La asfixia ideológica sobre el hombre

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Según Gustave Thibon “la ideología se injerta en la realidad, como un cáncer que toma la forma del órgano que devora para finalmente, aniquilarlo”.

La ideología (de cualquier tipo) distorsiona la realidad por medio de un ideario doctrinal que carece de rango óntico, es decir, que no posee ser o en términos más específicos es no-ser: privación. Por lo tanto carece de existencia; entonces es imaginario y ficticio, y, en definitiva no tiene razón de ser. Por ello –la ideología- no es un determinante en la vida humana, todo lo contrario, asfixia existencialmente al hombre, sumiéndolo en la ruina individual y colectiva.

El ente se caracteriza por ser real, por existir. La ideología al no tener esta capacidad, decimos que no existe; es pura ficción que toma ciertos elementos de la realidad, pero a base de corromper esencias, incorporando elementos irreales e irracionales. En otras palabras, añade tinta oscura a un agua cristalina, la cual pierde su transparencia, como sus componentes. Por eso el hombre se intoxica si toma agua contaminada, ya que el cuerpo humano necesita agua de calidad con la plenitud de sus componentes, o sea agua en estado puro y sano. Precisamente la ideología es la tinta que enturbia la existencia, la vuelve más oscura, anulando las potencialidades naturales del hombre como, por ejemplo, conocer la realidad, el bien y la verdad.

En la actualidad, ya no hay profundización del ser, de las esencias; no hay reflexión existencial ni vital; ni mucho menos una reflexión en torno al absoluto, al ser supremo. Sin lo anterior, la inteligencia quedó anulada y, por ello, dócil a las ideologías. El hombre moderno en su vida social lo analiza todo en base a un ideario doctrinal. El foco ya no está en lo real sino en las utopías que emanan de las ideologías. El idealismo filosófico coadyuvó porque el interés no está en descubrir sino en inventar, como hace la filosofía posmoderna y progresista. Por consiguiente el sujeto irá “construyendo realidades” por vía ideológica; parcializando y desvirtuando, precisamente, la realidad.

El hombre parece justificarlo todo a partir de lo ideológico; esto, sin duda, atraviesa lo político, lo económico, las estructuras sociales y lo cultural. Es desde allí donde parten los ideólogos para crear teorías que, muchas veces, no explican la realidad, sino por el contrario, complejizan y problematizan lo real. Desvinculado el ser humano de la realidad, crea un caldo de cultivo para la inestabilidad social y, por sobre todo, la división. Justamente la realidad es lo común que poseen los hombres, pero mientras más se alejen de ella, más reinara el caos y la injusticia; porque la obstinación y la insensatez caracteriza al hombre moderno absorbido por las ideologías.

Por otra parte, el misterio existencial de la vida quedó anulado. Las grandes preguntas de la filosofía en torno al ser y las causas quedaron en el olvido. El apetito natural del hombre es el de buscar y conocer la verdad. Viciado lo anterior a causa de las ideologías, el ser humano quedó vacío e inestable; naufragando por la existencia en una especia de orfandad que lo lleva a la utopía constante, es decir, a una expulsión apreciativa de la vida concreta, natural y real. Así, se erigieron por un lado, doctrinas materialistas, cientificistas y positivistas, desquebrajando las verdades metafísicas, pues tales verdades se encuentran en lo más alto del pensar filosófico. Por el otro, en el campo de la praxis política a partir de la Revolución Francesa se implantó de lleno un germen ideológico que fue acrecentándose posteriormente con las revoluciones marxistas hasta nuestros días. Actualmente, la política es una forma de utopía que ya no se asienta en el realismo, buscando la perfección de la comunidad humana.

La decadencia de la sociedad occidental se dio en gran medida por las ideologías. El mecanismo de irrupción es siempre revolucionario y, por lo tanto, provoca un quiebre con las tradiciones. Esta a su vez,  es el soporte vital de cualquier orden civilizatorio, su razón de ser y existir. Una sociedad estable es aquella que contempla sus tradiciones, sus costumbres y su religión. En cambio la ideología genera un quiebre generacional, ya no hay herencia alguna; una especie de inmanentismo se apodera de la generación que rompe con el pasado, pues el ser histórico trascendente se anula para implantarse de lleno el pensamiento ideológico materialista e inmanente. Por ello siempre las revoluciones fueron abruptas, violentas e irreflexivas; su implantación es un artificio que rompe con la idiosincrasia natural e histórica de un pueblo. En consecuencia, las ideologías no reconocen el derecho natural ni la tradición gestadas en el desarrollo histórico de la civilización occidental.

Para recuperar la naturaleza del hombre es necesario abolir las ideologías. Y es de suma importancia tener juicio crítico y reflexivo sobre la modernidad, y todos los institutos que nacieron a partir de que entró de lleno en la vida social el pensamiento ideológico o las modernas cosmovisiones del mundo. Acostumbrado el ser humano a no disentir con los valores actuales, necesariamente se ve forzado a refugiarse en cualquier tipo de ideología, cuya base es el irracionalismo- subjetivista, naturalmente enfrentado al realismo- objetivo. Depositar todas las fuerzas humanas en las ideologías es corromper la naturaleza misma de las cosas: el hombre, el existir, el pensar, la patria, las artes, la cultura, etc. Todo ello queda minado, corrompido. En suma, retornar a la naturaleza de las cosas, recuperará la vitalidad humana tan castigada por el adoctrinamiento ideológico cada vez más instaurado en la sociedad moderna.

 

 

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