La ciencia económica y el método austriaco: Parte I

Debido a la importancia de la Escuela Austriaca y su método de investigación, es fundamental tener todos los conceptos claros para distinguir aquellos economistas que se dicen ser Austriacos y defensores de la libertad, pero que a la final son solo bufones, y que detrás de ellos, se encuentra un grupo de personas que van repitiendo falacias teóricas  y con gran nivel de intolerancia. La defensa de la libertad no debe partir del insulto retorico, si no que debe partir de una defensa coherente de las ideas, tal como lo hacen los mas grandes teóricos de la escuela Austriaca, Hans Hermann Hoppe y Jesús Huerta de Soto.

Por este motivo, replico parte del trabajo de Hans Hermann Hoppe llamado “La Ciencia Económica y el Método Austriaco”  publicado por el Centro Mises Economía Austriaca y Filosofía de Libertad en octubre 15, 2012. ( recomiendo leer el articulo completo, editado y publicado por Unión Editorial).

Praxeología y ciencia económica

Es bien sabido que los austriacos están en fuerte desacuerdo con otras escuelas de pensamiento económico como los keynesianos, los monetaristas, Public Choicers, historicistas, institucionalistas y los marxistas.[1] El desacuerdo es mucho más evidente, por supuesto, cuando se habla de política económica y de propuestas de política económica. A veces también existen alianzas entre los austriacos y, en particular, los de Chicago y los Public Choicers. Ludwig von Mises, Murray N. Rothbard, Milton Friedman, y James Buchanan, por citar algunos nombres, a menudo se unieron en esfuerzos para defender la economía de libre mercado de sus detractores social-demócratas y socialistas.

Sin embargo, por muy importantes que tales acuerdos ocasionales por razones tácticas o estratégicas sean, sólo son superficiales, porque esconden unas diferencias fundamentales entre la escuela austriaca, como representada por Mises y Rothbard, y todas las demás. La diferencia fundamental de la que todos los desacuerdos a nivel de teoría y política económica—desacuerdos, por ejemplo, en cuanto a los méritos del patrón oro versus el dinero fiduciario, banca libre versus banca central, las implicancias de los mercados versus la acción del Estado sobre el bienestar, capitalismo versus socialismo, la teoría del interés y el ciclo económico, etc.—se refiere a la respuesta de la pregunta primera que todo economista tiene que plantearse: ¿Cuál es el objeto de la economía, y qué tipo de proposiciones son los teoremas económicos?

La respuesta de Mises es que la economía es la ciencia de la acción humana. En sí mismo esto no suena muy controversial. Pero luego Mises dice sobre la ciencia económica:

Sus enunciados y proposiciones no se derivan de la experiencia. Son a priori, como los de la lógica y la matemática. No están sujetos a verificación y falsación en base a experimentación y hechos. Son, a la vez, lógica y temporalmente anteriores a toda comprensión de hechos históricos. Son un requisito necesario para cualquier entendimiento intelectual de acontecimientos históricos.[2]

Para enfatizar el estatus de la economía como ciencia pura—ciencia que tiene más en común con una disciplina como la lógica aplicada que, por ejemplo, con las ciencias naturales empíricas—Mises propone el término «praxeología» (la lógica de la acción) para la rama del conocimiento ejemplificado por la economía.[3]

Es este entendimiento de la economía como ciencia a priori—ciencia cuyas proposiciones pueden tener una rigurosa justificación lógica—lo que distingue a los austriacos, o más precisamente a los misesianos, de todas las otras escuelas de economía actuales. Todas las otras conciben la economía como una ciencia empírica, como la física, que desarrolla hipótesis que requieren comprobación empírica continua. Y todos ven la idea de Mises como dogmática y no-científica, de que los teoremas económicos—como la ley de la utilidad marginal, o la ley de los retornos, o la teoría de interés por preferencia intertemporal y la teoría de los ciclos económicos—tienen prueba definitiva al demostrarse que tratar de negarlos es una contradicción plena.

El punto de vista de Mark Blaug, muy alto representante del pensamiento metodológico del mainstream, ilustra esta oposición casi universal al Austrianismo. Blaug dice de Mises, «Sus escritos sobre los fundamentos de la ciencia económica son tan enredados e idiosincráticos que uno sólo puede preguntarse si alguien los ha tomado en serio.»[4]

Blaug no proporciona argumento alguno para justificar su indignación. Su capítulo sobre Austrianismo simplemente termina con esa declaración. ¿Podría ser que el rechazo de Blaug y otros al apriorismo de Mises tiene más que ver con el hecho de los altos estándares de rigor argumentativo, que la metodología apriorista implica, demostraron ser demasiado para ellos?[5]

¿Qué llevó a Mises a su caracterización de la economía como una ciencia a priori? Desde la perspectiva actual podría ser sorprendente escuchar que Mises no veía su concepción como fuera de la visión mayoritaria que prevalecía a principios del siglo XX. Mises no quería prescribir lo que los economistas debían hacer en lugar de lo que realmente estaban haciendo. Por el contrario, él vio a su logro como filósofo de la economía en sistematizar y hacer explícito lo que la economía realmente era, y como era implícitamente concebida por casi todo aquel que se hacía llamar economista.

Y este es de hecho el caso. Al dar una explicación sistemática de lo que antes era sólo conocimiento implícito y tácito, Mises introdujo algunas distinciones conceptuales y terminológicas que anteriormente eran poco claras y desconocidas, al menos en el mundo de habla inglesa. Pero su posición sobre el status de la economía estaba esencialmente en completo acuerdo con el entonces punto de vista ortodoxo en la materia. Ellos no empleaban el término «a priori,» pero la corriente principal de economistas como Jean Baptiste Say, Nassau Senior y John E. Cairnes, por ejemplo, describían la economía de forma similar.

Say escribió: «Un tratado de economía política . . . estará confinado a la enunciación de algunos principios generales, no requiriendo si quiera pruebas o ilustraciones; porque ellos no serán sino la expresión de lo que cada uno sabe, arreglados de forma conveniente para comprenderlos, así como en su totalidad y en su relación de uno con otro.» Y «la economía política . . . mientras los principios que constituyen su base sean deducciones rigurosas de hechos generales innegables, descansa sobre una base inmovible.»[6]

Según Nassau Senior, «las premisas [económicas] consisten en unas pocas proposiciones generales, resultado de observaciones, o consciencia, y apenas requiriendo prueba, o incluso declaración formal, que casi todo hombre, tan pronto como las escucha, las admite como familiares a su pensamiento, o por lo menos como incluidas en su conocimiento previo; y sus inferencias son casi tan generales, y, si él ha razonado correctamente, tan ciertas como sus premisas.» Y los economistas deberían ser «conscientes de que la ciencia depende más del razonamiento que de la observación, y que su principal dificultad consiste no en la certificación de los hechos, sino en el uso de sus términos.»[7]

Y John E. Cairnes remarcó que mientras «la humanidad no tiene conocimiento directo de los principios físicos últimos» . . . «el economista comienza con el conocimiento de las causas últimas.» . . . «El economista entonces debe ser considerado desde el principio de sus investigaciones como en posesión ya de esos principios últimos que rigen los fenómenos que constituyen el objeto de su estudio, descubrimiento que en el caso de la investigación física constituye para el investigador su tarea más ardua.» «Conjetura [en economía] estaría manifiestamente fuera de lugar, en la medida en que poseemos en nuestra conciencia y en el testimonio de nuestros sentidos . . . prueba directa y fácil de eso que deseamos conocer. En economía política, en consecuencia, la hipótesis nunca se utiliza como ayuda para el descubrimiento de las últimas causas y leyes.»[8]

La opinión de los predecesores de Mises, Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, es la misma: Ellos, también, describen la economía como una disciplina a cuyas proposiciones pueden—en contraste con las de las ciencias naturales—se les puede dar una justificación última. Una vez más, sin embargo, ellos lo hacen sin utilizar la terminología empleada por Mises.[9]

Y por último, la caracterización epistemológica de Mises sobre la economía era también considerada muy ortodoxa—y, ciertamente no idiosincrática, como Blaug pensaba—después de haber sido explícitamente formulada por Mises. El libro de Lionel Robbins, La Naturaleza y Significado de la Ciencia Económica, que apareció por primera vez en 1932, no es más que una versión ligera de la descripción de Mises de la economía como la praxeología. Sin embargo, fue respetada por la profesión de economía como la guía metodológica por casi veinte años.

De hecho, Robbins, en su prefacio, explícitamente señala a Mises como la fuente más importante de su propia posición metodología. Y Mises y Richard von Strigl—cuya posición es esencialmente indistinguible de la de Mises[10]—son citados con aprobación en el texto con más frecuencia que cualquier otra persona.[11]

Sin embargo, interesante como puede ser todo esto para una evaluación de la situación actual, es sólo historia. ¿Cuál es, entonces, la razón de los economistas clásicos para ver su ciencia como diferente a las ciencias naturales? ¿Y qué hay detrás de la reconstrucción explícita de Mises de tal diferencia como una entre una ciencia a priori y una posteriori? Fue el reconocimiento de que el proceso de validación—el proceso de descubrir si una proposición es verdadera o no—es diferente ambos campos de estudio.

Revisemos brevemente primero a las ciencias naturales. ¿Cómo sabemos las consecuencias de someter un material de la naturaleza a pruebas específicas, digamos, si lo mezclamos con otro tipo de material? Obviamente no lo sabemos antes de realmente experimentarlo y observar lo que sucede. Podemos hacer una predicción, por supuesto, pero nuestra predicción es sólo hipotética, y se necesitan observaciones para saber si estamos en lo correcto o no.

Además, aunque hayamos observado algún resultado específico, digamos que la mezcla de los dos materiales produjo una explosión, ¿podemos estar seguros de que ese resultado se producirá invariablemente siempre que mezclemos esos materiales? De nuevo, el respuesta es no. Nuestras predicciones aún serán, y de forma permanente, hipotéticas. Es posible que una explosión sólo se produzca si ciertas condiciones—A, B y C—se cumplen. Sólo podemos saber si es o no es el caso, y cuáles son esas condiciones, si nos embarcamos en experimentos de prueba y error al infinito. Eso permite mejorar progresivamente nuestro conocimiento sobre el rango de aplicación de nuestra predicción hipotética original.

Ahora pasemos a algunas proposiciones económicas típicas. Consideremos el proceso de validación de una proposición tal como la siguiente: Cuando dos personas A y B, participan en un intercambio voluntario, ambas tienen que esperar beneficiarse de ella. Y tienen que tener ordenamientos de preferencias inversos en los bienes y servicios que intercambian, de manera que A valora más lo que recibe de B que lo que da a B, y B tiene que valorar al revés las mismas cosas.

O considere esto: Toda vez que un cambio no es voluntario, sino forzado, una parte se beneficia a expensas de la otra.

O la ley de utilidad marginal: Siempre que la oferta de un bien aumenta en una unidad adicional, dado que cada unidad sea considerada por una persona como capaz de proveer el mismo servicio, el valor asignado a esa unidad tiene que disminuir. Porque esta unidad adicional puede sólo ser empleada como medio para la consecución de un objetivo que se considera menos valioso que el objetivo menos valorado satisfecho por una unidad de tal bien si la oferta tuviese una unidad menos.

O la ley ricardiana de asociación: De dos productores, si A es más productivo que B en la producción de dos tipos de bienes, aún pueden ellos participar en una división del trabajo mutuamente beneficiosa. Esto es así porque la productividad física total es mayor si A se especializa en la producción del bien que puede producir con mayor eficiencia, en lugar que A y B produzcan ambos bienes por separado y de forma autónoma.

U otro ejemplo: Cuando se implementan leyes de salario mínimo que requieren salarios más altos que los salarios de mercado existentes, se produce desempleo involuntario.

O, como último ejemplo: Toda vez que la cantidad de dinero se incrementa, mientras no cambia la demanda de dinero que se mantiene como reserva de efectivo en mano, el poder adquisitivo del dinero cae.

Teniendo en cuenta tales proposiciones, ¿es el proceso de validación utilizado para determinar la veracidad o falsedad de ellas del mismo tipo que el utilizado para las proposiciones en las ciencias naturales? ¿Son hipotéticas tales proposiciones en el mismo sentido que la proposición respecto a los efectos de mezclar dos tipos de materiales naturales? ¿Tenemos que probar continuamente las proposiciones económicas con observaciones? Y ¿se requiere un proceso de prueba y error al infinito para conocer el rango de aplicación de estas proposiciones y mejorar nuestro conocimiento gradualmente, como en el caso de las ciencias naturales?

Parece bastante evidente—excepto para la mayoría de economistas durante los últimos cuarenta años—que la respuesta a estas preguntas es un claro e inequívoco No. Que A y Btienen que esperar obtener ganancias y tener ordenamientos de preferencias inversos se desprende de nuestra comprensión de lo que es un intercambio. Y lo mismo respecto al caso de las consecuencias de un intercambio coercitivo. Es inconcebible que las cosas pudiesen ser diferentes: Así era hace un millón de años atrás, y así será un millón de años más adelante. Y el rango de aplicación de tales proposiciones es claro y se entiende en un solo momento, de una vez por todas: Son verdaderas cada vez que algo es intercambio voluntario o intercambio coercitivo, y no hay nada más que decir.

No hay diferencia respecto a los otros ejemplos dados. Que la utilidad marginal de las unidades adicionales de la oferta de bienes homogéneos tiene que disminuir se desprende de la indiscutible afirmación que cada persona que actúa prefiere siempre lo que le satisface más a lo que le satisface menos. Es simplemente absurdo pensar que se requieren experimentos continuos para establecer tal proposición.

La ley ricardiana de asociación, al mismo tiempo que la delineación de su ámbito de aplicación establecida de una sola vez, también se deduce lógicamente de la existencia misma de la situación descrita. Si A y B son diferentes como se ha descrito y de acuerdo a eso existe un ratio de sustitución tecnológica de los bienes producidos (una tasa para A y una para B), entonces si se embarcan en una división del trabajo como la caracterizada por la ley, la producción física tiene que ser mayor de lo que hubiese sido en otro caso. Cualquier otra conclusión es lógicamente defectuosa.

Lo mismo es cierto respecto a las consecuencias de las leyes del salario mínimo o del aumento de la cantidad de dinero. Un aumento del desempleo y una disminución en el poder adquisitivo del dinero son las consecuencias lógicamente implicadas en la descripción misma de la condición inicial, como indicado en las proposiciones usadas. De hecho, es absurdo considerar estas predicciones como hipotéticas y pensar que su validez no puede ser establecida independientemente de las observaciones, es decir, imponiendo leyes de salario mínimo o imprimiendo más dinero, y observando lo que sucede.

Para usar una analogía, es como si alguien quisiera establecer el teorema de Pitágoras midiendo los lados y los ángulos de los triángulos. De la misma forma que uno comentaría sobre tal asunto, ¿no tendríamos que decir que pensar que las proposiciones económicas tienen que ser probadas empíricamente es un signo de confusión intelectual?

Pero Mises no simplemente se da cuenta de esta diferencia obvia entre la economía y las ciencias empíricas. Él nos hace entender la naturaleza de esta diferencia y nos explica cómo y por qué una disciplina única como la economía, que nos enseña algo sobre la realidad sin requerir observaciones, puede existir. Ése es el logro de Mises que difícilmente puede pasarse por alto.

Para entender mejor su explicación, debemos hacer una excursión al campo de la filosofía, más precisamente al campo de la filosofía del conocimiento o epistemología. En particular, debemos examinar la epistemología de Immanuel Kant como desarrollada más completamente en su Crítica de la Razón Pura. La idea de Mises sobre praxeología está claramente influenciada por Kant. Esto no quiere decir que Mises sea un simple kantiano. De hecho, como señalaré más adelante, Mises lleva la epistemología kantiana más allá de donde el mismo Kant la dejó. Mises mejora la filosofía kantiana de una forma que hasta este mismo día ha sido completamente ignorada y poco apreciada por los filósofos kantianos ortodoxos. Sin embargo, Mises toma de Kant sus distinciones conceptuales centrales y terminológicas, así como algunas ideas kantianas fundamentales sobre la naturaleza del conocimiento humano. Por lo tanto debemos revisar a Kant.

Kant, en el curso de su crítica al empiricismo clásico, en particular al de David Hume, desarrolló la idea de que todas nuestras proposiciones pueden clasificarse de dos formas: Por un lado son analíticas o sintéticas, y por el otro lado son a priori o a posteriori. El significado de estas distinciones, de forma corta, es el siguiente. Las proposiciones son analíticas cada vez que los medios de la lógica formal son suficiente para averiguar si son verdaderas o no, de lo contrario son proposiciones sintéticas. Y las proposiciones son a posteriori cuando se necesitan observaciones para establecer su verdad, o por lo menos para confirmarlas. Si no se necesitan observaciones entonces las proposiciones son a priori.

La marca característica de la filosofía kantiana es la afirmación de que existen proposiciones sintéticas a priori verdaderas—y es porque Mises se adhiere a esta afirmación de que se le puede llamar kantiano. Proposiciones sintéticas a priori son aquellas cuya veracidad puede ser establecida de forma definitiva, aunque para hacerlo los medios de la lógica formal no sean suficientes (aunque, por supuesto, necesarios) y las observaciones no sean necesarias.

De acuerdo a Kant, la matemática y la geometría son ejemplos de proposiciones sintéticas a priori verdaderas. Pero él también pensaba que una proposición como el principio general de causalidad—esto es, la afirmación de que hay causas que operan de forma invariable en el tiempo, y que cada evento está integrado en una red tales causas—es una proposición sintética a priori verdadera.

No puedo entrar aquí a explicar en detalle cómo Kant justifica esa idea.[12] Unas pocas consideraciones tendrán que ser suficiente. En primer lugar, ¿cómo se deriva la verdad de tales proposiciones, si la lógica formal no es suficiente y las observaciones no son necesarias? La respuesta de Kant es que la verdad se deriva de axiomas materiales auto-evidentes.

¿Qué hace a estos axiomas auto-evidentes? Kant responde, no es porque sean evidentes en un sentido psicológico, en cuyo caso seríamos conscientes de ellos de forma inmediata. Por el contrario, Kant insiste, es usualmente mucho más laborioso descubrir tales axiomas que descubrir una verdad empírica como que las hojas de los árboles son verdes. Son auto-evidentes porque uno no puede negar su verdad sin auto-contradecirse; esto es, al intentar negarlos uno de hecho admite, de forma implícita, que son verdaderos.

¿Cómo encontramos tales axiomas? Kant responde, reflexionando sobre nosotros mismos, entendiéndonos a nosotros mismos como sujetos pensantes. Y ese hecho—que la verdad de las proposiciones sintéticas a priori se deriva en última instancia de experiencias internas producidas mediante reflexiones—también explica porqué es posible que tales proposiciones puedan tener status de ser entendidas como necesariamente ciertas. La experiencia que se basa en observación sólo puede revelar las cosas como son; no hay nada en ella que indique porqué las cosas tienen que ser de la forma que son. Contrario a esto, sin embargo, Kant escribe, nuestra razón puede entender tales cosas como siendo necesariamente de la forma que son, «que ella misma ha producido de acuerdo a su propio diseño.»[13]

En todo esto, Mises sigue a Kant. Sin embargo, como dije antes, Mises añade una idea extremadamente importante que Kant había sólo vagamente abordado. Ha sido una queja común contra el kantismo que tal filosofía parece implicar algún tipo de idealismo. Porque si, como Kant dice, las proposiciones sintéticas a priori verdaderas son proposiciones acerca de cómo nuestra mente funciona, y tiene necesariamente que funcionar, ¿cómo puede explicarse que tales categorías mentales se ajusten a la realidad? ¿Cómo puede explicarse, por ejemplo, que la realidad esté en conformidad con el principio de causalidad si este principio debe ser entendido como uno con el que el funcionamiento de nuestra mente tiene que estar en conformidad? ¿No tenemos que hacer la absurda suposición idealista de que esto es solamente posible porque la realidad es creada por la mente? No me malentiendan, no creo que tal acusación contra el kantismo sea justificada.[14] Y, sin embargo, en parte de sus formulaciones, no hay duda que Kant dio margen de posibilidad a esas acusaciones.

Consideremos, por ejemplo, esta declaración programática de Kant: «Hasta ahora se ha supuesto que nuestro conocimiento tiene que estar conforme a la realidad,» en vez de eso se debería asumir «que realidad observacional debería estar conforme a nuestra mente.»[15]

Mises ofrece la solución a este desafío. Es cierto, como dice Kant, que las proposiciones sintéticas a priori verdaderas están basadas en axiomas auto-evidentes y que estos axiomas tienen que ser entendidos por reflexión sobre nosotros mismos en vez de ser «observables» en algún sentido significativo. Sin embargo, tenemos que ir un paso más allá. Debemos reconocer que tales verdades necesarias no son simplemente categorías de nuestra mente, sino que nuestra mente es una de personas que actúan. Nuestras categorías mentales tienen que ser entendidas como basadas últimamente en categorías de acción. Y tan pronto como esto se reconoce, toda sugerencia idealista desaparece inmediatamente. En lugar de eso, la epistemología que propone la existencia de proposiciones sintéticas a priori verdaderas se convierte en una epistemología realista. Puesto que se entiende como basada en última instancia en categorías de acción, el abismo entre lo mental y el mundo real, exterior y físico es superado. Como categorías de acción, tienen que ser cosas mentales tanto como características de la realidad. Porque es a través de acciones que la mente y la realidad entran en contacto.

Kant dio pistas para la solución del problema. Él pensaba que las matemáticas, por ejemplo, tenían que estar basadas en el conocimiento del significado de repetición, de operaciones repetitivas. Y también se dio cuenta, aunque sólo vagamente, que el principio de causalidad está implícito en nuestra comprensión de lo que es y lo que significa actuar.[16]

Sin embargo, es Mises quien trae esta idea al primer plano: la Causalidad, él se da cuenta, es una categoría de acción. Actuar significa interferir en algún punto más temprano en el tiempo con el fin de producir un cierto resultado más tarde, y por tanto cada actor debe presuponer la existencia de causas que operan constantemente. La Causalidad es un pre-requisito de la acción, en palabras de Mises.

Pero Mises no está, como Kant, interesado en epistemología como tal. Con su reconocimiento de la acción como el puente entre la mente y la realidad exterior, él ha encontrado una solución al problema kantiano de cómo pueden ser posibles las proposiciones sintéticas a priori verdaderas. Y él ha ofrecido algunas ideas muy valiosas sobre el fundamento último de otras propuestas epistemológicas centrales además del principio de causalidad, como la ley de la contradicción como la piedra angular de la lógica. Y así ha abierto un camino para investigación filosófica futura que, a mi entender, apenas ha sido explorado. Sin embargo, el objeto de estudio de Mises es la economía, por lo que voy a dejar aquí el problema de explicar con más detalle el principio de causalidad como una proposición a priori verdadera.[17]

Mises no sólo reconoce que la epistemología indirectamente se basa en nuestro conocimiento reflexivo de la acción y que puede por lo tanto decir algo verdadero a priori acerca de la realidad, sino que la economía también lo hace y lo hace de una manera mucho más directa. Las proposiciones económicas se derivan directamente de nuestro conocimiento de acción, adquirido de forma reflexiva; y el estado de estas proposiciones como afirmaciones a priori verdaderas acerca de algo real se deriva de nuestra comprensión de lo que Mises denominó «El axioma de la acción.»

Este axioma, la proposición de que los seres humanos actúan, precisamente, cumple con los requisitos para una proposición sintética a priori verdadera. No se puede negar que esta proposición es verdadera, ya que tal negación tendría que ser clasificada como una acción—y así la verdad de la afirmación literalmente no se puede deshacer. Y el axioma no se deriva de observación tampoco—sólo hay movimientos corporales que pueden ser observados, pero no tales cosas como acciones—sino que se deriva de conocimiento reflexivo.

Además, como algo que debe ser entendido en lugar de ser observado, aún es conocimiento acerca de la realidad. Esto se debe a que las distinciones conceptuales que intervienen en este entendimiento son nada menos que las categorías empleadas en la interacción de la mente con el mundo físico por medio de su propio cuerpo físico. Y el axioma de acción en todas sus implicancias no es ciertamente auto-evidente en un sentido psicológico, aunque una vez hecho explícito puede ser entendido como una proposición innegablemente verdadera sobre algo real y existente.[18]

Ciertamente, no es psicológicamente evidente ni es observable que con cada acción de un actor persiga un objetivo; y que cualquiera sea el objetivo, el hecho de que es perseguido por un actor revela que él coloca un valor relativamente más alto sobre el objetivo que en cualquier otro objetivo de acción que pudiera concebir al inicio de su acción.

No es ni evidente ni observable que a fin de lograr su objetivo más preciado un actor tenga que interferir o decidir no interferir (que, por supuesto, es también una interferencia) en un punto anterior en el tiempo para producir algún resultado futuro; ni que esas interferencias invariablemente impliquen el empleo de medios escasos (por lo menos el cuerpo del actor, el lugar donde se encuentra parado, y el tiempo absorbido por la interferencia).

No es auto-evidente ni se puede observar que estos medios deben también tener un valor para el actor—un valor derivado del objetivo—porque el actor debe considerar su uso como necesario para eficazmente alcanzar el objetivo; y que esas acciones sólo se puede realizar de forma secuencial, siempre implicando una elección, es decir, siguiendo el curso de acción que en algún momento dado en el tiempo promete el resultado más valorado para el actor, y excluyendo al mismo tiempo el logro de otros objetivos menos valorados.

No es automáticamente claro u observable que como consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a una meta sobre otra—de no ser capaz de alcanzar todas las metas al mismo tiempo—toda acción implique incurrir en costos. Por ejemplo, renunciar al valor asignado a la meta alternativa más valorada que no puede ser alcanzada o cuya realización debe ser diferida porque los medios necesarios para alcanzarla están siendo usados de forma conjunta en la producción de otra meta incluso más valorada.

Y, por último, no es claramente evidente u observable que en el punto de partida todo objetivo de acción tenga que ser considerado más valioso, para el actor, que su costo, y capaz de producir un beneficio, es decir, un resultado cuyo valor es más alto que el de las oportunidades a las que renunció. Y, aún así, toda acción también está invariablemente amenazada por la posibilidad de una pérdida si el actor se da cuenta, en retrospectiva, que el resultado logrado—contrariamente a las expectativas anteriores—tiene un valor inferior que el que hubiese tenido la alternativa a la que renunció.

Todas estas categorías—valor, fines, medios, elección, preferencias, costo, ganancias y pérdidas, así como tiempo y causalidad—están implicadas en el axioma de acción. Pero, que uno sea capaz de interpretar las observaciones en tales categorías requiere que uno sepa ya lo que significa actuar. Nadie que no es un actor podría entenderlas. No vienen «dadas», listas para ser observadas, sino que la experiencia observada toma forma en estos términos a medida que es interpretada por un actor. Su reconstrucción reflexiva tampoco es una simple tarea intelectual psicológicamente auto-evidente, como ha sido demostrado por una larga lista de intentos fallidos contra las ideas que acabamos de delinear sobre la naturaleza de la acción.

Fue necesario un arduo esfuerzo intelectual para reconocer de forma explícita lo que, una vez hecho explícito, todos reconocen inmediatamente como verdadero y pueden entender como proposiciones sintéticas a priori verdaderas, esto es, proposiciones que pueden ser validadas independientemente de observaciones y consecuentemente no pueden ser falsadas por ninguna observación.

El intento de refutar el axioma de acción sería en sí mismo una acción que busca alcanzar una meta, que requiere unos medios, que excluye otros cursos de acción, que incurre en costos, que somete al actor a la posibilidad de alcanzar o no alcanzar la meta deseada y por tanto a una ganancia o a una pérdida.

Y la posesión misma de tal conocimiento entonces no puede nunca ser disputada, y la validez de estos conceptos no puede nunca ser falsada por ninguna experiencia contingente, porque disputar o falsar algo habría ya presupuesto su misma existencia. De hecho, una situación en la que estas categorías de acción dejasen de tener existencia real nunca podría ser observada, porque hacer una observación, también, es una acción.

La gran visión de Mises fue percibir que el razonamiento económico tiene su fundamento precisamente en esta comprensión de la acción; y que el status de la economía como una especie de lógica aplicada se deriva del status del axioma de acción como proposición a priori sintética verdadera. Las leyes de intercambio, la ley de utilidad marginal decreciente, la ley ricardiana de asociación, la ley de control de precios, y la teoría cuantitativa del dinero—todos los ejemplos de proposiciones económicas que he mencionado—se pueden deducir lógicamente de este axioma. Y esta es la razón por la que resulta ridículo pensar que tales proposiciones son del mismo tipo epistemológico que las de las ciencias naturales. Pensar que lo son, y de acuerdo a eso requerir experimentos para su validación, es como suponer que tenemos que llevar a cabo algún proceso de encontrar hechos sin conocer el resultado posible a fin de establecer el hecho que uno es un actor. En una palabra: es absurdo.

La praxeología dice que todas las proposiciones económicas que pretenden ser reconocidas como verdaderas tienen que demostrar ser deducibles por medio de lógica formal a partir del conocimiento material indiscutiblemente verdadero respecto al significado de la acción.

Específicamente, todo razonamiento económico consiste en lo siguiente:

(1) una comprensión de las categorías de acción y el significado de un cambio en cosas tales como los valores, las preferencias, el conocimiento, los medios, los costos, etc.;

(2) una descripción de un mundo en el que las categorías de acción asumen un significado concreto, donde personas específicas son identificadas como actores con objetos específicos identificados como sus medios de acción, con unas metas específicas identificadas como valores y cosas específicas identificadas como costos. Tal descripción podría ser la de un mundo de Robinson Crusoe, o un mundo con más de un actor en la que las relaciones interpersonales son posibles; de un mundo de intercambio por trueque, o de dinero e intercambios que hacen uso del dinero como medio común de intercambio; de un mundo donde sólo hay tierra, mano de obra, y tiempo como factores de producción, o un mundo con productos de capital; de un mundo con factores de producción perfectamente divisibles o indivisibles, específicos o no específicos de la producción; o de un mundo con diversas instituciones sociales, tratando diversas acciones como agresión y amenazándolas con castigo físico, etc. y;

(3) una deducción lógica de las consecuencias que se derivan de la realización de una acción específica dentro de este mundo, o de las consecuencias para un actor específico que resultan si esta situación es modificada de una forma específica.

Si no hay error en el proceso de deducción, las conclusiones que tal razonamiento produce deben ser válidas a priori, porque su validez en última instancia reside en el indiscutible axioma de acción. Si la situación y los cambios introducidos en ella son ficticios o asumidos (un mundo de Robinson Crusoe, o un mundo con factores de producción sólo indivisibles o sólo completamente específicos), entonces las conclusiones son, por supuesto, verdaderas a priori sólo en ese «mundo posible.» Si, por otro lado, la situación y los cambios pueden ser identificados como reales, percibidos y conceptualizados como tal por actores reales, entonces las conclusiones son proposiciones a priori verdaderas acerca del mundo como realmente es.[19]

Tal es la idea de la economía como praxeología. Y tal es, pues, el desacuerdo último que los austriacos tienen con sus colegas: Sus comentarios no pueden ser deducidos del axioma de la acción o incluso están en clara contradicción con proposiciones que pueden ser deducidas del axioma de la acción.

E incluso si hay acuerdo sobre la identificación de hechos y la apreciación de ciertos eventos como relacionados entre sí como causas y consecuencias, este acuerdo es superficial. Porque tales economistas falsamente creen que sus declaraciones son proposiciones empíricamente bien probadas cuando son, de hecho, proposiciones que son verdaderas a priori.

 

[1]Los dos primeros ensayos están basados en dos lecturas dictadas en la «Conferencia de Instrucción Avanzada sobre Economía Austriaca,» en el Ludwig von Mises Institute, Junio ​​21-27, 1987. El tercer ensayo es una reimpresión de La Economía y Ética de la Propiedad Privada(Kluwer Academic Publishers en 1993), pp. 141-64.

[2]Ludwig von Mises, La Acción Humana (Chicago: Henry Regnery, 1966), p.32

[3]El trabajo metodológico de Mises está contenido principalmente en sus Problemas Epistemológicos de la Economía (New York: New York University Press, 1981); Teoría e Historia (Washington, DC: Ludwig von Mises Institute, 1985); El Fundamento Último de la Ciencia Económica (Kansas City, Kansas. Sheed Andrews y McMeel, 1978); La Acción Humana, Parte I.

[4]Mark Blaug, La Metodología de la Economía (Cambridge: Cambridge University Press, 1980), p. 93; para una declaración de indignación similar véase Paul Samuelson, Collected Scientific Papers, vol. 3 (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1972), p 761.

[5]Otro prominente crítico de la praxeología es Terence W. Hutchison, La Significancia y los Postulados Básicos de la Teoría Económica (Londres: Macmillan, 1938). Hutchison, igual que Blaug, un partidario de la variante popperiana del empiricismo, se ha vuelto mucho menos entusiasta sobre las perspectivas de avanzar la economía sobre las líneas empiricistas (véase, por ejemplo, su Conocimiento e Ignorancia en Economía [Chicago: University of Chicago Press, 1977]; y La Política y La Filosofía de la Economía [Nueva York: New York University Press 1981]), sin embargo, él aún no ve alternativa al falsacionismo de Popper. Una posición y desarrollo muy similar a Hutchison se encuentra en H. Albert (véase su temprana Marktsoziologie und Entscheidungslogik (Neuwied: 1967). Para una crítica a la posición empiricista, véase Hans-Hermann Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung. Unterschungen zur Grundlegung von Soziologie und Ökonomie (Opladen: 1983), «¿Es Posible la Investigación Basada en Principios Científicos Causales  en las Ciencias Sociales?» Ratio 25, no. 1 (1983); «En Defensa del Racionalismo Extremo,» Review of Austrian Economics 3 (1988); «Sobre la Praxeología y los Fundamentos Praxeológicos de la Epistemología y la Ética,» en El Significado de Ludwig von Mises, editado por Llewellyn H. Rockwell, Jr., (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1989).

[6]Jean-Baptiste Say, Tratado de Economía Política (New York: Augustus Kelley, [1880] 1964, p. xx, xxvi.

[7]Nassau Senior, Un Esbozo de la Ciencia de la Economía Política (New York: Augustus Kelley, [1836] 1965), pp. 2-3,5.

[8]John E. Cairnes, El Carácter y el Método lógico de la Economía Política (Nueva York: Augustus Kelley, 1965), p. 83,87,89 -90,95-96.

[9]Véase Carl Menger, Untersuchungen über die der Methoden Sozialwissenschaften (Leipzig: 1883); Idem, Die Irrtümer des Historismus in der Deutschen Nationalökonomie (Viena: 1884); Eugen von Böhm-Bawerk, Schriften, F. X. Weiss, ed. (Viena 1924); Friedrich von Wieser, Theorie der Wirtschaft gesellschaftlichen (Tübingen: 1914); idem, Gesammelte Abhandlungen(Tübingen: 1929). Para una evaluación de Mises a sus predecesores, ver sus Problemas Epistemológicos de la Economía, pp. 17-22. El término «a priori» en relación con los teoremas económicos también es utilizado por Frank H. Knight; sus escritos metodológicos, sin embargo, carecen de rigor sistemático. Véase su «¿Qué Es Verdad en Economía», en Sobre la Historia y el Método de la Economía, de Knight (Chicago: University of Chicago Press, 1956); y  «Las Limitaciones del Método Científico en Economía», en La Ética de la Competencia, de Knight (Chicago: University of Chicago Press, 1935).

[10]Richard von Strigl, Die ökonomischen Kategorien und die Organisation der Wirtschaft(Jena: 1923).

[11]Vale la pena mencionar que la posición metodológica de Robbins, al igual que la de Friedrich A. Hayek, se hizo cada vez menos misesiana con el tiempo debido principalmente a la influencia de Karl R. Popper, su colega en el London School of Economics. Véase de Lionel Robbins, Una Autobiografía de un Economista (London: Macmillan, 1976); el desacuerdo de Hayek con la praxeología de Mises ha sido recientemente reafirmada en su «Einleitung» en Erinnerungen de Ludwig von Mises (Stuttgart: 1978). El veredicto completamente negativo de Mises a Popper puede encontrarse en su El Fundamento Último de la Ciencia Económica, p. 70. En apoyo a este veredicto véase también Hans H. Hoppe Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983), pp. 48-49.

[12]Una brillante interpretación y justificación de la epistemología apriorística de Kant se encuentra en F. Kambartel, Erfahrungund Struktur. Bausteine ​​zu einer Kritik des Empirismus und Formalismus (Frankfurt/M.: 1968), especialmente el capítulo 3, véase también Hans-Hermann Hoppe, Handeln und Erkennen (Bern: 1976).

[13]Immanuel Kant, La Crítica de la Razón Pura, en Kant, Werke, vol. 2, W. Weischedel, ed. (Wiesbaden: 1956), p. 23.

[14]Véase en particular el trabajo de F. Kambartel citado en la nota 12; instructiva también es la interpretación de Kant dada por el biólogo-etólogo D. Lorenz, Vom Weltbild des Verhaltensforschers (Munich: 1964); Idem, Die Spiegel des Rückseite, Versuch einer Naturgeschite menschlichen Erkennens (Munich: 1973). Entre algunos seguidores del Austrianismo, la interpretación de Kant por Ayn Rand (véase, por ejemplo, su Introducción a la Epistemología Objetivista (Nueva York: New American Library, 1979); o Para el Nuevo Intelectual (Nueva York: Random House, 1961) goza de gran popularidad. Su interpretación, repleta de acusaciones denunciatorias, sin embargo, se caracteriza por una ausencia completa de documentación interpretativa alguna. Véase, respecto a la ignorancia arrogante de Rand sobre Kant, B. Goldberg, «‘Para el Nuevo Intelectual’ de Ayn Rand,» New Individualist Review 1, n. 3 (1961).

[15]Véase Kant, La Crítica de la Razón Pura, p. 25. Sea o no tal interpretación de la epistemología de Kant correcta es, por supuesto, un asunto muy diferente. Aclarar tal problema, sin embargo, aquí no es importante. Para una interpretación activista o constructivista de la filosofía kantiana véase E. Kambartel, Erfahrung und Struktur, capítulo 3; también Hoppe, Handeln und Erkennen (Bern: Lang, 1976).

[16]Para interpretaciones kantianas de las matemáticas véase H. Dingler, Philosophie der Logik und Mathematik (Munich: 1931); Paul Lorenzen, Einführungin in die operative Logik und Mathematik (Frankfurt/M.: 1970); Ludwig Wittgenstein, Observaciones sobre los Fundamentos de las Matemáticas (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1978); también Kambartel, Erfahrung und Struktur, pp. 118-22; para una interpretación inusualmente cuidadosa y cautelosa del kantismo desde el punto de vista de la física moderna, ver P. Mittelstaedt, Philosophische Probleme der modernen Physik (Nannheim: 1967).

[17]Para algunas consideraciones más profundas sobre estos asuntos, véase Hoppe «En defensa de Racionalismo Extremo.»

[18]Sobre esto y lo siguiente ver Mises, La Acción Humana, capítulos IV y V.

[19]Véase también Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, capítulo 3

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ECONOMISTA

Colombiano de 31 años, vive en Argentina desde el 2010, estudiante de Economía de la Universidad de Buenos Aires, seguidor de la Escuela Austriaca, defensor de la libertad económica, promulga las ideas de autores como Mises, Rothbard, Hayek, Jesús Huerta de Soto, Hope, Escolásticos entre otros.

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