Roy Barreras Fachito

La palabra “fascismo” es el comodín de los ignorantes políticos

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Finalizando Abril, leímos como Carolina Sanín (escritora) y Roy Barreras (congresista) abusaron ignorantemente de la palabra “fascismo”. El concepto de fascismo ha adquirido una elasticidad tal que en nuestros días significa cualquier cosa. Debido a lo anterior y usando estilo shanzhai, escribo esto para dotar de conocimiento a quien aún no ha comprendido que el fascismo asociado con “la derecha”, ha evolucionado tanto que ya no es un fenómeno ligado a la derecha sino que más bien constituye un híbrido político que hace difícil clasificarlo correctamente.

Por lo general, entre el amplio círculo de ignorantes políticos que contamos en Colombia, se puede decir que el término fascismo o el calificativo de “facho” suele aplicarse a personas pertenecientes a la derecha política, específicamente a quienes apoyaron gobiernos brutalistas como el de Uribe, la dictadura militar de Augusto Pinochet, entre otros. Sin embargo y de acuerdo con el marxista Antonio Cusgüén:

“El fascismo surgió como movimiento político en la época de la Post-guerra; surgió primero en Italia. Como se sabe, a raíz de la guerra, Italia sufrió una honda conmoción revolucionaria, conmoción que resultó frustrada dada la ausencia de una orientación definida en las clases trabajadoras de Italia, de una estructuración sólida en las fuerzas revolucionarias; y el fascismo explotando esta crisis logró imponerse, conquistar el poder” [1].

Tomando lo que dice Robert O. Paxton podemos ilustrarnos un tanto:

“…los fascistas eran claros en una cosa: ellos no estaban en el centro. El desprecio que inspiraba a los fascistas el centro blando, complaciente y dispuesto a llegar a soluciones de compromiso era absoluto… La reacción fascista básica ante el mapa político izquierda-derecha era proclamar que lo habían dejado obsoleto al no ser ‘ni derecha ni izquierda’, trascendiendo esas divisiones anticuadas y uniendo a la nación”[2]. El fascismo italiano y uno de sus principales rasgos, el Estado corporativo, pretendía ser una alternativa al capitalismo y al estatismo socialista. En palabras de Norberto Bobbio:

“Junto al Estado ético de los conservadores y al Estado imperio de los extremistas, aparece poco a poco y finalmente adquiere la primacía el Estado corporativo: las corporaciones son de hecho los órganos destinados a conciliar los intereses opuestos, a obtener la colaboración de las clases opuestas en nombre del interés superior de la nación. El Estado corporativo elimina la anarquía del Estado liberal sin caer en el despotismo del Estado comunista. Ni dictadura de la burguesía, ni dictadura del proletariado, sino, para decirlo de algún modo, dictadura de aquel ente superior a las clases opuestas que es la nación. El Estado corporativo es también, por lo tanto, el Estado nacional”[3].

El fugaz apoyo de los liberales al fascismo

Antes de ser fascismo, se le conocía como un movimiento campesino violento llamado “squadrismo”, el cual (harto de los saqueos socialistas), decidió derrocar con garrote las cuasi-dictaduras locales comunistas de aquel entonces. Si bien al inicio recibieron buenas críticas de prominentes economistas liberales como Pareto, este y los demás declinaron al ver en lo que prontamente se convirtió.

Sin embargo y parafraseando a Antonio Cusgüén: señalar el origen de un movimiento, no basta para adquirir una concepción real de lo que significa en la actualidad.

La manipulación del lenguaje y el invento “antifascista” del stalinismo

Sucede que el fascismo fue un concepto manipulado hábilmente por el régimen socialista de Stalin (y los comunistas posteriores), el cual fue reactivado cuando el líder socialista fue traicionado en 1941 por Adolf Hitler. Desde ese momento, como explicaba François Furet, el “antifascismo” se transformó en el estandarte de lucha del comunismo internacional. En aquella época quien se declaraba anticomunista pasaba inmediatamente al bando fascista, de manera que no se podía ser anticomunista y antifascista simultáneamente. Pero en realidad el Comintern (Internacional Comunsita) ya había desarrollado una interpretación marxista-leninista del fenómeno del fascismo en la década de 1920. Tal interpretación (ortodoxia impuesta desde Moscú)  concebía la existencia de una estrecha relación instrumental entre el fascismo y el capitalismo, en donde la esfera política se encontraba subordinada a la esfera económica, lo que se traducía en que el fascismo venía a consolidar y a asegurar el predominio del sistema capitalista en su “fase imperialista” (idea de Lenin). Otros marxistas “heterodoxos” como Otto Bauer o August Thalheimer discrepaban de esta interpretación, puesto que no consideraban el fascismo como un estadio final del desarrollo del capitalismo, siendo más bien uno de las variadas formas posibles de la crisis de este sistema económico. Otras interpretaciones como la de Poulantzas (influenciado por Gramsci) otorga al fascismo un grado de autonomía del “gran capital”. Sin embargo, la interpretación marxista es reduccionista y simplista, puesto que no alcanza a percibir la complejidad de la cosmovisión nacionalsocialista, la poderosa influencia de la figura de Hitler, la evolución de la relación del nazismo con la elite industrial y el “pensamiento económico” de Hitler y su rechazo del capitalismo financiero. Pensar que Hitler y la política nacionalsocialista eran una suerte de epifenómeno de la economía o de que actuaban en nombre de la consolidación del gran capital financiero, es no entender el nazismo y a Hitler. Como bien apuntó Ian Kershaw:

“De hecho, el finalmente autodestructivo impulso racional del régimen nazi sólo parece explicable a partir de estas premisas: cuanto más rápido el régimen perdía el control  y corría alocadamente hacia el abismo, mayor era el espacio para las iniciativas político-ideológicas desconectadas del potencial del sistema socioeconómico de reproducirse a sí mismo, hasta, finalmente, negarlo directamente”.

Tan provechoso fue este dispositivo “fascista” que incluso continuó siendo utilizado cuando el fascismo ya había desaparecido. Esta manipulación del lenguaje sigue aún en boca de muchos que usan el concepto de fascismo sin saber absolutamente nada la historia de este concepto. Para esta clase de personas fascismo = nazismo = dictadura militar de derecha = conservadurismo. Se tilda de fascista a George W. Bush o a Pinochet (¡incluso a Konrad Adenauer!), mientras que al parecer los regímenes de Evo Morales (y Álvaro García-Linera), Hugo Chávez, Nicolás Maduro y la cleptocracia castrista en Cuba, no parecen calificar para ser tildados con este termino. Esto obedece a la creencia de que el fascismo es un fenómeno relacionado con la derecha política, pero el problema con esta interpretación es que es falsa ya que tanto Mussolini (fascismo) como Hitler (nazismo) se mostraron como una alternativa que se alejaba tanto del capitalismo como del socialismo marxista. En cuanto a la identificación del fascismo con la dictadura militar, Paxton explica esto por el hecho de que los líderes fascistas militarizaron sus sociedades y situaron las guerras de conquista en el centro de sus objetivos. Añade el autor:

Pero mientras que todos los fascismos son siempre militaristas, las dictaduras militares no son siempre fascistas. La mayoría de los dictadores militares han actuado simplemente como tiranos, sin atreverse a desencadenar el entusiasmo popular del fascismo. Las dictaduras militares son mucho más comunes que los fascismos, porque no tienen ninguna conexión necesaria con una democracia fallida y han existido desde que ha habido militares”[4].

El abuso de las palabras y la nueva izquierda

Desde el final de la segunda guerra mundial el uso de la palabra fascista como adjetivo se ha ido estirando cada vez más, no solo en sus referentes, sino en sus usuarios: casi todo el arco político es capaz de llamar “fascista” a su adversario. El fascismo se usa en realidad como metáfora volátil del mal en política. En el nivel más elemental, donde las especificidades del referente original de la comparación van quedando más olvidadas, decir que tal o cuál partido es fascista, quiere decir sencilla y brutalmente que es la encarnación del mal.
Neoliberalismo y fascismo.

Si, como explica Ozick, en la metáfora homérica “el mar oscuro como el vino” se intenta aprehender lo lejano (el mar) a través de lo cercano y conocido (el vino), en “el neoliberalismo es fascismo” la izquierda de los años ochenta, noventa y dos mil creía aprehender un fenómeno nuevo (el neoliberalismo), a través de uno supuestamente conocido, albergado en la memoria colectiva, (el fascismo). Y al mismo tiempo esa izquierda coloreaba con una tonalidad épica su aburrida condición burguesa, declarándose enemiga de un rival tan terrible como el que habían enfrentado sus padres o sus abuelos.

Pero en verdad la experiencia del fascismo real, histórico, había quedado tan lejana en el tiempo que el proceso cognoscitivo se acabó invirtiendo: la izquierda de hoy cree saber lo que es el fascismo, porque conoce el neoliberalismo. “Su” fascismo fue el “neoliberalismo”…

… ¿Quién de los dos abusadores de la metáfora “fascista” va más lejos? ¿El progresista indignado con el fantasma nacionalista soberanista que en alguna medida amenaza convertirse en un nuevo orden del mundo, o el izquierdista radical que pone a la misma altura al neoliberalismo y al fascismo y que parece dispuesto a permanecer neutral ante el avance de Le Pen?

La metáfora es “el heraldo de la piedad humana” dice Ozick, porque es el mecanismo por el cual podemos “tratar como a un prójimo a un extranjero”. La idea es hermosa, pero cuando se olvida el origen de una metáfora, cuando lo que expresa se ha literalizado, cuando se ha olvidado la distancia entre las dos cosas que conecta, se convierte en el heraldo más peligroso de la confusión humana [5].

Finalmente y lo que sí debería indignarnos, es que figuras reconocidas en lo intelectual y político no se tomen un par de minutos para buscar en Google (algo tan sencillo como copiar y pegar los artículos citados aquí) una bibliografía adecuada para comprender al movimiento fascista y no andar escribiendo burradas en redes sociales.

Lecturas recomendadas:

Bibliografía:

[1] Antonio Cusgüén, El Fascismo en Colombia (Colombia, N/A, 1934), 10.
[2] Robert O. Paxton, Anatomía del fascismo (España: Península, 2005), 20.
[3] Norberto Bobbio, Ensayos sobre el fascismo (Argentina: Prometeo Libros, 2006), 71.
[4] Jan Doxrud, Fascismo ¿de qué estamos hablando? (Chile, Libertyk.com, 2015) Link.
[5] Santiago Gerchunoff, La Nueva izquierda quiere confundirte: el liberalismo no es fascismo (España, El Español, 2017) Link.

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Vladimir Gutiérrez Fernández, es Economista de la universidad Santo Tomás de la ciudad de Bucaramanga, especialista en Gerencia de Exportaciones, diplomado en Mercado de Capitales, certificado como Auditor de Calidad, actualmente se desempeña como emprendedor y es docente en la universidad UNICIENCIA de la misma ciudad.

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