La reconstrucción del proyecto liberal

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El liberalismo no enfrenta un problema de mercadeo; encara un problema de pensamiento.

“Una vez más debemos hacer de la edificación de una sociedad libre una aventura intelectual, un acto de coraje. De lo que carecemos es de una Utopía liberal… de un radicalismo verdaderamente liberal… La principal lección que el verdadero liberal debe aprender de los éxitos de los socialistas es que fue su coraje para ser una Utopía lo que les ganó el apoyo de los intelectuales… A menos que una vez más podamos hacer de los fundamentos filosóficos de una sociedad libre un asunto intelectual vibrante, y de su puesta en práctica una tarea que desafía la ingenuidad e imaginación de nuestras mentes más entusiastas, en efecto los prospectos para la libertad son oscuros. Pero si podemos recuperar la creencia en el poder de las ideas, que en sus mejores momentos lo fue el mercado del liberalismo, la batalla no está perdida.” F.A. Hayek (The University of Chicago Law ReviewVol. 16, No. 3, 1949, p. 433 y reimpreso en “The Intellectuals and Socialism,” F. A. Hayek, Studies in Philosophy, Politics and Economics, 1967, p. 194). 

El liberalismo tiene necesidad de una renovación. Pero, me es importante enfatizar que, en mi opinión, el liberalismo no enfrenta un problema de mercadeo; encara un problema de pensamiento.

Demasiado tiempo y esfuerzo se ha dedicado para volverlo a empacar y mercadear una doctrina fija de verdades eternas, en vez de repensar y evolucionar para enfrentar los nuevos desafíos.

En la actualidad, el verdadero liberalismo encara un serio problema de ideas que emergen de una nueva generación de socialistas en la izquierda y de movimientos conservadores en la derecha, algunos de los cuales alegan que siguen la propia enseñanza liberal consagrada en el tiempo, acerca de la santidad de los derechos a la propiedad privada y la libertad de asociación. Ambos lados se alimentan de una retórica populista y de una desilusión que nace del malestar de tener que adaptarse a un mundo globalizado, el cual siempre está cambiando.

Los desafíos de un mundo globalizado no son nuevos, así como el temor “al otro” tampoco es un nuevo desafío al liberalismo verdadero. Como repetidamente lo señaló Hayek, las intuiciones morales producto de nuestro pasado evolutivo, que son principalmente costumbres a lo interno de grupos, a menudo entran en conflicto con los requerimientos morales de la gran sociedad globalizada (ver, e. g., Hayek, Derecho, Legislación Libertad, Vol. III, 1979, epílogo).

EL PROBLEMA POPULISTA 

Nosotros, como liberales radicales de verdad, y en nuestra capacidad como académicos estudiosos de la civilización, como maestros de economía política y de filosofía social, y como escritores e intelectuales públicos, debemos ayudar a sembrar intuiciones morales más maduras, si es que se han de mantener los grandes beneficios de la gran sociedad. [1] El populismo de la izquierda y de la derecha agita contra ese esfuerzo de cultivar las sensibilidades del liberal cosmopolita y, en vez de ello, promueve el pensamiento y la acción política tanto provinciana como a lo interno del grupo. Y ambos, tanto el populismo de la izquierda como el de la derecha, se basan en un razonamiento económico pobre.

Los argumentos contemporáneos que se han desplegado, se identifican con las críticas tradicionales a la economía de mercado basadas en ineficiencia, inestabilidad e injusticia, pero, tal como en el pasado, no pueden identificar correctamente las fuentes de esos males sociales, en la realidad existente de nuestra época.

Al igual que las grandes voces económicas de la Sociedad Mont Pelerin (SMP) en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, como Hayek, Friedman y Buchanan, quienes tuvieron que contrarrestar esos argumentos con una investigación cuidadosa y una prosa efectiva, igualmente debe hacerlo la nueva generación de miembros de la SMP, a fin de que haya progreso científico, sabiduría académica y sanidad práctica al enfrentar los males sociales de nuestros tiempos.

En los Estados Unidos y en el Reino Unido, la amenaza populista puede verse tanto en la izquierda como en la derecha, tal como es evidente en la retórica de Bernie Sanders y de Jeremy Corbyn, respectivamente, y en los acontecimientos electorales populistas del 2016, con la victoria de Donald Trump en la carrera presidencial de los Estados Unidos, así como con en el voto por el Brexit en el Reino Unido.

Estar contra el sistema nunca debería ser una condición suficiente para llevar alegría intelectual a un liberal verdadero. [2] La élite progresista del sistema en las democracias de Occidente, como dijo Hayek en su discurso cuando al recibir el Premio Nobel, ha “hecho un caos con las cosas” de la política económica y con legislación que ha subvertido la regla de la ley (Ver Hayek, Nobel Prize Discourse: The Pretence of Knowledge (La pretensión del conocimiento) [1974] 1989, p. 362).

Los liberales verdaderos deben ser críticos ruidosos de los errores intelectuales cometidos por la élite progresista y de las consecuencias empíricas que tales errores han ocasionado con su paso.
EL LIBERALISMO VERDADERO

La peligrosa alianza entre cientificismo y estatismo, de la que Hayek nos advirtió, debe primero ser reconocida y entendida por el daño que ha provocado a la política, así como también a la ciencia y, finalmente, ser hecha trizas, y deben introducirse salvaguardas institucionales que brinden una resistencia efectiva, para que esta alianza inútil no vuelva a forjarse en el futuro, para propósitos que tiendan ya sea hacia a la izquierda o a la derecha. Esto requiere de un pensamiento y una investigación de cuidado, y ninguno de ellos es fácil de hacer, ni tampoco de seguir por las masas populares, las que, muy a menudo, se aburren con detalles y sutilezas del pensamiento científico y filosófico.

El liberalismo radical verdadero fue siempre, en esencia, un tirar de los pelos de la nariz de pretenciosos y arrogantes en posiciones de poder, quienes pensaron que ellos podían escoger mejor que cómo otros lo podían hacer por sí mismos. Por ejemplo, Adam Smith (1776, The Wealth of Nations (La Riqueza de las Naciones) (1776, p. 478), advirtió de que:

“El magistrado que intentase dirigir a los particulares sobre la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible a su atención, impracticable por sus fuerzas naturales, y se arrogaría una autoridad que no puede fiarse prudentemente ni a una sola persona ni a un Senado, aunque sea el más sabio del mundo, de manera que en cualquiera que presumiese de bastarse por sí solo para tan inasequible empeño sería muy peligrosa tan indiscreta autoridad.”

En este siglo, Ludwig von Mises fue raudo en recordar a su audiencia que “Resulta imposible comprender las vicisitudes y obstáculos con que el pensamiento económico siempre ha tropezado si no se advierte que la economía, como tal ciencia, implica abierto desafío a la vanidad personal del gobernante.” (La Acción Humana, [1949] 1980, p. 115). Y, por supuesto, F.A. Hayek diagnosticó las consecuencias de La Fatal Arrogancia ([1988] 1997).

El liberalismo verdadero constituye una crítica experta, sutil y detallada, del gobierno de los expertos. Emplea la razón, como lo puso Hayek, para aminorar los reclamos de la Razón. Si el liberalismo no tiene éxito en este esfuerzo de exponer las pretensiones del conocimiento, entonces, esos expertos corren el riesgo de convertirse en tiranos sobre sus semejantes y en destructores de la civilización (ver Hayek, Nobel Prize Discourse: The Pretence of Knowledge (La pretensión del conocimiento) [1974] 1989, p. 7).

De forma que la crítica populista a la élite del sistema no es lo que constituye la amenaza real a la sociedad libre; son los detalles del programa populista de políticas que miran hacia lo interno, de nacionalismo económico, que buscan erigir barreras al comercio, a la asociación, a la especialización productiva y a la cooperación social pacífica entre individuos dispersos y diversos, distribuidos por todo el mundo.
En algunos casos, ellos ni siquiera quieren ver las ganancias debidas al comercio mutuo que se lleva a cabo entre vecinos, que tienen algún grado de distancia social que hace que aquellos se sientan incómodos.

La mentalidad del liberal de verdad, por otra parte, es una de cultivar y liberar los poderes creativos de las civilizaciones libres. Es una que celebra la diversidad humana en cuanto a habilidades, talentos, actitudes y creencias y busca aprender constantemente de todas las cosas grandes y pequeñas que hay en ese banquete de delicias humanas, desde recetas diferentes a las bellas artes hasta actitudes y creencias fundamentales acerca de lo más sagrado. [3]

En la teoría y en la práctica, el liberalismo es acerca de emancipar a los individuos de las cadenas de la opresión. Al hacerlo, les da a los individuos el derecho a decir NO (ver Schmitz, “A Science of Humanitarian Action?”, 2006).

Pero, a la vez que decir no es crítico para poder romper relaciones de dominio, el programa positivo del liberalismo radica en crear un espacio mayor para relaciones mutuamente beneficiosas y, con ello, abrir la posibilidad para SÍes libres y voluntariosos en todos los compromisos sociales puestos en práctica.

El liberalismo económico fue un argumento basado en las ganancias mutuas de asociarse, que podía ser llevado a cabo con individuos de una gran distancia social entre sí y, de hecho, beneficiándose de la cooperación tanto con extraños como con amigos, y, aún más, expandiendo el ámbito en el cual los extraños se convierten en amigos, por medio de relaciones comerciales mutuamente beneficiosas.

El argumento liberal se basó, en parte, en la tesis del comercio moderador, el cual es tanto acerca de civilidad y respeto, como lo es acerca de eficiencia y ganancias. [4]

LA COOPERACIÓN PACÍFICA

El liberal reconoce el derecho de otros a mantener actitudes provincianas en su esfera restringida y el derecho de decir NO a relaciones potenciales de cooperación mutua, pero también reconoce que eso sólo puede ser posible en el marco de un liberalismo cosmopolita.

Decir NO en ese contexto implica un costo que debe pagarse por el individuo o por el grupo que se voltea hacia adentro. Tendrán el costo de dejar de percibir las ganancias mutuas debidas al intercambio y, con ello, de los beneficios de la especialización productiva y de la cooperación social pacífica con otros.

Si, por otra parte, las actitudes provincianas se apropian del marco, el cual es el que actualmente está en riesgo con esa amenaza populista actual, entonces, aquellos en el poder terminan diciendo NO, en vez de hacerlo los individuos, y los poderes creativos de la civilización libre se verán restringidos y el crecimiento del conocimiento y el crecimiento de la riqueza se verán igualmente paralizados.

Ese provincialismo acaba con el progreso, al forzar la atención a lo interno del grupo, en vez de permitir, como mínimo, que se deje que sean los individuos, en su búsqueda de nuevas formas, quienes aprendan y beneficien de otros. Volverse hacia adentro significa alejarse de proseguir la especialización productiva y la cooperación social pacífica en el mercado global.

“El objetivo de la política doméstica del liberalismo,” escribió el gran economista y teórico social Ludwig von Mises, en Liberalism [Liberalismo] ([1927], 1985, p. 76),

“…es el mismo que aquel de la política exterior: la paz. Propugna la cooperación pacífica en el interior y luego aspira a la colaboración internacional de todos los países entre sí.

El pensamiento liberal parte de la idea de que tal cooperación humana tiene enorme trascendencia y extraordinario valor social; de ahí que la política y el programa del liberalismo se orientan siempre en el sentido de mantener la existente cooperación humana, procurando ampliarla en todo lo posible.

Lo ideal, desde luego, sería llegar a que la humanidad entera participase, de modo pacífico y sin fricciones, en dicho esfuerzo colaborativo. La doctrina liberal, invariablemente ecuménica, lo contempla todo bajo el prisma universal; rehúye el fraccionalismo; no se interesa por este o aquel grupo, provincia, nación o continente. Es internacionalista; su campo de acción abarca la humanidad toda y la tierra entera. Por eso, el liberalismo es humanista; y el liberal, cosmopolita ciudadano del mundo.”

De forma que, ¿cómo puede existir confusión alguna acerca de la relación entre liberalismo y populismo? El verdadero liberalismo radical no tiene nada en común con los movimientos populistas, excepto una crítica a la élite del sistema progresista, que ha gobernado al mundo intelectual y a la política desde la Segunda Guerra Mundial.

Y, la crítica liberal a la élite progresista se basa en economía sólida y en la gran y honorable tradición de la economía política, y no nace a partir de la desilusión y de la frustración que enfurece. La Sociedad Mont Pelerin fue fundada para cultivar la conversación y el progreso perpetuo del pensamiento liberal en cada nueva generación. Esa tarea sigue siendo nuestra y tenemos que aceptar el desafío.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1] Ver el discurso de James Buchanan a la Sociedad Mont Pelerin acerca de “The Soul of Classical Liberalism” [“El Espíritu del Liberalismo Clásico”]. Estos llamados no son para un cambio de la naturaleza humana, sino para cultivar un entendimiento y apreciación de cómo un cambio en las reglas que gobiernan el trato social, puede canalizar nuestro comportamiento hacia interacciones productivas y pacíficas.

[2] El movimiento anti-globalización de los años 2000 y las protestas de Ocupar Wall Street a partir de la crisis financiera global del 2008, reflejan a la izquierda populista, en tanto que el surgimiento de los paleo-conservadores, paleo-libertarios, segmentos nacionalistas económicos del movimiento de la Derecha Alternativa, representa a la derecha populista. Estoy dejando por fuera de la discusión a la odiosa política racial que también está entremezclada en las discusiones populistas de los Estados Unidos y de Europa, que tienen que ver con la inmigración, los refugiados y la política pública.

[3] Todavía encuentro como una de las declaraciones más persuasivas acerca de las actitudes que subyacen en una sociedad liberal, al libro de Steve Macedo, Liberal Virtues: Citizenship, Virtue, and Community in Liberal Constitutionalism (1990), y acerca de la infraestructura institucional que puede seguir, el escrito de Chandran Kukathas, The Liberal Archipelago (2003). En el orden liberal, el cultivo del respeto mutuo y la dignidad acordada a cada uno descansa, como lo discutió mi colega Tyler Cowen en Creative Destruction (2002), en la homogeneidad de algunas creencias en el ámbito de análisis de las reglas, mientras que se celebra la heterogeneidad en un ámbito a lo interno de las reglas. En última instancia, es una cuestión de los márgenes relevantes que permiten la operatividad del liberalismo cosmopolita.

[4] El trabajo de mi colega Virgil Storr (2008) [“The Market as a Social Space: On the Meaningful Extra-Economic Conversation That Can Occur in Markets, The Review of Austrian Economics, 21, 2-3 (2008)] ha desarrollado esta tesis básica de la economía política liberal en nuevas y fascinantes maneras y, en el proceso, llama nuestra atención analítica y metodológica a los asuntos fundamentales de la ciencia de la cultura. También, ver Storr, Understanding the Culture of Markets (2012).

Extracto de un comentario preparado para la reunión especial de la Sociedad Mont Pelerin, realizada en Estocolmo, Suecia, entre el 3 y el 5 de noviembre del 2017.


 

Author profile
Peter J. Boettke

es profesor de economía y filosofía en la Universidad George Mason y director del Programa F.A. Hayek para el Estudio Avanzado en Filosofía, Política y Economía del Mercatus Center. Es miembro de la red de profesores de la Fundación para la Educación Económica (FEE).

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