Inglaterra va gradualmente por el camino de servidumbre

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Todo el objetivo de Hayek cuando escribió este capítulo, “Los Totalitarios en Nuestro Seno,” fue que sirviera de advertencia a sus lectores.

Hayek se ha pasado los últimos capítulos de The Road to Serfdom [Camino de Servidumbre] explicándonos las raíces y el surgimiento de los gobiernos totalitarios. En su capítulo doce, Hayek destacó a prominentes teóricos marxistas que posteriormente pondrían los cimientos del partido Nacional Socialista alemán.

Todo el objetivo de Hayek cuando escribió este capítulo, “Los totalitarios en Nuestro Seno,” fue que sirviera de advertencia a sus lectores. La muerte masiva de la Segunda Guerra Mundial había devastado e impactado al mundo. Pero, a menos que, en primer lugar, los individuos estén en capacidad de identificar cómo fue que el totalitarismo se había apoderado de Europa, esos estarían mal preparados para prevenir que pueda suceder de nuevo.

Fue por esa razón que Hayek usa al capítulo trece para demostrar a sus lectores que una perversión similar de la verdad, ya estaba ocurriendo entre la élite intelectual inglesa, tal como había ocurrido en vísperas del Tercer Reich.
EL INDIVIDUALISMO EN PELIGRO

Como se explicó en el último capítulo, Inglaterra, que representaba el origen del pensamiento individualista, gradualmente había estado dirigiéndose por un camino similar a como lo había hecho Alemania en las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial. Si bien puede haber tomado una forma diferente, al mirársele desde la perspectiva de un totalitarismo en todas las cosas económicas, Inglaterra, como lo era en 1944, había practicado avances lentos alejándose del liberalismo y, en vez de eso, se encontró que iba en la dirección de una autoridad central completa.

Es por esta razón que, en este capítulo, los escritos de Hayek suenan urgentes. Al estar fresca la Segunda Guerra en las mentes de toda la gente, Hayek les urge a no darse por satisfechos. No era suficiente con lamentar el pasado reciente; necesitaban proceder vigilantemente y mirar a los enemigos en sus propias naciones.

Así lo escribe Hayek,

“Probablemente es cierto que la misma magnitud de las atrocidades cometidas por los gobiernos totalitarios, en lugar de aumentar el temor a que un sistema semejante pueda surgir un día en Inglaterra, ha reforzado más bien la seguridad de que tal cosa no puede acontecer en este país.”

Pero, para aquellos quienes rechazaron cualquier sugerencia de que Inglaterra era en forma alguna comparable con Alemana, Hayek dice:

“Y el hecho de haber crecido constantemente la distancia parece refutar toda sugestión de estarnos moviendo en una dirección semejante. Pero no olvidemos que, hace quince años, la posibilidad de que en Alemania sucediese lo que ha acontecido la habrían juzgado igualmente fantástica…”

A pesar de ello, el verdadero problema, tal como lo enfatizó Hayek en todo su libro, es que la amenaza a la libertad económica viene desde ambos lados del espectro político.

“…sino con la Alemania de hace veinte o treinta años, con la que muestran un parecido cada vez mayor… Hemos mencionado ya el más significativo: la creciente semejanza entre los criterios económicos de derechas e izquierdas y su común oposición al liberalismo, que era la base común a la mayoría de la política inglesa.”

Y, más importante aún, en especial para Hayek, fue señalar cómo Inglaterra ya iba muy hacia abajo por un camino sumamente peligroso.
Inglaterra, o más bien Gran Bretaña, es el sitio en donde nació el liberalismo en muchas formas distintas. Es de donde provienen muchas de las filosofías fundacionales de la Revolución Estadounidense. Esos mismos principios de la ley de contratos y de los derechos de propiedad sirvieron como bases de la economía de libre mercado y también llegaron de Inglaterra. De forma que fue aún más problemático para Hayek ver descarriarse a esta nación.

“Hasta qué punto Inglaterra ha caminado, en los últimos veinte años, por la senda alemana, se advierte con extraordinaria claridad si leemos ahora algunas de las más serias discusiones habidas en Inglaterra, durante la guerra anterior, acerca de las diferencias entre los criterios británico y alemán sobre problemas políticos y morales.

Hombres como Lord Morley o Henry Sidgwick, Lord Acton o A.V. Dicey, que fueron entonces admirados en el mundo entero como ejemplos notables de la sabiduría política de la Inglaterra liberal, son para la generación presente victorianos completamente anticuados.”

Aunque poca gente, si es que alguien, en Inglaterra probablemente estaría dispuesta a aceptar al totalitarismo como un todo, hay pocas características únicas que no hayan sido aconsejadas por uno u otro.
E.H. CARR

Empezando sus acusaciones contra aquellas figuras inglesas contemporáneas que estaban teniendo un impacto dramático sobre el clima político, escribe Hayek:

“Hay, quizá, muy pocos ejemplos en la literatura inglesa contemporánea donde la influencia de las ideas específicamente alemanes de que nos ocupamos esté tan marcada como en los libros del profesor E.H. Carr, Twenty Years’ Crisis y The Conditions of Peace.”

Explicando por qué él vislumbra a Carr (1892-1982) como peligroso para la Inglaterra futura, Hayek escribe:

“Que apenas ve diferencia entre los ideales sostenidos por Inglaterra y los practicados por la Alemania actual, lo ilustra inmejorablemente al asegurar que ‘sin duda cuando un nacional-socialista preeminente afirma que ‘todo lo que beneficia al pueblo alemán es justo y todo lo que le daña es injusto,’ propugna simplemente la misma identificación del interés nacional con el derecho universal que ya fue establecida para los países de habla inglesa por [el Presidente] Wilson, el profesor Toynbee, lord Cecil y otros muchos.’”

Lo que es interesante, al menos para mí, cuando se lee este capítulo, es el tono que asume Hayek. El objetivo entero de Hayek al escribir este libro es para advertir a otros que no repitan la historia y, sin embargo, él aquí aparece repitiéndose y pasando casi completamente desapercibido por la gente. Usted casi que puede escuchar la frustración en la voz de Hayek, al condenar el rechazo de Carr al liberalismo del siglo XIX.

“Cuando el profesor Carr afirma, por ejemplo, que ‘no podemos ya encontrar mucho sentido a la distinción familiar al pensamiento del siglo XIX, entre ‘sociedad’ y ‘Estado,’ ¿sabe que es ésta precisamente la doctrina del profesor Carl Schmitt, el más teórico nazi del totalitarismo y, de hecho, la esencia de la definición del totalitarismo dada por este autor, que es quien ha introducido este término?”

Comentando más acerca de la actitud negativa de Carr hacia el capitalismo de libre mercado, Hayek cita al propio Carr:

“Los triunfadores perdieron la paz, y la Rusia Soviética y Alemania la ganaron, porque los primeros continuaron predicando, y en parte aplicando, los en otro tiempo válidos pero hoy destructivos ideales de los derechos de las naciones y el capitalismo de laissez faire, mientras las últimas, consciente o inconscientemente impulsadas por la corriente del siglo XX, se esforzaban por reconstruir el mundo en forma de unidades mayores sometidas a la planificación e intervención centralizadas.”

Referirse a los principios del capitalismo como “ideas disruptivas” y alabando a las economías planificadas, fue suficiente para que Hayek dijera, “El profesor Carr hace completamente suyo el grito de guerra de la revolución socialista del Este contra el Occidente liberal dirigido por Alemania…”

Hayek también continúa socavando al comentario de Carr acerca de la economía, cuando escribe. “El profesor Carr no es un economista, y su argumentación económica no soporta, generalmente, un serio examen.”

“El desprecio del profesor Carr por todas las ideas de los economistas liberales… es tan profundo como el de cualquiera de los escritores alemanes citados en el capítulo anterior. Incluso se apropia la tesis alemana, engendrada por Friedrich List, según la cual el librecambio es una política dictada tan sólo por los especiales intereses de Inglaterra en el siglo XX y sólo para ellos adecuada.”
C.H. WADDINGTON

El siguiente objetivo de la crítica de Hayek es C.H. Waddington (1905-1975), otra figura prominente de la ciencia en la sociedad británica de 1944. Él se especializa en los reinos de la biología desarrollista, la genética y la paleontología. De nuevo, eso era muy cercano en el tiempo a los horrores del Holocausto y la seudo-ciencia que le acompañó, y eso le preocupaba profundamente a Hayek.

“Es bien sabido que precisamente los hombres de ciencia y los ingenieros, que habían pretendido tan ruidosamente ser los dirigentes en la marcha hacia un mundo nuevo y mejor, se sometieron más fácilmente que casi ninguna otra clase a la nueva tiranía.”

Pero, para empeorar las cosas, las advertencias de Hayek parecen incrementar en severidad al profundizar en las creencias del Dr. Waddington, acerca del gobierno totalitario.

“La pretensión del Dr. Waddington, según la cual el hombre de ciencia está calificado para dirigir una sociedad totalitaria, se basa principalmente en su tesis de que ‘la ciencia puede formular juicios éticos sobre la conducta humana’ –pretensión que, en la elaboración del Dr. Waddington, ha recibido de Nature considerable publicidad.”

Elaborando más acerca de por qué él cree que el Dr. Waddington es una amenaza para la libertad, Hayek ataca su creencia en la propia libertad. O, más bien, de la carencia de ella.

“Para ilustración de lo que significa no necesitamos salirnos del libro del Dr. Waddington. La libertad, explica, ‘es un concepto cuya discusión resulta muy dificultosa para el hombre de ciencia, en parte porque no está convencido de que, en último análisis, exista tal cosa.’”

Él continúa haciendo la conexión entre el trabajo del Dr. Waddington y sus propias raíces marxistas, al escribir:

“Como en casi todas las obras de este tipo, las convicciones del Dr. Waddington están determinados principalmente por su aceptación de las ‘tendencias históricas inevitables’ que se supone ha descubierto la ciencia y que él deriva de ‘la filosofía profundamente científica’ del marxismo, cuyas nociones básicas son ‘casi, si no completamente, idénticas a las que constituyen el fundamento de la visión científica de la naturaleza.’”

No obstante, arribando al menos a un área de acuerdo, Hayek señala que incluso aquellos que están empujando a Inglaterra aún más en el camino de servidumbre, reconocen que el país había estado declinando desde la cumbre del liberalismo en el siglo XIX.

“Y aunque el Dr. Waddington encuentra ‘difícil negar que en Inglaterra se vive ahora peor’ que en 1913, prevé un sistema económico que ‘será centralizado y totalitario, en el sentido de que todos los aspectos del desarrollo económico, dentro de grandes regiones, serán conscientemente planificados como un conjunto integral.’”
ADÓNDE ESTAMOS EN EL CAMINO

Si bien Hayek ciertamente tiene un tono que urge más en este capítulo, él todavía del todo no se ha rendido en su esperanza. A pesar de los obstáculos que inhiben la competencia de libre mercado, él cree que la sociedad tiene la opción de devolverse antes de que el totalitarismo haya logrado su pleno y horrible potencial.

“Si bien es cierto que no hay razón para creer que este movimiento sea inevitable, apenas puede dudarse que, si continuamos por el camino que hemos venido pisando, acabaremos en el totalitarismo.”

Pero, como es obvio en todo este capítulo, Hayek implora a los electores a que procedan con una vigilancia constante y que una vez más no se dejen engañar por la clase gobernante. Y, como se demuestra en uno de los pasajes finales de este capítulo, Hayek en verdad deseaba llevar para la casa la importancia de estudiar historia para prevenir que, de nuevo, suceda.

“Pero verla sostenida otra vez, después de veinticinco años de experiencia y de la revisión de las viejas creencias provocada por esta experiencia misma, en el momento en que estamos luchando contra los resultados de aquellas mismas doctrinas, es más trágico de lo que puede expresarse con palabras.”


 

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