La regla de oro es tan dorada como siempre

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Durante tres horas, el famoso “plantón en la puerta de la escuela” fascinó la atención del país. El gobernador de Alabama, George Wallace, bloqueó físicamente la entrada al Auditorio Foster en la Universidad de Alabama en Birmingham.* Su intención era impedir que dos estudiantes se registraran para recibir clases. ¿Por qué?

No tenía nada que ver con el contenido del carácter de ellos y sí todo que ver con el color de su piel. Los estudiantes eran afroamericanos.
La confrontación terminó cuando Wallace cedió. Años más tarde, él expresó arrepentimiento por sus acciones y fue abrazado por muchos negros de Alabama. Prevalecieron el arrepentimiento, el perdón, la justicia y la oportunidad.

LA ÉTICA DE LA RECIPROCIDAD

En aquel tenso 11 de junio de 1963, el presidente Kennedy vio la escena en la Casa Blanca, en un televisor blanco y negro. Aliviado porque la violencia había sido evitada, tomó la decisión inmediata de hablarle esa misma noche a la nación acerca de los derechos civiles. He aquí parte de lo que él dijo:

“Lo esencial del asunto es si se debe proporcionar a todos los estadounidenses igualdad de derechos e igualdad de oportunidades, si vamos a tratar a nuestros compatriotas estadounidenses como queremos que nos traten a nosotros. Si un estadounidense, por tener la piel oscura, no puede comer en un restaurante público, si no puede enviar a sus hijos a la mejor escuela pública disponible, si no puede votar por los funcionarios de gobierno que lo van a representar; si, en pocas palabras, no puede disfrutar de la vida plena y libre que todos nosotros deseamos, entonces, ¿quién entre nosotros estaría dispuesto a cambiar el color de su piel y ponerse en su lugar?”

El presidente había invocado lo que los filósofos llaman “la ética de la reciprocidad,” un principio moral -en la realidad, un ideal– tan universal que usted lo puede encontrar manifestado en virtualmente toda cultura, religión y tradición ética. En la Cristiandad se le conoce como la “Regla de Oro.” Es un concepto que casi todo mundo, en todo lado, les dirá que ellos lo admiran, aunque no vivan según él.

LA REGLA DE ORO COMO UN IDEAL

No lo mencioné en mi reciente video de la Universidad Prager, “¿Era Jesús un Socialista?”, pero el mismo Jesús enunció la Regla de Oro, registrada en Lucas 6:31 y Mateo 7:2 (“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vos, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la Ley y los Profetas”). Él lo expresó de otra manera en Marcos 12:28-34, al preguntársele cuál era el mayor de todos los mandamientos. Segundo sólo a amar a Dios, dijo él, era vital “amar a tu prójimo como a ti mismo.”

Los seres humanos no son Dios, de forma que estamos lejos de ser perfectos. Rompemos los mandamientos, así como nuestra palabra empeñada. Con nuestro comportamiento algunas veces dificultamos que otros mortales nos amen. Entre nosotros hay muchos que mienten, engañan, roban e incluso asaltan al inocente. Ninguna fe o tradición importante sugiere que ignoremos esos males o que nosotros mismos nos neguemos el derecho de autodefensa contra ellos. Así que, de nuevo, piense de la Regla de Oro como un ideal ̶ un precepto muy elevado al que debemos dirigir nuestras mentes y uno que se compromete o abroga cuando otra persona inicia su violación.

¿No querría usted vivir en un mundo perfecto en donde todo el mundo, todo el tiempo, practica la Regla de Oro, en vez de sólo la mayoría de las veces? ¿A qué se parecería ese mundo? Sería, pienso yo, un mundo de paz y de productividad. Usted podría hacer sus asuntos sin temor a que su vida o posesiones le sean quitadas, pues nadie que puede quitárselas querría que tal calamidad les sucediera a ellos. Nada de matonismo, por cualquier razón o propósito.

Eso le da un giro negativo a la Regla (“no hagas tal o cual cosa”), pero también tiene un lado positivo. Si la otra persona está enferma o “deprimida” de alguna forma, y usted está en posición de ayudarla, como padre, pariente, amigo o filántropo, usted posiblemente la ayudaría ̶ en parte porque usted querría que otros le ayudaran si usted estuviera en una situación similar y, en parte, porque, de todas maneras, usted podría ser instintivamente compasivo.

AYUDARSE VOLUNTARIAMENTE ENTRE SÍ

Esa es la razón por la cual el Samaritano que le ayudó al hombre en necesidad, se considera universalmente como “Bueno.” Jesús con frecuencia urgía a la gente a que se ayudara entre sí, pero él nunca, jamás -repito: nunca, jamás– sugirió que eso sea hecho mediante la coerción de un tercero. Siempre era personal y voluntaria. ¿Cómo de otra manera podríamos saber lo que realmente está dentro del corazón de uno? El Buen Samaritano no era “Bueno” porque él obligó a alguien más a ayudar al hombre. En esa parábola famosa, ninguna de estas cosas está presente: políticos, fuerza, impuestos, burocracia, deuda o demagogia para comprar votos.

Un amigo de Facebook, Ted Kucklick, lo puso de esta forma en un comentario a uno de mis mensajes: “Jesús le dijo a USTED que hiciera un esfuerzo adicional. Él NUNCA le dijo que contratara a los romanos para obligar a su vecino a hacerlo por usted.”

Otro amigo de Facebook, Jim Kress de Michigan, llevó el asunto un paso más allá:

“Las exigencias de Jesús hacia nosotros son responsabilidades individuales, no colectivas. Usar la fuerza del gobierno para robar a unos de nosotros y que luego distribuya esa propiedad hacia otros, no satisface esos imperativos. De hecho, eso es ofensivo para Jesús, pues la así llamada “caridad” que resulta de un robo es un pecado, una clara violación a la Regla de Oro y al Décimo Mandamiento.”

Yo desafío a cualquiera para que encuentre un pasaje en las Escrituras en donde Jesús le pidió a algún gobierno -romano, judío u otro- que les pusiera impuestos a algunos y que se los diera a otros como método para ayudar al pobre.

Es asombroso, ¿no es verdad?, que alguna gente piensa que, porque Jesús favoreció ayudar a los menos afortunados, ¿él apoyaría la compulsión para que se hiciera? ¡Qué salto tan grande! Él también favoreció comer, beber, dormir, lavar, ayunar y orar ̶ pero nunca remotamente implicó que esas cosas requerían de programas gubernamentales e impuestos para pagar por ellos.

Si Jesús fuera toda simpatía a lo que ahora conocemos como el aspecto de redistribución compulsiva del socialismo, con seguridad habría dicho, en algún lado, “Usarás la fuerza del Estado para quitarle a Pedro y darle a Pablo,” u “Ordene que sus gobernantes y magistrados te liberen de la responsabilidad de ayudar a sus semejantes en necesidad,” o “Elimine al intermediario y aprópieselo en cuanto usted intente hacer el bien con ello.” Jamás, él dijo cosa como esa.

LA ECONOMÍA DE LA REGLA DE ORO

Adam Smith, admirado por su influyente libro de 1776, La Riqueza de las Naciones, merece igual admiración por su trabajo previo, La Teoría de los Sentimiento Morales. Fue en este libro de 1759, cuando él postuló una versión de la Regla de Oro como base para la evolución de estándares morales generalmente aceptados. Al entrar en la madurez y desechar lentamente el enfoque propio en “uno mismo” de nuestra infancia, empezamos a juzgar nuestro comportamiento personal en la forma en que lo haría una tercera parte, “el espectador imparcial,” como lo definió el experto en Smith, James Otteson, en “Adam Smith: Filósofo Moral”:

“Todos hemos experimentado el disgusto de ser juzgados injustamente; esto es, con base en información sesgada o incompleta (gente que, sin conocer nuestra situación, piensa pobremente de nosotros). Eso conduce a que deseemos que otros se abstengan de juzgarnos hasta que ellos conozcan la historia completa, pero, debido a que todos queremos eso, nuestro deseo de sentimientos de simpatía mutua sutilmente nos estimula a adoptar una perspectiva desde el exterior, como si así lo fuera, al juzgar nuestra propia conducta.

O sea, debido que queremos que otros sean capaces de ‘entrar en’ nuestros sentimientos, luchamos por moderarlos para que sean aquellos que pensamos que otros simpatizarían; pero, sólo si nos preguntamos qué pensaría el observador imparcial podremos saber lo que es eso. La voz del espectador imparcial se convierte en guía absolutamente natural de nuestra conducta. De hecho, Smith piensa que es lo que llamamos nuestra ‘consciencia.’”

El gran filósofo capitalista y economista Smith, demostró, como lo formula Otteson, que “la adopción (básicamente inconsciente) por una persona de reglas generales, el desarrollo de una consciencia y el uso del procedimiento del espectador imparcial, son motivados por un deseo innato, esencial ̶ el deseo de simpatía mutua.” Esa es la Regla de Oro en acción.

Los estándares de conducta pueden imponerse por la ley hecha por el hombre, pero, la ley en sí no es su origen. Lo más que la ley puede hacer es reconocer y defender lo que hombres y mujeres han llegado generalmente a aceptar a través de un proceso espontáneo, orgánico. Como escribió el economista y estadista Frederic Bastiat, en La Ley:

“La vida, la libertad, y la propiedad no existen porque los hombres hayan hecho leyes. De lo contrario, el hecho que la vida, la libertad, y la propiedad existían antes, es lo que causó que los hombres hicieran leyes en primer lugar.”

En el centro del universo moral se encuentra nuestro deseo innato de “simpatía mutua.” Los cristianos, e igualmente mucha gente de otras fes, creen que esa simpatía es implantada por Dios, como elemento de nuestra naturaleza, pero, una creencia en Dios no es, en realidad, necesario para aceptar la noción como tal. Usted puede ser de otra fe, o de ninguna, y reconocer que los humanos progresan en el grado en que ellos se lleven bien entre sí y trabajen juntos para beneficio mutuo.

LA REGLA DE ORO Y EL DECÁLOGO

Lo que sea que usted piense que puede haber aparecido primero y, si usted cree que fue inspirada por Dios o por la causalidad evolutiva, fue un gran día en la historia humana cuando los individuos decidieron tratar a otros en la forma en que ellos querrían ser tratados.

Los primeros cuatro de los Diez Mandamientos involucran la relación del individuo con Dios. Los últimos seis tratan las relaciones del individuo con otros individuos y, de hecho, todos esos seis son extensiones de la Regla de Oro.

Debemos honrar a nuestros padres. Nosotros esperamos que nuestros hijos honren a los suyos.

Debemos abstenernos del crimen. Queremos que otros aprecien la vida con el mismo respeto.

Se nos aconseja que el adulterio es malo. Nos vemos profundamente ofendidos cuando alguien más lo comete con nuestra esposa.

Los Mandamientos que van del octavo al décimo nos advierten en contra de robar, mentir y codiciar lo ajeno. No nos gusta cuando alguien nos roba, nos miente o mira lo que es nuestro con un ojo de envidia.

¿Es la Regla de Oro relevante para asuntos de negocios? ¡Por supuesto que lo es!

Barry Brownstein es profesor emérito de economía y liderazgo en la Universidad de Baltimore y autor de The Inner-Work of Leadership. Cuando le hice a él la misma pregunta, respondió:

“Empresas exitosas, como Southwest Airlines, Cisco, y L.L. Bean, han aprendido que convertir a la Regla de Oro en la base de su cultura corporativa es una clave para el éxito. Usted no puede obtener utilidades si no trata bien a sus clientes al satisfacer sus necesidades más apremiantes. Y usted no puede satisfacer las necesidades de los clientes sin la habilidad de ver empáticamente al mundo a través de sus ojos. Haga de la Regla de Oro su forma de vida y venda grandes productos, enseñó Leon Leonwood Bean, el fundador de L.L. Bean, y sus clientes ‘siempre regresarán por más.’”

La misma esencia de un mercado libre es el intercambio voluntario, mutuamente beneficioso. Aun cuando una pequeña fracción de las transacciones puede involucrar juicios equivocados, el engaño directo o el remordimiento de consciencia del comprador por cualquier número de razones, la mayoría de las transacciones son beneficiosas para todos. Cada uno que intercambia cree que lo que está obteniendo vale más para él, que lo que está cediendo. Eso es cierto sólo cuando los intercambios en que se participa se realizan libremente. Si se obliga a una de las partes a comerciar, después del hecho casi que ciertamente estará peor.

La compulsión es tan incompatible con la Regla de Oro como lo es el fraude. En el mercado, nosotros les ofrecemos a otros algo de valor. Si la otra parte dice, “No, gracias,” no sacamos una pistola y demandamos que él intercambie. Si lo hiciéramos, ciertamente no le estaríamos haciendo a él lo que a nosotros nos gustaría que él nos hiciera a nosotros.

EL SOCIALISMO ES UN GARROTE, NO UNA ZANAHORIA

Esta es la razón por la que el socialismo anula la Regla de Oro. Los socialistas alegan “solidaridad con el pueblo.” Dicen que sólo quieren ayudar a otros. El problema es cómo ellos buscan lograrlo. Si sus planes se quedaran en el reino del consejo amistoso, de sugerencias útiles y de pedidos para una participación voluntaria, ellos no serían socialistas. Los capitalistas todo el tiempo invitan a que les den y ofrecen consejo, sugerencias y participación ̶ con zanahorias, no con garrotes. Hay una verdad abundante en el meme popular de la internet que dice, “El Socialismo ̶ Ideas tan Buenas que Tienen que Ser Obligatorias.” Si en realidad los socialistas quieren ayudar a algunas personas (y eso es debatible), sólo lo logran dañando a otras.

La Regla de Oro demanda que respetemos las diferencias de cada uno, que encontremos un ámbito en común, y que tratemos entre sí voluntariamente. Enfatiza la mutualidad de los beneficios según sean medidos personal y subjetivamente por cada una de las partes de una interacción. Al descansar en la fuerza, el socialismo nos dice, “Usted va a ser matriculado en esto, ya sea que le guste o no, debido a que nosotros pensamos que es lo bueno para usted o, al menos, bueno para alguien.”

Si usted es un socialista, necesita preguntarse por qué quiere manejar tantos asuntos a punta de pistola, ¿Por qué deben estar los policías (o la fuerza gubernamental) involucrados en todo? ¿En dónde queda su fe y su respeto por sus conciudadanos? Usted está tan seguro de que obligar a otros a doblegarse a su voluntad es cosa buena; ¿le importaría si le diéramos vuelta al asunto y le hacemos lo mismo? Si no, entonces, quiero saber por qué usted puede hacer esas cosas, pero nosotros no podemos. ¿Qué es lo que lo hace a usted tan especial? Como con claramente lo afirmara Bastiat:

“Si las tendencias naturales de la humanidad son tan malas que no es factible permitir a las personas que sean libres, ¿cómo es que las tendencias de estos organizadores son siempre buenas? ¿Los legisladores y sus agentes asignados no pertenecen a la misma raza humana? ¿O ellos creen que ellos mismos están hechos de un barro mejor que el resto de la humanidad?”

La Regla de Oro es tan dorada como siempre. Es solo que alguna gente piensa sinceramente que tiene algo menor en mente para sus compatriotas.


Traducción por Jorge Corrales.

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Lawrence W. Reed

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