La libertad educativa es el camino para un país más educado

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El gran problema de la educación colombiana no es que no se les paga lo suficiente a los profesores. El gobierno podría subirlo todo lo que el magisterio desee, pero eso no haría que el problema de la baja calidad educativa se solucione, porque sencillamente esa no es la razón del problema. El problema radica en el sistema educativo mismo.

Además, no es verdad que los docentes públicos tengan salarios de miseria. Según el estudio “Tras la Excelencia Docente” de la Fundación Compartir, publicado en 2014, los docentes públicos ganan en promedio un 10% más que el promedio de los trabajadores formales y un 7% menos que el promedio de profesionales. Y esta diferencia  no es algo que pueda considerarse injusto: la diferencia de ingresos se da básicamente porque el valor económico y la riqueza que generan unas profesiones es mayor que el generado por otras.

Pero, como dije al principio, es un falso dilema vender la solución de la educación a un aumento de presupuesto en la educación pública o al incremento de salarios de los profesores. Singapur, el país que obtuvo los mejores rendimientos de educación en las últimas pruebas PISA, gasta un 2,91% de su PIB a la educación; Japón, el segundo, gasta el 3,82%; Colombia, que se encuentra en el puesto 57, gasta el 4,67%. No existe relación entre gasto y calidad educativa.

La solución debe basarse en comprender lo que es el ser humano y lo que la educación genera en él. Cada ser humano es un ser único e irrepetible; es como una huella digital: tiene características generales que comparte con el resto y sin embargo es individual. Es así que la pretensión de una educación igualitaria iría en contravía de lo que es el ser un individuo.

El sistema educativo colombiano no está encuadrado en este fundamento básico. Al contrario, este sistema  presupone que lo indicado es ofrecer el mismo servicio, buscando eliminar en todo lo posible las diferencias, a todas las personas por igual. El estudiante está obligado a recibir el mismo número y en la misma proporción de asignaturas, sin importar su individualidad, gustos, talentos, o plan de vida único, y lo más importante, sin importar si lo que aprende lo hace feliz.

No es posible que el Estado desarrolle un sistema educativo basado en las diferencias de cada individuo. Para hacerlo, exigiría que el Estado financiara la educación de cada estudiante con un tutor particular (lo cual requeriría, ahí sí, de montañas ingentes de dinero de los impuestos). Es por eso que la solución más sencilla es liberalizar en lo más posible la educación; que el Estado intervenga en lo menos posible en la educación de los colombianos y que de esa manera se pueda fortalecer la educación por la competencia, que es la consecuencia directa de un sistema más libre.

Con una intervención mínima, distintos emprendedores y educadores, tendrían mayores oportunidades para fundar más colegios con distintas metodologías pedagogías y especializaciones. Actualmente el Estado colombiano regula el mercado educativo hasta el punto que las diferencias entre distintas ofertas educativas sean mínimas: el Estado impone que solo se pueden fundar colegios con su permiso y para tener este es necesario que el Proyecto Educativo Institucional sea del gusto de los burócratas del gobierno; también, el nuevo colegio, tiene que someterse a una revisión de su currículo y plan de estudios (Decreto 3433 de 2008). En otras palabras, solo se pueden fundar colegios que le guste al Estado y con el currículo de asignaturas que este imponga.

No hay cabida para nuevas propuestas pedagógicas, para colegios que se dediquen a fortalecer ciertos talentos únicos o que quieran dedicarse a un arte o disciplina en especial.

Esto por el lado curricular, sin embargo es necesario que, para que haya más competencia, se reforme el sistema educativo a uno de vouchers escolares, que consiste en que el Estado subsidia la demanda de educación, es decir a los padres y estudiantes, por medio de cupones que solo pueden ser redimidos por servicios educativos, en la instalación educativa pública o privada que prefiera.

Con este sistema se fortalecería la competencia entre los colegios. El padre tiene el poder para elegir qué educación quiere para sus hijos y cuál colegio considera es mejor para esto. Los colegios, al verse obligados a competir, se esforzarían por proveer la mejor educación posible.

Con libertad educativa y un sistema de vouchers, los padres de Colombia, los que de verdad conocen a sus hijos y les importa su felicidad, podrán escoger la educación que más se adapte a sus intereses, talentos y proyectos de vida. Prevemos una sociedad colombiana más feliz y talentosa.

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es candidato a la presidencia de Colombia para 2018 por el Movimiento Libertario. Educador, pedagogo y promotor de proyectos educativos. Director de proyectos empresariales y ángel inversionista de emprendedores sin capital suficiente para potencializar sus ideas y compañías.

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