¿La mano invisible necesita ayuda?

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¿Recuerdas haber tenido un jefe que quería cuidarse de los más mínimos detalles? ¿Qué amenazaba y observaba lo que hacías constantemente? A cambio, tú trabajabas lo mínimo posible. Por otro lado, tal vez has tenido líderes que inspiran – y trabajabas noches enteras para terminar un proyecto solo para no decepcionarlo. Quizás estabas en el primer empleo porque no conseguías otro o porque necesitabas dinero. En el segundo, permanecías igualmente sabiendo que podías ganar un poco más en otro lugar.

En la edición del 20 de junio de la revista Science, Samuel Bowles, director del Programa de Ciencias Comportamentales del Instituto Santa Fe, observa como las interacciones en el mercado no consiguen optimizar las recompensas de los participantes – por ejemplo, el jefe detallista obtiene menos resultados de sus funcionarios de lo que gustaría. Para Bowles, la clave para esa cuestión es que las políticas desarrolladas para ciudadanos que buscan el propio interés pueden minar “los sentimiento morales” es una referencia obvia al libro Teoría de los sentimiento morales (1759), de Adam Smith, en el cual el autor defiende que las personas poseen un sentido moral innato. Ese sentimiento natural de consciencia y solidaridad permitiría a los seres humanos vivir y trabajar junto de forma mutuamente beneficiosas.

Para explorar la interacción entre los sentimientos morales y el autointerés, Bowles utiliza un caso en el cual 6 guarderías en Haifa, Israel, comenzaron a cobrar una multa a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos. El propósito de la multa era estimular a los padres a ser más rápidos. En lugar de ello, los padres comenzaron a llegar a la guardería incluso más tarde. ¿Por qué? De acuerdo con Bowles:

“La multa parece acabar el sentido de obligación ética de los padres, de evitar causar cualquier inconveniente a los profesores, y los llevaron a pensar que el atraso era apenas una cosa más que podían comprar”.

Bowles argumenta que la economía convencional supone que “las políticas que apelan al interés económico propio no afectan la importancia de las preferencias éticas y altruista, entre otras preferencias sociales.” Consecuentemente, los intereses materiales y la ética, en general, caminan en la misma dirección, reforzándose una a otra, Si este es el caso, entonces, ¿cómo alguien puede explicar la experiencia de la guardería y del jefe detallista?

Bowles examina 41 experimentos de economía comportamental para observar cómo y cuándo los incentivos morales y materiales divergen, por ejemplo, los investigadores prepararon un experimento que implica colombianos del área rural dependientes de los recursos colectivos del bosque. En el primer experimento, se les pidió a los colombianos que decidieran, de forma anónima, cuanto cada uno debería retirar del conjunto de los bienes comunes. Después de ocho rondas de juego, los colombianos habían retirado una cantidad que se situaba entre el autointerés individual y los niveles que beneficiarían el grupo. Entonces, los investigadores les permiten hablar, lo que aumentó en mucho la cooperación. Finalmente, los investigadores implementaron una condición análoga a la “regulación gubernamental”, en la cual los participantes eran multados por sobreexplotar los recursos comunes de acuerdo con sus propios intereses. ¿El resultado? Los participantes pasaron a mirar la multa como un coste y buscaban sus intereses en el corto plazo a costa de la maximización de sus ganancias en el largo plazo. En ese caso, los participantes aparentemente creían que satisfacían sus obligaciones morales al pagar la multa.

A pesar de que este experimento muestra cuánto algunos malos proyectos institucionales pueden llevarnos a malos resultados sociales, aún me intriga la forma como Bowles acredita que ese experimento tiene algo que decir. ¿Qué habría ocurrido si los colombianos de ese experimento hubiesen recibido derechos exclusivos en relación a una porción de los recursos del área común – por ejemplo, la propiedad privada? Extrañamente, el propio Bowles reconoce esa solución cuando discute como los incentivos de arrendamiento producen resultados inferiores a los considerados óptimos. Él recomienda la concesión de la propiedad a los arrendatarios o la cobranza de alquiler.

En realidad, Bowles reconoce que los mercados no nos transforman en calculadores egoístas. Él cita los resultados de un estudio de 2002 donde observó como los miembros de 15 pequeñas sociedades jugaban varios juegos económicos experimentales. En un juego, un jugador dividía el pago por su día de trabajo con otro jugador. Si el segundo jugador no gustase la cantidad que el primer jugador ofrece, él podría rechazarla y ninguno de los dos ganaría nada.

Los resultados animarían a los defensores del mercado. Conforme Bowles apunta,

“Los individuos de una sociedad más orientada para el mercado también eran más justos y, con ello, hacían ofertas más generosas a sus socios del experimento y con más frecuencia escogían no recibir nada en vez de aceptar una oferta injusta. Una explicación plausible es que ese tipo de honestidad es esencial para el proceso comercial y que, en sociedades orientadas para el mercado, los individuos comprometidos en intercambios mutuamente satisfactorios con extraños representan modelos de comportamiento bien exitosos, que luego pasan a ser copiados por otros”.

En otras palabras, a medida que las personas ganan más experiencia con los mercados, los incentivos morales y materiales caminan juntos.

Curiosamente, la neuroeconomía también esta comenzando a profundizar en cómo nosotros respondemos a diversas instituciones. En un experimento realizado por investigadores de la Universidad de Oregón, con equipamientos de resonancia magnética escanearon los cerebros de los estudiantes en cuanto ellos escogían donar – o eran obligados a donar – una parte de sus 100 dólares a un banco de alimentos. La primera parte era donada por caridad y la segunda como un impuesto. En ambos casos, sus centros de recompensan se “iluminaron”, pero con menor intensidad en el caso del impuesto. Como dice al The New York Times William Harbaugh, economista de la Universidad de Oregón:

“Estamos demostrando que el pagar impuestos realmente produce una recompensa neurológica, sin embargo, mostramos que esa recompensa es aún mayor si usted hace una donación voluntariamente.”

Bowles, evidentemente lamentado, observa: “antes del advenimiento de las ciencias económicas en el siglo XVIII, era más común apelar a las virtudes cívicas.” Él reconoce que tales apelaciones “difícilmente son adecuados para evitar las fallas del mercado”. Cómo solucionar esas fallas fue el asunto del segundo gran libro de Adam Smith, La riqueza de las naciones (1776), donde explicaba. “Al buscar sus propio interés, los individuos muchas veces promueven los intereses de la sociedad de forma mucho más eficiente de lo que cuando es su intención realmente promoverlo.


Traducción del portugués por John Alejandro Bermeo, el artículo original se encuentra aquí.

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es el editor de ciencias de la revista Reason, una publicación libertaria estadounidense de la Fundación Reason. Es un reconocido partidiario del uso de biotecnologías para el mejoramiento humano y, en general, es un férreo paladín del transhumanismo.

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