¿Hemos aprendido algo de la caída del muro de Berlín?

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Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, el socialismo está de regreso como una moda. El aniversario es buena ocasión para reflexionar acerca de algunas lecciones que colectivamente hemos desaprendido o, tal vez, primeramente, nunca aprendida de forma apropiada ante la caída del comunismo.

La división de Alemania en un Oeste básicamente capitalista y un Este básicamente socialista, representó un experimento natural y lo hizo de dos maneras.

Primero que todo, fue un gigantesco experimento económico acerca de la viabilidad del socialismo y produjo resultados conclusivos. Más o menos en el momento de la Reunificación, el PIB per cápita de Alemania Occidental era alrededor de tres veces aquel de Alemania Oriental (la RDA). También había un bache de aproximadamente tres años en la esperanza promedio de vida.

Pero, también fue un gigantesco experimento político. Durante el tiempo en que se fundó la República Democrática Alemana, los intelectuales de Occidente estaban desenamorándose de la Unión Soviética, la que muchos habían elogiado en los años treinta. Pero del todo no podían dejar al socialismo, así que tuvieron que convencerse a sí mismos de que el socialismo soviético era tan sólo un ejemplo atípico.

Lo hicieron culpando por el carácter totalitario de la Unión Soviética al atraso de Rusia. El socialismo democrático, aseveraron, no podía construirse en un país de campesinos iliteratos. Ello requiere de una economía avanzada y de un proletariado urbano con experiencia en la autoadministración democrática.

Es difícil pensar en un mejor caso de prueba para esta aseveración que la Alemania Oriental. Por debajo de toda la ruina de la destrucción de la época de guerra, la futura RDA todavía tenía las bases de una economía plenamente industrializada. También poseía una clase trabajadora altamente educada y organizada. Alemania ya había logrado una elevada tasa de alfabetismo en adultos a mediados del siglo XIX y, antes de su supresión por el régimen nazi, había cientos de asociaciones independientes de la clase trabajadora.

Al final de cuentas, eso hizo poca diferencia. La RDA no era una copia al carbón de la Unión Soviética -evitó los peores excesos- pero, aun así, era, esencialmente, un notorio estado policíaco, jerárquico, estratificado y tecnocrático. Estaba un millón de millas lejos de la “democracia de los trabajadores” que fue originalmente prometida.

Hoy mileniales socialistas de moda disputarían que algo de eso importa. El Bloque Oriental, afirman, adoptó un tipo en particular de socialismo, autoritario y de arriba hacia abajo, que, como tal, se alejaba de la versión original de Marx y Engels. Creen que la lección correcta del Bloque Oriental no es para desistir del socialismo, sino para regresar a aquella versión original.

No obstante, como muestro en mi libro Socialism: The Failed Idea That Never Dies, esa es una interpretación equivocada totalmente ahistórica de la experiencia del verdadero socialismo existente. Los socialistas nunca empezaron con la plena intención de edificar sociedades totalitarias, pero, aun así, siempre resultan ser de esa manera.

Pocos meses antes de llegar al poder, Lenin esquematizó sus ideas acerca de cómo debería lucir la futura sociedad socialista, en The State and Revolution [El Estado y la Revolución]. El tipo de sociedad que Lenin describe casi no tiene nada en común con la Unión Soviética, tal como resultó ser. El Estado y la Revolución de ninguna manera se lee como un esquema de una sociedad totalitaria. Lenin no describe una sociedad manejada por una burocracia todopoderosa y omnipresente. Él describe una sociedad que, más o menos, se maneja por sí misma, como un club muy grande de trabajadores. No es que Lenin simplemente omitió las características opresivas y tecnocráticas del mundo futuro que él tenía en mente. No: él específicamente explica por qué la sociedad no tendrá, ni necesitará, tales características.

Después, una vez en el poder, los bolcheviques aprenderían, a fuerza de sinsabores, que usted simplemente no puede abolir los mercados y esperar que, sin ellos, una sociedad de alguna forma se organizaría por sí misma espontáneamente.

Décadas más tarde, los líderes del Partido de Unidad Socialista de Alemania del Este (SED) aprendieron una lección similar. En particular, la construcción del Muro de Berlín no fue un acto de sadismo. Fue una medida desesperada, a la que acudieron después de perder un sexto de su población y después de que medidas extremas habían fracasado. La represión política y el fracaso económico están en el ADN del socialismo. Esas son características, no unos virus.

¿Hemos aprendido algo ante la caída del Muro de Berlín?

 

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