La pesadilla socialista de Corea del Norte

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El socialismo es popular en Gran Bretaña, especialmente entre los jóvenes. Encuesta tras encuesta lo confirma.

Más precisamente, el socialismo es popular en el abstracto. Es popular como un ideal nebuloso. Pero no hay nada que al socialista le ponga más los pelos de punta, como la mención de un ejemplo real (histórico o contemporáneo) del socialismo en acción. Mencione en presencia de un socialista a la Unión Soviética, la China de Mao, o la Albania de Enver Hoxha y usted podrá esperar una rabieta.

EL HOMBRE DE PAJA QUE NO LO ES

Demasiado fácilmente dejamos que el socialista se salga con la suya cuando descartan referirse como “hombres de paja” a ejemplos de socialismos del mundo real [Nota del traductor: la falacia del hombre de paja consiste en atacar una afirmación que no ha sido formulada por el oponente, caricaturizándola para así poder atacarla, en vez de hacerlo con el argumento verdadero]. La mayoría de estos “hombres de paja” no son nada de eso. Lo son las utopías que han sido del ayer, los modelos que los socialistas de Occidente alguna vez endosaron, y que ahora ya no desean más que se les recuerde. Vemos esto sucediendo en el caso de Venezuela, pero Venezuela es sólo el último eslabón de una larga cadena. El hábito de endosar entusiastamente y luego retroactivamente renegar de los modelos de socialismo, ha sido una larga tradición en la izquierda.

Incluso Corea del Norte, uno de los más atroces regímenes en el mundo, no es una excepción plena de eso.

Obviamente, casi que ningún socialista quiere en la actualidad que se le asocie con Corea del Norte. Mientras que Corea del Sur, como contraste, es una democracia liberal, próspera, Corea del Norte es un caso perdido estalinista. Se estima que el surcoreano promedio es más de 20 veces más rico y vive doce años más, que el norcoreano promedio (y es mucho menos posible que termine en un Gulag). Si pensamos en la división de Corea como un experimento natural, es justo tratar a sus resultados como concluyentes.

No siempre fue tan obvio. El Norte de Corea originalmente fue mucho más industrializado que el Sur y, hasta mediados de la década de 1970, el Norte en realidad fue más rico (was actually richer) que el Sur. También, hasta finales de la década de 1980, ambas Coreas fueron dictaduras.

Pero, antes de que el jurado diera el veredicto, el sistema de Corea del Norte de hecho tenía algunos admiradores prominentes en Occidente. Uno de ellos fue la aclamada economista de Cambridge, Joan Robinson, quien en 1965 publicó un artículo titulado Korean Miracle [El Milagro Coreano], en el que describió a Corea del Norte como una historia de un éxito asombroso. Después de recitar una larga lista de cifras oficiales de producción, Robinson afirmó:

“Todos los milagros económicos del mundo de la posguerra, son eclipsados por estos logros.”

En el comentario de ella, los logros sociales del país eran aún más impresionantes:

“Y existe una educación universal […] Hay numerosos jardines de infancia y guarderías, todo sin que se cobre por ello. Hay un sistema completo de seguridad social […] El servicio médico es gratuito. […] Los trabajadores tienen días feriados con paga.”

Asimismo, Corea del Norte no era una dictadura –sólo parecía como si lo fuera:

“Los signos externos de un “culto” eran muy marcados –fotografías, nombres a las calles, niños en las guarderías cantando himnos en honor de su amado líder. Pero, el Primer Ministro Kim Il Sung parece funcionar más bien como un mesías, que como un dictador.”

En la década de 1970, Elridge Cleaver, uno de los líderes del partido político estadounidense las Panteras Negras, viajó a Corea del Norte en varias ocasiones. Después de una visita en 1970, escribió:

“Aquí en Corea del Norte he encontrado a un pueblo que ha edificado las bases de un comunismo hacia el cual están moviéndose rápidamente […] para transformar su sociedad en un paraíso terrenal […]

Ningún otro pueblo en la historia del mundo ha sido capaz de lograr simultáneamente resultados tan fantásticos en todas las áreas de la economía […]

Los trabajadores […] del mundo tienen mucho que envidiar de las vidas del pueblo trabajador de la República Democrática Popular de Corea.”

Y, a principios de la década de 1980, Luise Rinser, una escritora alemana y candidata presidencial en 1984 por el partido de los Verdes, viajó varias veces a Corea del Norte. Ella describió al país (She described the country) como bucólico, un idilio igualitario, inmaculado ante la influencia corruptora del consumismo de Occidentes. Kim Il Sung, en sus palabras, no era un dictador del todo, sino un padre benigno, quien gobernaba junto con su pueblo:

“En verdad que es cierto, yo lo experimenté, que el presidente no gobierna desde su escritorio, él sale a reunirse con la gente, dando y recibiendo el consejo de las bases. Lo que luego se prepara como un plan oficial en Pyongyang, es resultado de las consultas de Kim Il Sung con los expertos y los trabajadores. También pude ver cómo la gente lo ama, y no porque sea ordenada a que lo haga.”

Yo podría seguir. Ahora bien, sería deshonesto decir que había un apoyo para el régimen de Corea del Norte por parte de izquierdistas occidentales: no lo había. Corea del Norte nunca atrajo los peregrinajes masivos de los intelectuales de Occidente del tipo que alguna vez atrajo a la Unión Soviética, China y Cuba (of the kind that the Soviet Union, China, and Cuba once attracted). Pero, al mismo tiempo, no es particularmente difícil encontrarse con afirmaciones como las arriba expuestas.

Es absolutamente apropiado tratar a Corea del Norte como ejemplo de socialismo y sostener sus resultados ante los auto-descritos socialistas. Ciertamente no es el tipo de socialismo al cual aspiran los socialistas occidentales. Pero, entonces, el socialismo tiene el hábito de no resultar tal como lo esperaban sus proponentes.

Reimpreso de CapX

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