La ética de la discriminación inversa

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El Dr. Yates fue profesor visitante de filosofía el año pasado en la Universidad de Carolina del Sur. Es Compañero Salvatori de la Fundación Heritage y Académico de Investigación adjunto del Institute for Policy Innovation. Es también autor de Civil Wrongs: What Went Wrong with Affirmative Action (San Francisco: ICS Press, 1994).

La acción afirmativa ha inquietado al panorama político estadounidense durante las últimas tres décadas. Más tarde o más temprano, todo eticista debe confrontar los dilemas que plantean éste y una variedad de políticas estrechamente relacionadas –educación multicultural, diversidad administrativa, sesiones de entrenamiento en sensibilidad. En efecto, los dilemas parecen ser agudos. Por ejemplo, es cierto que la historia de los Estados Unidos refleja un tratamiento pobre de las minorías y de los indefensos en este país. Los nativos estadounidenses fueron alejados de sus tierras y reubicados forzosamente. Décadas de una discriminación impuesta, dejó a los negros bien detrás de los blancos en lo político y lo socioeconómico. A las mujeres se les denegó el derecho al voto durante años.

Los años de 1950 vieron un esfuerzo extendido para repudiar la discriminación y lograr una oportunidad igual. Luego, algo salió mal. La lucha por una igualdad de oportunidad genuina se perdió en el medio de un clamor en aumento de grupos siempre crecientes para lograr favores gubernamentales especiales. Las leyes de igualdad de oportunidades, que inicialmente rechazaron las políticas preferenciales, fueron reemplazadas por programas de acción afirmativa, que no podían ser puestos en vigencia sin aquéllas.

Quienes respaldaban la acción afirmativa arguyeron que los negros y otras víctimas de discriminación en el pasado, estaban tan rezagados en la carrera económica de forma que, sin un tratamiento preferencial, la igualdad de oportunidad nunca pasaría de ser más que una frase de alta resonancia. Así, políticas conscientes de la raza emergieron con venganza. Los patronos tenían que conservar registros voluminosos de la raza, género, herencia étnica y antecedentes religiosos de empleados potenciales, de forma que ellos pudieran demostrar que no habían discriminado en contra de aquellos designados por el gobierno como víctimas. Las agencias gubernamentales expandieron su alcance para lograr supervisar su vigencia. Aquellos que fueran encontrados en condición de incumplimiento, aun inocentemente, algunas veces vieron en peligro a sus negocios. [1]

Al instante, hombres blancos empezaron a impacientarse mediante una discriminación a la inversa. Casos muy bien conocidos legalmente, como Bakke y Weber resolvieron poco y parecen inevitables los litigios en el futuro. Entre tanto, programas especiales de todo tipo no sólo fracasaron en ayudar a la vasta mayoría de aquellos en grupos objetivos, sino que los dejó peor que antes; los beneficiarios primarios de la acción afirmativa, después de todo, no han sido los negros y los nativos en desventaja económica, sino las mujeres de clases media y alta. El estado de bienestar, otro legado de los años sesentas, había ahora producido una segunda y tercera generación de dependientes, sin habilidades mercadeables y sin incentivos para adquirirlos. La victimología se había convertido en la industria de mayor crecimiento –después del gobierno, por supuesto. [2]

La sombrilla de la acción afirmativa en la actualidad cubre aproximadamente a dos terceras partes de la población, con los discapacitados y los homosexuales entre los más recientes incorporados. Las tensiones entre grupos están en su máximo, con encontronazos dándose constantemente. La filosofía prevaleciente del multiculturalismo, que ahora subyace en gran parte de la discusión acerca de la raza, la etnicidad y el género, ha estimulado la división, al enfatizar las diferencias entre grupos.

Lo que debería de ser del interés del eticista es la respuesta prevalente a estos problemas. En vez de un examen de conciencia serio y de un re-examen, un ambiente de desinformación, ocultamiento y, cuando necesario, hasta de una deshonestidad directa, ha protegido a la acción afirmativa y a sus versiones durante años. Empecemos por el lenguaje. Igualdad de oportunidad claramente no significa oportunidad igual, sino preferencias para alguien, a expensas de otros. La nueva parla [Orwelliana] rodea a la política de las preferencias con términos tales como inclusióncelebrar la diversidadsensibilidad. Reclamos de que la acción afirmativa en ocasiones ha obligado a empresas y a industrias enteras a que fijen cuotas y a que contraten en función de raza y género, fueron enfrentados con un rechazo beligerante, junto con insinuaciones de que sólo los racistas y los sexistas harían tales reclamos. Esta táctica sirve un objetivo específico: muchos hombres blancos, incluso aquellos en posiciones de autoridad, no cuestionarán la acción afirmativa por temor a que se les etiquete de racistas. Finalmente, el “entrenamiento en sensibilidad” de la actualidad parece estar orientado a inculcar en el hombre blanco, que es rechazado para un empleo o una promoción, en favor de una mujer o una minoría menos calificada que, como miembro de un grupo opresor, ¡se lo tenía merecido!

Si la acción afirmativa hubiera sido la bendición para las mujeres y minorías que alegan sus proponentes, dudo que habría habido mucho debate. Sus beneficios serían evidentes para todo el mundo. ¿Qué es lo que más bien observamos? Vemos poblaciones crecientes de minorías que carecen de las habilidades básicas para el avance económico y que en la actualidad van hacia atrás. Vemos un sistema educativo que parece ser incapaz de hacer algo y que racionaliza sus propios fracasos con doctrinas que hacen que hacen del logro y la experiencia una noción específica grupal. Desde la visión que exponen los multiculturalistas, las escuelas les deberían dar “auto-estima” a los grupos minoritarios, en vez del conocimiento y habilidades mercadeables. El afrocentrismo es el mejor ejemplo, con sus alegatos de que los egipcios eran negros, de que los griegos se robaron su cultura desde África (el origen verdadero de la civilización), y que dos mil años de racismo han suprimido la verdad. [3] El feminismo radical, el hijastro bullicioso de la acción afirmativa para las mujeres, se ve también impregnado de extraños alegatos acerca de sexo y rapto, nuestra cultura manejada por la pornografía, y la victimización universal de las mujeres por una “sociedad patriarcal.” La guerra contra el “acoso sexual” ha creado un clima en el cual los hombres son culpables si son acusados de él. [4]

Claramente estamos en una espiral hacia abajo. Escritores de todo el espectro político han observado que esta tendencia a la balcanización no sólo amenaza nuestros derechos constitucionales básicos (tales como las protecciones que brinda la Primera Enmienda al derecho a la libre expresión), sino a la propia textura de las democracias representativas. ¿Hay alguna manera mejor? Pienso que sí. Se llama el mercado libre.

Si las transacciones son voluntarias y no obligadas, las empresas y otras organizaciones estarán en libertad de contratar de acuerdo con sus necesidades. Este derecho será reconocido protegido por el gobierno. Si la responsabilidad personal es un valor central, los patronos simplemente no se darán un gusto con prejuicios vulgares o antojos personales. Por el contrario, la necesidad de las empresas -la necesidad de permanecer tan competitivas como sea posible- requerirá que sus patronos “lancen sus redes en la mayor amplitud posible” e intentarán contratar a los mejores empleados. Un mercado libre se asegurará de que la información esté disponible, cuando miembros calificados de los grupos minoritarios, que estén alertas y deseosos de lograr nuevas oportunidades, así lo requieran. En este sentido, lo que a veces se ha llamado una acción afirmativa “débil” se permitirá que continúe en una base voluntaria entre aquellos quienes desean que continúe. Como empresa voluntaria, puede asumir distintas formas que tienen el potencial de encarar y resolver los problemas que una acción afirmativa impulsada por el gobierno no ha sido capaz de tocar, y sin crear los dilemas y conflictos que la acción afirmativa ha creado. [5] Es más, bajo condiciones de una libertad genuina, las minorías se verán liberadas de muchas restricciones que las han mantenido rezagadas: altos impuestos, leyes sobre ejercicio profesional, ordenamientos de zonificaciones, etc. [6]

Una pregunta es pertinente. Dada la libertad para hacer lo contrario, ¿en la realidad las empresas y otras instituciones tenderán lazos para llegar a las minorías? La evidente desconfianza de la pregunta es actualmente mal formulada. Un estudio reciente ha mostrado que la intolerancia y el prejuicio no más son aceptados como aceptables por una mayoría de las personas educadas. [7] La educación ha sido y continuará siendo la clave. Debemos enfatizar que el racismo es injusto para los individuos, ya sea cuando es dirigido por blancos contra negros o por negros contra blancos. Es, de hecho, una forma de colectivismo, e incorpora sus defectos y estupideces en una forma particularmente violenta. Nuestra tradición de individualismo se deshizo de la esclavitud. Tal tradición es aun nuestra mejor esperanza para mantener a raya al racismo.

En la actualidad, sin embargo, la norma es la coerción y no la educación. La dosificación por la fuerza de personas las está separando en vez de juntando. Hay una nueva separación en la sociedad, alimentada por el énfasis multiculturalista acerca de cómo las gentes difieren, en vez de lo que tienen en común.

Los miembros de grupos minoritarios (y las mujeres) deben estar dispuestos a cuestionar las tendencias dominantes en lo que hoy pasa por educación. Especialmente, necesitan cuestionar al colectivismo y el relativismo inherentes al multiculturalismo y afirmar los valores de libertad, responsabilidad, logros y tolerancia, como valores que se mantienen universalmente, con independencia de raza y género. Así, ellos se verán motivados a obtener las habilidades que necesitan para que se puedan emplear o convertirse en empresarios. Esto no significa que deban dejar de lado una herencia cultural o étnica, sino, más bien, hacer un esfuerzo para preservar las maneras sin que se socave la capacidad de prosperar en una sociedad libre.

En resumen, los programas gubernamentales nunca pueden asignar las habilidades hacia donde ellas sean más necesitadas. Independientemente de que el concepto total de una “acción voluntaria afirmativa” parece ubicar demasiada confianza en la bondad humana, es importante recordar que el gobierno es la institución con mayor responsabilidad por las condiciones que encaran las minorías. La esclavitud tenía sus enemigos desde tiempo atrás hasta la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, pero continuó teniendo el apoyo del gobierno. El gobierno instituyó las llamadas leyes Jim Crow [Nota del traductor: leyes estatales y locales de esa nación promulgadas entre 1876 y 1965, que promovían la segregación racial en instituciones públicas por mandato de ley bajo el lema “separados pero iguales”] y la segregación involuntaria. Posteriormente, en nuestro siglo XX, aprobó leyes de salario mínimo y de permisos para poder ejercer profesionalmente, las que, de hecho, dejaron a los negros fuera del mercado y crearon barreras impenetrables para su ingreso al ejercicio de muchas profesiones. Los programas coercitivos de preferencias equivalen a los esfuerzos gubernamentales para resolver problemas que en primera instancia han sido creados por el gobierno –casi como usar gasolina en un intento por apagar un incendio.

No obstante, para que la acción afirmativa pacífica reemplace a la acción afirmativa coercitiva, críticas por blancos como yo, probablemente no serán suficientes. Las mujeres y las minorías deben, por sí mismos, reconocer que sus esfuerzos para que el gobierno les “ayude” han probado ser fútiles. Eso significa repudiar mucho de su liderazgo actual. Afortunadamente, ya hemos visto los inicios de una tendencia en ese ese sentido, en los escritos de intelectuales negros tales como Thomas Sowell, Walter Williams y Glenn Loury. [8] Si los hechos aquí presentados y en incontables otros lugares pueden ser proclamados desde las alturas por mucho tiempo, todavía podría haber alguna esperanza para la mejora económica general y para la paz entre los grupos en los Estados Unidos.

NOTAS

[1] Considere, por ejemplo, lo que ocurrió con la pequeña Empresa de Lámparas Daniel en Chicago. En 1989, la EEOC [Equal Employment Opportunity Commission: Comisión para la Oportunidad de Igualdad de Empleo] puso una demanda contra Lámparas Daniel y obligó a su dueño, el empresario Mike Welbel, a pagar más de $130.000 para compensar a presuntas víctimas de discriminación racial, en donde la única evidencia era la ausencia de un cociente estadístico aprobado oficialmente. Ver mi Civil Wrongs, capítulo 1, para los detalles.
[2] Ver Charles J. Sykes, A Nation of Victims (New York: St. Martin’s Press, 1992).
[3] Ver, por ejemplo, a Martin Bernal, Black Athena (New Brunswick, N.J.: Rutgers University Press, 1991).
[4] Para la última información, ver Richard Bernstein, “Guilty If Charged,” New York Review of Books, 13 de enero de 1994, pp. 11-14.
[5] Confirmar, Richard A. Epstein, Forbidden Grounds: The Case Against Employment Discrimination Laws (Cambridge: Harvard University Press, 1992).
[6] Para la mejor descripción disponible de estas restricciones, ver Walter Williams, The State Against Blacks (New York: McGraw-Hill, 1982). También, confirmar S. David Young, The Rule of Experts (Washington: The Cato Institute, 1987), cap. 12, acerca de los efectos de licencias para poder trabajar sobre minorías y pobres.
[7] Para algunas estadísticas de actitudes de blancos hacia negros, ver Paul M. Sniderman & Thomas Piazza The Scar of Race (Cambridge: Belknap Press of Harvard University Press, 1993).
[8] Para una buena encuesta reciente de la “nueva vanguardia negra”, ver Joseph G. Conti & Brad Stetson, Challenging the Civil Rights Establishment: Profiles of a New Black Vanguard (Westport, Conn.: Praeger Books, 1993)

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