La lucha por la libertad comienza por la cultura

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A primera vista, la historia política de los Estados Unidos antes del siglo dieciocho es la misma historia política británica. Tal y como la mayoría de los colegiales saben, en el siglo diecisiete, John Locke cristalizó la noción de que la ley humana debería reflejar la Ley Natural, pero la idea de que la ley debe servir al bienestar de la gente a la que era impuesta se remonta al menos a la época de los primeros anglosajones.

Debido a que la tiranía debe conformarse tanto en la ley como en las instituciones políticas existentes, resulta evidente que cuando una élite gobernante se sobrepasa y abusa de su poder, la lucha del pueblo por recobrar su libertad por lo general no comienza directamente en el terreno de la política o el mundo de las leyes.

La cultura precede a la política

A través de la historia, el cambio de las políticas y los estatutos de un país ha sido el objeto final de contundentes intentos populares para mantener el poder, pero el rechazo masivo a aceptar abusos políticos siempre ha comenzado en la cultura. “Cultura” es un término vago así que podemos mejor definirlo como la suma de las acciones de los ciudadanos de un país, las actitudes que orientan sus respuestas ante eventos, sus expectativas sobre lo que pueden hacer y los recuerdos de lo que ellos, y quizá sus ancestros, siempre han hecho.

La fundación de los Estados Unidos es sólo un ejemplo de este proceso. En 1776 (La Independencia de los Estados Unidos de América), así como en 1689 (Carta de Derechos original), 1628 (Petición de Derechos), 1215 (Carta Magna), e incluso 1014 (Documentos anglosajones), en estos casos las libertades que los ciudadanos ya creían poseer han sido codificadas y concretadas para darle forma a las instituciones políticas.

Y en cada caso, esta formación de entidades políticas con el propósito de incrementar o proteger los derechos de los individuos libres que ya eran reconocidos en la cultura, siempre ha sido detonada por los excesos de la élite gobernante (o al menos parte de ella).

Desde este punto de vista, la Revolución Americana no fue tanto una Revolución Americana como lo fue una evolución británica – otra vuelta en el trinquete anglo-político de la libertad, impulsado por el tipo de conservadurismo cultural que todos los liberales deberíamos celebrar.

Así como William Pitt, estatista y antiguo primer ministro británico, dijo al pronunciarse en contra de la Ley del Timbre[1] en el año en el que Los Estados Unidos eran fundados,

Celebro que Los Estados Unidos se hayan resistido. Si tres millones de personas hubieran sido inertes a la emoción de la libertad y voluntariamente se sometieran a la esclavitud, habrían sido instrumento justo para convertirnos en esclavos al resto (de nosotros).

Esto refleja la interesante realidad de que las actitudes que impulsaron a la Independencia de Los Estados Unidos no solo se encontraban entre los colonos sino que eran también prevalentes entre sus compatriotas británicos en la “madre tierra”, nacidos en la misma cultura anglosajona.

El uso de Pitt de la palabra “emoción” es diciente. La emoción no está definidas en la ley o grabadas sobre las puertas de nuestros importantes edificios estatales, en cambio, como Pitt reconoce, esta es el sentimiento que dirige el cambio político, reflejo de las actitudes prevalentes y las expectativas en la sociedad.

De hecho, en la tradición anglosajona, la élite política ha explícitamente reconocido que los sentimientos y las expectativas del pueblo son los límites máximos de su poder, y ha concedido como tal cuando ha tenido que negociar con el pueblo que gobierna.

La Carta Magna, varias declaraciones de coronación que se remontan al milenio, la Petición de Derechos, etc., Todas se refieren explícitamente a las costumbres del pueblo – aquellas libertades que el pueblo tiene derecho a esperar simplemente porque han sido comúnmente defendidas y han sido disfrutadas por mucho tiempo. Esas costumbres existen en las mentes de las personas, definiendo, aunque con flexibilidad, las fronteras en las cuales (anteriormente) reyes y (ahora) políticos deben confinarse si no quieren arriesgarse a enfrentar el rechazo popular que imposibilita el gobierno.

La experiencia es clave

El movimiento por la libertad de hoy en día debe prestar atención a esta lección de la historia: los grandes movimientos populares en contra del poder no son provocados cuando suficientes personas ven que un derecho abstracto les es arrebatado. Suceden cuando suficientes personas en efecto experimentan cómo su día a día es afectado.

En otras palabras, es cuando el poder ofende a nuestras libertades culturales – no a nuestra libertad política – que nos levantamos en su contra.

¿Por qué otro motivo tanto la izquierda como la derecha de nuestro tiempo se han sentado relativamente calladas mientras nuestro derechos al debido proceso, privacidad y libertad de expresión han sido removidos por legislaciones como la Ley Patriótica y el NDAA, y sin embargo vociferar enérgicamente sobre nuestro derecho a fumar hierba (en la izquierda) o poseer armas sin restricción (en la derecha)?

La respuesta, al menos en parte, es que fumar y/o las armas, son parte de la cultura de muchos norteamericanos, así que los excesos gubernamentales en esas áreas se sienten como una transgresión personal. En contraste, eliminar tu derecho al debido proceso es imperceptible hasta que necesitas del debido proceso, y que invadan tu privacidad es imperceptible si ni siquiera tienes conocimiento de que está sucediendo.

El día de la Independencia hace que muchos de nosotros nos sintamos patrióticos. Ese término originalmente no significaba lealtad a la causa separatista en contra de los británicos, sino lealtad a las ideas de libertad arraigadas a la tradición anglosajona por cientos de años y destiladas maravillosamente en la constitución de los Estados Unidos de América. Estas ideas, llenan conversaciones de cafetería en todo lugar, incluso en el siglo 18, constituían una forma de norma cultural y eran compartidas por britones en ambos lados del atlántico.

Los verdaderos patriotas de hoy en día están comprometidos con las mismas ideas. Ese subgrupo que justamente puede reclamar el espíritu de la independencia americana son los pocos que ponen su bienestar en riesgo para defenderlas.

Conservadores liberales

Cuando suficientes personas sienten que la cultura -la vida diaria- está siendo infestada e infectada de estas formas, partiendo de sus costumbres (actitudes y expectativas) de libertad – no en sus instituciones políticas – ellos reaccionan, iniciando un largo proceso en el que la cultura eventualmente termina redibujando las líneas legislativas y políticas de tal forma que reclama las libertades que se han perdido. Según la lista de fechas anteriormente señaladas, ha sucedido a lo largo de la historia y sucedió en 1776.

Los fundadores no eran ideológicamente revolucionarios. Ellos eran, en esencia conservadores, aunque liberales; conservando el derecho de nacimiento anglosajón de la libertad – un derecho que algunos miembros de la élite británica de la época se negaban a respetar, así como la actual élite de los Estados Unidos se niega a respetar ahora. La “revolución” de los fundadores fue entonces una reacción de origen cultural a una violación de las costumbres de esa misma cultura, cuyos resultados fueron, como estaba previsto y suele ocurrir, profundamente políticos.

La declaración de Independencia fue el producto de un tipo de Independencia en la cual toda libertad política y cultural depende – una independencia de mente. Esa es la independencia fundamental que sólo un individuo puede reclamar.

El movimiento norteamericano por la libertad está entendiblemente preocupado con la ley, las políticas y las instituciones. Todas ellas son profundamente importantes. Pero la verdadera lucha está en la mente de las personas. Si podemos fortalecer nuestra cultura de libertad diciendo la verdad sobre donde nos encontramos hoy parados, contrastándola con nuestra rica tradición de libertad, y de esa forma estimulando ese sano sentir de “¿cómo se atreven?”, entonces la política será cuidada por ellos mismos.


[1]La Ley del Timbre de 1765 exigía la compra de sellos reales para todos los documentos legales, periódicos, licencias y contratos de arrendamiento. (america.gov)


Traducción por José Graterol, tomado de FEE.

 

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es británico de nacimiento y recientemente se convirtió en un ciudadano de los EE.UU. Fundó WatchingAmerica.com, una organización de más de 200 voluntarios que traduce y publica opiniones sobre los EE.UU. de todo el mundo, trabaja como entrenador y consultor, y recientemente escribió el libro If You Can Keep It.

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