La «cura» del gobierno contra el coronavirus es peor que la enfermedad

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Tomemos en serio al nuevo coronavirus, pero no tiremos por la ventana a la razón, la prudencia o la Constitución.

Cualquiera que haya visto la película de John Hughes, Ferris Beller’s Day Off [Un experto en diversión], probablemente recuerda la escena en que el maestro de economía de Ferris (Ben Stein) le explica la Ley de Aranceles Smoot-Hawley a una clase llena de estudiantes aburridos, adormilados. La escena es brillante por muchas razones, tal vez la principal es porque se demuestra perfectamente cómo algunas de las cosas más aburridas en la historia, son también las más importantes.

Por supuesto, la Ley Smoot-Hawley, fue una de las mayores metidas de pata en la historia.

Aprobada en 1930, por encima de la objeción de más de mil economistas (more than a thousand economists), la legislación aumentó los aranceles (que ya eran altos) a las importaciones para proteger a las industrias de Estados Unidos y los agricultores, desatando una guerra comercial que profundizó la Gran Depresión. Es un ejemplo perfecto de autoridades tomando una acción decisiva para aliviar una crisis ̶ y empeorando las cosas aún más.

Lo que muchos olvidan es que la ley Smoot-Hawley no causó la Depresión. Fue una respuesta a la Depresión. De hecho, del todo no habría pasado sin el catalizador -la Caída del Mercado de Valores de 1929 (the Stock Market Crash of 1929)- que lanzó a la nación en un frenesí. Los republicanos del Senado habían derrotado la legislación el año previo, pero los promotores de la restricción al comercio encontraron en el Martes Negro una crisis muy conveniente, que disparó una histeria extendida, permitiendo que la ley apenas pudiera ser aprobada. (El presidente Hoover se opuso a la ley, pero, de todos modos, la firmó debido a presión política, que incluyó amenazas de renuncia (resignation threats) de varios miembros de su Gabinete).

Diseñada para proteger a los estadounidenses durante la crisis económica, la ley Smoot-Hawley demostró ser desastrosa. Las importaciones se cayeron de $1.344 millones en 1929 a apenas $390 millones en 1932. El comercio global cayó en alrededor de un 66 por ciento, según datos oficiales (government data). Para 1933, el desempleo llegó a un 25 por ciento (unemployment was 25 percent), el más elevado de la historia estadounidense.

Para “corregir” las cosas, los estadounidenses eligieron a Franklin D. Roosevelt, quien lanzó una serie de programas federales ̶ que empeoraron la crisis aún más (the crisis even worse). El resto, como dicen, es historia.

EL GOBIERNO TIENE UNA HISTORIA DE EMPEORAR LOS PÁNICOS

Difícilmente, la ley Smoot-Hawley y el Nuevo Trato son los únicos ejemplos de acciones gubernamentales que empeoran un pánico.

En su libro Basic Economics (Economía Básica], Thomas Sowell recuerda varios ejemplos de gobiernos engrandecieron a pequeños problemas, al usar la fuerza bruta -a menudo controles de precios- para responder al pánico del público acerca de costos crecientes de un producto determinado.

Uno de los ejemplos más famosos de esto es la crisis de la gasolina en los años setenta, que empezó cuando el gobierno tomó un problema pequeño (altos costos temporales de la gasolina) y lo convirtió en uno grande (una escasez nacional).

Empezó cuando la OPEP (la Organización de Países Exportadores de Petróleo), un cartel petrolero recién formado, redujo la producción, ocasionando que los precios de los combustibles se elevaran. Para enfrentar el alza, la administración Nixon (y luego las administraciones Ford y Carter) acudieron a controles de precios (price controls) para mantener bajos los precios a los consumidores.

¿El resultado? Escaseces masivas de combustibles en todo el país, que condujeron a largas filas y a que muchos estadounidenses no pudieran comprar combustibles. La “crisis energética,” como se le llamó en aquel momento, a su vez, causó estragos en la industria automovilística.

A pesar de lo anterior, como lo explica Sowell, no había una escasez verdadera de gasolina. Había casi tanta gasolina en 1972 como en el año previo (un 95 por ciento, para ser preciso). Similarmente, los estadounidenses en 1978 consumieron más gasolina que en cualquier otro año previo de la historia. El problema fue que los recursos no estaban asignados eficientemente debido a controles de precios impuestos por el estado.

La crisis energética era enteramente predecible, posteriormente lo hicieron ver dos economistas soviéticos (quienes tenían una experiencia vasta en la arena de escaseces inducidas por la planificación central).

“En una economía con proporciones rígidamente planificadas, tales situaciones no son la excepción, sino la regla ̶ una realidad cotidiana, una ley imperante. La mayoría absoluta de bienes tiene ya sea poca oferta o bien un exceso. Muy a menudo, el mismo producto se encuentra en las dos categorías ̶ hay escasez en una región y excedente en otra.”

A nadie le gustan precios de la gasolina altos, pero, la crisis energética de los setentas no era verdaderamente una crisis, sino hasta que el gobierno la creo. Ni fue el único resultado. Pueden encontrarse ejemplos similares a través de la historia, desde las escaseces de granos (the grain shortages) en la Roma Antigua, ocasionadas por el “Edicto sobre Precios Máximos” de Diocleciano, hasta la crisis de las hipotecas del 2007 y la crisis financiera que le siguió.

En retrospectiva esta puede parecer obvia, sin embargo, hoy se están cometiendo errores similares durante crisis, pero sólo que en menor escala. Para enfrentar presuntas crisis de vivienda, California y Oregón (California and Oregon) aprobaron recientemente leyes de control de alquileres, que con certeza tendrán un impacto devastador sobre los residentes de esos estados. Similarmente, leyes contra la manipulación de precios (y la presión social) regularmente conducen a escaseces masivas durante emergencias nacionales.

EL COVID-19: ¿MOMENTO DE PÁNICO?

Al sufrir los Estados Unidos la pandemia más atemorizante en un siglo, el brote del COVID-19, es importante que las decisiones a que lleguemos y que afectan las vidas, libertades y formas de vida de cientos de millones de personas, lo sean mediante el razonamiento, no por el temor colectivo.

Es claro que las pandemias son diferentes de las depresiones económicas y las escaseces de combustibles, pero algunas de las mismas lecciones son aplicables. Como con un pánico económico, las pandemias incitan al temor masivo, lo que puede conducir a tomar decisiones erradas e irracionales.

Sabemos que los seres humanos, por naturaleza, están inclinados a seguir a grupos de gente, en especial en períodos de disturbios sociales y de pánico. El instinto ha resultado en algunas de las más grandes tragedias (the greatest tragedies) en la historia humana.

El COVID-19 puede muy bien mostrar ser todo lo peligroso que se nos ha conducido a creer. Epidemiólogos, investigadores de vacunas y otros expertos médicos están de acuerdo en que es altamente contagioso y mortal, en especial para ciertas demografías en riesgo (por ejemplo, ancianos y gente con sistemas de inmunidad comprometidos y daños en los pulmones). Si bien, muchos de los mismos expertos están en desacuerdo con el alcance de la amenaza del COVID-19 (the scope of the COVID-19 threat).

Uno de los problemas que los profesionales médicos están encontrando, es que sencillamente no tienen muchos datos confiables con los cuales trabajar.

“Hasta el momento, los datos recolectados acerca de qué tanta gente está infectada y de cómo está evolucionando la epidemia, son totalmente no confiables,” escribió hace poco (recently wrote) en Stat, John P.A. Ioannidis, epidemiólogo y profesor de medicina de la Universidad Stanford, quien co dirige el Meta-Research Innovation Center.

Admitámoslo: las pandemias dan miedo. Esto probablemente es el doble de cierto en una era de medios sociales, en que los modelos más angustiantes (the scariest models) tienden a ser aquellos más compartidos, lo que incluso aumenta más el pánico. Debido al nivel incrementado de temor, no es irracional pensar que funcionarios públicos pudieran “seguir a la masa,” lo que es una mala idea inclusive cuando la multitud no está totalmente petrificada.

“Las masas no razonan… ellas no toleran ni la discusión ni la contradicción, y las sugerencias que se les dan invaden el campo entero de su entendimiento y tienden, al instante, a transformarse en acciones,” escribió Gustave Le Bon, en su trabajo seminal de 1895, The Crowd: A Study of the Popular Mind (Psicología de las masas].

No es un secreto o coincidencia que las crisis -guerras extranjeras, ataques terroristas y depresiones económicas- a menudo han terminado en vastas violaciones a la libertad e, inclusive, en que surgen tiranos (desde Napoleón a Lenin y más allá). En su libro Crisis and Leviathan, el historiador y economista Robert Higgs explica cómo, a través de la historia, las crisis han sido usadas para expandir al estado administrador, a menudo al dejar en su sitio, después de que una crisis ha sido abatida, aquellas medidas temporales (piense, la retención del impuesto federal (federal tax withholding) durante la Segunda Guerra Mundial).

“Cuando [ocurren crisis]… los gobiernos casi con certeza que ganarán nuevos poderes sobre los asuntos económicos y sociales,” escribió (wrote) Higgs. “Para aquellos que aprecian la libertad y una sociedad libre, el prospecto es profundamente desalentador.”
Tomemos al nuevo coronavirus profundamente en serio, pero, al así hacerlo, no tiremos por la ventana a la razón, la prudencia o la Constitución.

Si lo hacemos, podremos encontrar que la “cura” gubernamental para el coronavirus es peor que la enfermedad.


 

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Jon Miltimore

Es el editor-jefe del website Intellectual Takeout.

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