La esencia de la libertad es la libertad económica

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De hecho, la libertad económica es la libertad que más le interesa a la gente ordinaria.

Desde el surgimiento a fines del siglo XIX del socialismo, del nuevo liberalismo y del progresismo, ha sido habitual despreciar a la libertad económica como vulgar y opcional –algo que sólo les importa a los gatos gordos. Pero, el liberalismo original durante el siglo XVIII de Voltaire, Adam Smith, Tom Payne y Mary Wollstonecraft recomendaba una libertad económica para ricos y pobres entendida como no meterse en los asuntos de otras personas.

Adam Smith habló del “plan liberal de igualdad [social], libertad [económica] y justicia [legal].” Era una buena idea, nueva, en 1776. Y, en los siguientes dos siglos, la idea liberal demostró ser asombrosamente productiva de personas buenas y ricas, anteriormente necesitadas y pobres. No la perdamos.

Bien entrado el siglo XIX, la mayoría de las personas pensantes, como Henry David Thoreau, era liberal. Más o menos hacia 1840, Thoreau inventó procedimientos para la pequeña fábrica de lápices de su padre, lo que elevó durante una década a Thoreau e Hijo a ser el principal fabricante de lápices en Estados Unidos. Él era un empresario, tanto como un medioambientalista y un desobediente civil. Cuando los lápices de alta calidad finalmente sobrepasaron al que tenía la ventaja inicial, Thoreau e Hijo amablemente cedieron su lugar, pasando a producir grafito para imprimir grabados.

Ese es el acuerdo económico liberal. En el primer acto, a usted le toca ofrecer una mejora para los clientes, pero usted no logra acuerdos para hacer que luego le protejan de los competidores. Después de que en el primer acto usted hace un producto, en el segundo usted sufre por la competencia. ¡Qué mala suerte!

En On Liberty [Sobre la Libertad], el economista y filósofo John Stuart Mill declaró que “la sociedad no reconoce a los competidores rechazados ningún derecho legal o moral a quedar exentos de esta clase de sufrimientos; y solo se siente llamada a intervenir cuando los medios empleados para lograr el éxito son contrarios a los que el interés general permite, es decir, el fraude o la traición, y la violencia.” Nada de proteccionismo. Nada de nacionalismo económico. A los clientes, prominentes entre ellos los pobres, se les permite, desde el primer hasta el tercer acto, comprar los lápices mejores y más baratos.

Esto es, la libertad económica es parte de la libertad. Sin duda.

En efecto, la libertad económica es la libertad que más le importa a la gente. En verdad, la libertad de expresión, de prensa, de asociación, de petición ante el gobierno y de votar por un nuevo gobierno, son, en el largo plazo, protecciones esenciales para la libertad plena, incluyendo el derecho económico de comprar y vender. Pero, las libertades excelsas son apreciadas principalmente por una minoría educada. A la mayor parte de la gente –en verdad, neciamente en el largo plazo- la libertad de expresión no le importa un bledo, en tanto que puedan abrir un negocio cuando lo desean y manejar hasta un trabajo en donde se le paga un salario decente. Una mayoría de los turcos votó en el 2103 a favor de que Turquía se deslizara rápidamente hacia el neo-fascismo bajo Erdogan. Mussolini y Hitler ganaron elecciones y eran populares, al tiempo que vigorosamente cercenaban libertades. Incluso unos pocos gobiernos comunistas han sido elegidos –como muestra, Venezuela con Chávez.

El protagonista de Forever Flowing [Todo Fluye] de Vasily Grossman (1905-1964), único ejemplo de un exitoso escritor estalinista, quien se convirtió plenamente al anticomunismo, declara que

“Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia. Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres. La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera… trabajar como uno prefiera y no como le ordenen.”
El bienaventurado Adam Smith estaba molesto con las interferencias en la Gran Bretaña del siglo XVIII en lo referente a que los trabajadores se trasladaran libremente para encontrar un trabajo provechoso.

“La propiedad que el hombre tiene en su propio trabajo es la base fundamental de todas las demás propiedades, y por lo mismo debe ser el derecho más sagrado e inviolable en la sociedad. Estorbarle que emplee su destreza… sin injuria del prójimo, es una violación manifiesta de un derecho tan incontestable.”

Tampoco cuando se lo ordenan.

Y la libertad económica, sorprendentemente, ha enriquecido masivamente al mundo en bienes y servicios. ¿Qué tanto? En 1800, el ingreso por persona de un país como Suecia o Japón, expresado a precios del 2018, era de cerca de $3 al día. Ahora es de más de $100 al día, un aumento del 3.200 por ciento. No de un cien por ciento o incluso de un doscientos por ciento, sino de tres mil doscientos por ciento. El enriquecimiento no fue por un factor de dos, tal como había sido la rutina de tiempo en tiempo en rachas tempranas, tales como la gloria de Grecia o la prosperidad en la China de los Song, para regresar de nuevo a $3 al día. Fue por un factor de treinta y tres. Nada de hambruna. Gente más alta, Se duplicó la esperanza de vida. Casas más grandes. Trasporte más rápido. Educación superior. Si lo duda, vea los asombrosos videos del desaparecido Hans Rosling en Gapminder.

Las explicaciones usuales del Gran Enriquecimiento que hacen los economistas y los historiadores no calzan. La acumulación de capital o las extracciones del imperio no fueron las causas. Fue la ingeniosidad, y el ingenio fue causado a su vez por una nueva libertad a partir de 1800. El plan liberal de igualdad, libertad y justicia produjo masas de gente osada –primero de hombres libres y ricos, luego de pobres, seguidos de antiguos esclavos, luego de gais, después de discapacitados, de seguido, de seguido, de seguido. Hacer que todos fueran libres, fue el resultado (el experimento nunca antes había sido intentado en una escala tal), y usted logra masas y masas de gente inspirada y capacitada para aventurarse. “Yo incluyo a multitudes,” cantó el poeta de la nueva libertad [Nota del traductor: Se refiere a una línea del poema de Walt Whitman, Song of Myself (Canto a Mi Mismo) de su libro Leaves of Grass (Hojas de Hierba)]. Y lo hizo. Él y sus amigos se aventuraron con máquinas de vapor y universidades que hacían investigaciones y ferrocarriles y escuelas públicas y luces eléctricas y corporaciones e ingeniería de software libre y la contenedorización y el internet. Nos enriquecimos, al darle su libertad económica a la gente ordinaria.

Y ahora el “nosotros” se ha extendido mucho más allá de su núcleo en Europa Occidental. China, después de 1978, e India, después de 1991, empezaron a abandonar la iliberal teoría europea del socialismo, desarrollado a mediados del siglo XIX y exportado alrededor de la década de 1970 a un tercio del globo. El resultado del giro hacia el liberalismo económico, fue que el crecimiento anual de los bienes y servicios disponibles para los más pobres en China e India, se elevó de su nivel socialista del 1 por ciento al año, a entre 7 y 12 por ciento anuales. A tales tasas, tomará sólo dos o tres generaciones para que ambos países tengan los estándares de vida europeos. Este prospecto para cada cuatro de diez humanos no es una quimera. Se han logrado enriquecimientos semejantes de una envergadura similar en Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán, con otras asombrosas historias de éxito en Irlanda y Botsuana, debido a un nuevo liberalismo y a un gobierno razonablemente honesto.

Por supuesto que un gobierno económicamente iliberal puede pedir prestado de países que honran la libertad. Por ejemplo, lo hizo la URSS entre 1917 y 1989 y por mucho tiempo incluso demasiados economistas de Occidente creían en su cuento de hadas, de que la Planificación Central Funcionaba. Cuando el comunismo se derrumbó en 1989, descubrimos claramente que la planificación no funcionaba, ni para la economía ni el medio ambiente o ni para otras libertades. Singapur a menudo es citado como ejemplo de una tiranía inteligente. Y también lo es China, aun dominada por una élite de miembros del partido comunista. No obstante, en ambos casos, se practica una sustancial libertad económica, a pesar de su lamentable práctica de encarcelar a sus opositores políticos.

Y el enriquecimiento, al final de cuentas, conduce a demandas de todas las libertades, tanto políticas como libertades económicas, como sucedió en Taiwán y Corea del Sur. Un pueblo enriquecido no apoyará a la servidumbre por mucho tiempo. De todas maneras, el récord promedio de las tiranías es económicamente desastroso, tal como en Zimbabue, al lado de la próspera Botsuana, o, para ese caso, en la larga y lúgubre historia del iliberalismo en todo el mundo, desde que se dio la invención de la agricultura hasta el siglo XIX.

El evangelio cristiano apropiadamente dice, “¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? [Nota del traductor: Mateo 16:26] El reclamo contra la libertad económica siempre ha sido que, incluso si ganamos el mundo en bienes, perdemos nuestras almas. Se nos dice, desde la izquierda radical, que el intercambio libre es intrínsecamente malo. Cualquier prórroga simplemente extiende la maldad. Desde la derecha radical, se nos dice que el intercambio libre es innoble en comparación con las glorias del rango y la guerra. Pero la izquierda y la derecha radical, y también el centro que se queja del “consumismo,” están equivocados. La evidencia es que la libertad económica no nos corrompe, sino que, por el contrario, nos hace más virtuosos así como más ricos. Nos enriquece en ambos sentidos, en el material y en el espiritual.

Para empezar, el intercambio mutualmente ventajoso no es lo peor en la escuela ética. Es mejor que el orgullo violento de los aristócratas o la insolencia violenta de los burócratas. Y en el liberalismo económico, el deseo humano de superación se brinda por millones de vías honorables, desde la construcción de modelos de ferrocarriles hasta el negocio del espectáculo, comparado con las sociedades iliberales, en donde el camino angosto hacia la eminencia está en el palacio o en el ejército. No perdemos nuestras almas con el comercio, sino que las cultivamos. Los militares, admirados en la actualidad incluso en sociedades liberales, son diariamente elogiados por su “servicio.” Pero, cada acto económico entre adultos que se ponen de acuerdo constituye un servicio. Los hábitos éticos del comercio se expresan diariamente en la forma en que un comerciante estadounidense le da la bienvenida a su cliente: ¿Le puedo ayudar en algo?

¿El resultado? Los salones para conciertos y los museos en los países pudientes están llenos, las universidades florecen y la búsqueda de lo trascendente, aunque no de las iglesias establecidas, se expande. Uno no puede participar en la trascendencia del arte o de la ciencia a o del béisbol o de la familia o de Dios, cuando se encuentra agachado en un plantío de arroz, desde que amanece hasta que anochece.

La mejor forma para lograr que la gente sea mala y pobre es con la iliberalidad del comunismo y del fascismo, e incluso bajo el socialismo dulce de la regulación excesiva. Las mujeres, entre los déspotas teocráticos de Arabia Saudita, permanecen guardadas en el hogar, incapaces de florecer hasta para manejar un automóvil. El nacionalismo económico de la nueva Derecha Alternativa [Nota del traductor: Alt-Right] es empobrecedor y, de todas maneras, nos cierra ante las ideas que provengan del amplio mundo. Si el progreso está disminuyendo en los Estados Unidos -alegato ampliamente difundido aunque dudoso- necesitamos que la nueva mejoría provenga de países recientemente enriquecidos, como China e India, no aislándonos para “proteger empleos” en casa. La lógica proteccionista haría que tengamos que hacer de todo en Illinois o Chicago o en nuestra calle del vecindario. Cereales para el desayuno, Acordeones. Como economía es algo tontamente infantil, aunque conmovedor como nacionalismo.

En el corazón del comunismo y del fascismo, y en el impulso regulatorio en el centro del espectro de la coacción gubernamental, está meterse en las cosas de otras personas. En Estados Unidos, cerca de mil ocupaciones requieren de permisos del gobierno para ejercerlas. Abrir un nuevo hospital requiere que los hospitales existentes emitan un certificado de que eso es necesario. En Tennessee, si usted desea abrir una nueva compañía para trasladar muebles -dos hombres y un camión- se requiere que, por ley, se pida permiso a las compañías de mudanzas existentes. La protección de los empleos existentes ha creado un desempleo masivo y políticamente explosivo de jóvenes en todo el mundo. Una cuarta parte de la población de Francia menor de los 15 años y que no estudian, se encuentra desempleada. Es peor en Suráfrica.

Aun así, los liberales verdaderos y humanitarios no son anarquistas (del griego an-archos, sin gobernante). Uno puede admitir que puede ser bueno recortar la libertad un poco, al grado de poner impuestos a los adinerados a fin de echarles una mano a los pobres, tal como con una educación financiada públicamente. Ahí no existe una discusión seria –Smith y Mill e incluso Thoreau estuvieron de acuerdo. (En verdad, el gobierno grande rutinariamente les da también una mano a los ricos y poderosos, tales como protecciones a los agricultores en los Estados Unidos y en el Mercado Común Europeo. Los gobiernos grandes siguen la versión repugnante de la Regla de Oro; esto es, que aquellos que tienen el oro, gobiernan.) Y uno puede admitir que si los canadienses invaden a los Estados Unidos, podría ser útil que la libertad económica se pueda recortar durante la duración de la defensa, si es lo prudente. Tampoco allí hay desacuerdo. (Aun así, los gobiernos grandes rutinariamente rompen la paz para hacer conquistas gloriosas. Que teman esos canadienses.)

La solución, creen los liberales, está en restringir el poder del gobierno, incluso cuando el gobierno es popular. Tristemente, el fascismo a menudo y el comunismo algunas veces son populares. Las versiones moderadas de ambos, como nacionalismo y socialismo, son muy populares, hasta que las cosas salen mal. Por un momento, la gente favorece la supuesta gloria de las agresiones gubernamentales contra los extranjeros (ver Europa en agosto de 1914) y los supuestos almuerzos gratuitos del control gubernamental sobre la economía (ver Venezuela en agosto del 2017).

Mejor tener con una correa al gobierno. De los 190 gobiernos en el mundo, o algo así, clasificados según su honestidad, desde Nueva Zelandia a la cabeza hasta Corea del Norte en el fondo, uno puede, generosamente, tomar a los 30 más altamente calificados como adecuadamente honestos para la tarea. España es el caso marginal. Gran Bretaña y los Estados Unidos califican. Italia no califica con su número 75, apenas por encima de Vietnam. Pero los 30 que están en lo alto como gobiernos moderadamente honestos, apenas sirven al 13 por ciento de la población mundial. Esto es, el 87 por ciento del mundo es gobernado corrupta e incompetentemente, según un estándar moderado de bondad. El cálculo muestra el porqué del optimismo ingenuo entre gente amable de la izquierda y de la gente no tan amigable de la derecha, para extender los poderes iliberales del gobierno. Thoreau escribió, en un estilo en verdad liberal, “De todo corazón acepto el lema, ─que “el mejor gobierno es el que gobierna menos,’ y me gustaría que fuera puesto en práctica con más diligencia y sistema.”

Sí, con unas pocas modestas excepciones.

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Es el editor general The Mises Report y el anfitrión del podcast de the Libercast's show.

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