Reidin Montenegro marzo 28, 2017

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La esencia de la república reposa en la supremacía de las instituciones frente los gobernantes, en el justo equilibrio entre el individuo y la colectividad y en el profundo e incondicional respeto por la tradición constitucional; bajo este precepto, flaco favor le hacen a la institucionalidad narcisistas burgomaestres que afanados por la vanidad, pisotean las banderas del estado moderno y abandonan los razonables y ponderados designios que les encomienda la constitución.

Tal es el caso del tristemente célebre Juan Manuel Santos, quién en su prisa bizantina por ser proclamado estadista, ha sumido a Colombia en una profunda crisis en la que los poderes públicos han posado de esbirros de su profana voluntad.

Tan grande y fatídicas han sido las consecuencias de esos procederes, que la última encuesta realizada por Gallup, arroja que el 73 por ciento de los consultados creen que el país va por mal camino.

Este resultado es explicable si tenemos en cuenta que en la administración Santos se derrochó la mayor bonanza petrolera de las últimas 6 décadas ocasionando un duro golpe a las finanzas estatales cuando los precios internacionales del petroleo cayeron, que en el 2016 se vieron reducidos importantes indicadores económicos como el de agregación de activos productivos o formación bruta de capital que se restó 3.6% del PIB y que producto de sus nocivas prácticas clientelistas, se aumentó la deuda estatal del 43% al 54% del PIB.

La cruel situación a las que nos ha conducido Juan Manuel Santos, nos otorga la razón cuando decimos que es inminente la necesidad de su renuncia o la terminación de su período.

Con sus desfavorables actuaciones ha ratificado que tanto el estado como sus titulares son pésimos administradores y ejecutores de recursos públicos y que el peor enemigo de un mandatario es su propia soberbia.

En estas condiciones, el pueblo Colombiano necesita un líder respetuoso de la constitución y el individuo, que sea capaz de sobrevenir la desoladora herencia de Santos y que saliendo airoso contribuya al bienestar de los contribuyentes.

Ese líder necesario debe tener claro que en lugar de estar en la ironía y las murallas de los cócteles bogotanos, le debe hablar claramente al país.

Que mientras los ávidos de poder y no de servir, se manejen en encerronas entre cuatro paredes en Bogotá, de espaldas al pueblo y valiéndose de los cálculos para presentarle al país la protección ficticia de la constitución a través de sepulcros blanqueados, él debe ser superior a esos bajos instintos propios de las bestias, y poner por delante, la vehemente intención de devolverle al contribuyente Colombiano mediante la reducción de impuestos y el respeto a la institucionalidad la libertad de autodeterminarse sin ser obstaculizado por un estado megalómano enemigo del progreso individual.

Autor at Inst. Mises Colombia

Es estudiante de Derecho de la Universidad del Atlántico y estudiante de Administración Pública de la Escuela Superior de Administración Pública.

Acérrimo defensor de las ideas de la libertad, el libre mercado y la limitación en el mayor grado posible de las funciones del Estado.

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