Donald Boudreaux octubre 19, 2018

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La historia demuestra el poder de la economía para destruir incontables mitos populares.

Mi enamoramiento con la economía empezó hace unos 42 años, en una clase en la Universidad Estatal Nichols (en Thibodaux, Louisiana). Era estudiante de primer año a mis 18 años con sólo cuatro pasiones: muchachas, futbol americano, cerveza y los Beatles. Pero, esa realidad pronto cambió de forma dramática.

El invierno de 1976-77 fue amargamente frío. Ese enero, mi ciudad natal, Nueva Orleans, llegó a tener temperaturas en la primera decena [Nota del traductor: en Estados Unidos la temperatura se mide en grados Fahrenheit, en donde 32 sobre cero es el punto de congelación, de manera que, por ejemplo, 15 grados Fahrenheit equivaldría a cerca de un congelado 10 grados centígrados bajo cero], y ¡la nieve cayó tan al sur como Miami (snow fell as far south as Miami)! Cuando viajaba las 50 millas para llegar a mi universidad, en una mañana oscura y sumamente fría de enero, escuché en el radio que una pareja de adultos mayores de Búfalo, Nueva York, se había congelado hasta morir. No tenían calefacción debido a la escasez en toda la nación de gas natural [usado para la calefacción de las viviendas en los Estados Unidos] (the nationwide shortage of natural gas).

En el semestre de la primavera de 1977, me matriculé en el curso de economía de Michelle Francois debido a que ella no daba clases en los martes y jueves. En esos días de la semana, yo trabajaba en un astillero en donde supuse que pronto estaría trabajando a tiempo completo, una vez que satisficiera la demanda razonable de mi mamá, de que entrara a la universidad por al menos un año. Cuando me registré en el curso de la doctora Francois, no tenía ni la más mínima idea de que era eso de economía, ni tampoco me importaba. Estaba saliendo con una amiga, ganaba el dinero suficiente para mi abastecimiento regular de Budweiser y tenía una colección con todos los discos de los Beatles. La vida era buena.

Pero, un día, a inicios del semestre, la doctora dibujó un gráfico de oferta y demanda en la pizarra. “Miren lo que sucede cuando el gobierno impone un tope al precio.” Ella apuntó al gráfico. “La cantidad demandada excede a la cantidad ofrecida. Hay una escasez.” Mirando a sus estudiantes, la doctora Francois continuó:

“Todos ustedes se acuerdan de la escasez de gasolina en 1973. He aquí la explicación. El gobierno puso ahora un tope a los precios en el mercado de la energía, haciendo que escaseé tanto la gasolina como el gas natural.”

REEMPLAZANDO A LA EXPLICACIÓN POPULAR CON UNA EXPLICACIÓN PODEROSA

Lo que en aquel entonces me atrajo a la economía es lo mismo que se conserva como el más grande y particular servicio público de la economía bien cimentada ̶ esto es, romper mitos populares con una lógica inexpugnable y, la vez, sencilla.

Como un quinceañero en 1973, escuché dos explicaciones para la escasez de gasolina. Una era que se nos estaba acabando el petróleo (después de todo, para ese entonces teníamos casi un siglo de estar usándolo). Una segunda explicación popular era que la Exxon y otras compañías petroleras se habían puesto codiciosas y decidieron mantener sus tanqueros en el mar, para así elevar los precios que los consumidores pagaban por la gasolina.

Pero, al llevar mi primer curso de economía, aprendí que las explicaciones populares, que por largo tiempo había aceptado, eran falsas. “No tuvimos escasez de energía en los años sesenta,” me dijo la doctora Francois una tarde en su oficina en las horas en que recibía a los alumnos. “¿Eran menos codiciosas las compañías petroleras hace diez años que como lo son ahora? Por supuesto que no. Y, si en verdad se nos está acabando el petróleo, es una razón mayor para que el gobierno deje que los precios aumenten, pues, si se deja que los precios suban, esas codiciosas compañías petroleras tienen incentivos más poderosos para hacer perforaciones y obtener más petróleo.” Concluyó la doctora Francois: “Le prometo a usted, señor Boudreaux, que, si quitamos ese control de precios, acabamos con esas escaseces.”

La historia ha demostrado que ella estaba en lo correcto.

Y la historia también prueba el poder de la forma económica de pensar, para derribar otra innumerable cantidad de mitos populares.

LÓGICA AFILADA

Pensar como un buen economista no es solo ser siempre escéptico ante explicaciones populares de fenómenos económicos, sino también no tener temor a examinar la realidad en formas que, a menudo, impactan a los no economistas por extrañas.

Mi ejemplo favorito de algo aparentemente extraño, pero enormemente revelador acerca de la realidad, es la observación de mi fallecido colega Gordon Tullock, cual es que, si el Congreso de los Estados Unidos quiere reducir a casi cero las muertes en accidentes de tránsito en las carreteras, todo lo que se necesita es ordenar que a la dirección de cada automóvil se le acople una filosa daga de acero que apunta directamente al corazón del chofer.

Brillantez pura. Al escuchar la sugerencia de Gordon, la persona promedio inmediatamente pregunta incrédulamente, “¿Qué?” ̶ una reacción que, segundos después, se convierte en un entendimiento de que Gordon indisputablemente está en lo correcto. No se necesita tener un título en economía para entender cómo la gente reaccionaría ante ese incentivo.

Una vez que alguien entiende la idea de Gordon, se les puede demostrar fácilmente su verdadera importancia práctica, cual es esta: La realidad es mucho más compleja que lo que parece inicialmente. Si, por ejemplo, el gobierno ordena que los automóviles sean más seguros para circular, entonces, es posible que la gente maneje con menos cuidado. Así, la declinación de muertes en las carreteras resultará ser frustrantemente pequeña.

Por sí misma, la idea de Gordon no es suficiente para mostrar que las mejoras en la seguridad ordenada por el gobierno no se justifican. Pero, es suficiente para advertirnos que debemos evitar nuestras recomendaciones de políticas con base en nuestras primeras impresiones. Emitir incansablemente esta advertencia, tan simple y obvia como parece, es el más grande y particular servicio público que los economistas pueden brindar al público.

UN PERMISO REVELADOR

Quiero cerrar con un ejemplo final: permisos para poder trabajar profesionalmente. En la superficie, un requisito del gobierno para que, digamos, los electricistas tengan una autorización estatal para trabajar, parece que promueve el bienestar de los consumidores, al asegurar que los hogares y las oficinas sean protegidos ante un alambrado eléctrico incompetentemente instalado y mantenido. Pero, si vemos debajo de la superficie, inmediatamente nos conduce a preguntar: ¿esa gente que construye y ocupa las viviendas y las oficinas no tiene sus propios incentivos fuertes para usar sólo electricistas competentes? Obviamente la respuesta es sí, y, por tanto, surgirán acuerdos privados para ayudar a aquellos que necesitan de los servicios de electricistas, para distinguir entre los competentes y los incompetentes.

Mirando con una mayor profundidad, vemos que, requerir que los electricistas tengan una licencia del estado para poder trabajar, tal vez, incremente, en vez de disminuir, el chance de que la gente sea afectada o muerta debido a un alambrado defectuoso. La razón es que los requisitos para poder trabajar reducen el número de personas que ofrecen el servicio de electricistas y así se eleva el costo de contratar electricistas. Ante esto, menos gente usará los servicios de electricistas profesionales. Algunos dueños de las viviendas repararán por sí mismos su alambrado eléctrico, mientras que otros retardarán o dejarán de efectuar las reparaciones eléctricas. Bien puede deteriorarse la calidad en general del cableado eléctrico.

Cuando es bien hecho, el análisis económico revela que, aquello que aparece en la mente popular como innegablemente cierto, a menudo es sólo un espejismo o es, al menos, altamente cuestionable. Ningún servicio llevado a cabo por los economistas es tan importante como este.

¡Sorpresa! ¡Simplemente, qué sorpresa! Recuerdo ponerme de pie al lado de mi escritorio para echarle una ojeada, con fascinación, al gráfico de la oferta y la demanda. Por primera vez en mi vida, experimenté la emoción del descubrimiento intelectual. Allí estaba una explicación convincente de por qué aquella pareja en Búfalo murió congelada. Allí también estaba una explicación convincente de por qué, cuando obtuve mi licencia para conducir automóvil en 1973, había una escasez de gasolina en todo el país, completa con filas tan largas en las gasolineras, que no manejé mucho.

No sólo el curso con la doctora Francois me convenció de terminar los estudios universitarios, sino que también me inspiró en mi sueño de obtener un doctorado en economía. ¡La economía es un asunto poderoso!

Este artículo fue reimpreso con el permiso del American Institute for Economic Research.


Traducción por Jorge Corrales

Donald Boudreaux
Donald Boudreaux

Senior fellow del Programa F. A. Hayek de Estudios Avanzados en Filosofía, Política y Economía del Mercatus Center de la Universidad George Mason; es miembro de la Junta Directiva del Mercatus Center, profesor de Economía y ex director del departamento de economía de la Universidad George Mason y ex presidente de la Foundation for Economic Education.

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