La política del camino intermedio conduce al socialismo

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Conferencia de Ludwig von Mises brindada el 18 de abril de 1950, ante el Club Universitario de Nueva York. [1]

 

El dogma fundamental de todos los tipos de socialismo y de comunismo es que la economía de mercado o capitalismo es un sistema que daña los intereses vitales de la inmensa mayoría de personas, para único beneficio de una pequeña minoría de individualistas duros. El capitalismo condena a las masas al empobrecimiento progresivo. El capitalismo ocasiona miseria, esclavitud, degradación y la explotación de los trabajadores, a la vez que enriquece a una clase de parásitos ociosos e inútiles.

Esa doctrina no fue el trabajo de Karl Marx.  Había sido desarrollada mucho antes que Marx entrara en escena. Sus propagandistas más exitosos no fueron los autores marxistas, sino hombres tales como Carlyle y Ruskin, los fabianos británicos, los profesores alemanes y los institucionalistas estadounidenses. Y es un hecho muy significativo que la corrección de su dogma fuera cuestionada tan sólo por unos pocos economistas, quienes pronto fueron silenciados y excluidos del acceso a las universidades, a la prensa, al liderazgo de los partidos políticos y, antes que todo, a cargos públicos.  La opinión pública, por lo general, aceptó la condena del capitalismo, sin reserva alguna

  1. SOCIALISMO

Pero, por supuesto, las conclusiones prácticas que la gente derivó de su dogma no fueron uniformes. Un grupo declaró que no hay sino una sola forma de acabar con estos males; a saber, abolir enteramente al capitalismo.  Ellos promueven el control público de los medios de producción en vez del control privado. Ellos aspiran al establecimiento de lo que es llamado socialismo, comunismo, planificación o capitalismo de estado. Todos estos términos significan la misma cosa. Ya no serían más los consumidores, con sus compras o su abstención de comprar, quienes determinen lo que se debería producir, en qué cantidad y de qué calidad.  De aquí en adelante, una única autoridad central debería dirigir todas las actividades de la producción.

 

  1. EL INTERVENCIONISMO, SUPUESTAMENTE UNA POLÍTICA DEL CAMINO INTERMEDIO

Un segundo grupo aparenta ser menos radical. Rechaza al socialismo no menos que el capitalismo. Recomienda un tercer sistema, que, como ellos dicen, está tan lejos del capitalismo como del socialismo, el cual, como un tercer sistema de la organización económica de la sociedad, se encuentra a medio camino entre los otros dos sistemas y, a la vez, que conserva las ventajas de esos dos, evita las desventajas inherentes a cada uno. Este tercer sistema es conocido como el sistema del intervencionismo.  En la terminología de la política estadounidense, a menudo, es referido como la política del camino intermedio.

Lo que hace popular entre mucha gente a este tercer sistema, es la forma particular en que ellos escogen mirar los problemas involucrados. Tal como los ven, dos clases, los capitalistas y los empresarios por una parte y los asalariados por la otra, están discutiendo acerca de la distribución del rendimiento del capital y de las actividades empresariales. Ambas partes están pidiendo que todo el pastel sea para uno de ellos. Ahora bien, sugieren estos mediadores, hagamos la paz, dividiendo al valor disputado por igual entre las dos clases. El Estado, como árbitro imparcial, deberá intervenir y deberá frenar la ambición de los capitalistas y asignar una parte de las utilidades a las clases trabajadoras. Así, será posible derrocar al capitalismo de Moloch, sin entronizar al Moloch del socialismo totalitario.

No obstante, este modo de juzgar el asunto es enteramente falaz. El antagonismo entre el capitalismo y el socialismo no es una disputa acerca de la distribución del botín. Es una controversia acerca de cuál de los dos esquemas para la organización económica de la sociedad, el capitalismo o el socialismo, conduce al mejor logro de aquellos fines que la gente considera como el objetivo supremo de las actividades comúnmente llamadas económicas; esto es, la mejor oferta posible de bienes y servicios útiles.  El capitalismo quiere lograr estos fines mediante la empresa y la iniciativa privadas, sujetas a la supremacía del público que compra y que se abstiene de comprar en el mercado. Los socialistas quieren reemplazar los planes de las diversas personas con un plan único de una autoridad central. Quieren poner, en lugar de lo que Marx llamó la “anarquía de la producción,” el monopolio exclusivo del gobierno. El antagonismo no se refiere al modo de distribuir una cantidad fija de bienes. Se refiere al modo de producir esos bienes que la gente quiere disfrutar.

El conflicto de ambos principios es irreconciliable y no permite compromiso alguno.  El control es indivisible. Ya sea que la demanda de los consumidores, tal como se manifiesta en los mercados, decide para qué fines y cómo los factores de producción se deberán emplear, o que el gobierno se encargue de estos asuntos. No hay nada que pueda mitigar la oposición entre estos dos principios contradictorios. Se excluyen entre sí.

El intervencionismo no es el justo medio entre el capitalismo y el socialismo. Es el diseño de un tercer sistema de organización económica y debe ser considerado como tal.

 

  1. CÓMO FUNCIONA EL INTERVENCIONISMO

No es tarea de la discusión de hoy elevar preguntas acerca de los méritos ya sea del capitalismo o del socialismo.  Hoy sólo estoy tratando con el intervencionismo. Y no intento entrar en una evaluación arbitraria del intervencionismo desde un punto de vista preconcebido. Mi único interés es mostrar cómo es que funciona el intervencionismo y si puede ser considerado, o no, como un modelo de un sistema permanente de organización económica de la sociedad.

Los intervencionistas enfatizan que ellos planean retener la propiedad privada de los medios de producción, la empresariedad y el intercambio en el mercado. Pero, dicen luego, que es perentorio impedir que esas instituciones capitalistas provoquen estragos vastos y la injusta explotación de la mayoría de la gente.  Es deber del gobierno limitar, por órdenes o prohibiciones, la avaricia de las clases propietarias, para que su codicia no dañe a las clases más pobres.  El capitalismo sin trabas o de laissez-faire es un mal. Pero, para eliminar sus males, no hay necesidad de abolir al capitalismo del todo.  Es posible mejorar al sistema capitalista, mediante la interferencia gubernamental en las acciones de los capitalistas y de los empresarios.  Tal regulación y regimentación del gobierno es el único método para mantener alejado al socialismo totalitario y para rescatar aquellas características del capitalismo que valen la pena preservar.

Con base en esta filosofía, los intervencionistas abogan por una galaxia de medidas diversas. Escojamos una de ellas, el esquema popular del control de precios.

 

  1. CÓMO EL CONTROL DE PRECIOS CONDUCE AL SOCIALISMO

El gobierno cree que el precio de un producto en concreto, por ejemplo, la leche, es demasiado alto. Quiere hacer que sea posible que el pobre les dé más leche a sus hijos. De esta forma, acude a poner un tope al precio y fija el precio de la leche a una tasa menor que la prevaleciente en el mercado libre. El resultado es que los productores marginales de leche, aquellos que están produciendo al costo mayor, ahora incurren en pérdidas. Dado que ningún agricultor individual o un empresario va a producir teniendo una pérdida, esos productores marginales dejan de producir y vender leche en el mercado. Usarán sus vacas y su habilidad para propósitos más rentables. Por ejemplo, producirán mantequilla, queso o carne.  Habrá menos leche disponible para los consumidores, no más. Esto por supuesto, va en contra de las intenciones del gobierno. Quería hacer que fuera más fácil que alguna gente comprara más leche. Pero, como resultado de su interferencia, se cae la oferta disponible. La medida prueba ser abortiva desde el propio punto de vista del gobierno y de los grupos a los que estaba ansioso de favorecer. Ocasiona un estado de cosas, que -de nuevo, desde el punto de vista del gobierno- es incluso menos deseable que el estado de cosas previo, y el cual fue diseñado para mejorarlo.

Ahora bien, el gobierno se ve encarado ante una alternativa. Puede derogar su decreto y abstenerse de mayores aventuras para controlar el precio de la leche. Pero, si insiste todavía en su intención de mantener bajo el precio de la leche, en comparación con la tasa que un mercado libre habría determinado, y, no obstante, quiere evitar una caída en la oferta de leche, debe tratar de eliminar las causas que hacen que el negocio de los productores marginales no sea remunerativo. Debe agregar al primer decreto que tan sólo tenía que ver con el precio de la leche, un segundo decreto que fija los precios de los factores de producción necesarios para la producción de leche, a una tasa tan baja de forma que los productores marginales de la leche ya no sufrirán pérdidas y, por tanto, se abstendrán de restringir la producción. Pero, entonces, la misma historia se repite por sí misma en un plano más remoto. Se reduce la oferta de factores de producción requeridos para la producción de leche y, de nuevo, el gobierno se encuentra en el mismo sitio en donde empezó. Si no quiere admitir la derrota y abstenerse de interferir con los precios, debe empujar más allá y fijar los precios de esos factores de producción, que son necesitados para la producción de esos factores requeridos para producir la leche. De esta forma, el gobierno se ve forzado a ir más y más allá, fijando paso por paso los precios de todos los bienes de consumo y de todos los factores de producción -tanto humanos; esto es, mano de obra, así como materiales- y ordenar a cada empresario y a cada trabajador que continúen laborando a esos precios y salarios. Ninguna rama de la industria puede ser omitida de esta fijación general de precios y salarios y de esa obligación de producir aquellas cantidades que el gobierno quiere ver producidas. Si algunas ramas quedaran por fuera, debido a una consideración del hecho de que ellas producen sólo bienes calificados como no vitales e incluso como lujos, el capital y la mano de obra tenderían a fluir hacia aquellas y el resultado sería una caída en la oferta de esos bienes cuyos precios el gobierno ha fijado, precisamente porque los considera indispensables para la satisfacción de las necesidades de las masas.

Pero, cuando se llega a este estado de control generalizado de los negocios, ya no puede existir más asunto alguno propio de una economía de mercado. Ya no son más los ciudadanos, mediante sus compras y la abstención de comprar, quienes determinan lo que deberá producirse y cómo. El poder de decidir sobre estos asuntos se le ha asignado al gobierno.  Esto ya no es más capitalismo; es la planificación general por el gobierno, es socialismo.

 

  1. EL TIPO DE SCIALISMO DE LA ZWANGSWIRTSCHAFT [ECONOMÍA DIRIGIDA]

Por supuesto que es cierto que este tipo de socialismo preserva algunas de las etiquetas y la apariencia externa de un capitalismo. Mantiene, aparente y nominalmente, la propiedad privada de los medios de producción, los precios, los salarios, las tasas de interés y las utilidades. No obstante, de hecho, nada cuenta, excepto la autocracia irrestricta del gobierno. El gobierno le dice a los empresarios y a los capitalistas qué producir y en qué cantidad y calidad, a qué precios comprar y de quién, a qué precios vender y de quién. Decreta qué salarios y adónde deben trabajar los trabajadores. El tipo de cambio no es más que una farsa. Todos los precios, salarios y tasas de interés son determinados por la autoridad. Sólo en apariencia son precios, salarios y tasas de interés; de hecho, son simplemente relaciones cuantitativas en las órdenes gubernamentales. El gobierno, no los consumidores, dirige la producción. El gobierno determina el ingreso de cada ciudadano, le asigna a todo mundo la posición en la que tiene que trabajar. Esto es socialismo con el disfraz externo de capitalismo. Es el Zwangswirtschaft del Reich alemán de Hitler y de la economía planificada de Gran Bretaña.

 

  1. LAS EXPERIENCIAS ALEMANA Y BRITÁNICA

El esquema de transformación social que he expuesto no es tan sólo una construcción teórica. Es un retrato realista de la sucesión de acontecimientos que el socialismo ha traído en Alemania, Gran Bretaña y en otros países.

Los alemanes, en la Primera Guerra Mundial, empezaron poniendo topes a los precios de un pequeño grupo de bienes de consumo, considerados como necesidades vitales. Fue el fracaso inevitable de estas medidas lo que impulsó que ellos siguieran profundizándolo más y más, hasta que, en el segundo período de la guerra, ellos diseñaron el plan Hindenburg. En el contexto del plan Hindenburg no quedó espacio alguno para la libre elección de parte de los consumidores y para la acción de iniciativas por parte de las empresas. Todas las actividades quedaron subordinadas incondicionalmente a la jurisdicción exclusiva de las autoridades. La derrota total del Kaiser barrió con la totalidad del aparato imperial de administración y con ella se fue el plan grandioso. Pero, en 1931, el Canciller Brüning se embarcó, de nuevo, en una política de control de precios y sus sucesores, primero que todos Hitler, se adhirieron obstinadamente a ella; la misma historia se repitió a sí misma.

Gran Bretaña y todos los otros países que adoptaron las medidas de controles de precios durante la Primera Guerra Mundial, tuvieron que pasar por la experiencia del mismo fracaso. Ellos también fueron empujados más y más en sus intentos por lograr que los decretos iniciales funcionaran. Pero, todavía estaban en una etapa rudimentaria de este desarrollo, cuando la victoria y la oposición del público barrieron con todos los esquemas de controles de precios.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue diferente.  En ese entonces, Gran Bretaña, otra vez, acudió a poner topes a los precios de unos pocos productos esenciales y tuvo que recorrer la gama completa de proceder más y más profundamente, hasta sustituir con la planificación generalizada de toda la economía del país a la libertad económica. Cuando terminó la guerra, Gran Bretaña era una mancomunidad socialista.

Vale la pena recordar que el socialismo británico no fue un logro del gobierno laborista del Sr. Attlee, sino del gabinete de guerra del Sr. Winston Churchill.  Lo que el partido laborista hizo no fue establecer el socialismo en un país libre, sino retener en el período de post-guerra al socialismo, tal como se había desarrollado durante la guerra. El hecho había sido oscurecido por la gran sensación lograda con la nacionalización del Banco de Inglaterra, de las minas de carbón y de otras ramas empresariales. A pesar de lo anterior, Gran Bretaña es llamado un país socialista, no porque ciertas empresas hayan sido formalmente expropiadas y nacionalizadas, sino porque todas las actividades económicas, de todos los ciudadanos, quedaron sujetas al control pleno del gobierno y sus agencias. Las autoridades dirigen la asignación del capital y de la mano de obra a las diversas ramas de negocios.  Aquellas determinan qué debería producirse. La supremacía en todas las actividades de negocios yacía exclusivamente en el gobierno. La gente es reducida al estatus de pupilos, incondicionalmente sujetos a la obediencia de órdenes. Para los hombres de negocios, los antiguos empresarios, quedaron funciones simplemente secundarias. Todo lo que son libres de hacer es ejecutar, dentro de un campo estrecho claramente circunscrito, las decisiones de los departamentos gubernamentales.

De lo que tenemos que darnos cuenta es que los precios máximos que afectan a unos pocos bienes fracasan en lograr los fines pretendidos. Al contrario. Producen efectos que, desde el punto de vista del gobierno incluso son peores que el estado de cosas previo que el gobierno quería alterar. Si el gobierno, para eliminar esas consecuencias inevitables pero no bienvenidas, prosigue su curso más y más allá, finalmente transforma al sistema de capitalismo y libre empresa en un socialismo del modelo de Hindenburg.

 

  1. CRISIS Y DESEMPLEO

Lo mismo es cierto con todos los otros tipos de intromisión al fenómeno del mercado. Tasas de salarios mínimos, ya sean decretados e impuestos por el gobierno o por la presión y violencia de un sindicato, resultan en un empleo masivo prolongado año tras año, tan pronto como ellos tratan de elevar las tasas de salarios por encima de las de un mercado libre. Los intentos de reducir las tasas de interés mediante la expansión del crédito genera, es cierto, un período de negocios al alza. Pero, la prosperidad creada de tal forma es sólo un producto artificial de un invernadero y debe inexorablemente conducir a una caída y a entrar en una depresión. La gente debe pagar fuertemente por la orgía de dinero fácil de pocos años de expansión crediticia e inflación.

La recurrencia de períodos de depresión y de desempleo masivo ha desacreditado al capitalismo, en la opinión de gente no juiciosa. A pesar de ello, estos acontecimientos no son resultado de la operación del mercado libre. Por el contrario, son resultados de una interferencia gubernamental, bien intencionada, pero mal aconsejada, con el mercado. No hay medios por los cuales el nivel de las tasas salariales y el estándar general de vida pueden ser aumentados, diferente de la aceleración del incremento del capital con respecto a su población. El único medio para elevar permanentemente las tasas de salarios para quienes buscan empleo y que están ansiosos de ganar salarios, es elevando la productividad del esfuerzo industrial, mediante un incremento en la cuota per cápita de capital invertido. Lo que hace que las tasas de salarios de los Estados Unidos excedan en mucho a las tasas de salarios de Europa y Asia, es el hecho de que el esfuerzo y las dificultades se ven apoyados por más y mejores herramientas. Todo lo que un buen gobierno puede hacer para mejorar el bienestar material de la gente, es establecer y preservar un orden institucional en donde no haya obstáculos para la acumulación progresiva de capital nuevo, requerido para mejorar los métodos tecnológicos de producción. Esto fue lo que el capitalismo efectivamente logró en el pasado y también lo logrará en el futuro, si no es saboteado por una mala política.

 

  1. DOS CAMINOS HACIA EL SOCIALISMO

El intervencionismo no puede ser considerado como un sistema económico destinado a permanecer.  Es un método para la transformación del capitalismo en el socialismo mediante una serie de pasos sucesivos. Como tal, es diferente de los empeños de los comunistas por llevar al socialismo mediante un sólo golpe.  La diferencia no se refiere en cuanto al fin último del movimiento político; se refiere principalmente a las tácticas a las que se debe acudir, para lograr un fin al que ambos apuntan.

Karl Marx y Frederick Engels recomendaron sucesivamente cada una de estas dos vías para llevar a cabo la realización del socialismo. En 1848, en el Manifiesto Comunista, ambos diseñaron un plan para la trasformación paso por paso del capitalismo hacia el socialismo. El proletariado debería ser elevado a la posición de clase gobernante y usar su supremacía política para “arrebatar, gradualmente, todo el capital de la burguesía.” Esto, declaran ellos, “no podrá cumplirse al principio sino por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes e insostenibles; pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán, y son indispensables como medio de trastornar por completo la producción.” En dicho sentido, ellos enumeran diez medidas a manera de ejemplo.

Años después, Marx y Engels cambiaron de opinión. En su principal tratado, El Capital, primeramente publicado en 1867, Marx vio las cosas de manera diferente.  El socialismo habrá de llegar “con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza.” Pero, no podrá aparecer antes de que el capitalismo haya logrado su plena madurez. No existe más que un camino para el colapso del capitalismo; a saber, la evolución progresiva del capitalismo en sí. No será sino hasta ese entonces cuando la gran revuelta final de la clase trabajadora le dará el golpe de gracia e inaugurará un era eterna de abundancia.

Desde el punto de vista de esta última doctrina, Marx y la escuela del marxismo ortodoxo rechazan todas las políticas que pretendan refrenar, regular o mejorar al capitalismo. Tales políticas, declaran ellos, no sólo son inútiles, sino que también son completamente dañinas. Esto debido a que ellas más bien retrasan la mayoría de edad del capitalismo, su madurez y, por tanto, su colapso. Por lo tanto, no son progresistas, sino reaccionarios. Esta fue la idea que hizo que el partido socialdemócrata alemán votara contra la legislación de Bismarck de seguridad social y frustrar el plan de Bismarck de nacionalizar la industria alemanda del tabaco. Desde el punto de vista de la misma doctrina, los comunistas etiquetaron al Nuevo Trato estadounidense como un complot reaccionario, extremadamente perjudicial para los verdaderos intereses de la gente trabajadora.

Lo que debemos comprender es que el antagonismo entre los intervencionistas y los comunistas es una manifestación del conflicto entre las dos doctrinas, la del marxismo temprano y la del marxismo de los últimos tiempos. Es el conflicto entre el Marx de 1848, el autor del Manifiesto Comunista, y el Marx de 1867, el autor de El Capital. Y, en efecto, es paradójico que al documento en el cual Marx endosó las políticas de los, a su manera, anticomunistas de la actualidad, se le llame el Manifiesto Comunista.

Hay disponibles dos métodos para la transformación del capitalismo hacia el socialismo. Uno es expropiar todas las granjas, fábricas y negocios y operarlas mediante un aparato burocrático, como departamentos del gobierno. Toda la sociedad, dice Lenin, se convierte en “una oficina y una fábrica, con un trabajo igual y una paga igual,” [2] la economía en general será organizada tal “como el servicio de correos.” [3] El segundo método es el método del plan de Hindenburg, el esquema originalmente alemán del estado de bienestar y de la planificación. Obliga a cada empresa y a cada individuo a cumplir estrictamente las órdenes emitidas por la gubernamental oficina central de administración de la producción. Tal fue la intención de Ley Nacional de Recuperación Industrial de 1933 [de los Estados Unidos], que la resistencia de las empresas frustradas y la Corte Suprema declararon inconstitucional. Tal es la idea implícita en los esfuerzos de sustituir a la empresa privada por la planificación.

 

  1. EL CONTROL DEL COMERCIO INTERNACIONAL

El vehículo por excelencia para la realización de este segundo tipo de socialismo en países industriales como Alemania y Gran Bretaña, es el control del comercio internacional.  Estos países no pueden alimentar y vestir a su pueblo a partir de recursos domésticos. Deben importar grandes cantidades de alimentos y de materias primas. Para pagar por estas sumamente necesitadas importaciones, ellos deben exportar manufacturas, la mayoría de ellas producidas a partir de materias primas importadas. En tales países, casi cada transacción de negocios, directa o indirecta, está condicionada ya sea por exportar o por importar o, por ambos, exportar e importar.  Por tanto, el monopolio gubernamental de comprar y vender las divisas hace que cada actividad de negocios dependa de la discrecionalidad de la agencia encargada del control de cambios. En este país [los Estados Unidos] los asuntos son diferentes.  El volumen del comercio internacional es pequeño cuando se le compara con el comercio total de la nación. El control del mercado de divisas afectaría sólo ligeramente a la porción más grande de los negocios estadounidenses.  Esta es la razón por la que en los esquemas de nuestros planificadores difícilmente se encuentra el tema del control de las divisas. Sus empeños se dirigen hacia el control de los precios, de las tasas salariales y de interés, hacia el control de la inversión y a la limitación de utilidades e ingresos.

 

  1. LA PROGRESIVIDAD DE LOS IMPUESTOS

Mirando hacia atrás en lo referente a la evolución de las tasas del impuesto al ingreso, desde el inicio del impuesto federal a los ingresos en 1913 hasta el día de hoy, uno difícilmente esperaría que el impuesto no absorbiera el 100% de todo excedente sobre el ingreso del votante promedio. Es esto lo que Marx y Engels tenían en mente, cuando en el Manifiesto Comunista recomendaron “un fuerte impuesto progresivo o escalonado sobre el ingreso.”

Otra de las sugerencias del Manifiesto Comunista fue la “abolición de la herencia.” Ahora bien, ni en Gran Bretaña ni en este país las leyes han llegado a tal punto. Pero, de nuevo, mirando en retrospectiva a la historia pasada de los impuestos a la propiedad, tenemos que darnos cuenta de que se han acercado más y más al objetivo estipulado por Marx. Impuestos a la propiedad, con el nivel que ya han logrado para el caso de los ingresos altos, ya no más se les puede calificar como impuestos.  Son medidas expropiatorias.

La filosofía que subyace en el sistema de imposición progresiva, es que el ingreso y la riqueza de las clases acomodadas pueden ser libremente explotados. Lo que los proponentes de estas tasas impositivas fracasan en reconocer, es que la mayor parte de los ingresos que se han gravado no habrían sido consumidos, sino ahorrados e invertidos. De hecho, esta política fiscal no sólo impide la acumulación ulterior de capital nuevo. Da lugar a una desacumulación del capital. Ciertamente este es el estado de cosas actual en Gran Bretaña.

 

  1. LA TENDENCIA HACIA EL SOCIALISMO

El curso de los acontecimientos de los pasados treinta años, muestra un progreso continuo, si bien algunas veces interrumpido, hacia el establecimiento en este país del socialismo del esquema británico y alemán. Los Estados Unidos se embarcaron más tarde que estas dos naciones en su declinación y todavía está más lejos de su final. Pero, si la tendencia de esta política no cambia, el final resultará en aspectos accidentales e insignificantes distintos de lo que sucedió en la Inglaterra de Attlee y en la Alemania de Hitler. La política del camino intermedio no es un sistema duradero. Es un método a pagos para llevar al socialismo.

 

  1. LOS VACÍOS DEL CAPITALISMO

Mucha gente objeta.  Enfatizan el hecho de que la mayoría de las leyes que se orientan hacia la planificación o a la expropiación por medio de la imposición progresiva, han dejado vacíos que ofrecen un margen a la empresa privada, dentro del cual pueden sobrevivir. Ciertamente es verdad que tales vacíos todavía existen y que, gracias a ellos, este país es todavía una nación libre. Pero, este capitalismo de vacíos no es un sistema duradero. Es un respiro.  Fuerzas poderosas están operando para cerrar esos vacíos. Día a día se cierra el espacio en el cual la empresa privada es libre para operar.

 

  1. EL ARRIBO DEL SOCIALISMO NO ES INEVITABLE

Por supuesto, este resultado no es inevitable. La tendencia puede revertirse tal como fue el caso con muchas otras tendencias en la historia. El dogma marxista de acuerdo con el que el socialismo está determinado que llegue “con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza,” es sólo una suposición arbitraria vacía de prueba alguna.  Pero, el prestigio que disfruta esta inútil prognosis, no sólo entre los marxistas, sino también muchos supuestos no-marxistas, es el instrumento principal del progreso del socialismo. Expande el derrotismo entre aquellos que alternativamente lucharían galantemente contra la amenaza socialista. El aliado más poderoso de la Rusia Soviética es la doctrina de que la “onda del futuro” nos transporta hacia el socialismo y que, por tanto, es ser “progresista,” si se simpatiza con todas las medidas que restringen más y más la operación de la economía de mercado.

Incluso en este país, que le debe a un siglo de “individualismo duro” el más elevado estándar de vida jamás logrado por alguna otra nación, la opinión pública condena al laissez-faire. En los últimos cincuenta años, se han publicado miles de libros para acusar al capitalismo y promover el intervencionismo radical, el estado de bienestar y el socialismo. Los pocos libros que intentaron explicar adecuadamente el funcionamiento de la economía de libre mercado, difícilmente fueron notados por el público. Sus autores permanecieron en la oscuridad, mientras que autores tales como Veblen, Commons, John Dewey y Laski fueron exuberantemente alabados. Es un hecho bien conocido que el escenario, así como como la industria de Hollywood, son no menos radicalmente críticos que como lo son muchas novelas. En este país existen muchas publicaciones periódicas que, en cada edición, atacan furiosamente a la libertad económica. Difícilmente se encuentra una revista de opinión que defienda al sistema que suplió a una inmensa mayoría de gente, con buena comida y abrigo, con carros, refrigeradoras, equipos de radio y otras cosas que los súbditos de otros países llaman lujos.

El impacto de este estado de cosas es que prácticamente poco se hace por preservar al sistema de empresa privada.  Sólo existen seguidores del camino intermedio que piensan que han tenido éxito cuando han retrasado, por algún tiempo, una medida especialmente ruinosa. Siempre están en retirada. Hoy toleran medidas que tan sólo hace diez o veinte años atrás habrían considerado que no eran objeto de discusión. Ellos, en unos pocos años, consentirán otras medidas que hoy en día consideran como simplemente fuera de toda posibilidad.

Lo que puede impedir el advenimiento del socialismo totalitario es sólo por medio de un cambio en las ideologías. Lo que necesitamos no es ni anti-socialismo ni anti-comunismo, sino un endoso positivo de ese sistema, al cual le debemos toda la riqueza que distingue a nuestra era, de las comparativamente precarias situaciones de épocas ya pasadas.

 

[1] Conferencia brindada ante el Club Universitario en Nueva York, el 18 de abril de 1950. Se imprimió por primera vez en el Commercial and Financial Chronicle del 4 de mayo de 1950.  Hay una traducción al francés por Editions SEDIF, París. Disponible en inglés como un folleto separado de enero de 1951.

[2] Confirmar, Lenin, State and Revolution (Little Lenin Library No. 14, New York, 1932) p. 84.

[3] Ibídem p. 44.

El artículo fue tomado originalmente del capítulo 2 del libro electrónico Planning for Freedom.

 

Ludwig von Mises (1881-1973) enseñó en Viena y Nueva York y sirvió como consejero cercano de la Fundación para la Educación Económica.  Es considerado el teórico más importante de la Escuela Austriaca del siglo XX.

 

Traducido por Jorge Corrales Quesada; la fuente original se encuentra en https://fee.org/articles/middle-of-the-road-policy-leads-to-socialism/

 

Author profile

Fue un economista austríaco de origen hebreo, historiador, filósofo y escritor liberal que tuvo una influencia significativa en el moderno movimiento libertario en pro del mercado libre y en la Escuela Austríaca.

Planteó lo perjudicial del poder e intervención gubernamentales en la economía que, según su teoría, por lo general llevan a un resultado distinto al natural y por esto muchas veces perjudicial para la sociedad, ya que generan caos en el largo plazo.

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