individuo de tener el control sobre su propia vida, es decir, la facilidad que tiene el yo superior (la conciencia y la razón) de controlar a su yo inferior (pasiones y deseos). Esta libertad es la que hace hincapié, sobre todo, en la ética y la moral.

En este punto, ambas libertades pueden entender como dos caras de la misma moneda: «yo me controlo hasta el punto de que nadie más me controla». Sin embargo, existen personas que pueden controlarse a sí mismas, piénsese por ejemplo en un adicto a la heroína que lleva un tiempo en estado de abstinencia y vuelve a recaer. Esto quiere decir que no es positivamente libre; esto es, no está actuando racionalmente en su propio interés, incluso cuando su libertad negativa no está siendo limitada (nadie le está forzando a consumir droga).

No obstante, existe una brecha entre ambos tipos de libertades. Al respecto, para el autor, se cruzan dos preguntas, a saber: si en la libertad negativa me pregunto «¿Quién me gobierna?», para hablar de libertad positiva debo preguntarme: «¿Hasta qué punto sufro la interferencia del gobierno»? Para Berlin fue complicado definir dónde comienza la libertad privada y dónde la pública.

A este último interrogante: si la libertad positiva es ser libre para algo, para llevar determinado estilo de vida, su justificación puede desatar la peor de las tiranías de expandirse a toda la sociedad cuando un individuo o grupo de individuos se ha hecho con un aparato de control y coacción. La libertad positiva es consecuencia de la libertad negativa. Justamente este punto es que el interesa hoy: esa libertad que se han arrogado los estados impersonales para imponer un determinado ethos en tiempos de excepción pandémica.

La suplantación monstruosa y el tecnoEstado totalitario

Como mencioné más arriba, es posible hablar de dos yoes: uno «inferior» que sería irracional, desmedido e impulsivo, y uno «superior», que sería racional, prudente y previsor. Por tanto, se entiende que sólo se puede ser positivamente libre el yo superior domina al inferior. De esta distinción lo que a Berlin le preocupaba en demasía el abismo que surgía entre esos dos yoes. Su punto radicaba en el problema de que ese yo «superior» o «real-auténtico» se identificase con un grupo social (una tribu, un clan, una colectividad o el propio Estado) por lo que «esta entidad se identifica como el «verdadero» yo que, imponiendo su voluntad única, colectiva u «orgánica» sobre sus «miembros» recalcitrantes realiza su propia libertad «superior», es decir, la de ellos» (Berlin [1958], 2014: 78). Es de esta manera como este grupo —el Estado hoy— podría acabar suprimiendo los deseos individuales imponiendo su voluntad sobre ellos y justificando todo tipo de violencias al suprimir esas pulsiones ocultas, inferiores e irracionales, los individuos se estarían realizando a través del grupo y tal realización no se vería de ninguna manera como coacción sino como una liberación de sus instintos y pasiones inferiores.

A la anterior Berlin lo llamó «suplantación monstruosa» y es en buena media lo que empieza a suceder en Occidente con el nacimiento de los estados-Nación modernos y se va acentuando hasta llegar al estado de excepción en el que no encontramos en la actualidad.

La crisis del Sars-Cov-2 ha sacado a relucir todos los aparatos de disciplina, control y represión sobre los individuos en aras de reprimir sus yoes inferiores en nombre de sus yoes reales («quedarse en casa en la mejor opción», «si salgo me voy a contagiar y voy a contagiar a otro»). En la lógica de la obligatoriedad a partir de la conculcación de nuestros derechos libertades básicas, está la aniquilación de la libertad negativa de  en nombre de la protección, dícese, de nuestros intereses en el corto, mediano y largo plazo. No hay espacio para objeción alguna. Todos deben obedecer y bajar la cabeza.

Resulta particular de esta suplantación monstruosa ya no solamente la limitación a los derechos y libertades individuales, sino las nuevas formas en que ese Estado se ha erigido. Las técnicas hoy abarcan todo el espectro tecnológico de radiofrecuencias, terminales y redes comunicativas y la recolección masiva de datos móviles personales, escáners que miden la temperatura del cuerpo y avisan por medio de aplicaciones a quienes estuvieron cerca a esa personas y, en definitiva,  de vigilancia ininterrumpida con reconocimiento facial como en el caso del China cuyas técnicas de estado comenzado a ver en Occidente.

En la actual crisis que vivimos se han impuesto una serie de medidas restrictivas de la liberta negativa de las personas sin precedentes; hoy los fines se ven truncados de manera deliberada por la autoridad estatal al punto de que existen sanciones monetarias, por ejemplo, por transitar sin ninguna «justificación». Queda por tanto prohibida toda aglomeración de personas y todo acercamiento entre individuos a menos de dos metros. La excepción es la regla que lo justifica.

Otras medidas más totalitarias, siguiendo el esquema asiático, camufladas de «pedagógicas», han apostado por el control biopolítico directo sobre los cuerpos/sexos de las personas con el fin de hacer más fácil a las autoridades policiales las labores de control. ¿Se recrudecerán  estas  medidas de disciplina estricta sobre los cuerpos?

En esa medida, la sustitución de los individuos y sus márgenes de maniobra se han visto completamente cooptados por la acción centralizada del Estado.

Poco a poco, para nadie es un secreto, las técnicas asiáticas de control han ido migrando a Occidente en medio de la crisis planetaria; los gobiernos las han venido poniendo marcha en tándem con los gigantes de la comunicación como Facebook y Google, los nuevos señores feudales paradójicamente en un capitalismo de vigilancia. Se trata, pues, de una serie de aplicaciones virtuales para monitorear  a la población bajo la excusa de seguir los focos de contagios y a personas específicas que padecen el virus, lo que supone de facto la interferencia absoluta sobre la vida privada y la supresión de ésta ¿Tambalea el liberalismo occidental?. Nadie se escapa de la hipervigilancia en nombre del «bienestar general». Una vez en la base de datos y en la mira del gobierno, no hay escapatoria.

Además del confinamiento obligatorio y sus implicaciones sociopsicológicas —depresiones, desconfianza del otro, desesperación, suicidio, etc.—, hay que sumarle la freno en seco de los aparatos productivos de los países en medio de una ya anunciada Recesión mundial; las cotizaciones en los grande índices bursátiles han caído, los shocks de oferta y de demanda se replican por todo el globo y las gentes miran el futuro con absoluta incertidumbre y terror.

Volviendo a las distinciones entre libertad negativa y positiva, en la situación actual dichas nociones pierden todo el sentido, pues ha sido el exceso de libertad positiva la que ha engendrado el entorno totalitario en el que nos encontramos, atrapados, con miedo e incertidumbre. Un monstruo se ha levantado, supuestamente, para evitar que nos autodestruyamos ha aniquilado por completo nuestras posibilidades de ser autónomos.

Es acá cuando la reflexión sobre la libertad se hace más pertinente, pues nunca nos habíamos encontrado ante una supresión tan directa de nuestra libertades y el ideal liberal tan amenazado.  Estamos a la puertas de una tiranía totalitaria de corte digital en la que estaremos siendo escaneados y seguidos las veinticuatro horas del día si violamos las normas de cuarentena impuestas. Y pese a esto, en cuanto lo que podemos hacer como personas, la apelación a la responsabilidad individual se hace necesaria ¿O acaso Suecia no apostó por ella? Sin embargo, ¿es momento para confiar en nuestra libertad individual de obrar con cautela y previsión? Lo dejo a consideración del lector.

Por lo pronto,  no es momento para la sumisión; hoy la reflexión sobre nuestras libertades es más necesaria que nunca porque no sabemos si hay vuelta atrás o si se trata de un momento de tránsito a un nuevo orden anunciado ¿Se trata, de nuevo, del fin del modelo liberal-democrático que ha imperado en nuestras sociedades en el último siglo?, uno donde si no nos despertamos y cuestionamos las medidas tomadas que se presentan sine die, acabaremos siendo pisoteados con la bota a la que nos han acostumbrado y a la que hemos también cogido afecto (síndrome de Estocolmo estatal).

¿Se trata, de nuevo, del fin del modelo liberal-democrático que ha imperado en nuestras sociedades en el último siglo? ¿Vamos, como dice el filósofo Byung Chul-Han, hacia un feudalismo digital con características de mercado donde los grandes entes suprapersonales y transnacionales son los monstruos que nos mantienen a raya a través de nuestros miedos?

Fuente(s)

  • Berlin, I. ([1958] 2014). Dos conceptos de libertad y otros escritos. Madrid, España: Alianza Editorial
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Estudiante de antropología y psicología
Liberal y a ratos anarquista filosófico.

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