La libertad de decir No.

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La controversia se ha ensanchado aún más con respecto a varios temas que han atañido a este debate sobre el conservadurismo, el paleolibertarismo y la discriminación. En anteriores artículos se han hecho críticas a las posiciones paleolibertarias sobre discriminación y demás posiciones conservadoras que obviamente no es que agraden mucho, y que generan controversia. Y después de un largo silencio en medio de toda esta disputa he decidido meter mano y considerar el tema de la discriminación desde otro punto de vista muy equidistante de lo que proponen algunos de mis colegas.

Dado que el tema es espinoso y sé que levantará controversias, lo iré tocando de una manera amplia, desmenuzando el asunto para que se pueda entender.

Primero, planteemos unos casos…

 

Una pareja homosexual que piensa casarse decide encargar un pastel. Pero se encuentran con que el pastelero, que es cristiano practicante, se niega a hacer el pastel para su boda arguyendo sus propias creencias. Hasta allí, todo normal. Ahora bien: la pareja en cuestión al sentirse ofendida por el rechazo decide interponer una demanda contra el pastelero arguyendo discriminación. El pastelero, se sostiene en el hecho de que él está en la libertad de decidir si atiende o no el pedido del pastel… arguyendo sus principios y su fe. ¿Quién tiene la razón en este caso? [1]

Ahora, planteemos la cuestión a otro plano: un hombre con considerable fortuna y varias propiedades quiere y desea entrar a un refinado club social, pero sin embargo al pasar la solicitud esta es denegada. La razón es sencilla: el hombre en cuestión no es del gusto de los socios por su falta grosera de modales, su ascendiente humilde y sus relaciones personales. El hombre insiste, y busca por todos los medios entrar al mismo club social… pero le seguirán negando el ingreso. ¿Qué tenemos planteado en este caso?

Y por último, planteemos un tercer caso: tres chicos quieren entrar a una discoteca gay, sin embargo uno de ellos no es que sea tan agraciado que digamos. El guarda de seguridad revisa los papeles, todo en orden, sin embargo niega la entrada a uno de los tres. Insiste, y le siguen negando la entrada. Llama y reclama al gerente, y este se sostiene: “nos reservamos el derecho de admisión”. ¿Qué ocurre aquí?

Ahora bien… tres casos que giran alrededor de un mismo tema que es bastante controvertido, pero que hace parte de nuestra vida diaria aunque no nos damos cuenta. Discriminación. Esa palabra se ha convertido en el tabú de nuestros tiempos, en donde se habla de igualdad, de tolerancia, de no discriminar a nadie, de aceptar todo lo que venga sin analizar criterios o quien sabe que cosas más. Y es fácil de por sí hacerse la victima frente al rechazo, a nadie le gusta ser rechazado y es una sensación desagradable pero la cuestión está en este hecho: ¿la discriminación es o no es legítima? Hay que decirlo de una vez: Si. Si es legítima. Y es curioso como muchos libertarios han caricaturizado hasta la más grotesca saciedad el asunto, ignorando que todos somos discriminadores por naturaleza. Es más, el mercado mismo es discriminador porque se rige por los intereses egoístas de los individuos, intereses que no solo confluyen, sino que también chocan cuando son intereses opuestos a los buscados. El pastelero cristiano, el club aristocrático, el gerente homosexual atendiendo a tres posiciones distintas (principios morales, imagen pública y reglas estéticas) ejercen la misma discriminación por la cual muchos se rasgan las vestiduras. Es un hecho patente… no podemos ignorarlos así.

 

La trampa de la tolerancia obligada.

 

Ahora bien. La realidad es distinta a la utopía de la tolerancia buscada por todos: somos terriblemente discriminadores así no lo aceptemos, pero por formalismos ocultamos nuestra naturaleza discriminadora. En el día a día tenemos que convivir con personas de diferentes credos, razas, orientaciones sexuales, pensamientos políticos, aficiones y gustos. La pluralidad abunda y es espontanea, nadie niega tal verdad. Sin embargo, las interacciones humanas no nos obligan a tener que aceptar alegremente las diferencias del otro solo por pretextar que se necesita ser tolerante. Muchos no soportan la presencia de un negro, otros tantos consideran inconcebible que una mujer sea madre soltera, otros tantos más detestan rabiosamente a indígenas y a extranjeros, y así un largo etcétera. Sin embargo, los mismos mecanismos sociales, el mismo conducto de la sociedad suaviza estos resquemores y prejuicios. Todo hace parte de una misma mecánica social de la cual todos hacemos parte, aunque a la larga siempre tendemos a reunirnos con los que son semejantes a nosotros en ideas, en raza o en quien sabe qué. Y rabiosamente defendemos nuestras posiciones, por más absurdas que sean, por más estúpidas… ese el fundamento mismo de la sociedad humana, la libertad de elegir con quien nos asociamos, con quien no nos relacionamos, con quien interactuamos.

Pero he aquí que ahora se ha tergiversado este concepto. Ahora, tolerancia implica aceptar SI o SI las diferencias de otros, sin chistar, sin cuestionarlas. Fíjense en esta palabra: ACEPTAR. En otros términos, no tenemos derecho ni a disentir ni a rechazar a esa persona por el sencillo hecho de que sea distinta a nosotros, o que traiga quien sabe que precedentes a sus espaldas… y es un juego peligroso. La tolerancia obligada (distinta de la tolerancia voluntaria) amplifica más las brechas existentes generando repudio violento sobre aquellos que son segregados por diferentes condiciones o cuestiones. La intención sola de pretender solucionar los conflictos e integrar, de manera forzada, a aquellos que son dispares, solo va a aumentar las diferencias. Y he aquí que el desequilibrio social comienza, las facciones comienzan a escalar la agresividad: unos defienden la integración y la tolerancia forzadas, otros reaccionan de manera agresiva sosteniéndose en sus principios no permitiendo que se les imponga tales cosas. Es un tema que sencillamente podemos adaptarlo a diferentes planos de la vida, no solo al tema de las personas homosexuales, bisexuales, transgénero o demás.

Y entonces ¿a qué arguyen los defensores de la tolerancia obligada? A la supuesta “igualdad”. Mejor dicho, a ser tratados como pares e iguales a aquellos que los rechazan, bien sea en acceso a prebendas legales, bien sea en protección legal de parte de las instituciones del estado, bien sea permitiendo que se “integren” y sean aceptados en círculos sociales en donde eran marginados. Pretenden ganar la aceptación de aquellos que los rechazan a través de la coerción y la fuerza bruta del estado mismo, y ello no es correcto. Y muchos libertarios de manera intencionada o quien sabe porque, buscando congraciarse con el establecimiento de la progresía, con su ingeniería social de tolerancia forzada arguyen toda suerte de insensateces buscando justificar lo injustificable.

Y así, no se puede.

El hecho de ser rechazado no necesariamente es malo.

 

En el orden de ideas planteado, la discriminación es un hecho natural y humano que deriva de la sociedad misma. Los intereses egoístas de los individuos influyen en esta, discriminamos siempre de acuerdo a nuestros criterios y nuestras necesidades, si no nos agrada pasamos de largo o decimos no. Un chico rechazado por la muchacha que le gusta, un negocio que fue rechazado por no ser rentable, un actor que rechaza un papel por considerarlo mediocre… e incluso discriminamos a otros por estupideces como el no ver la serie de TV de moda, no seguir las tendencias sociales del momento, no beber en frascos de conserva o quien sabe qué. No solo es discriminar por raza, género, orientación sexual o religión. Discriminamos hasta por banalidades, por gustos gastronómicos, incluso por la forma en la cual nos expresamos o quien sabe que… los pretextos son infinitos.

Y haciendo aparte el tema de la discriminación y sus implicaciones, es hora de darle vuelta de tuerca al asunto.

Hay que aceptar el hecho de que nos digan NO.

Si, como lo oyen bien. Hay que aceptar ese hecho, el hecho de que nos digan no en la cara. Desgraciadamente, las generaciones actuales han vivido a manos llenas, recargados en el positivismo tóxico de una educación mal orientada, en donde se les potenció el egocentrismo hasta la insoportable saciedad. Muchos padres les hicieron un enorme daño a sus hijos al ceder frente a pataletas y rabietas concediéndoles todo lo que querían. Ahora, vemos que esos niños han crecido y son los mismos activistas sociales de la igualdad, la tolerancia, el respeto y la no-discriminación, esos mismos que ven racismo, que ven xenofobia, que ven homofobia en todo lugar y a toda hora, que no saben lidiar ante las negativas y que sencillamente creen que con la coerción y la manipulación pueden lograr ser aceptados. Y no es para menos tal cosa, lo vemos en los activismos sociales de muchos en donde se nota que solo quieren mantener esa espiral tóxica de tolerancia forzada que refuerza odios peligrosos y que lleva a justificar atrocidades como homicidios y violaciones en nombre de la “defensa de los valores” o quien sabe que más.

Y esta situación, que precisamente es la que desean evitar a través de la tolerancia forzada, irónicamente solo se refuerza a través de estas mismas pataletas políticas de los guerreros de la igualdad, el respeto y la tolerancia. Precisamente es irónico esto, pero en mi propia experiencia he encontrado más tolerancia en aquellos que son intolerantes, que en los que dicen ser tolerantes, porque la tolerancia misma no es un hecho coercitivo o forzado, sino que es una manifestación espontánea de la sociedad en donde los intereses comunes confluyen o se repelen de acuerdo a reglas que están implícitas. La discriminación no es una cosa caricaturizada de seres encerrados en sí mismos, despreciando al resto del mundo y encerrándose en una fortaleza infranqueable en donde solo unos pocos pueden acceder, mientras miran con desprecio a los demás. Es simplemente el hecho natural de la confluencia de intereses comunes y el rechazo a aquellos intereses que no son aceptados por nosotros, nada más, nada menos.

Aceptar el rechazo, esa molesta sensación de que te digan no en la cara, sencillamente decir de manera afable y educada “disculpe las molestias” y retirarse de manera discreta, y buscar una opción mejor y más favorable es lo que falta. No solo es una cuestión misma del libertarismo, sino una lección valiosa que la misma vida enseña, y a veces de la manera más desagradable.

El asunto en sí no solo es discriminar porque sí. Cada quien es libre de escoger a quien prestarle o no un servicio, si decide hacer o no un negocio con tal o cual empresa, o contratar a su discrecionalidad a los empleados que quiera de acuerdo a sus criterios definidos, y así ejemplos ad infinitum. Lo que no puede aceptarse es que se pretenda imponer un modelo de tolerancia coercitivo, pretendiendo forzar a otros a ir contra sus principios éticos o sus propios criterios solo por satisfacer los caprichos del rechazado.

Y es aquí en donde insisto: hay que empezar a lidiar con el rechazo, y todo aquello que implica.

[1] El caso citado es real y corresponde a una demanda interpuesta por una pareja gay en 2007 en USA. El caso ahora ha pasado a la suprema corte de los Estados Unidos, en espera de sentencia.

Editor y colaborador Mises Colombia | + posts

"Historiador autodidacta, bloguero, colaborador y miembro fundador de Mises Colombia. Suele ser critico con los nuevos movimientos progresistas, anarcocapitalista por convicción pero realista politicamente, tiene afinidad por el conservadurismo pero reconoce que hay que dar un viraje al mismo en America Latina. Actualmente cursa gastronomía en la Universidad Santiago de Cali y hace parte del grupo de investigación en administración de la facultad de ciencias económicas y administrativas de esta misma universidad"

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