La ilusión de democracia en Venezuela y Colombia

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En días pasados el gobierno de Nicolás Maduro, a través del Tribunal supremo de justicia de Venezuela, anuló completamente todo poder de decisión de la asamblea nacional de este país. Inevitablemente surgieron las voces de protesta y apoyo desde diferentes sectores políticos tanto de la izquierda como de la derecha latinoamericana, las reacciones de rechazo no se hicieron esperar y a la larga, la situación política no hizo más que empeorar. “La democracia ha sido violentada”, o “la democracia ha caído”, cosas de este corte han sido frecuentes en todos los medios y sus reacciones no son más que ciertamente predecibles en el actual contexto político que estamos viviendo. Sin embargo, la situación venezolana a la luz de otro punto de vista es completamente consecuencia de un mismo sistema democrático que ha llevado a este país a una espiral profundamente autodestructiva e hiperexpansiva del rol del estado, sumada al cóctel perfecto de la mentalidad dependientemente estatizada del venezolano promedio. No es para menos, la fuerte dependencia del estado, sumado a los largos años de dependencia de las rentas petroleras, mismas rentas que sostuvieron el socialismo bolivariano de Hugo Chávez y sus seguidores más fanatizados: abastos y supermercados, viviendas, taxis, y un largo etcétera de dádivas concedidas por un “estado benefactor”, así como las expoliaciones continuadas en contra de grandes, medianos y pequeños comerciantes.

Sin embargo, no es un fenómeno nuevo ni ajeno a esta realidad. Lo hemos visto repetidas veces en América en los últimos años, o en África: un gobierno, en extremo popular sube, obviamente legitimado por las urnas. Este mismo gobierno se sostiene gracias a la desmesurada política de regalar a diestra y siniestra bienes, subsidios, dinero, comida. Llega el inevitable colapso, la persecución social y política, y luego los medios empiezan a decir que “eso no es democracia”. Y es lo mismo que sucede cuando asciende alguien que es contrario a las ideas del consenso ideológico existente: “no puede considerarse democracia”. Si, vimos también esto el año anterior en las elecciones de 2016 en donde Donald J. Trump ganó sorpresivamente a Hillary Clinton con un amplísimo margen, aun teniendo esta un apoyo casi que monolítico del establecimiento político, social e intelectual, y así mismo de las más poderosas clases acomodadas de la sociedad norteamericana. Asimismo se repitió esto en Inglaterra con el BREXIT: “No, no es democracia”. Y las cosas, entonces se empezaron a salir más y más de control para el establecimiento político cuando empezaron a ascender los populismos nacionalistas como espuma por toda Europa. Sin embargo, aunque no lo pareciera, ambos temas están profundamente interrelacionados.

El punto a demostrar entonces es la democracia misma, la santificación de este sistema que ha demostrado toda suerte de imperfecciones, de fallas. No de fallas en el sentido izquierdista de poner en posiciones de poder a gente que no conviene a su juego político. Hablo de otras fallas, hablo de que la democracia ha maximizado el poder e influencia de una élite social corrupta ávida del poder político y que lo ha acaparado para sí. Muchos ideólogos como Norberto Bobbio no consideraron esto en ningún sentido: siempre enfatizaron en la necesidad de la búsqueda de la pluralidad de la democracia como sustento de la sociedad liberal. Sin embargo, la praxis es diferente a la teoría: la sociedad misma se vuelve más hostil cada tanto que la democracia misma ha sido profundizada hasta la instancia más extrema, aunque en formas insospechadamente distintas. Es la ilusión eterna, alentada desde una praxis sofística bastante usada por el establecimiento dominante el pretender que la base de una sociedad está en una democracia representativa en donde todos tenemos una pequeña cuota, una participación mínima de poder representada en una persona elegida a través del sufragio. Y aun así, esa misma ilusión de poder que nos han vendido a la larga se convierte en un pretexto bastante mezquino para justificar toda una serie de atropellos en contra de la sociedad: “se lo debo a mis votantes”, o “lo hago por el pueblo”. La democracia entonces solo es una ilusión construida sobre bases endebles, y como tal es susceptible a convulsiones: es frecuente el uso de la presión ciudadana en contra de esta misma élite política a través de manifestaciones como las del 2014 en Venezuela, y actualmente las manifestaciones del 1 de abril en Colombia en contra del gobierno del presidente Santos.  Sin embargo, las protestas, las manifestaciones por ser más honesto son solo más la repetición de un eco de descontento que es al final reconducido al favorecimiento de la élite política misma: el típico espectáculo distractor que al final sigue repitiendo el ciclo sin cesar de la santificación de un sistema político que no sirve a mas que intereses mezquinos, que solo consolida más la postración política que existe.

Hay que decirlo de una vez: la democracia liberal es solo una ilusión. Un espejismo que intenta ser funcional y que no sirve. Un animal mitológico que hemos buscado de manera estéril. A la larga, el emperador anda desnudo, pero nadie se atreve a decirlo por el miedo, la indiferencia y la manipulación de todo el establecimiento santificador de la democracia. El economista y filósofo alemán Hans-Hermann Hoppe lo había advertido ya: es el dios que ha fallado. Y ya muchos empiezan a atreverse a cuestionar la misma importancia de tal ilusión en la sociedad moderna. Ilusión construida con el romanticismo decimonónico, en donde vimos el colapso de la autocracia del antiguo régimen y el ascenso de las elites sociales mercantiles de la burguesía industrial. Esa transición vino junto con la glorificación del sistema democrático como el sistema perfecto para buscar el consenso.  El siglo XX, el siglo por excelencia de la democracia, demostró ser convulso con todo sentido y regla, destacándose el surgimiento del nacionalsocialismo en Alemania, cosa replicada incluso en diferentes movimientos políticos latinoamericanos como el Estado Novo brasileño del presidente Getulio Vargas, el justicialismo de Juan Domingo Perón y el ejemplo de Jacobo Arbenz en Guatemala. Colombia tampoco estuvo exenta de este fenómeno, aunque en menor medida, por parte del presidente Laureano Gómez Castro. Y como si fuera poco, esta misma situación parece repetirse constantemente, aun confiando en el mismo sistema inútil dominado por la élite oligárquica de siempre.

Eso reafirma el punto en cuestión: la democracia en sí misma solo es una ilusión de poder de las masas, nada más.


 

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Editor y colaborador Mises Colombia

"Historiador autodidacta, bloguero, colaborador y miembro fundador de Mises Colombia. Suele ser critico con los nuevos movimientos progresistas, anarcocapitalista por convicción pero realista politicamente, tiene afinidad por el conservadurismo pero reconoce que hay que dar un viraje al mismo en America Latina. Actualmente cursa gastronomía en la Universidad Santiago de Cali y hace parte del grupo de investigación en administración de la facultad de ciencias económicas y administrativas de esta misma universidad"

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